El escrache con acordeón, por favor

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Alguien dijo hace poco que la palabra del año 2013 había sido escrache, un término que saltó repentinamente a las páginas, ondas y conversaciones y que se ha quedado a vivir con nosotros; hay palabras que son así: llegan y triunfan, como si les estuviera esperando un hueco. Un lector de El País con un gran sentido del humor escribió lo siguiente hace unos meses a la sección Cartas al director

 

Alguien dijo hace poco que la palabra del año 2013 había sido escrache, un término que saltó repentinamente a las páginas, ondas y conversaciones y que se ha quedado a vivir con nosotros; hay palabras que son así: llegan y triunfan, como si les estuviera esperando un hueco. Un lector de El País con un gran sentido del humor escribió lo siguiente hace unos meses a la sección Cartas al director:

 

«Alternativa

 

Basándome en mi estado anímico y mental, tras semanas de experiencia, creo tener una alternativa eficaz a los escraches. Póngase frente al domicilio del político de turno a un músico callejero que, armado con su acordeón, interprete durante horas, sin desfallecer ni cambiar de repertorio, La paloma, Estoy sintiendo tu perfume embriagador, Love story y Allá en el rancho grande. Les aseguro que en dos o tres días cualquiera, aunque sea una persona insensible dedicada a la política, cederá, rotos sus nervios, y estará dispuesto a conceder lo que se le demande. A. M. B., Madrid”. 


Hay otras palabras que se introducen de forma insidiosa y que ya me tienen muy harta, como esa manía de decir tributo por homenaje, un calco del inglés (tribute) que sí tiene ese significado. O eso de gerenta (¡qué mal suena!), que responde a la manía feminizadora que en realidad aplana todo, más allá del error gramatical (participio activo, verbal, creo que se llama: gerente es el o la que gestiona). El uso va introduciendo estos y otros términos, pero como la lengua tiene un genio, algunos se quedan y otros son rechazados, sin que sepamos en realidad por qué. El otro día una famosa locutora de radio dijo que había un gran decalage entre no me acuerdo qué dos magnitudes. A mí me sonó tan antiguo como si hubiera dicho chauffeur, como a principios de siglo. Otros dicen gap, palabra inglesa tan sobrante como el galicismo anterior, y todo esto cuando ya los sufridos traductores de los organismos internacionales han conseguido generalizar el término brecha, tan rotundo él y tan clarito, para referirse al desnivel de ingresos o de cualquier otra cosa entre países, sexos, clases sociales, etc. 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.