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Sociedad del espectáculoLetrasEl caso Javier Marías. Edición y venganza (1989-1999)

El caso Javier Marías. Edición y venganza (1989-1999)

La historia que sigue excede mi capacidad de comprensión. Porque sigo sin entender cuál fue el motivo que impulsó a Jorge Herralde a no tratar de resolver mediante alguna clase de pacto el conflicto que se produjo entre él como editor y Javier Marías como autor (el más importante novelista español que publicaba entonces Anagrama, y no sólo por su prestigio literario sino también, enseguida, por sus ventas enormes). Marías se convirtió muy pronto en el primer autor de Narrativas Hispánicas que en menos de un año alcanzó ventas muy superiores a los cincuenta mil ejemplares y empezaba a acercarse a los cien mil. A lo que se sumaba la explosión en fama y ventas que había tenido en Alemania, donde alcanzó un millón de ejemplares vendidos, sumados a un coro armonioso de críticas excelsas.

Es una historia, la que contaré a renglón seguido, que carece de lógica incluso dando crédito al editor en todo lo que afirmó respecto al desacuerdo entre él y el autor sobre ciertas cifras de ventas. Y negándoselo al autor, cosa que yo no hago ni en este caso ni en algún otro que me he referido y referiré.

Javier Marías y Jorge Herralde tuvieron una relación muy graciosa al comienzo. Ambos practicaban la ironía en las cartas o breves notas que se cruzaban, en las conversaciones telefónicas y en los encuentros con motivo de una presentación, el ocasional viaje de Marías a Barcelona o de Herralde a Madrid; en cualquier contacto comenzaban de buenas a primeras a tomarse el pelo y a participar con entusiasmo adolescente en un constante desafío que sólo era un juego, al principio. Ambos tenían un ingenio ágil y travieso, y practicaban la esgrima verbal en una relación que era siempre, para ambos, un divertido desafío. Y para mí, un espectáculo notable, un duelo menos inofensivo de lo que pudiera parecer, pero todavía inocuo, meramente gimnástico. Marías se quejaba a veces de que el editor creyera que sus novelas vendían porque él las publicaba. Herralde se quejaba de que aquel autor fuera un pesado que alargaba hasta el infinito las conversaciones telefónicas. Aunque para eso recurría a mí, si estaba en la oficina: “¡María, no me pases la llamada, que se ponga Enrique!”.

Jorge Herralde y Javier Marías siguieron así, retándose a veces de forma algo venenosa pero siempre con sonrisas por ambas partes… hasta que el autor formuló una reclamación acerca de un presunto error que creyó detectar en una liquidación de royalties. Pues fue entonces –al lector le recordará otras historias de desconfianza entre editores y autores que he ido contando– cuando comenzó, todavía de forma larvada, un choque que fue adquiriendo, al cabo de unos cuantos años, un grado de virulencia creciente y, cuando concluyó, consecuencias fatales. Desde la primera manifestación de desconfianza por parte del autor respecto de aquella liquidación, hasta el momento de la ruptura, las tensiones se mantuvieron durante unos cuantos años en un nivel no muy elevado y jamás en público; y a pesar de todo ello el editor siguió publicando las obras nuevas y reeditando muchas de las antiguas del autor, aunque éste siguió insistiendo en que no confiaba en los datos de las liquidaciones. Marías las firmaba, para así cobrarlas, pero lo hacía añadiendo entre paréntesis “No estoy de acuerdo”. En cierto momento al editor se le ocurrió denunciar en un diario lo que a él le parecía un grado insoportable de voracidad económica por parte de aquel autor. Y ahí se precipitó la nueva fase de la relación, en forma de mutuas acusaciones públicas que terminaron con la ruptura completa y la venganza bidireccional. Tras recibir un ataque público en el que Herralde tildaba a Marías de codicioso, el escritor decidió responder también públicamente. Antes de eso el autor había contratado los servicios de una agente literaria y dejó así que ella organizase su complicada salida de Anagrama, que terminó con la cancelación de todos los contratos a medida que iban alcanzando su fecha de vencimiento.

Nunca más respondió ni trató Marías de corregir la historia tal como su exeditor la siguió contando, pese a que en ella el escritor salía muy mal parado. En la versión recogida por Jordi Gracia (Los papeles de Herralde) las cosas ocurrieron así: “La publicación de Mañana en la batalla piensa en mí estuvo lejos de obtener una parecida resonancia [a la de Corazón tan blanco] y en esa estela crecieron tanto las suspicacias persistentes de Marías con las cuentas de la editorial como sus recelos por la insuficiente atención que, según él, le prestaba Herralde…”. No fue exactamente eso lo que ocurrió. Ésta es la versión que quiso el editor que circulara: Gracia no trabajaba con otra fuente, ni el propósito del libro que hizo con la correspondencia de Herralde era en absoluto el de una obra de investigación en torno a la historia de la editorial basada en alguna clase de consulta de archivos o fuentes variadas.

Así pues, se trata de una de tantas inexactitudes que parece haberle contado Herralde, pues me resulta evidente que Gracia sólo pone por escrito lo que le han dicho. En la misma obra (páginas 336-337) incluye una larga carta de Herralde fechada el 31 de marzo de 1995 en donde el editor dice adjuntar una “investigación” sobre liquidaciones que, le dice a Marías, “debería disipar todas tus dudas”. En la misma carta añade Herralde: “Lo que me parece injusto, gravísimo e inadmisible es que pongas en duda la honestidad de nuestra conducta, como resulta transparente a partir de tus cartas precedentes”. Y esa es la última palabra del editor y del autor sobre los hechos, porque a nada de esto contestó Marías públicamente. Se limitó a incluir un par de páginas satíricas en Negra espalda del tiempo, así como un retrato burlón del editor en un relato.

Trataré aquí de contar desde otro punto de vista, y conmigo como testimonio, todo este embrollo, y expondré cómo Javier Marías me consultó e informó a menudo desde el momento en que, todavía sin publicidad alguna, comenzó el problema, antes incluso de que Marías le dijera a su editor que había datos de cierta liquidación que no cuadraban con las informaciones que el autor había recibido del propio editor meses antes. Tanto en esos primeros momentos como durante todo el desarrollo del conflicto fui una de las personas con las que reiteradamente habló el escritor, aquel mismo Javier Marías cuya obra recomendé tempranamente a Herralde que publicara por tratarse del para mí mejor de los nuevos novelistas españoles. Pero que el editor rechazó con una extraña argumentación relativa a amistades y enemistades entre personas, tal como relaté más arriba.

Leyendo las cosas que escribió y ha dicho repetidamente Jorge Herralde sobre Javier Marías, llama la atención cómo le retrata: un autor entre chiflado y gilipollas que se dedica, por no encontrar mejor ocupación, a marear sin motivo alguno al mejor editor español de todos los tiempos. Tal vez las cosas no sean exactamente así. Sin embargo, esta caricatura parece no casar nada bien ni con la siguiente etapa editorial de Marías –que durante muchísimos años publicó en Alfaguara y jamás tuvo ninguna clase de quejas sobre liquidaciones ni anticipos, cosa bien extraña si las que tuvo con su anterior editorial eran provocadas por su carácter, ya que si algo no cambia jamás es la estructura mental de cada individuo–, ni casa tampoco con la trascendencia que llegó a tener su obra, quizás la más elogiada internacionalmente de toda la narrativa española de los últimos cien años, además de provocar en su propio país tanto muchísimas ventas como una mayoría de críticas elogiosísimas, así como una minoría de críticas feroces. Una obra que cuenta entre sus valedores a W. G. Sebald y J. M. Coetzee, entre otros. Y que pudiendo haber sido publicada por Anagrama, terminó en Alfaguara. Un negocio y un prestigio enormes que Jorge Herralde se perdió. Asunto este último tan carente de toda lógica, anagramática si se quiere, que no consigo entender.

Como conté más arriba, mi amistad con Javier Marías se remonta a la visita que me hizo en Londres, a comienzos de los años setenta, y continuó de forma ininterrumpida hasta su dolorosa muerte. Tuvimos roces, y los contaré ahora, en torno a una novela suya que leí siendo todavía colaborador de Anagrama. Debido a que durante muchísimos años viví en un lugar sin conexión telefónica por cable, no pude comunicarme con él por fax, como casi todo el mundo. Ni por correo electrónico, porque él se negó a utilizar esa opción. Pero hablamos a menudo por teléfono, y él tuvo la paciencia de enviarme por correo postal toda clase de papeles y documentos fotocopiados. Así como sus sucesivos libros, dedicados. Le tuve al día siempre de mi paso por diversas multinacionales del sector entre 1992 y 2005 y le publiqué en una editorial diminuta una antología de artículos, y mantuvimos constantes contactos a lo largo de los años. En cierto momento, y dado que Javier deducía que me había ido enterando de las interioridades del negocio editorial por mi posición en Plaza & Janés, me consultó como amigo y desde el inicio el problema que tuvo con Anagrama, unos cuantos años antes de la pelea pública, y de forma constante desde ese primer momento. Nunca, en todo ese proceso, azucé a Javier, bastante encendido estaba ya él sólo con lo que le había parecido descubrir. Le apoyé y le aconsejé y le hice entender lo que le favorecía y lo que no. Y le aplaudí cuando un día me comunicó que había decidido dar el paso y, tal como le había insinuado, pedir a Mercedes Casanovas que le representara como agente, pues me pareció que sólo así podía pasar del enconamiento personal a la búsqueda de soluciones.

La historia que sigue tiene dos partes extraordinariamente diferentes, ya que la primera trata del proceso de edición (frustrada en buena parte) de una novela. Y la segunda, del conflicto entre el autor y su editorial, del estallido público del enfrentamiento, así como de mi papel a lo largo de todo este proceso. Sin embargo, y como se verá, hay un aspecto en el que ambas historias se cruzan, y que a punto estuvo de quebrar nuestra amistad, cosa que no llegó a producirse gracias a la generosidad y templanza de Javier.

Él había vivido en Oxford, como profesor, en 1983 y de nuevo en 1985. Escribió una novela que deriva en parte de esa estancia, una obra que con tiene ecos de Trastorno, la novela de Thomas Bernhard cuya publicación en España (1978) recomendó Marías como lector externo de Alfaguara. Aquel manuscrito era lo primero que escribía tras haber obtenido el Premio Herralde con El hombre sentimental, en 1986. En Anagrama, cerca de dos años más tarde, llegó a mis manos un original titulado “La novela de Oxford”. Era la primera vez que podía leer un texto aún no publicado del autor español que más admiraba. El editor lee en estos casos un poco a la manera del director de escena que se instala en una butaca de la tercera o cuarta fila de platea y, desde la posición del futuro espectador, ve el primer ensayo completo, tal vez ya con los actores disfrazados de sus personajes. Y así, convirtiendo la distancia física en distancia intelectiva y emotiva, puede tratar de corregir lo que antes, situado entre los actores, hablando con ellos, no había detectado. Esto, la edición de un texto narrativo, que es habitual en Alemania y Gran Bretaña o Estados Unidos, se da poco en países donde del romanticismo llegó apenas el concepto (por llamarlo de alguna manera) del Poeta con mayúscula, visto no desde la óptica aristotélica sino desde la platónica, como el ser inspirado por unos dioses que hablan a través de él. Una visión escasamente pragmática, por desgracia. Que inhibe toda posibilidad de editar, en el sentido fuerte de la expresión.

Aunque no le había contado a Javier mi intento fallido por incorporarle a Anagrama años atrás, nuestra relación era muy amistosa. Como hemos visto antes al hablar de las traducciones de Nabokov, en su carta remitida desde el 22 de Woodstock Rd., Oxford, el 13 de mayo de 1985, Marías quiso sobre todo excusarse por no aceptar mi propuesta (desde Anagrama) de que tradujera alguno de los Nabokov, porque había empezado una novela y porque la tarifa de traducción era baja. Respecto a lo mucho que me costaba a mí escribir ficción, en contraste con su fluidez, él comentó: “No debes tener envidia, también a mí, a medida que me voy haciendo mayor, me cuesta más escribir novelas”. Terminaba la carta añadiendo, en referencia a Elide Pittarello, que al año siguiente viviría en Venecia “no casado, pero casi… con una paduana que vive allí. Como podrás imaginarte, empiezo a estar un poco esquizofrénico lingüística y geográficamente”.

Tras leer el manuscrito titulado “La novela de Oxford”, a finales de 1988, descolgué el teléfono y llamé a Javier. Quería comentarle lo que había ido pensando mientras leía. Empecé con la admiración que me había provocado su nuevo libro: el humor de las escenas iniciales, la caricatura del despistado portero del college, la disparatada sátira de la high table; y sobre todo las historias misteriosas como la de John Gawsworth y su relación con la diminuta isla de Redonda; las reflexiones del narrador sobre su vida en aquella ciudad que no parecía existir siquiera, o la historia de Clare Bayes, que Marías trabaja con un tipo de relación narrador masculino-personaje femenino que se repetiría en otras obras suyas, y que hacía que la novela subiese muchísimos enteros en varias ocasiones, como esta escena (Todas las almas, primera edición, Anagrama, 1989, pág. 219):

«Clare Bayes se giró y cambió de postura: las piernas quedaron ahora sobre la almohada, la barbilla sobre las manos, ambos codos a los pies de la cama. Ahora lo que veía era la parte posterior de sus muslos y el comienzo de sus nalgas cubiertas por sus enteras medias. Y pensé: “Sólo se deja ver tanto sin intención cuando se tiene mucha confianza con aquel que mira, cuando es un hermano, o un marido, cuando se está en familia. Yo no soy su marido ni tampoco su hermano, sino su amante extranjero que está dejando de ser su amante. Pero ella me está confiando esta noche un secreto de su familia”».

Todo contado a retazos, siempre retazos y sólo retazos, con una prosa de una belleza extraña y nueva en nuestro idioma, que estaba naciendo ahí con toda su fuerza.

Pero además de una profunda admiración por aquella nueva novela que me había gustado muchísimo más que El siglo y mucho más que El hombre sentimental, también tenía objeciones, algunas de calado, que casi no pude contarle porque él, como de costumbre, necesitaba hablar y no le dio tiempo a escuchar. Quería avisarle de lo que me parecían algunos problemas no insolubles, fallos en mi opinión bastante serios pero subsanables. Conservo un par de folios tecleados después de esa llamada en la Olivetti de mi casa, el primer o segundo día de enero de 1989, con algunas notas añadidas posteriormente a mano, todo ello escrito para aclararme yo y poder comentárselo a Herralde.

Básicamente lo que pensaba es que había un problema de título, que no sólo era malo en mi opinión, sino que denotaba cierto error narrativo general de aquel manuscrito tan brillante. Un problema que creí detectar y que Javier podía resolver de una manera sencilla. Incluí en ese texto alguna sugerencia de título, a partir de frases del propio libro, tales como “El revés del tiempo” y “Una perturbación pasajera” (o «transitoria»), porque eso de “La novela de Oxford” sonaba a rótulo más que otra cosa. La palabra que me parecía clave era “perturbación”, pues eso era aquella novela, la crónica de un estado de ánimo. Lo que escribí era mi informe para el editor, naturalmente, que para eso me pagaba. También anoté la falta de referencias a ese tema central de la perturbación en la primera mitad del manuscrito, como si al autor se le hubiera ocurrido tardíamente introducirlo. Aun ahora creo que es así. Eso tenía fácil remedio. Bastaba con ir colocando de vez en cuando alguna frase sobre ese estado de ánimo perturbado en el relato del narrador, incluso en las fases más cómicas del inicio. Quizás había ahí una obsesión mía por cierta simetría en la estructura narrativa. Escribí en ese informe: “Este segundo tema [el de la perturbación que siente el narrador] se halla por completo ausente de la primera parte, como si el autor lo hubiese introducido tardíamente, on second thoughts, en un libro que trataba de otras cosas. De hecho, este tema está ya en la primera parte, pero de forma poco subrayada […]. Habría que insinuarle al autor (tal vez remitiéndole copia de esta misma hoja) la conveniencia de cargar un poco más la primera parte”.

Al final del segundo folio, bajo la firma y a mano, en tinta negra, lo que me permite deducir que esa hoja la leí varias veces y la revisé finalmente en la mesa de Anagrama, veo otras anotaciones, importante sobre todo la última, muy crítica: “dispersión general de intención narrativa y personajes”.

Eso de la “dispersión general”, leído ahora, es lo peor. Podría defender lo anterior, pero hablar de “dispersión” como fallo, cuando es la esencia voluntaria de la arquitectura narrativa de esa novela y de todas las novelas posteriores de Marías, fue una lamentable equivocación. ¡Estaba olvidando que Marías había traducido el Tristram Shandy! Y también olvidaba aquel ensayo de El monarca del tiempo (1978) del que me gustaron sobre todo los relatos. Pero uno de sus capítulos, el titulado ‘Fragmento y enigma y espantoso azar’, parecía anunciar las bases teóricas de un programa literario, precisamente el que estaba aplicando en la nueva novela. La fórmula, en mi opinión, aún no funcionaba tan bien como lo hizo en Corazón tan blanco. En el ensayo que menciono, Marías aplica al Julio César de Shakespeare cierta forma de analizar las artes narrativas que leyó en Ferlosio:

«En cada obra literaria [el lector tiende a pensar que] sólo puede haber una verdad, y que esa verdad es siempre lo que aparece como lo último en el tiempo de que consta, en el tiempo que se le ha adjudicado a esa unidad temporal determinada».

En este breve ensayo aparecían las raíces del programa literario que Marías empezó a desarrollar sobre todo en “La novela de Oxford”, cuya dimensión en este sentido fundacional y revolucionaria no fue cabalmente entendida por aquel lector y amigo que creyó que Marías se estaba equivocando con aquella novela tan “desorganizada”. Cuando en realidad era ese lector quien se metía en un zarzal por su incapacidad para entender la lógica de aquella desorganización muy pensada y pretendida por el autor, que quería evitar la trampa que también nos hizo ver Ferlosio en Las semanas del jardín, a saber: que “la verdad se escapa justamente en la medida en que se la quiera encerrar y completar; la falsedad reside siempre en la última palabra”.

A partir de lo que antecede, Marías tomó una arriesgadísima decisión literaria que le lleva a exigirse en sus novelas que no exista nunca un final no ya cuando la novela termina, sino al terminar (o dejar de hacerlo) cada escena. Puede que en “La novela de Oxford” el experimento no le saliera a Marías bien del todo. Puede que mi crítica, que quería ser constructiva, no estuviera por completo desencaminada. Ni siquiera ahora estoy seguro.

Cuando hube terminado mi lectura, mantenido la primera conversación telefónica con Javier y escrito ese breve informe con notas para la edición, fui a hablar con el editor. Era mi trabajo. Le encontré descolocado, lejos de aquella seguridad en sí mismo que siempre mostraba. Me dijo que ese manuscrito iba a vender poco, menos que la novela del premio. Y no añadió nada más. Se abstuvo de comentar que ya había comenzado a negociar el anticipo, cosa que supe ulteriormente. Se abstuvo de comentar nada sobre el contenido de la novela, pero eso era lo habitual en él. Al decirle que había tomado algunas notas para la edición, Herralde me pidió verlas. Tras echarles una ojeada perfunctoria, afirmó que lo mejor sería que fuese yo el que escribiera al autor y le explicara lo que él llamó “nuestras” dudas. Como parecía el editor querer incluir las suyas propias, esperé, por ver si aportaba alguna sugerencia que corrigiera o mejorase mis propuestas, pero como de costumbre no dijo ni una palabra al respecto. He sabido mucho después que mis comentarios sobre manuscritos de autores de la casa eran utilizados de forma astuta por Herralde, que tenía por costumbre mencionarme con nombre y apellidos como si yo fuera el policía malo de la editorial. De ahí, seguramente, lo de “la mano derecha de Herralde”, pues me empleaba como auctoritas cuando tenía que decirle a un escritor algo que éste no iba a querer escuchar. Por ejemplo, en una de sus cartas selectas incluidas en Los papeles de Herralde, aparezco en cierta misiva dirigida a Pisón, mencionado con nombre y apellido como la persona que afirma que cierto relato de Alguien te observa en secreto debe ser suprimido (pág. 234); o, en una carta a Tono Masoliver en la que Herralde quiere justificar su negativa a publicar Beatriz Miami, el editor se queja de que no he sido capaz de convencer al autor de que lime ciertas cosas que podrían complicar las relaciones sociales del editor (pág. 312), lo cual hice a petición de Herralde, claro, en una carta anterior.

En el caso de aquella nueva novela de Marías ocurrió que, mientras hacía mis comentarios críticos en el campo estrictamente literario, Jorge Herralde iba a lo suyo y estaba librando un combate estrictamente financiero. Por eso entendió Javier que mis argumentos críticos contra aspectos de su libro sólo pretendían afianzar la negociación a la baja del anticipo, lo cual enturbió naturalmente su reacción a mis críticas. Javier pedía un anti cipocomo el de la novela del premio, y Herralde quería pagarle muchísimo menos. Ignorando todo eso, y de acuerdo con lo que me pedía Herralde, escribí una carta en la que usé la primera persona del plural porque así me lo había pedido el editor. El 3 de enero empecé así:

«Tal como te dije ayer por teléfono, aproveché la lectura de tu nueva novela para tomar nota de algunas cosillas sin importancia que, aquí y allá, estorban tu por otro lado brillantísima prosa, esto último dicho con la verdosa envidia de quien jamás dejará de pelearse con el castellano, y por lo tanto en absoluto aduladoramente».

Siguen dos páginas en las que enumero lo que considero pequeños errores, indicando número de folio y línea, y citando entre comillas cosas como alguna rima interna, una repetición de un “de que” en la misma línea, alguna coma que estimé sobrante, algún anglicismo innecesario, etcétera, correcciones de detalles, no pocas, página y media de la carta. Luego, en dos folios y pico, entro a discutir ciertos aspectos narrativos del libro:

«Tu novela tiene, desde mi punto de vista, problemas de argumento, de trama, y aun recordando las explicaciones detalladas que me dabas ayer sigo pensando lo mismo (al igual que tú, me imagino). ¿No crees que la ausencia de título revela justamente cierta indecisión respecto a cuál sea el tema central de la novela, y que esto último responde a un hecho, que la novela tiene varios temas centrales, tal vez demasiados, y que como mínimo pide subrayar uno de ellos, realzarlo hasta convertir en secundarios los demás (y lograr así que al lector no le importe tanto que queden como cabos sueltos)?».

El problema del título quedó resuelto gracias al azar. Terminada su lectura del manuscrito, que Javier había enviado a varias personas, Álvaro Pombo le comentó, imagino que con su entusiasmo ilimitado: “¡Esta novela es All Souls, es ‘todas las almas’!”, y así, quizás sin proponérselo, sugirió el título que Marías decidió utilizar. Cuando me dijo Javier que lo había adoptado pensé que era perfecto, porque tenía la virtud de anunciar y así justificar esa “dispersión” que yo criticaba. Su nuevo y bello título advertía de que el libro estaba habitado por un coro de almas (“todas”) y que trataba de muchas historias. Dada la brillantez de la prosa y el espesor de los asuntos y personajes, el conjunto también gustará y nadie se va a quejar de esta dispersión anunciada, pensé con alivio. Por cierto, que Javier decidió, en algunos idiomas, poner “su” título en lugar de usar “el de Pombo”. Pues en francés esta novela se titula Le Roman d’Oxford; y en rumano, Romanul Oxfordului, por ejemplo.

Prácticamente a vuelta de correo, el 5 de enero de 1989 –obsérvese que no importaban ni las vacaciones navideñas ni la Nochevieja ni la festividad de Reyes–, escribió Javier una respuesta extensa que me dirigía sólo a mí. Dos folios y pico, con interlineado sencillo, a máquina. Hay cinco de mis observaciones puntuales, las relativas a lo que yo veía como errores de detalle, que se toma la molestia de aclarar punto por punto, tras desestimar el resto de las críticas a ciertos para mí errores de puntuación, rimas internas…

«Gracias por tu carta urgente, llegada hoy mismo. Te contesto casi a vuelta de correo, aunque con los Reyes de mañana y demás te tardará en llegar unos días.

Los asuntos de comas sugeridas y rimas los miraré en detalle más adelante, aunque respecto a las segundas no debes olvidar que en la página 184, hacia el final, se dice: “… el desvarío es siempre del pensamiento que hace rimas y oscila y puntúa arbitrariamente…”. Puesto que la perturbación es lo que se cuenta, y el pensamiento perturbado (levemente, sin perder articulación) es lo que organiza la novela, las rimas son casi siempre intencionadas».

Es decir que empieza, sin afirmarlo, aceptando lo que le decía respecto a la centralidad del tema de la perturbación que afecta al narrador: “es lo que se cuenta” y “es lo que organiza la novela”, dice el autor, y le había dicho yo. Por eso le pedí que siendo el asunto principal estuviera en el título. Creo que el argumento “realista” con el que Javier pretendía justificar algunos de los supuestos errores de escritura que enumeré en mi carta no se sostiene. Pero, muchísimo tiempo después comprendí que en esa fecha de las cartas Marías estaba a la defensiva porque Herralde se negaba a pagar un anticipo elevado.

El núcleo de la respuesta de Javier está en estos párrafos:

«En cuanto a las cosas más de fondo, no sé si vale la pena comentarlas. Por un lado, tanto al hablar contigo el otro día como al leer tu carta ahora, he tenido la sensación de que habías leído un libro distinto del que yo he escrito, o, si tú lo prefieres así, de que yo he escrito un libro distinto del que tú has leído […]. Sólo me limitaré, por tanto, a señalar muy brevemente algunas de las cuestiones que suscitas:

  1. La ausencia de título no revela absolutamente nada, al menos no más de lo que revelaba el hecho de que ni Los dominios, ni Travesía, ni El monarca, ni El hombre lo tuvieran hasta mucho después de estar terminadas. De mis libros, el único que lo tuvo antes del final fue El siglo, y debo recordarte que El hombre se llegó a llamar El sueño imitado, lo cual no significaba que yo tuviese dudas sobre si trataba acerca de un hombre sentimental o un sueño imitado.
  2. El tema central de la novela, que tú dices no ver y para mí es claro, es el propio narrador-protagonista, a través de quien pasa absolutamente todo, hasta el punto de que tanto hay en la novela de “sucedido” como de “imaginado” o “conjeturado” o “pensado”. […] Que el tema “central” es ese y la perturbación de la estancia de dos años en Oxford me parece que está, en contra de lo que dices, lo bastante subrayado. Pero vaya usted a saber.
  3. Lo que llamas datos “turbadores” sobre el presente del narrador y que “sin embargo, no llegan a tener ni el más mínimo desarrollo” son, en efecto, sólo eso, datos. Si por sí solos resultan inquietantes, mejor que mejor, a mi modo de ver. Sólo lo que queda flotando es verdadera mente inquietante, sólo lo apuntado, sólo lo intuido, no lo mostrado y machacado […]
  4. Por último, sólo puedo decir que en ningún otro libro como en este he sentido todos los elementos tan trabados y en ninguno he sabido tan bien lo que quería y cómo lo quería hacer (por eso he trabajado con tanta continuidad en los últimos meses). Así, que tú veas tantos “cabos sueltos” y tanta dispersión (cuando lo que yo veo es condensación) me deja tan perplejo que, como te dije antes, quizá me parece más sabio renunciar al debate de fondo.

Respecto a los consejos (un poco paternalistas, debo decir, y hechos, por cierto, en una curiosa primera persona del plural [la cursiva es mía]) de dejar enfriar el libro y demás para no “estropear” el actual momento de mi carrera literaria, te los agradezco de veras, porque sé que van de veras y con la mejor de las intenciones. […] Teniéndote mucho aprecio como lector, qué duda cabe de que habría preferido lo contrario. Eso sí, y puesto que hay un 95% de posibilidades de que el libro salga en Anagrama y en marzo o abril, supongo que más vale que no corras mucho tu opinión por ahí, sobre todo teniendo en cuenta que ya está corriendo por Madrid la contraria (con razón o sin ella), a saber: que es lo mejor que he escrito hasta la fecha. […]

Una vez más gracias por la carta (vaya esfuerzo, no tenías por qué). Estoy en la página 50 de tu novela, te escribiré o llamaré al respecto en cuanto la acabe (with no hard feelings, lo prometo)».

Me resulta aún admirable el tono contenido con el que Marías expresa sus emociones al recibir mi proyecto de edición, mis críticas a lo que yo no había entendido de su novela. Valga añadir que, con el tiempo, leyendo la novela una vez publicada, supe que en cierto modo estaba pidiéndole a Javier que escribiera una novela a mi estilo, de la misma manera que él, como veremos enseguida, pensó que el defecto de mi último libro era justamente no acercarme a su manera de escribir.

Años más tarde, Marías contó cosas ocurridas esos días en Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998), el libro que trata de las reacciones que provocó la publicación de Todas las almas en su condición de novela vinculada a hechos y personas reales que se empeñan en no acordarse de que se trata de una novela (las citas son de la primera edición, págs. 285-287). En cierto momento dice que “el editor en cuestión me ofreció en su anticipo un veinticinco por ciento menos que por el libro de tiempo atrás”, refiriéndose a la diferencia entre Todas las almas y El hombre sentimental. Y añade: “Creyendo que trataba con un amigo y aun con una figura paterna –santo cielo–, le escribí al editor que ‘por ser vos quien sois’, estaba dispuesto a aceptarle el mismo anticipo que por la novela de tres años antes… pero no uno inferior”.

A mí no me lo dijo nunca, pero Marías dio por supuesto que la oferta a la baja que Herralde le estaba haciendo era algo que yo conocía. Es ahí donde leí que él dedujo que mis comentarios críticos trataban de reforzar una posición negociadora. Es casi incomprensible que me lo perdonara.

El 25 de enero de 1989, me escribió, con algún eco de nuestra aún reciente discusión:

«Terminé, como te anuncié, el pasado fin de semana, y he dejado pasar unos días antes de escribirte para hacer reposar un poco la lectura de El centro del mundo. […] La novela me ha interesado más que me ha gustado, atendiendo a la diferencia que hace tiempo estableció Benet entre ambas cosas. Creo que lo mejor que tiene es la capacidad para intrigar, para crea una atmósfera y un personaje (Ceruti) muy atractivos, con las suficientes dosis de extrañeza verosímil (por llamarlo de alguna manera) para que el lector se vaya interesando de página en página, al menos en la primera parte. El problema único con este as pecto “atmosférico” y argumental es, a mi modo de ver, su excesiva prolongación estática. Como te anticipé por teléfono, la agobiante presencia de Ceruti, no tanto como personaje, si quieres, cuanto como objeto de reflexión e investigación, me parece demasiado insistente y alargada, poco propia de una novela y más de un cuento. Ese prácticamente único foco llega a cansar algo, y la importancia adquirida por el propio narrador y por los personajes de Neme, Encarna, etc. en el último tercio llegan quizá un poco tarde, demasiado para compensar el efecto algo monolítico del Ceruti objeto. Hay una parte, sin embargo, hacia la mitad que es lo que más logrado me ha parecido, a saber: la escena del apuñalamiento en París, y me hizo pensar que era lástima que no hubiera más de esas escenas de acción congelada y menos de reflexiones a lo pescadilla, es decir, que se muerden y remuerden la cola. Creo que hay un exceso de eso, que priva a la novela de vitalidad y en algunos pasajes la hacen directamente lifeless, si no dull.

Pero el mayor problema creo que es de estilo, o de voz si prefieres. Así como –si no recuerdo mal, han pasado años en los cuentos de El secreto del arte lograste un estilo muy acabado en su voluntad semiparódica, aquí creo que has estado aherrojado. Hay demasiadas comas, por un lado, que dificultan la lectura y que –muchas de ellas– sería sencillísimo evitar con un mero cambio de orden sintáctico de la frase. Pero en general la prosa es levemente farragosa, un poco cansina, falta de brío, cosas que no era en absoluto en los cuentos. […] Creo que estás en muy buen camino en lo que se refiere a concepción de una atmósfera y una trama, a diseño de unos personajes y a invención en general, aunque yo te aconsejaría centrarte menos en el centro del mundo y –en novela– diversificar y hacer algunas digresiones argumentales, no gratuitamente, claro, pero quizá sí con una apariencia inicial de gratuidad. El estilo hay que despojarlo, en mi opinión. Sobran adjetivos, sobran meandros…».

Y termina con una declaración que muestra en qué términos se estaba cimentando nuestra relación, pese a los pesares:

«He sido muy sincero, porque, a diferencia de lo que me va ocurriendo con cada vez más amigos, todavía no he tenido contigo la sensación de que no se te pueda decir la verdad si ésta no es del todo positiva. Espero que me creas si te digo que la lectura ha sido todo lo objetiva e interesada que me ha sido posible. Es decir, que no había ninguna clase de hard feelings, como te dije, por nuestras discrepancias sobre Todas las almas. Aún no he llegado a ser tan mezquino como para que estas cosas me influyan al leer el texto de un amigo (otra cosa sería, eso lo reconozco, si se tratara de un previo enemigo)».

Su altura de miras, su paciencia y cuidado en la manera de decir las cosas son admirables, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias de aquellos días, el tira y afloja por el dinero. Nunca se quebró la amistad, pese a todo. Algo que se notará en el resto de la historia que aquí cuento, y que se va a centrar ahora en el montón de problemas que acabaron provocando la ruptura de Marías con su editor. Unos problemas que aparecen en las páginas 285 y siguientes de Negra espalda del tiempo, cuando se refiere a las diferencias editor-autor respecto al anticipo. Como parte de su ofensiva, aquel editor

«… encargó a uno de sus empleados [la cursiva es mía] más capaces que me escribiera una larga carta poniendo a la novela toda clase de objeciones –inducidas e inspiradas por el patrono, que ya me había adelantado algunas vacuas e indescifrables por teléfono, carecía de elocuencia–…».

Parece que se había universalizado la idea de que yo era no sólo “la mano derecha” de Herralde, sino también uno de sus asalariados, ¡qué más hubiese querido yo!

Aquella discusión entre Jorge Herralde y Javier Marías, que en parte se desarrolló a través de mi persona, terminó con la publicación y éxito de la novela, titulada Todas las almas, que además superó las ventas que obtuvo el mismo autor con la obra premiada y no supuso ningún menoscabo para el bolsillo del editor. Yo me fui de Anagrama en marzo de 1989, por las razones que he contado con detalle, y desde El Europeo y El País no sólo reanudé el contacto con Javier, sino que le encargué críticas de libros y también artículos sobre cuestiones no siempre literarias. Me gusta pensar que mis encargos fueron uno de los motivos que le llevaron a dedicarse a escribir posteriormente numerosas intervenciones en la vida pública. También durante esos años él y otro amigo escritor, Justo Navarro, fueron los únicos lectores que vieron mis dos novelas posteriores en manuscrito, y me hicieron correcciones antes de someter los originales a ningún editor.

Pese a aquella primera discusión sobre un anticipo, Marías y Herralde mantuvieron la relación de autor y editor. Anagrama prosiguió un plan de publicaciones sistemático de la obra anterior y posterior de Javier. Para valorar cabalmente la importancia de Marías y su obra en Anagrama, y de paso la gravedad de la ruptura posterior, recapitulo aquí la secuencia de publicaciones. Tras El hombre sentimental (1986), la misma editorial fue publicando también sus libros anteriores a medida que las anteriores cesiones de derechos iban terminando. Empezó con Los dominios del lobo (1987) y Travesía del horizonte (1988). Además, también publicó Herralde Todas las almas (1989), Mientras ellas duermen (1990), Pasiones pasadas (ensayo, en Argumentos, 1991), Corazón tan blanco (1992), y Mañana en la batalla piensa en mí (1994), a los que se añadió otra nueva edición de un libro anterior, El siglo (1995). Hubo además ediciones de bolsillo de Todas las almas (1993), y más adelante de otros tres títulos: Los dominios del lobo, Travesía del horizonte y Corazón tan blanco (estos últimos en 1996). La secuencia se interrumpe ese año. En 1998 Javier Marías publicó en Alfaguara Negra espalda del tiempo. 

Este resumen subraya, por lo sistemático de las publicaciones, el enorme compromiso mutuo que se dio entre editor y autor. Se diría, en segundo lugar, que aquella disensión en torno al anticipo y algunos aspectos de la publicación de Todas las almas parecía haber terminado sin dejar rastro. Con el aumento de prestigio y ventas en España, que se multiplicó hasta extremos enormes e inesperados con Corazón tan blanco, Javier Marías se convirtió en el símbolo del aura literaria y el éxito comercial de Narrativas Hispánicas y también de la marca Anagrama, pues ningún otro autor español ni latinoamericano de ese periodo de diez años igualaba ni de lejos a Marías en ninguno de esos conceptos. La única excepción, por supuesto, fue Nubosidad variable, la novela de Carmen Martín Gaite, con ventas de cien mil ejemplares, aunque en el caso de Carmiña no se trataba de una autora con toda su obra todavía por delante, sino todo lo contrario. Como autor joven y prolífico, por las críticas buenísimas que salvo alguna excepción (principalmente de los herederos de las tradiciones y el poder celianos) iba recibiendo, Javier Marías se convirtió en el mascarón de proa de Anagrama, el emblema que Herralde podía mostrar a todos los colegas y a todos los agentes del mundo.

En 1991, cuando España fue país invitado de la Feria de Frankfurt, Herralde vendió en la feria derechos de varios libros a Piper Verlag, incluyendo novelas de Pombo y de Javier Marías. Aunque esta editorial publicó las novelas ganadoras del Premio Herralde escritas por esos dos autores, sus ventas en Alemania fueron muy pobres. Tan es así que Piper, habiendo pagado la traducción y el anticipo de Corazón tan blanco un par de años después de su salida en castellano, renunció luego a los derechos, que fueron adquiridos por una editorial de Stuttgart que se dedicaba más bien al libro educativo, Klett-Cotta. Piper se quejó sonoramente de que ni El héroe de las mansardas ni El hombre sentimental vendieran en absoluto. Nadie pudo imaginar siquiera lo que iba a ocurrir a continuación.

En primavera 1996 se publicó finalmente Mein Herz so Weiss, la traducción alemana de Corazón tan blanco, que en los primeros meses consiguió tanto prestigio (diez críticas, muy elogiosas) como escasas ventas. Ésta es la crónica de lo que pasó después, escrita por Paul Ingendaay, crítico del Frankfurter Allgemeine y autor de la primera de las reseñas publicadas en Alemania.

«Como ocurre a menudo, ni siquiera una docena de reseñas buenas sirve para llegar al gran público. En cambio, un único tipo vehemente que habla a través de un medio masivo […] puede provocar un gran revuelo, sea cual sea la calidad de su inteligencia lectora».

Para esa novela de Marías, el “todopoderoso Reich-Ranicki”, como escribe con sarcasmo y alguna dosis de resentimiento Ingendaay, fue decisivo:

«Corazón tan blanco habría sido un éxito de la crítica y poco más si no hubiera intervenido el todopoderoso Marcel Reich-Ranicki. […] Se había consagrado como la autoridad literaria más influyente de Alemania desde el plató del programa televisivo “El cuarteto literario” de ZDF, la cadena estatal. En la tele, como todos sabemos, sobran argumentos y explicaciones. […] Algunas veces, tres palabras elogiosas suyas fueron suficientes para convertir a un autor desconocido en un best-seller. Y eso pasó el 13 de junio de 1996, en “El cuarteto literario”, ante millones de espectadores alemanes. Reich-Ranicki se mostró profunda mente conmovido por la novela de Javier Marías».

[La historia, y la reseña completa, se puede consultar en este enlace].

Tras esos elogios en la televisión, llegaron en alemán unas ventas extraordinarias: no menos de un millón de ejemplares en la edición de Klett-Cotta. Por el camino menos adecuado se hizo justicia literaria, al menos por una vez. Justicia poética y muchísimo dinero contante y sonante en derechos de autor, para el que escribió la novela y para el que representaba y vendía los derechos de edición en otras lenguas, que era el editor original español: Anagrama. Un porcentaje que, aunque el editor diga a veces lo contrario (llegaremos a eso), era superior al que le hubiera cobrado una agencia, que además habría tenido desde ese primer instante una mayor capacidad de llevar las ventas de esa novela a muchos más países, ya que los contactos de Herralde en este campo eran muy buenos pero bastante limitados.

Ese mismo año de 1996, también en ocasión de una Feria de Frankfurt, estalló el escándalo cuando Herralde se dejó amablemente tirar de la lengua por un periodista y soltó en público un duro ataque contra Marías, a quien básicamente acusaba de codicioso. El periodista denunció, a través de lo que le iba diciendo Herralde off the record o no, que a la edición española acababa de llegar el dinero, a espuertas. Pero no hablaba de la enorme fortuna que estaban ganando algunas editoriales como Anagrama y Tusquets, sino del dinero que los autores pedían en concepto de anticipo.

El conflicto entre el editor y el autor había empezado en 1993, hechas finalmente las paces en torno al anticipo de Todas las almas. En abril de ese año me telefoneó Javier para consultarme, pues tenía una duda sobre la liquidación anual relativa a las ventas de Corazón tan blanco, las correspondientes al primer año de su publicación, que había sido realmente extraordinario, con varias reimpresiones. Un fenómeno que jamás se había dado en Anagrama hasta entonces con la obra de un autor español. Tan bueno estaba siendo el resultado que, según Javier me contó, el mes de octubre de 1992, eufórico por el fenómeno que había provocado aquella novela, Jorge Herralde informó a Marías de que iba a hacer otra reimpresión, y no pequeña, sino de cinco mil ejemplares. Se acercaba la campaña de Navidad y, obviamente, los editores quieren que haya suficiente stock para cubrir las ventas potenciales de ese periodo, el de mayor venta de todo el año. Así evitan que los libreros se pongan histéricos, por usar un término herraldiano… A Marías le gustó mucho esa noticia, claro está. La reimpresión anunciada llegaba con sesenta mil ejemplares ya impresos. Insisto, ningún novelista de Narrativas Hispánicas se había acercado ni de lejos a un fenómeno así. Ni de muy lejos.

Javier era muy meticuloso con estas cosas, hasta la obsesión. Anotaba todos los datos relativos a la publicación de sus obras, no se olvidaba jamás de fechas, tiradas, ventas, todo cuanto le dijeran o escribieran los editores sucesivos. Y con mayor razón en ese año, pues había decidido abandonar tanto la profesión colateral de traductor como la de profesor, para dedicar su vida entera a la escritura.

Lo que le preocupaba, me dijo Javier en una llamada no breve, era que la liquidación recibida en primavera de 1993 no concordaba con los datos que el editor le había comunicado. Él había dado por supuesto que durante el año natural de 1992 tenían que haberse vendido la totalidad de las tiradas anteriores a la que el editor anunció para octubre, más parte de esa última reimpresión hecha en octubre, pues salió justo antes del gran periodo de ventas, las fiestas navideñas. Pero las ventas liquidadas no cubrían esa cifra; es más, quedaban bastante por debajo de los sesenta mil. No sólo la liquidación afirmaba que no se había vendido ni un solo ejemplar de esos cinco mil reimpresos en octubre, sino que tampoco aparecían como vendidos todos los ejemplares de las ediciones anteriores. Y desde octubre a 31 de diciembre, que es la fecha en la cual la ley exige a los editores que hagan un cierre de ejercicio y recuenten las ventas, informen a los autores de a cuánto han ascendido, por cada una de sus obras, y les pidan que emitan factura contra los royalties devengados si éstos superan el anticipo; en ese último trimestre del año, digo, un trimestre que incluye las ventas de Navidad (aunque no las de Reyes del año natural siguiente) parecía, a juzgar por los datos que Anagrama le remitía, que se hubiera producido un tremendo parón. Como si las ventas de Corazón tan blanco hubiesen quedado frenadas por completo, un fenómeno que no es imposible, estas cosas pasan y hay libros que van muy bien hasta que, de repente, no van. Pero éste es un hecho que no se produjo, pues durante su segundo año de vida esa novela siguió siendo un libro muy vendido, muchísimo. ¿Por qué esa liquidación se que daba muy por debajo de los sesenta mil ejemplares?

Deduje, a juzgar por las ventas que le declaraban, que o bien el editor había cometido un gravísimo error de cálculo al ordenar que hicieran esa reimpresión de octubre, o bien estaba guardándose (para pagarlos más adelante, al año siguiente, para evitar el pago de ejemplares que luego serán devueltos) los royalties de muchísimos ejemplares realmente vendidos en ese periodo. Para quien no lo sepa, aclaro que las liquidaciones con cierre a 31 de diciembre no se preparan en las editoriales hasta mediados de marzo, porque es necesario saber cuántos ejemplares devolverán los libreros tras la sobrecolocación de la campaña navideña. Terminado el periodo de fiestas y regalos, los libreros limpian mesas y anaqueles porque necesitan espacio para el habitual aluvión de novedades que sale en marzo de cara al Día del Libro. Además, al devolver lo no vendido, restarán de la factura por las novedades parte de lo que tendrían que pagar. Así que grosso modo el editor ya no necesita en marzo hacer una reserva muy grande en previsión de futuras devoluciones de libros que están en el mercado, y puede ajustar bastante bien las ventas reales del año natural anterior cuando hace la liquidación correspondiente, treinta días después de que el año natural precedente haya terminado, según dice la ley.

En el caso que nos ocupa, la diferencia que Marías percibió entre las ventas que le liquidaba Anagrama, y la del total de ejemplares impresos que le comunicó Herralde cuando anunció la reimpresión de cinco mil en octubre, era como digo una cifra grande: siete u ocho mil ejemplares. Equivalía a decir que las ventas anteriores a las fiestas habían sido menores en muchos miles de ejemplares a las calculadas por el editor cuando reimprimió en octubre. Con los datos que Javier me daba durante su larga llamada era como para reclamar. Marías insistió: ningún editor en su sano juicio reimprime cinco mil ejemplares si le queda mucho por vender de la anterior tirada. Y menos, me vino a decir, si es un editor que mira tantísimo el céntimo. Que no reimprimirá hasta que le queden sólo quinientos, ochocientos o mil en el almacén; sobre todo, añadió, porque es un libro que ya tiene ventas enormes. Yo llevaba tiempo ilustrándole sobre detalles de la vida económica editorial.

Pude haber añadido –aunque no lo hice, pues en su excitación no me dejaba apenas un hueco donde intervenir– que los distribuidores de Anagrama tuvieron que advertir a Herralde que, con el stock restante en almacén y con todo lo que aun estuviera colocado, pero no vendido, en librerías, pronto dejarían de poder servir ejemplares para los nuevos pedidos de reposición que seguían produciéndose en avalancha. Por eso un editor tan cauteloso en estas cosas como Herralde no había dudado a la hora de reimprimir. Es una mecánica que, en las editoriales favorecidas por estos fenómenos de venta, se vive a menudo. Y sueles tener dudas: en cuanto al número de ejemplares que reimprimes y, también, respecto al momento adecuado para hacerlo. No quieres pillarte los dedos quedándote sin stock, y tampoco imprimiendo ejemplares que no se venderán. Sueles esperar al último momento y reimprimir una cantidad no muy grande para estar seguro de no equivocarte. En los grandes grupos se trabaja de una manera muy diferente porque los gestores no se juegan su propio dinero. En la edición de los empresarios de familias patricias, la cautela es mucho mayor.

A toro pasado, sabemos que Corazón tan blanco fue un libro de grandes ventas distribuidas a lo largo del tiempo, con reediciones en Anagrama hasta al menos 1997, que es la fecha de la última impresión que he localizado. Antes de seguir, hago un aparte acerca de una versión no publicada por escrito, pero difundida de palabra, por el editor en relación con todo ese baile de cifras. En fechas muy recientes, en el año de 2025, alguien que ha tenido amistad con el editor me ha recordado ese rumor: cuando se produjo el conflicto había en Anagrama una persona que le daba datos a Marías, y por eso sus quejas. A mí me parece que eso es algo totalmente infundado. Lo deduzco de un hecho sencillo. De haber tenido Marías alguien que le informara de datos diferentes de los oficiales, tal como al parecer dijo el editor a algunos periodistas amigos, habría ocurrido una cosa evidente: que Javier no me hubiese telefoneado a mí expresando dudas. Me habría dicho con exactitud cuáles eran las cuentas reales y cuáles las falseadas, y, sobre todo, no me hubiera consultado: cuál es tu opinión, Enrique, tú que estás en el ajo porque ahora eres editor de empresas muy grandes… ¿podrías confirmarme que mis sospechas son fundadas? No era en absoluto ésta su actitud. Javier Marías no estaba enterado, ni tenía una fuente interna e irrebatible, ningún espía le había dicho nada: sólo tenía sospechas. No tenía “datos confidenciales”, sino dudas que él creía razonables y que, porque eran dudas, me consultaba. Esa llamada que me hizo ni siquiera se habría producido de haber existido una fuente interna, un espía.

Por otro lado, en la Buchmesse de Frankfurt de aquel año se produjo la venta de los derechos de traducción de Corazón tan blanco al inglés (dos veces: Harvill para el Reino Unido; New Directions para Estados Unidos), al francés (Rivages), al alemán (Piper), y luego siguieron otras ventas… que supusieron nuevos ingresos para Anagrama en concepto de elevadas comisiones por esos foreign rights. Algo más adelante recibiría Marías los premios internacionales Rómulo Gallegos (1995) e IMPAC de Dublín (1997).

Javier no estaba seguro, no tenía datos internos, sino que sospechaba y por eso me llamó. “Yo creo que no me está liquidando todo lo que la novela ha vendido, que se está guardando ejemplares”, repetía Javier. “¿Tú crees posible que no se hubiera asegurado de haber vendido casi todo lo que tenía impreso antes de encargar la reimpresión? ¿Puede haber cometido ese error de principiante, él, además, que mira tanto la peseta en cada anticipo, en cada liquidación? ¿No vendió nada por Navidad, que es cuando los editores decís que se venden más libros?”, preguntó, no en una llamada sino en muchas, a lo largo de semanas, casi sin esperar de mí más que una confirmación. Y hube de admitir que todo lo que estaba diciendo era probable. Siguió dándole vueltas a todo, especulando, volviendo al principio y argumentando una y otra vez que no estaba claro. O, mejor dicho, que él veía con claridad una sola cosa, la para él patente ocultación de las ventas reales. Me acordé de Carmen Balcells, pero no le dije nada.

Hubo muchas más llamadas como esa. Me decía que estaba hablando con la editorial, que ellos insistían en que todo estaba correcto. Podría haberle recordado el conflicto judicial entre Benet y Vergés, pero no lo hice. Podría haberle dicho otras cosas que yo había ido conociendo acerca de ciertas viejas costumbres editoriales españolas, pero tampoco lo hice. Podría… En algún momento de ese año de 1993 Javier decidió quejarse formalmente y por escrito a la editorial, y pedir que le aclarasen por qué la liquidación no incluía al menos casi todos los ejemplares que estaban ya vendidos en octubre, cuando se dio orden de reimprimir. Y alguna parte de los reimpresos.

Que por zanjar la cuestión Herralde no reaccionara, pidiendo disculpas, o no, atribuyendo el problema al error de un subalterno, pero liquidando algo más, es algo que encuentro inexplicable.

Y me pregunto algunas cosas, teniendo en cuenta qué suponía ese autor para aquella editorial a mediados de 1993. ¿En qué estaba pensando el editor cuando se negó en redondo a escuchar y atender sus primeras quejas? Es más, durante los años de forcejeo que siguieron a esta primera protesta de Javier Marías, ¿no hubo tiempo para encontrar una forma viable de hacer las paces? ¿No hubiese sido más hábil ceder el primer día, aceptar un fallo interno de la editorial y suturar una herida que en aquel primer momento era leve? Si Jorge Herralde ha sido sin duda el más astuto editor español en muchísimos años, ¿por qué no renunció a una pequeña cantidad de dinero a cambio de no enturbiar en absoluto una relación que para Anagrama S. A. era un negocio redondo y potencialmente duradero? ¿Qué podía temer de un autor?

Supongamos que las cifras de Anagrama fueran exactamente las que comunicó en la liquidación del año natural de 1992, y que todas las cábalas de Marías fuesen un error, tal como ha sostenido el editor a lo largo de los años. Incluso partiendo de lo que el editor afirma, cabe preguntarse por qué el editor no hizo en este caso una excepción, por qué no ajustó algo más favorablemente al autor la liquidación, por qué no se sacó de la manga la idea de confesar su descubrimiento tardío de algún error de un empleado y preparó una liquidación nueva, más aceptable por parte del autor. ¿No hubiera sido más beneficioso a medio y largo plazo adelantar unos royalties (tal vez no ganados todavía por las ventas) a cambio de conservar a un autor que era un extraordinario negocio para Anagrama? Unos royalties que, a lo largo de ese año, quizás en esa misma primavera de 1993, ya estaban acercándose a la cifra que Marías reclamaba como lógica y justa. Finalmente, en sucesivas liquidaciones, se restaría lo que fuere que se hubiese adelantado, suponiendo que hiciera falta “adelantarlo”. ¿Qué motivó la cerrazón de Herralde? A día de hoy no puedo entender que echara de ese modo piedras contra su propio tejado, para al final acabar perdiendo un montón de ventas y facturaciones potenciales y una parte crucial de su prestigio. ¿Era sólo cuestión de dinero, de esa pequeña cantidad? ¿Qué temía exactamente Herralde?

En cuanto al sistema de liquidación de Anagrama, uso de nuevo mi experiencia personal como autor, en este caso. Revisando las que la editorial me enviaba por mis dos libros incluidos en Narrativas Hispánicas, compruebo que a la altura de 1997-1998 Anagrama aún no cumplía estrictamente lo que la ley de 1987 exigía al respecto. En una hojita desangelada, escrita a máquina, apenas daban unos pocos datos, mal organizados y telegráficos. Mencionaban el periodo liquidado (un año natural), la cifra de ejemplares vendidos, el resultado de lo que daba multiplicar esos ejemplares por el PVP y, a renglón seguido, aplicaban a esa cifra el royalty, que era en mi caso del 10%. Ésa era la cantidad que el autor tenía que facturar a la editorial. No se mencionaba nunca en la liquidación el número de tiradas, el número de ejemplares impresos, cuántos quedaban en stock ni tampoco se mencionaba la cifra del anticipo. Pero sí, en la línea final de las cinco que constaban en la liquidación, ponía en caja alta: SALDO A NUESTRO FAVOR. Porque mis libros no habían superado en royalties devengados lo que el editor pagó en forma de anticipo. La ejemplaridad y cumplimiento estricto de las obligaciones legales por parte de la hojita era bastante limitada.

Recomendé muy pronto a Javier Marías, dentro del larguísimo periodo de conversaciones telefónicas en torno a ese problema, que no cargara sobre sus hombros la tarea de fiscalizar liquidaciones, de vigilar lo que firmaba en los contratos. En parte no lo necesitaba, pues él solo comenzó enseguida a negociar mejor los contratos, al menos en el anticipo, en la duración, en el porcentaje de la venta de foreign rights que se quedaba la editorial, y en cuanto al tiempo que debía transcurrir desde la primera edición normal antes de hacer edición de bolsillo. Contra lo que ha dicho su editor de entonces, no había en la postura negociadora de Marías ninguna rareza. Lo que sí podía considerarse excepcional era que el autor fuese capaz de negociar, de no aceptar y firmar lo que el editor le propusiera. ¿Acaso los autores no están en su derecho de negociar, de pedir al editor que modifique tal o cual cláusula, de la misma manera que lo hacen los agentes? Que Marías exigiera aplicar por contrato un límite máximo de dos años para que el editor original hiciera esa edición de bolsillo no es una infamia. Que, además, quisiera que si el editor no utilizaba su derecho a hacer edición de bolsillo en cierto plazo máximo, esos derechos no utilizados revirtieran en su propietario, el autor, es algo perfectamente exigible. Pequeños detalles así se negocian todos los días y en todo el mundo entre autores (o sus representantes) y editores. Hay condiciones muchísimo más duras en los contratos hechos con agencias de París, Londres y Nueva York. Y en los que en esa época hacía la agencia Balcells desde Barcelona, con duraciones de contrato de cinco o menos años. Creo que a Javier no se le ocurrió siquiera imponer con fuerza un escalado de royalties, como los que imponía doña Carmen. Con García Márquez, con Isabel Allende y Vargas Llosa, desde el primer ejemplar conseguía la agencia Balcells más del 10%. Algún contrato que firmé años más tarde con ella comenzaba en el 12% desde el primer ejemplar, y subía hasta por encima del 15% a partir de ventas superiores los veinte mil ejemplares. Todo esto pasa todos los días entre agentes y editores, en todo el mundo. ¿Dónde está lo insoportablemente escandaloso en el caso Javier Marías y su actitud en la negociación?

Cediendo ligeramente, rascándose incluso el bolsillo de manera anticipada, el editor de Anagrama hubiese podido hacer un ademán que alguien como Javier hubiera no sólo aceptado sino agradecido, de haberlo hecho deprisa. Y para Herralde, el mejor autor de “su cuadra” habría dejado de volverse y de volverle loco con la inspección de las liquidaciones de sus numerosos libros, que es lo que empezó a ocurrir con todas las liquidaciones a partir de entonces. A esas alturas, y sin contar con los ingresos por la venta de los derechos del libro en alemán, Corazón tan blanco tenía que estar produciendo un beneficio cercano o superior al 18% o 20%. ¿Se iban a hundir las finanzas editoriales por adelantar el pago de royalties de dos o tres o cuatro mil ejemplares más? El señor editor siempre negó todas las dudas, e hizo adjuntar a su carta mencionada más arriba un número enorme de datos tratando de aplastar al autor protestón, de negarle por completo un atisbo de verdad. No había más verdad que la palabra del editor.

En las negociaciones contractuales, desde hace muchos años, el forcejeo es cada vez más duro porque se van añadiendo nuevos derechos subsidiarios (últimamente el de las adaptaciones a series o cine), que finalmente suman dinero que genera royalties para los autores y beneficios para las empresas editoriales. Se acabaron los contratos de veinte líneas: ahora tienen quince páginas.

El autor que quiere publicar su obra, pero no tiene agente, se pone en una situación de inferioridad, y de eso se han aprovechado secularmente los editores. La versión que el editor ha dado de la trifulca que se organizó en torno a las liquidaciones y a las condiciones contractuales de los libros de este autor en Anagrama puede parecer, y así es presentada por Herralde, como sensata y razonable. Una versión en la que el autor queda como un tipejo codicioso, al que lo que le interesa es principalmente el dinero, a diferencia del editor, que sólo piensa en la literatura… ¿Cómo es posible que ese relato haya sido aceptado tal cual por la prensa y la sociedad españolas? En cuanto a la ausencia de interés por el dinero y la pasión única por la literatura que mueve a esta clase de editores, el registro mercantil muestra año tras año la enorme facturación de sus empresas. La única diferencia entre los grandes grupos y los editores independientes exitosos es que los unos dependen del capital personal y los otros del corporativo. Si hay en edición una frontera, ésta es sólo la del dinero, no la de la llamada “independencia”.

Los contratos de edición, como hemos visto, fueron muy leoninos antes de la Ley de Propiedad Intelectual de 1987. Que el pasado fue tremendo, lo dice el propio Jorge Herralde en una entrevista que le hizo el periodista Ramón Lobo y que publicó Jot Down, de la que ya entresaqué alguna frase, pero que ahora cito algo más extensamente:

«R. L.: ¿Son los agentes literarios un mal o un bien para el mundo del libro?

J. H.: Tendríamos que matizar. En cierta parte son un mal, un mal que merecieron los editores porque durante mucho tiempo, y no sólo en España, había una especie de costumbres feudales. El editor era el amo y señor que rendía cuentas esporádicamente a sus escritores [La cursiva es mía]. Nosotros hemos hecho de agentes, y lo seguimos haciendo, de muchos autores, desde Chirbes a Bolaño. Aplicamos el mismo porcentaje de los agentes literarios, que suele ser de un 20%. En cambio, en Francia es del 50%. Lo hemos discutido con colegas franceses, pero está tan enquistado… Gracias a esto podemos seguir editando libros de autores minoritarios. Me parece excesivo, es una invitación para que cojan un agente literario. Es cuestión de aritmética».

En un solo párrafo hay muchísimas cosas. Será mejor verlo con detenimiento. En primer lugar, es muy noble la admisión de que los editores españoles tuvieron su merecido cuando surgieron las agencias, porque las suyas eran “una especie de costumbres feudales”. En efecto, el editor era “el amo y señor”, literalmente dicho así por Herralde. Y el autor era en consecuencia tratado como un siervo al que se exigía vasallaje ya que las costumbres eran “medievales”… El propio Herralde reconoce que esta actitud editorial es la causa de la aparición de las agencias literarias: pocas veces se ha contado este hecho de forma más sincera y exacta a la vez.

Opino que Herralde incurre luego en una de las inexactitudes que ya le hemos visto cometer más arriba, pues –al menos en mi contrato– la comisión por la venta de foreign rights era para Anagrama del 40% de los derechos y sus anticipos, lo mismo que ocurría en los contratos de muchos editores literarios españoles. Puede que lo bajara al 20%, en según qué casos. La viuda de Bolaño se ha quejado de que ese porcentaje fuera altísimo, del 40%. Quién sabe si algunas de esas antiguas costumbres feudales han per durado hasta años muy recientes en aquellos aspectos en los que la ley no tiene nada que decir. Porque, en cualquier caso, todo eso son cosas que pueden acordar entre sí las dos partes. En cuanto a duración de contratos, los de Marías tuvieron al principio una duración muy larga. El de Corazón tan blanco caducó en 1999, pero el de El hombre sentimental duró hasta ese año también. Es decir que, poco a poco Marías había ido forzando algunas de las cláusulas de sus contratos, cosa absolutamente habitual cuando un autor de muy buenas ventas es representado por una agencia. Pero en él, que no tenía agente, este hecho era considerado ofensivo.

A finales de 1993, cuando ya trabajaba en Plaza & Janés, supe que Javier estaba terminando una nueva novela, la que se titularía Mañana en la batalla piensa en mí, que se publicó el siguiente mes de abril, y le hice una oferta a ciegas de quince millones de pesetas a sabiendas de que no le iba a interesar cambiar de editorial, pero deseando que la aceptara, naturalmente. Javier fue muy educado, me dijo que gracias y continuó la conversación como si no hubiese dicho yo absolutamente nada. Supe más adelante que Rafael Borràs, a la sazón director editorial de Planeta, le ofreció el premio de novela de su editorial, cuya dotación era de veinticinco millones de pesetas en ese momento. Y me enteré de que Juan Cruz, director editorial de Alfaguara, también le había pasado una oferta elevada por la misma novela. En la prensa, cualquier anticipo que parezca elevado suele tratarse como si fuese un escándalo, sobre todo si el autor es español. Nadie, en esta ocasión, se había vuelto loco. Eran anticipos acordes, sin exageración, al historial de ventas de Javier Marías. Es decir, que permitían a los editores obtener beneficios incluso si no habían sido cubiertos en su totalidad. Y hablo de beneficios elevados.

Pero Javier, que seguía con sus quejas liquidación tras liquidación, libro por libro, año tras año por cada uno de ellos, rechazó todas las ofertas. Tras la negociación con Herralde, firmó contrato por “menos de la mitad de tu oferta”, me dijo Javier.

En el caso de Mañana en la batalla, Herralde apostó más fuerte que de costumbre, pero se trataba de un autor para él excepcional. Marías negoció y forcejeó y se plantó donde le pareció bien. Logró un contrato de duración más breve, sólo cinco años, en comparación con los quince de El hombre sentimental y los diez de Todas las almas. Estaba aprendiendo a negociar, a no amilanarse. Y cuando firmaba las liquidaciones seguía añadiendo aquello de “Y no estoy conforme”. Siguieron vivas, tras la firma de ese contrato, tanto las sospechas del autor como la frustración personal que sentía su editor.

Y, publicado el libro, en cuanto tuvo la primera oportunidad Herralde se vengó del autor de manera algo solapada, pero evidente al menos para quien prestó oído a su queja. A preguntas de un periodista, Herralde denunció la codicia de los autores. El suplemento ‘La Esfera de los Libros’, que se vendía con El Mundo, a la sazón todavía dirigido por Pedro J. Ramírez, publicó una crónica de J. M. Plaza titulada ‘El baile millonario’. Fue el 5 de octubre de 1996, justo antes de que empezara la Feria de Frankfurt. Plaza escribió:

«Herralde pagó –aunque no lo reconoce abiertamente– casi 25 millones de pesetas a Javier Marías por Mañana en la batalla piensa en mí y aún se sigue doliendo de esta osadía, porque no ha recuperado el dinero a pesar del prestigio internacional que el autor despierta.

Con tal desembolso Herralde quiso evitar la fuga de uno de sus mejores autores, pero la marcha fue inevitable. Y ahora los dos saben que no va a ser fácil volver a encontrarse».

Javier me telefoneó. “¿Lo has leído?”. Le dije que no (sin añadir que en los bosques no hay kiosco), y él me contó lo sucedido. Estaba furioso. Herralde vino a decir que Marías sólo pensaba en el dinero. Una denuncia que no se le escapó al periodista, que vio el titular desde el primer momento, como lo hubiera visto yo de haber estado en su lugar, escuchando a Herralde quejarse de lo muy codiciosos que se habían mostrado últimamente los escritores. Según el periodista: “En España ya se puede decir que hay quien gana dinero con la literatura”, cosa que, como digo, el registro mercantil proclama a gritos para quien vaya a consultarlo. Pero no hablaba de las fortunas que estaban ganando ciertos editores literarios. Yo de esto último no tenía datos cuando trabajaba en Anagrama, aunque más o menos algo me había parecido entrever. Pero en 1991, alguien que había estudiado a fondo la cuestión y tomado los datos del registro, mi futuro jefe en Plaza & Janés, afirmó que Tusquets y Anagrama ganaban mucho dinero, cosa que no pasaba con las editoriales grandes.

En el mismo párrafo, la crónica de J. M. Plaza hacía un simpático juego de palabras con el título de la nueva novela que Marías había contratado con Anagrama:

«Pagar 30 [cito literalmente lo que pone en el enlace consultado, que no coincide con cifras mencionadas antes por la misma crónica] millones por la nueva novela de un autor que aún no ha cumplido 40 años ya no es ciencia ficción. Es una guerrilla más de las editoriales españolas para conseguir a escritores que lleguen a vender más de cien mil ejemplares sin ser Premio Planeta. Aunque no siempre les cuadran los números, y mañana, después de la batalla, se piensa de otro modo. Y es que la edición española se ha convertido en un negocio y las reglas del mercado son las que mandan. [La cursiva es mía.] Algo elemental que no siempre los editores más vocacionales habían comprendido y que, ahora, la mayoría de los novelistas tienen en la cabeza».

J. M. Plaza aseguraba, tal vez inspirado por un editor (vocacional por supuesto), que la edición era un negocio, ¡para los autores! De hecho, venía a decir que la literatura sí era un negocio para Javier Marías (un autor que a todas luces no era vocacional). Como es natural, y sobre todo tras haber aceptado de Herralde un anticipo bastante o muy inferior a los que le habían ofrecido, entre otros un servidor, a Marías le dolió horrores que su editor insinuara que se había movido por dinero. Porque de haber sido así, habría ganado el Premio Planeta de aquel año, o aceptado mi oferta y publicado con Plaza & Janés, o la de Juan Cruz para hacerlo en Alfaguara.

A Javier le parecía que, si además de ceder y aceptarle un anticipo bajo en relación con otras ofertas, su editor iba a acusarle de moverse por dinero, Herralde acababa de cruzar el límite de lo que él podía tolerar. Me dijo en la llamada de ese día que, en un combate por escrito, él llevaba las de ganar. Craso error, pensé. Escribiría una carta al director del periódico, me dijo, y así lo hizo. Cito algunos fragmentos de su primera carta publicada en la sección de cartas al director. Empieza diciendo que en el texto periodístico…

«…hay una serie de tergiversaciones que no achaco al periodista, sino a sus fuentes, y que quisiera rectificar. En él se dice que Jorge Herralde, de la Editorial Anagrama, me pagó “casi 25 millones de pesetas” por mi novela Mañana en la batalla piensa en mí, y que “aún se sigue doliendo de esa osadía, porque no ha recuperado el dinero”. […] Debo decir que el señor Herralde pagó unos pocos millones menos de anticipo por esa novela, y que precisamente la contraté con Anagrama por fidelidad, pese a tener ofertas superiores, como asimismo sucedió con mi anterior libro Corazón tan blanco». 

Y añade:

«A título anecdótico cabe agregar que el señor Herralde, gracias a sus contratos leoninos, se embolsará alrededor de 25 millones de pesetas por las actuales ventas en Alemania de Corazón tan blanco. Y allí no lo ha publicado Anagrama. […] En cuanto a mi decisión de no seguir con Anagrama fue debida al insoportable trato del señor Herralde y a las reiteradas inverosimilitudes en las liquidaciones de mis libros, nunca explicadas satisfactoriamente, y que me han llevado a firmar los últimos recibos con el añadido ‘Y no estoy conforme'».

A Herralde también le dolió esta dura carta. Y replicó de la misma manera, escribiendo al director del diario, pero dirigiéndose al autor. Hubo varias réplicas y contrarréplicas en las que la discusión de los últimos años se hizo finalmente pública. Y el editor replicó con lo que él llamó “puntualizaciones”, y en las que no puntualiza ni cuánto pagó Anagrama como anticipo por Mañana en la batalla ni cuál era exactamente la comisión de Anagrama por la venta de los derechos de traducción de Corazón tan blanco, a saber por qué motivo los ocultaba. La pelea postal y pública se extendió unas cuantas semanas durante el mes de octubre de 1996. Por ejemplo, Herralde escribió: “Pese a unas ventas muy considerables no se ha cubierto, ni mucho menos, el anticipo (cuyo importe no mencioné) que se pagó a Javier Marías”. Afirma luego que ese anticipo no se podrá cubrir por “las muy atípicas condiciones que impuso en el contrato. El autor, a los dos años de la publicación en Anagrama, podía vender a cualquier otra editorial los derechos de bolsillo de dicha novela, como así ha sucedido”. Para empezar, ese plazo de dos años es muy usual. Por otro, teniendo en cuenta que la vida en edición trade de los libros de Marías se extendía muchos años, con o sin edición de bolsillo, esto era relativo. Como lo era el hecho de la cifra de ventas a partir de la cual, sin cubrir del todo el anticipo, el editor puede estar teniendo beneficios (margen 3) de un 10% y más, incluso una vez cubierta la parte proporcional de sus gastos estructurales que asigne a cada libro de los que publica. Sobre la duda de Marías en torno a la liquidación de 1994, no se dice nada. Pero el editor afirma:

«Respecto a nuestras liquidaciones de ventas, no sólo se han atendido minuciosa e incansablemente las peticiones aclaratorias de Javier Marías, sino que le fueron enviadas las declaraciones certificadas de nuestros distribuidores exclusivos, Enlace y Visor, que recogen las ventas efectuadas desde el inicio de sus publicaciones en Anagrama. Cualquier suspicacia debiera estar, pues, razonablemente disipada».

Y termina aludiendo a que Javier Marías era “la única excepción” en las “excelentes” relaciones de Anagrama con todos los autores. El tiempo demostró que esa última frase era una leve exageración. ¿Por qué, si no, se fueron de Anagrama Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas, Tono Masoliver, por ejemplo; o Álvaro Pombo, Javier Tomeo y Soledad Puértolas, que se fueron y regresaron diversas veces?

En cuanto a lo que piensa Herralde sobre los autores, esto es lo que le dijo a Xavier Mas de Xaxàs en ‘Cultura/s’ de La Vanguardia, en una entrevista que conmemoraba la labor de cincuenta años de Editorial Anagrama (2019). Escribe el periodista:

«A los autores los ha tratado [Herralde] cuando han estado en la editorial y ha dejado de hacerlo cuando se han ido. La complicidad se mantiene cuando hay una relación profesional por medio, pero es casi imposible llevarla más allá. ‘El autor –explica Herralde– es un animal frágil e infatuado’”.

No se sabe si los autores sólo se vuelven frágiles e infatuados cuando se van de su editorial, o lo son siempre y todos ellos. Lo de la relación profesional entre autores y editor también es curioso, porque a juzgar por lo que pasó con Marías, “profesional” no significa conocer y exigir tus derechos (si eres el autor) sino aceptar lo que el editor te diga. Conocer los propios derechos no es profesional por parte de los autores.

La salida de Javier Marías acabó siendo muy complicada, incluso con la ayuda de Mercedes Casanovas. Porque en algún momento del largo litigio, Marías me hizo caso y se buscó una agente. Según me fue contando Javier, acordaron con Mercedes exigir la cancelación de todos los contratos que había firmado con Anagrama a medida que estos iban caducando, a partir de 1997. Un proceso que se alargó hasta el año 2002, porque bastantes con tratos iniciales eran de quince años, el máximo legal.

Pero Herralde quería vengarse de aquel autor infatuado y pesadísimo que llevaba años echándole en cara sus inaguantables dudas. Es muy curioso que ese mismo autor que no estaba conforme con las liquidaciones de Anagrama jamás tuviese motivo alguno de queja por las que le enviaba la nueva editorial (Alfaguara) que le publicó la obra posterior hasta su fallecimiento reciente y que también fue recuperando todos los títulos que sacó Anagrama. ¿Era pues Javier Marías un autor fatuo y obsesionado por mirar las cuentas y encontrar fallos y errores? ¿Un codicioso autor que pedía anticipos muy superiores a sus ventas? ¿Le dieron quizás una pócima en Alfaguara para que se convirtiera en un autor modosito?

Es cierto que Jorge Herralde ha sido uno de los empresarios editoriales más brillantes del mundo editorial de Occidente, pues como publisher no ha tenido rival, tal como dijo el exdirector editorial y ahora presidente de Farrar, Straus & Giroux, Jonathan Galassi, en una conferencia que pronunció en Barcelona. Anagrama ha sido también a partir de mediados de los ochenta uno de los más grandes y productivos negocios editoriales de España. A lo cual hay que añadir que tiene un catálogo lleno de libros extraordinarios, algunos de esos que han marcado época, así como algunas recuperaciones de autores muy anteriores que han permitido que sus obras tuvieran nueva vida. Pero que su trato con algunos de sus autores no fue del todo adecuado y provocó unas cuantas y sonoras salidas, también es comprobablemente cierto.

Por su parte, Marías avanzó lentamente en la recuperación de su obra, siguió escribiendo, y en un par de ocasiones se vengó de quien en su opinión le había difamado. Y no supo nunca que también su editor decidió vengarse de unas historias sarcásticas que Marías contó en Negra espalda del tiempo, pero que un amigo suyo logró, tras porfiar bastante, anular los efectos de esa venganza, historia con la que pondré conclusión a este capítulo.

Porque ambos, cada uno por sus propias razones, consideraron lo ocurrido una afrenta por parte del otro. Cuando Marías escribió Negra espalda del tiempo, un libro que trata de “la novela que escribí hace tiempo” y cuyo comienzo estaría tal vez “en los dos años que pasé en la ciudad de Oxford” (pág. 12 de la primera edición en Alfaguara), Javier Marías dedicó unas pocas páginas, tres o cuatro de sus más de cuatrocientas en la edición de 1998, a contar la historia de la publicación de Todas las almas, donde dice de su editor que era “mucho más cercano al tendero que al intelectual, pese a intentar aparentar lo contrario”, entre otras lindezas. También escribe que le contaron “ciertos visitantes ocasionales de la editorial, pero quizá bromeaban”, que:

«en todas sus dependencias se notaba un día y otro un olor fuerte, persistente y de lo más desagradable. Al inquirir los empleados por su origen, no tuvieron por lo visto éstos empacho en comunicar a los visitantes estupefactos (extranjero tal vez alguno de ellos, para mayor boca abierta) que el patrono y la patrona, su dicharachera esposa, habían colocado bajo los muebles y las estanterías, semiescondidos y siguiendo al pie de la fórmula las recomendaciones de algún chamán, loco impuro o hechicero, unos cuencos o platitos con sal y vinagre para ahuyentar y neutralizar mediante semejante mezcla mis supuestos vudúes contra su empresa…».

Unos calificativos y una sátira que Herralde encajó malísimamente mal, y que utilizó para provocar un boicot contra aquel libro y contra Marías, que durante algún tiempo funcionó en Gran Bretaña. Creo que nunca se ha hecho pública esta parte de la historia que ahora voy a relatar: cómo se produjo la amenaza que consiguió impedir la publicación de una obra de Marías. Hasta que, sin informar ni consultar a Marías, tomé cartas en el asunto e intervine, con mis escasos medios, y éxito final. Javier no supo por qué en Londres nadie quería publicarle nada durante unos años, ni cómo fue que al final ese problema se solucionó.

Yo me enteré por casualidad de que existía cierta, por así decir, prohibición debido a la cual Negra espalda estuvo muchos años sin ser publicada en el Reino Unido y en algún que otro país más. De hecho, lo supe antes de que el propio Javier o Mercedes Casanova tuvieran noticia de lo que ocurría. En una ocasión visité Londres como editor de Planeta. Tenía cita con Christopher MacLehose en sus oficinas de Harvill, entonces una pequeña empresa no vinculada a ningún grupo. Desde 1984 él había sido una rareza, el editor británico que más y mejor publicaba grandes autores que escribían en lenguas que no fueran el inglés. Fue quien introdujo en su país a Saramago, Murakami, Sebald, Magris y Javier Marías, además de publicar a norteamericanos como Raymond Carver y Richard Ford, así como posteriormente a los nórdicos Henning Mankell y Stieg Larsson. Muchos autores que compartía con Anagrama.

Después de tratar con el editor británico de asuntos relativos a lo que el Grupo Planeta pretendía hacer a partir de entonces en el campo de la literatura, y hablarle de la presencia en Seix Barral del nuevo editor, Basilio Baltasar, le pregunté cuándo iba a sacar Negra espalda, ignorante del jardín en el que me estaba metiendo. MacLehose había publicado a muchos espa ñoles, desde Mendoza, Rosa Montero y Martín Gaite hasta Marsé, Pérez-Reverte y Vila-Matas; y de Javier Marías ya había publicado All Souls (1992) y A Heart so White (1995), ambos en traducción magnífica de Margaret Jull Costa. La antigua amistad de MacLehose con Herralde incluía pues mucho negocio también, y mucho intercambio de información en ambas direcciones. A eso se sumó en 1987 el hecho de que Koukla, la esposa de Christopher, aprovechó sus conocimientos literarios y contactos internacionales en el mundo de la edición para crear una agencia de scouting cuyos clientes fueron buena parte de la élite editorial europea, de Gallimard a Einaudi y Anagrama.

Cuando le pregunté, como decía, en qué fecha iba a salir la versión inglesa de Negra espalda, MacLehose, alto y flaco como don Quijote, severo a la escocesa, y persona íntegra donde los hubiere, me dijo con mucha firmeza que lamentablemente, pues le dolía, no iba a publicar un libro que contenía gravísimos ataques contra la honorabilidad de Jorge Herralde, su colega y amigo durante tantos años. El editor de Anagrama le había advertido de que si él o cualquier otro editor británico se atrevía a publicar esa obra traducida al inglés se enfrentaría a una querella por delito contra el honor. En Gran Bretaña eso eran palabras mayores. El libel o difamación criminal se considera un delito tan grave que puede ser castigado con penas de privación de libertad además de elevadas compensaciones económicas para la persona física o jurídica ofendidas, si el delito queda probado. Traté de explicarle a Christopher que no era para tanto, que se trataba de unas escenas satíricas, sin duda, pero nada más. Le pregunté si había leído el libro y me dijo que obviamente no, que no sabía leer en español, pero que Jorge se lo había contado y que las ofensas eran gravísimas. Y, en lógica solidaridad con su colega español, y temiendo además que si lo publicaba habría una demanda judicial contra él, MacLehose había decidido no contratar ese libro. Tal como me lo dijo, lo cuento.

No fue el único británico al que le llegó la amenaza. MacLehose se ofreció mucho más adelante a publicar ese libro si el autor accedía a quitar las partes “ofensivas” contra su colega español, a lo que Marías se negó. A nadie se le ocurrió, curiosamente, preguntarse cómo avanzaba la denuncia por esa misma falta gravísima en España. Porque se habrían enterado de que Herralde no había demandado a Marías en su propio país, lo cual les hubiera hecho sospechar que su amigo de Anagrama iba tal vez de farol. Tampoco lanzó Herralde ninguna demanda en Estados Unidos cuando al cabo de un tiempo por fin Barbara Eppler publicó Dark Back of Time en New Directions.

La situación era desconcertante, pero decidí que valía la pena tratar de conseguir que algún editor británico se atreviera a desafiar una amenaza que en mi opinión era completamente infundada. Y así inicié una campaña que me llevaría algún tiempo culminar. Cada primavera en Londres y cada otoño en Frankfurt, cuando me encontraba como siempre con editores británicos interesados por la publicación de traducciones, yo planteaba la cuestión. Recuerdo claramente dos ocasiones. En la primera, insinué la posibilidad a Jon Riley, que entonces era el director editorial de Faber & Faber y ahora dirige el sello Riverrun en el grupo Quercus. Cuando le hablé de ese libro de Marías me dijo que publicarlo entrañaba graves riesgos. Herralde había amenazado con demandar por libel a quien publicara Negra espalda. Es decir, que había empezado a correr la voz en la ciudad. Unos cuantos meses después pasé por la zona de los grandes grupos británicos en Frankfurt, y en uno de los stands vi a Ravi Mirchandani, entonces en el grupo Penguin, y luego director editorial de Picador, tarea que abandonó en abril de 2024 para ser director editorial de Summit, un sello de la base británica de Simon & Schuster. Le asalté y sobre la marcha le comenté el asunto mientras él cogía un libro del stand y me lo daba diciendo que era una gran novela, que me saldría barata si ofertaba enseguida. Es lo que solemos hacer los editores en las ferias, tratar de vender como sea, tratar de encontrar la perla oculta del año, antes de que todo el mundo se entere y el precio suba mucho. También nos recomendamos mutuamente cosas que acabamos de contratar o publicar. Y eso nos beneficia a todos. Pero al oír que yo mencionaba Negra espalda reaccionó al instante: de nuevo, alguien que se había enterado, directa o indirectamente, de que Herralde había dicho que lleva ría a los tribunales a quien publicara ese libro porque contenía graves calumnias contra su persona.

Pero soy bastante terco, y no me desanimo fácilmente. El año 1999, en Frankfurt, tuve premio.

Rebecca Carter, a quien conocí como scout del equipo de Anne Louise Fischer cuando yo estaba en Plaza & Janés, era y es una persona extraordinaria, gran lectora, eficaz scout, buena para el editing, y ahora se ha convertido en agente literaria. Es una persona muy valiente. Hacía un tiempo que había dejado la agencia de Anne-Louise Fischer para trabajar como editora en Chatto & Windus, que formaba parte de lo que entonces se llamaba Random House UK. Y le conté a Rebecca lo de la novela prohibida, su contenido, la escena gravísimamente calumniosa según el publisher español, las amenazas… Y también le hablé de la obra anterior de Marías, tan vinculada en muchas ocasiones a Inglaterra. Como tampoco ella leía en castellano le dije que lo mejor sería que empezara a conocer al autor. Podía leer All Souls y A Heart so White. Luego hablaríamos. Y vaya si hablamos. Mejor dicho, habló ella. No conocía nada de Marías y las novelas le produjeron un entusiasmo ilimitado. Traduzco la carta que escribió a Mercedes Casanovas el 10 de mayo del año 2000, y que Javier Marías me mandó fotocopiada:

«Leer Todas las almas ha sido para mí una revelación. Era el primer libro de Marías que leía y jamás en la vida me había encontrado con un escritor capaz de combinar tan perfectamente el ingenio humorístico y la seriedad. Encontré en esa novela cosas que siempre he amado en otros escritores –Calvino, Joyce, Beckett y Sterne– y que tan pocas veces encuentro en la novela actual: esa capacidad que muestran ciertos autores para mantener un cierto equilibro entre el cerebro y el corazón; de hacer que te revuelques de risa o sentir un inmenso dolor mientras consiguen que en tu mente fermenten los pensamientos porque te llegan ideas desde la derecha, la izquierda y el centro, y te hacen pensar cosas que no habías pensado nunca. La elegancia del estilo, la narración tan maravillosamente medida, todo era tan bello que no quería que el libro terminase».

La mala noticia de ese día era que Alison Samuel, directora editorial de Chatto, no aceptó la propuesta de su subordinada porque los editores de Vintage no quisieron participar en la operación y se negaron a incluir el libro de Marías en su catálogo de bolsillo de calidad, la edición más barata que alarga y multiplica las ventas en aquel país. Sin esa condición (pues mejoraba el potencial de ventas del libro entre estudiantes y escritores), no podían atreverse a publicar un libro, Negra espalda del tiempo, que tendría un coste elevado de traducción.

Para entonces ya existía la obra en inglés, como se ve en esta carta de Rebecca:

«Me alegro de haber esperado a leer la excelente traducción de Esther Allen (lamento decir que, si bien leo francés e italiano, aún no he aprendido español), porque esa lectura me demostró que THE DARK BACK OF TIME (sic) es tan maravillosa como yo sospechaba a partir de los informes de lectura que encargué».

El 18 de mayo de aquel mismo año Rebecca remitió un fax (que traduzco también yo) a Esther Allen comunicándole, sin embargo, que no podría publicar su traducción de Negra espalda: 

«No consigo convencer a mis colegas en Londres de que empecemos a publicar a Marías con esta novela en particular, pues no creen que sea prudente ni viable desde el punto de vista económico. Estoy destrozada, pero tengo la esperanza de que cuando Javier escriba otra novela, su agente me permita leerla y, si aun estuvieran libres los derechos de THE DARK BACK OF TIME, podría hacer a su agente una oferta por los dos libros juntos, y publicar esta novela retrospectivamente. Muchísimas gracias por todo el tiempo y la ayuda que me ha dado usted, y siento que aún no haya producido ningún resultado. Sólo quiero añadir que su excelente traducción ha sido absolutamente admirada por todos sus lectores en Londres».

A mano, Javier, que había recibido copia del fax y me enviaba fotocopias de toda esta documentación que cito aquí, escribe:

«Dear Esther,

Muy malas noticias, sin duda. En ningún momento –ni siquiera en fechas recientes– esperé gran cosa de todo esto. Supongo que DBT no será publicada en UK, sólo habrá libro norteamericano…».

A estas alturas Javier aún no sabía, pues no se lo había dicho ni a él ni a Mercedes, que yo había estado manejando discretamente los hilos. Tampoco sabían ni cuál era el problema editorial que afectaba a ese libro en el Reino Unido ni cómo Rebecca había empezado a interesarse por aquel autor español. Este intercambio, y el envío de copias por parte de Javier, sigue en noviembre de ese mismo año, el día 4. Me llegó también la copia del fax de Esther Allen a Javier. Un párrafo breve pero curioso:

«Qué raro lo de Herralde. Prácticamente no sale en NET, apenas unos párrafos, que no le dirán casi nada a quienes puedan leer la novela en inglés. [La cursiva es mía.] Si tuviese un poquito de sentido común, le hubiese fastidiado mucho más leer ‘Mala índole'».

En cuanto a lo terrible de la sátira de Marías sobre Herralde y su editorial, creo que es evidente la poca base jurídica que había para ninguna demanda. Que, insisto, ni la hubo jamás en Estados Unidos, ni, pese a las amenazas, tampoco la hubo en Gran Bretaña cuando finalmente el libro se publicó también allí. Todo era un farol que funcionó durante unos cuantos años. ¡Viva la literatura!

Porque pese al mal comienzo, Rebecca finalmente logró que el proyecto fuera aprobado por su jefa, y la novela se publicó en Londres el año 2003. Y durante un tiempo Rebecca fue la editora de Marías en Chatto. Publicó los tres volúmenes de Your Face Tomorrow entre 2005 y 2009, y While the Women Are Sleeping en 2010, en traducciones de Margaret Jull Costa. Luego, al irse Rebecca de Chatto, Mercedes Casanovas aceptó un cambio de sello dentro del grupo Penguin Random House, y el brillante y discreto Simon Prosser, editor de Hamish Hamilton, pasó a ser su editor inglés. Además, la obra entera de Marías, aquel autor infatuado, entró por esa vía en el catálogo de bolsillo de los Penguin Modern Classics.

Fue todo eso, la difusión cada vez mayor de la obra de Marías en el mundo, y los elogios de Sebald, Coetzee y otros grandes escritores contemporáneos, lo que se perdió Herralde por no querer rectificar una liquidación, cuando Marías reclamó que cierta liquidación no era plausible.

Finalmente, un comentario adicional sobre las formas que tienen los escritores de tomarse la venganza cuando se producen tropiezos con sus editores. Para quien pudiera estar interesado, en el relato “Mala índole” [ahora incluido en sus cuentos “aceptados y aceptables”, bajo el título precisamente de ese relato, Mala índole, Alfaguara, 2012] comprobarán que aparece un personaje muy ridículo y jocoso. A eso se refiere Esther Allen en su carta cuando dice que hay algo peor que lo que escribió Javier en Negra espalda…, y tiene razón. Se trata un personajillo colateral, que apenas tiene papel en la historia. Cuenta Marías en tono de comedia la peripecia de un español afincado en Hollywood a quien contratan como asesor de lengua española para el rodaje de una película que protagoniza Elvis Presley. Están rodando unas escenas en la ciudad mexicana de Veracruz cuando aparece un tipo tan rico como borracho y que baila de muy fea manera, y acaba poniéndose en ridículo hasta extremos hilarantes. No pinta nada en el rodaje, pero se ha pegado al grupo. Se llama George McGraw (que suena al apellido de la madre de Jorge Herralde), pero le apodan McHerald por ser el propietario del Albuquerque Herald o algo así, no recuerdo ahora de qué ciudad era heraldo ese diario…

Este fragmento pertenece al libro Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición, publicado por Trama editorial.

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