El enchufismo vencido

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Un hombre de pelo blanco aparece de pronto en la imagen. Sin mediar razón reemplaza al niño que está en primer lugar por el que está en segundo lugar. Los toma del hombro y los mueve como piezas de ajedrez. El hombre se retira silenciosamente, consciente de haber ejecutado una jugada maestra...

 

No sé si fue en París. Seguramente fue en París. Estas cosas tienen (o tenían) que pasar en París. Si fue en París el París Saint Germain, el equipo de fútbol de la ciudad, se dispone a saltar al campo desde el túnel de vestuarios. Los jugadores están en fila india y llevan la bandera de Francia en la parte trasera del cuello de la chaqueta del chándal que les abriga. El chandail de boxeador que decía llevar Hemingway debajo de la ropa para no pasar frío.

 

Ahora que vuelvo a las imágenes de la televisión, no es París. No importa. Es mejor si hablamos de fútbol en la Galia. Es Saint Etienne, lugar olvidado, como Alesia, y ciudad del club columna vertebral del fútbol francés en la segunda mitad del siglo XX. Volvemos al túnel. A su lado, el de los futbolistas, otra fila india de niños espera para saltar también al campo cogidos de su mano. Llevan camiseta verde y pantalón blanco, el uniforme del rival, la AS Saint Etienne.

 

El plano es frontal. Sólo se ve al primer jugador y al primer niño de ambas filas, aunque se advierte la escuadra que les sigue como la cola de un dragón chino en la celebración del año del dragón chino. El túnel parece el callejón de una plaza de toros. Un callejón verde que quiere ocultar un pasado gris y metalúrgico. Los toreros mueven las piernas y levantan el mentón en movimientos espasmódicos. Se ajustan la taleguilla. Estiran los arcos de sus piernas. Se observan los cascos.

 

Un hombre de pelo blanco aparece de pronto en la imagen. Sin mediar razón reemplaza al niño que está en primer lugar por el que está en segundo lugar. Los toma del hombro y los mueve como piezas de ajedrez. El hombre se retira silenciosamente, consciente de haber ejecutado una jugada maestra, quizá habitual. Pero el hombre del pelo blanco, a quien podríamos llamar hoy Karpov, va a perder inesperadamente de nuevo con Kasparov.

 

Zlatan Ibrahimovic, el capitán del París Saint Germain, es el jugador que está al lado del niño reemplazado. Ibrahimovic está arrodillado, aparentemente distraido mientras el hombre del pelo blanco, que es con toda seguridad un empleado de la AS Saint Etienne, ejecuta su astuto movimiento.

 

Ibrahimovic lo ha visto todo y al incorporarse realiza la jugada maestra que creyó haber finalizado el hombre del pelo blanco. Es la jugada inversa que devuelve las cosas a su estado primigenio. Es la justicia restituyendo el derecho que tiene el niño apartado arbitraria e interesadamente del primer puesto en la parrilla de salir de la mano del gran futbolista sueco.

 

Ibrahimovic mueve a los niños no como un ajedrecista, no como Kasparov, sino con la delicadeza con la que Gulliver movía a los liliputienses mientras éstos gritaban por el vértigo como bajando por la cuesta inicial de una montaña rusa. Luego sonríe al niño repuesto en su posición, le revuelve el pelo con la mano y se apoya ligeramente en él para estirar el adductor.

 

En la grabación aún se ven algunas cabezas sobresalir por detrás en la fila de los jugadores. En la parte trasera de la cola del dragón. Casi en el último momento antes de la salida de los jugadores y de los niños al terreno de juego se ve al final también sobresalir la cabeza del hombre del pelo blanco, que comprueba como su plan, llevado a cabo gracias a una evidente influencia y a una aparente inmoralidad, ha fracasado.