El caballo de Pat Stamper

0
265

Esto no es más que un villorrio al que llegan individuos para hacerse un nombre y borrarse el suyo a cuenta de la regeneración que en algunos es como la fiebre del oro.

 

En Luxor casi van al ritmo de España: a cincuenta momias por día. Hace tiempo se hablaba de un dato como de un techo. Era el de que un millón de hogares tenía a todos sus miembros en paro, pero se nota la recuperación: ahora son dos millones. El techo es el cielo. Se hablaba de una crisis larga, y nada se nos había dicho de la siguiente, el fin de la crisis, que debe de ser otro período de privación similar solo que con un nombre más cercano y música para dormir de bebé, la antesala del principio de la base del origen del desenlace, donde se empiezan a recorrer los lugares destruidos de aquella infancia feliz al volver de la guerra como el Hemingway del río Two-Hearted: “No se veía ninguna población, nada más que los raíles y tierra calcinada. No quedaba ni rastro de los trece bares que antaño flanquearan la antigua calle de Seney. Los cimientos del hotel Mansion House asomaban del suelo. La piedra estaba desportillada y partida por el fuego…”. Se mira alrededor y nada de esto es visible, pero uno tiene la impresión de que le venden cada día, junto con las momias, el caballo de Pat Stamper, teñido e hinchado como la rueda de una bicicleta, con una válvula en la barriga hecha de anzuelo. Las buenas nuevas del Gobierno cambian de color con las lluvias y así se anda, trampeando con dosis de esto o lo otro; aunque es cierto que los bancos van bien, pues ya se sabe que los bancos son lo primero como antes lo eran las mujeres y los niños. Y todo porque la gente se volvía loca, como el Ab de Faulkner, por un caballo e iba perdiendo sus desnatadoras, que son su pan, entre lágrimas de señora Snopes. Así esto no es más que un villorrio al que llegan individuos para hacerse un nombre y borrarse el suyo a cuenta de la regeneración que en algunos es como la fiebre del oro. No cuesta imaginarse, por ejemplo, a Pablo Iglesias en el río, también el Two-Hearted, pero en vez de observando el brillo de las truchas, escudriñando más abajo, arrodillado, entre los guijarros. Rosa Díez llegó antes y parece el Lahood de ‘El jinete pálido’, a todo trapo con sus bombas de agua. Todos quieren ser el Predicador para el pueblo, pero les falta calidad hasta en la Vox porque la política, como la minería, es un gremio decadente, donde no tardará alguien en llamar al comisario Stockburn y sus ayudantes, por si acaso, mientras continúan los hallazgos en Luxor.