El colmo de la desdicha

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Yo he tratado de leer a Proust con la misma firmeza con la que he tratado de leer a Dios, o sea ninguna, porque en cierto modo me he aproximado a ambos con el respeto de quien no cree en las magdalenas ni en los milagros. Pero a Proust le debo dos cosas: que James Joyce dijese eso de que “los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”, y la formidable respuesta al cuestionario que lleva su nombre:

 

-¿Cuál es para usted el colmo de la desdicha?

 

-Estar separado de mamá.

 

Esa pregunta me obsesionó tanto durante un tiempo que acabé haciéndosela a Dinio hace tres meses en un club de carretera: no me metió una hostia de milagro. Lo incómodo de una pregunta así es que no admite otra respuesta que la del jovencito Proust, y quizás por eso Dinio se quedó bloqueado, y yo también de habérmela hecho a mí mismo antes de saber la contestación. Estar separado de mamá es el colmo de la desdicha y una desgracia de proporciones desalentadoras.

 

Esta semana me dirigía al trabajo caminando a la altura de una madre y una niña de apenas once años que hablaba como las niñas de once años, mucho y encantadoramente. Contaba entre risas una historia que le acababa de suceder en el colegio, y pecaba, como tantos espesos que hay por el mundo adelante, de digresiones infantiles que empezaban a convertir la anécdota en insufrible. Su madre cargaba bolsas y parecía agobiada, así que en un momento dado le soltó: “Bueno niña, cállate ya porque esto no le hace gracia a nadie y además me estás resultando muy pesada”. Giré hacia ellas la cabeza, conmovido; la niña había compuesto la clase de sonrisa idiota que se le queda a alguien cuando su propia madre la repudia sin darle tiempo a quedarse embarazada a los quince o hacerse yonqui.

 

Hace tiempo escribí que con seis o siete consejos de mi mamá yo fui quién de hacerme un hombre en la vida. No se señala, no se toma uno en serio ni se las da jamás de importante eran algunos de ellos. El otro fue decirme las cosas muy claras tuviera la edad que tuviera. Cuando yo andaba por ahí con doce años vino a vernos a casa una amiga suya con su hijo de seis, y yo pasé la tarde jugando con el crío poniendo esas voces atipladas que se le ponen a los bebés y alargando mucho el tono de las palabras, mientras hacía “¡porrrrómporrrrónn!” deslizando un camión de los clicks. Cuando se fue la visita, y creyendo yo que mi madre se dirigía a mi habitación a darme las gracias por haberme volcado con el niño toda la tarde, abrió la puerta y me dijo: “¿Tú eres retrasado o qué te pasa? La próxima vez que te pongas a hablarle así a un niño te doy dos bofetadas que te pongo del revés”. Y tenía mi madre, como la lleva teniendo toda la vida así diga o haga lo que sea, toda la razón del mundo.