El carro del centurión de Obiang

0
305

Fui a una jornada evangélica en Malabo y me di cuenta de que andamos fatal los guineanos, qué queréis que os diga.

 

Ayer estaba en un vehículo motorizado con la intención de volver a mi lugar de residencia y fuerzas externas impidieron el avance del mismo. En las cercanías del estadio La Paz había tanto coche aparcado, y otros que querían acceder al recinto, que las fuerzas vivas de la represión, léase policía, pararon el tráfico y desviaron la circulación a otros sitios, que se apañaran los que querían regresar a sus hogares.

 

¿Qué pasaba? Que como no hay liga de fútbol en este bello país, cedieron el estadio a un predicador, de estos de ropa y barba blancos, para que predicara, ¡otra vez!, el evangelio y curara a los enfermos. Pastor Something Hinn, seguro que de los Estados Unidos de América. Hablaba inglés y dijo que empezó su andadura a los 21 años. Pues bien, como en realidad nunca fuimos de desdeñar la fuerza de nuestros pies, gastando el dinero en bandidos chóferes imberbes, me bajé y allá fui al estadio. No vimos milagro alguno, pero todo fue alucinante. Lo primero fue que nos dimos cuenta de que había cinco mil 750 personas, de todas las edades, que vivían en Malabo, pero no nos sonaban de nada; o sea daba exactamente igual que aquellas gentes fueran de Port Hartcourt. ¿Tanto ha cambiado el  aspecto humano de esta capital?

 

Lo segundo fue que no sabíamos que había tanta gente piadosa en esta no-república. Calentaron el ambiente con cantos y danzas y parecía mentira que 4 mil personas fueran del mismo credo, porque coreaban las canciones de una orquestra instalada en el fondo norte del mítico estadio. Mítico porque ahí jugo Makuandja Ngongolo, no por otra cosa, que conste. Luego apareció el esperado pastor y mandó cantar el himno de Guinea. Os suena, ¿no?, caminemos pisando…, tras dos siglos de estar sometidos. Pues fue una metedura de pata, y se lo quise decir, y es que, como siempre ha ocurrido, la multitud no lo sabía cantar. Pero esto no disminuyó ni un ápice su fe encendida. Luego empezó aquel pastor hablando bien de todo, de Obiang, por quien pidió a Dios bendiciones. Luego saludó a los miembros de Gobierno que ahí había, con que estaban ahí, los muy taimados, y remató su guiño diciendo que se había sorprendido de lo avanzado que estaba el país. Este país, éste, no otro. Entonces uno empieza a entender esto de que pidiera bendiciones para Obiang.

 

Lo que uno no entiende es que si a Obiang le preocupaba que barbudos pastores dijeran que este país estaba desarrollado, ¿por qué oscuras razones no lo desarrolla de una puñetera vez, teniendo todo el dinero del mundo? Lo otro es bendiciones para él, para él, para él, para él, que lleva 30 y tantos años en la silla que dejó Masié. ¿Acaso no está suficientemente bendecido? Porque no me dirán que no lo está. Al menos dentro del esquema del pensamiento del cristianismo clásico y también del evangélico, que organizan estos movimientos para que la gente sea poderosa y rica. Porque si un señor, que empezó siendo monitor de niños y tras pasar por la academia de Zaragoza y graduarse por chiripas, acabó siendo el general en jefe de todo un país que nada en petróleo, no me dirán que le falta algo más. Pero según aquel pastor, sí.

 

En un momento de la noche, y alucinado por la extrema fe de los guineanos, y antes de que apareciera el pastor, uno de los que ahí gritaban pidió la entrega de la ofrenda. Sí, fue enternecedor. Antes te habían dado un sobre, en el mismo metes tu dinero, y si quieres, muchos lo hicieron, escribes tu nombre, y lo entregas a los encargados de esta recogida. Como mi fe no me impide pensar en lo inmediato, hice los cálculos: 7000×1000= siete millones limpios de polvo y paja, y hemos calculado a la baja. Y contad que ayer fue el segundo día. Claro, cómo no va a decir que es un país avanzado. Pero que conste inmediatamente: que hubiéramos tenido una fe discreta pudo haber tenido algo que ver con nuestra renuncia a sumarse a procesos desconocidos y de dudosa finalidad. O sea, no hubiéramos dado ni un franco aunque fuéramos el director de la guarida de estos caudales amasados por los ladrones de aquí. Y, bueno, cualquiera puede decir que por esto no soy director de nada.

 

¿Saben qué tiene que ver el título con todo lo que hemos dicho después del mismo? Que está pasando aquí algo grave, y ayer lo vimos escenificado. La gente está casi histérica por su salvación, o protección, u otra necesidad inconfesable, y hace lo imposible para rodearse de objetos pretendidamente sagrados. Ya saben que los romanos, que empezaron siendo perseguidores de los cristianos, luego se sumaron lindamente a ellos y les fue bien. Pues imaginad que un centurión romano acudiera a los primeros sacerdotes para la bendición de un carro recién adquirido; aquí es práctica habitual, que compres un coche y llames a un sacerdote para que te lo bendiga. Y lo hacen prohombres del infame régimen de Obiang, quienes, incluso, van a más. Los hay que no viven sin agua bendita en sus casas, llegando a los que sólo beben el agua que ha pasado por la bendición de un cura de su confianza.

 

Estamos, créannos, sorprendidos de la cantidad de guineanos que acuden a los curas para ser tocados o reprendidos o ensalmados. Los hay manifiestamente enfermos que no conocen el camino de los hospitales de su avanzado país y deambulan del consultorio de los curas al santuario de los curanderos en busca de no sabemos qué, alguien que les dé confianza de que no están de todo muertos. Nunca hubiéramos pensado que hubiera tantos guineanos preocupados por la posibilidad de arder en el infierno o de no ver a Dios, o no ser salvados por Jesús, o por el mismo fin del mundo. Es una cosa que debemos someter a una reflexión profunda. Porque es una actitud que los debilita tanto que se vuelven incapaces de reaccionar aunque quien fuera les metiera una viga entera en los ojos, y no digan que no hemos recurrido al evangelio. Si el cristianismo de los guineanos les sirviera para exigir sus derechos, este país sí que sería muy avanzado, pero estamos hechos unos trapos. Y esto lo debe saber el pastor de anoche, quien confesó que un colega suyo le había hablado del general presidente Obiang.

 

Las decenas de personas que ayer derramaron sus lágrimas por sentir la cercanía de Dios, o quien fuera que les tocó la fibra más profunda de su ser, ya lloraron por nosotros, pero hemos de reconocer que la introducción de asuntos divinos, sobre todo la savia neo evangélica,  esta de mucho gritar, en la comunidad guineana, ha supuesto un negocio redondo para los dueños de nuestras vidas. Y esto lo sabía el «general de Dios» Benny Hinn, venido de tierras remotas. Y por esto no  obedecimos ninguno de sus mandatos durante la noche. Si hubiera insistido, a través de los acólitos que ahí estaban, le hubiéramos contado nuestra verdad: ya pusimos las dos mejillas, ya no tenemos nada que ofrecer.

 

Malabo, 2 de marzo de 2014

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.