No; ni la guerra de Irán ni el Consejo de Seguridad son una broma. Y este artículo no pretende ser un meme de social media, pero lo ocurrido recientemente en ese órgano internacional me dejó tan estupefacto que tardé varios días para encontrar la forma de explicarlo y fue gracias al humor de Miguel Gila, aquel cómico español que sublimaba el existencialismo al exponer la farsa de un mundo donde la moral se dobla ante lo absurdo.
Empezaré por el chiste de Gila porque si no no se entenderá maldita la gracia. Contaba el comediante que iba paseando un día por la calle cuando vio a tres hombres dándole una paliza a otro. Perplejo por la desventaja, empezó a considerar si debía o no debía entrar en la pelea. “Me meto o no meto, me meto o no me meto”. Tras mucho debatir, decidió dar un paso adelante: “Y entre los cuatro, dejamos al pobre hombre hecho una piltrafa”.
Esto y no otra cosa fue lo que sucedió en la reunión que celebró el Consejo de Seguridad el 11 de marzo: 135 países se unieron para linchar a Irán.
Estos son los hechos: el 28 de febrero Israel, seguido por Estados Unidos, según explicó su secretario de Guerra, empezaron una guerra en Irán bombardeando tan a diestro y siniestro que el primer día volaron un colegio, matando a 168 personas, en su mayoría niñas menores de 7 años. Y hago una pausa aquí para poner el humor de lado por un momento, tomar aire y recordar sus nombres. Nuestra humanidad es lo único que nos salva del existencialismo.
Ante el ataque israelí, respaldado por Estados Unidos, Irán respondió en virtud de lo que podríamos llamar la ley de la calle: defenderte; algo que reconoce hasta el derecho internacional cuando habla del derecho a la legitima defensa si un país es atacado, especialmente cuando esa agresión no ha sido aprobada por el Consejo de Seguridad, el órgano que, supuestamente, vela por la paz y la seguridad internacional.
Lo de supuestamente no es exageración ni ironía: el número de guerras y conflictos ha crecido bajo la desatenta mirada del Consejo de Seguridad de 30 a 60 en la última década, según datos del.… propio Consejo.
En su respuesta, Irán atacó tanto a Israel como a los países del Golfo Pérsico que, como aliados de Estados Unidos con bases norteamericanas en su territorio, se convertían, sin querer o queriéndolo, está por ver, en cómplices de la agresión. (No se puede tener todo en esta vida, ser aliado de la potencia beligerante y pretender que te traten como víctima. Ni Gila, con todo su genio, hubiera sido capaz de resolver esta contradicción).
Desde que comenzaron los bombardeos y hasta el 13 de marzo, Estados Unidos e Israel había bombardeado 22.000 estructuras civiles de las que 17.000 eran viviendas, según datos de la Organización Mundial para las Migraciones. Repito 22.000 estructuras civiles de las que 17.000 eran viviendas.
La primera referencia de cifras es por mor del derecho internacional, que prohíbe a las partes en una contienda atacar a civiles y sus infraestructuras, y la repetición es para aquellos que creen que a Estados Unidos o Israel les importa tanto el pueblo de Irán que lo quieren librar de sus tiranos.
A todo esto. Los motivos de la guerra –el famoso “casus belli”, “la causa justa” de la guerra que ya debatía el derecho romano ¡qué tiempos más civilizados aquellos!– nunca han sido determinados por las partes agresoras, ni falta que hace, parece ser.
Con este panorama de bombardeos indiscriminados y guerra sin justificación llega la reunión del Consejo de Seguridad, presidido casualmente durante el mes de marzo por uno de los beligerantes, Estados Unidos, y a solicitud de Bahréin, uno de esos países del Golfo Pérsico con presencia militar estadounidense. En concreto es el cuartel general de la Quinta Flota de la Armada de Estados Unidos, responsable de las operaciones navales en el golfo Pérsico, el mar Rojo, el mar Arábigo y parte de la costa oriental africana.
En la reunión, Bahréin presenta una resolución para pedir, por un lado, “la condena en los términos más enérgicos” de los ataques con misiles y drones lanzados por Irán contra Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania, y por otro, exigir a Teherán que “cese inmediata e incondicionalmente cualquier provocación o amenaza contra los Estados vecinos”.
Hasta ahí, más o menos lo normal de los pendencieros, tres tipos dándole una paliza a un pobre diablo. Pero hete aquí, que otros 135 países (los Gila de esta historia, entre los que se encontraba sorprendentemente España –y digo sorprendentemente porque es uno de los pocos países que realmente está intentando mantenerse neutral–), decidieron meterse en la pelea y apoyar la resolución, que fue aprobada por 13 votos a favor, incluidos países a los que no les va mucho en esta historia, como Colombia, y dos abstenciones, las de China y la Federación Rusa.
Y es aquí donde empezó la estupefacción, porque nunca una resolución había tenido tanto apoyo salvo la que recibió la lucha contra el COVID-19. Aunque no sé por qué tanto estupor. Supone la culminación de décadas de deterioro en el Consejo. Pero, al menos, George Bush se tuvo que ir a las Azores a autorizarse, con un par de amigos, la guerra de Irak porque hasta el Consejo de Seguridad de entonces tenía sus límites y no se la concedió.
La resolución de Bahréin estipulaba, además, que los ataques de Irán contra esos países “constituyen una violación del derecho internacional y una seria amenaza para la paz y la seguridad internacionales”.
¡Los ataques de Irán!, el país que no empezó la guerra. Y ¿dónde está la condena a los que la iniciaron, a los que no fueron al Consejo de Seguridad a pedir su autorización y tener la misma legitimidad de ese derecho internacional que se le exige a Irán?
Pues curiosamente esa condena estaba en un proyecto de resolución presentado por Rusia, que también necesita un poco del humor de Gila para explicarla.
Contaba el humorista español que se había metido a detective en Scotland Yard y tenía una forma singular de hacer que el asesino confesase con indirectas. Se acercaba al sospechoso en el pasillo o en el baño y le decía: “alguien ha matado a alguien, y no me gusta señalar”, “alguien es un asesino”. El asesino se ponía colorado –eran otros tiempos, cuando matar estaba mal visto y los asesinos tenían cargo de conciencia, recuerden Crimen y castigo– y al cabo de 15 días no podía más y confesaba: he sido yo, he sido yo.
La resolución rusa instaba “a todas las partes a poner fin de inmediato a sus actividades militares” y condenaba “en los términos más enérgicos todos los ataques contra civiles e infraestructuras civiles”.
A la forma de Gila, sin nombrar a nadie, la resolución venía a decir “alguien está bombardeando a alguien”, “alguien es un agresor y no me gusta señalar”, pero al menos era ecuánime: condenemos a todos.
El estilo de Gila en el Consejo, he de adelantar, no es nuevo. El secretario general de la ONU lleva tres años diciendo que “alguien” está cometiendo un genocidio en Gaza. Pero eso para otro día.
La ecuanimidad obtuvo dos votos a favor, los de la propia Rusia y el de China, dos en contra, los de Estados Unidos y Letonia, y nueve abstenciones.
¡Y este es el mundo que nos ha tocado! Cómo diría Gila: “¿Es el enemigo? ¿Pueden parar la guerra un momento, por favor?”. Porque lo que es el Consejo de Seguridad…




