El bagaje de la mirada

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Sobre Asombro y desencanto, de Jorge Bustos

Se viaja para volver, reza el tópico. También para recobrarse uno a sí mismo. Y si uno es periodista, para recobrar a los demás toda la actualidad inmarcesible de la poesía de un lugar. «La esencia del periodismo es el periodismo de viajes» y «el viaje es el origen mismo de la literatura», dice Jorge Bustos (Madrid, 1982), autor de Asombro y desencanto (Libros del Asteroide, 2021), obra donde convergen viaje, periodismo y literatura a lo largo de dos rutas contrapuestas en el verano de 2015: una por La Mancha, siguiendo la estela de Don Quijote e invocando la aventura reporteril de Azorín en 1905; y otra por el país vecino de Francia.

La tarea de la introspección a la altura de la contemplación, así como la brillante escritura de Bustos («un estilo luminoso», afirma Trapiello en el prólogo) le permiten retratar con maestría y belleza los sesteros de canícula en las llanuras a las tres de la tarde –«hora mágica manchega»–, o esos fabulosos châteaus franceses como la famosa Torre de Montaigné atalayando verdes campiñas y viñedos. Como cronista exégeta o el «turista filósofo» que representa Bustos, en la línea orteguiana del artículo periodístico de viajes como «ejercicio espiritual de reminiscencia del pasado», esta obra posee además la hondura intelectual y el bagaje de una mirada que desentraña, más allá del mero escenario terrenal, toda la rastra de un territorio mítico: el carácter inmanente del sueño barroco y la mesura susurrada del equilibro de las luces.

Desde Castilla-La Mancha al Canal de la Mancha, con buenas dosis de vino, ostras y armagnac para reponer fuerzas, Bustos consigna a cada kilómetro el peso cultural que cala el paisaje desde siglos: el parterre florido frente a la llanura. A veces lo hace desde un costumbrismo nostálgico y otras desde un regeneracionismo que recuerda al estilo pedagógico de Luis Bello. También el magisterio de Josep Pla fluctúa en muchas de las descripciones de la naturaleza: «Arriba la estela de un avión se desmigaja en grumos parecidos a cabezas de coliflor»; «la diamantina claridad de los días»; «el serrucho insidioso de la chicharra»; «cuando la bruma se agarra a las puntas de los pinos como una gasa de algodón». Sin duda, lo que queda manifiesto en este libro, además de la vasta cultura de Bustos, es su amor al lenguaje. «Lo que le ocurre al periodismo es que está perdiendo la conexión con la esencia lingüística del oficio», advierte el autor.

Con el rescoldo quizás de aquella voluntad noventayochista y especialmente azoriniana de desenterrar «palabras inusitadas» a su paso por los pueblos, Bustos halla en ocasiones en su camino por La Mancha bellos y tradicionales términos, y los recoge con asombro y con el desencanto de que representan calladas piezas de museo. Palabras ya en silencio, colgadas en la pared de la casa de un antiguo maestro de Villanueva de los Infantes, reflejo de una cultura que agoniza. «Una cantarera», «unas tenacillas de triple aguja», «un horcate para uncir a la mula». Herramientas cuyos nombres «solo los de su quinta conocen ya».

«Para Jorge Bustos en ese viaje lo más importante es poder contar», dice Trapiello. Contar, versificar en prosa. Ya habló Raúl del Pozo de la importancia de leer e integrar la poesía en la caligrafía mental de un periodista, porque «el verso te obliga a la síntesis». Porque las palabras precisas, el adjetivo acertado, el símil nunca dicho pueden rescatarnos de la caducidad de la vida. De ahí que una de sus máximas al escribir sea «huir de la virtualidad del tiempo falso de la máquina y reencontrarte –si es posible– con las cosas mismas, cada una designada con la palabra exacta».

Y por supuesto huir de todo prejuicio que asalte en el camino. El gran reto que plantea Bustos consiste en sortear los prejuicios y los tópicos que inevitablemente se llevan marcados en el imaginario de un pueblo, de un país. La Mancha y París son ya un lugar común. Y también se viaja para desprenderse de ellos. Tan importante resultan entonces en Asombro y desencanto la narración como las interpretaciones y digresiones que emergen de la realidad y establecen un diálogo con los propios tópicos, con la historia, con los clásicos o con el arte.

Bustos no solo admira en una plaza de Francia un bello ejemplar arquitectónico, sino que ve todo un epítome y símbolo de la civilización, de la cultura y del sentimiento patrio francés. Tampoco se queda a ras de la mirada en la Venta de la Inés, uno de los más emotivos episodios del libro, cuando entabla conversación con el viejo Felipe, en quien ve al «último quijote». Y en el Museo del Louvre no hace inventario ni mucho menos exalta los cuadros más icónicos, sino que allí asiste a la emotiva e inabarcable sensación de aspirar todo el Renacimiento.

Para colmo de las gracias, el autor tiene esa genial facilidad para ensamblar en un exquisito maridaje literario la sapiencia y el lirismo, el deje tierno y el humor que rezuma a Siglo de Oro. Sus símiles del marisco y el formalismo ruso, o las melopeas en las placenteras sobremesas con «episodios bipolares de euforia y melancolía», recuerdan que el estilo de un escritor no solo es forma sino también efluvio, aroma de entusiasmo desprendido del gozo de vivir y de escribir.

El libro asombra y encanta. Si deja algún poso de desencanto será solo fuera de sus páginas: ese dichoso e inevitable pensamiento, ojalá pronto pasajero, de cuán extraño parece hoy, en este momento adverso y pandémico, leer cómo un cronista se asomaba a la vida hace apenas unos años sin restricciones legales para poder platicar con un lugareño en la intemperie sin mascarilla, en la barra de un bar o en casa ajena. Al menos, en estos tiempos en que se limita como nunca la proximidad, los libros como el de Bustos siempre resultarán esperanza y garantía de humanidad.

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