El factor humano

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Si es cierto que la inseguridad ha crecido en la Argentina, no es menos cierto que lo que ha crecido exponencialmente es la propaganda al respecto, que advierte, persuade, miente y ataca con una virulencia (al paseante ocasional y no tanto) que suele paralizarse o buscar ayuda o sentirse como el personaje de David Bowie en aquella película del hombre que por casualidad había caído en la tierra.

 

Días atrás, en Mar del Plata, donde vivo, salí de mi casa, todavía no era la medianoche, es verano y tomé un ómnibus que iba en dirección a la casa de unos parientes, sin fijarme en la letra. En lugar de la letra B, subí al de la letra A (la distracción quizá obligue a creer uso poco ese medio). Avisado por el motorman, quedé a unas quince cuadras de la avenida más cercana, sin otra alternativa que caminar. En la ciudad, en el país, un tipo con una mochila caminando a esa hora solo es casi un sinónimo de sospechoso.

 

El barrio, clase media alta, casas pobladas, habitualmente vacías fuera de temporada, era cruzado por esa calle donde caminaba por autos de alta gama, otros de menor valía, algunas camionetas que doblaban y volvían a pasar por donde iba (una con los focos apagados) y motos que iban y venían. En la mayoría de los casos reducían la velocidad y alguno gritó algo.

 

Lo que pasó es que a medida que me acercaba a la avenida, el barrio se empobrecía, las casas a medio construir y el paso dos veces del mismo auto, dispararon el sistema de alarmas que la extrañamente prestigiosa sensación de inseguridad provoca algunas veces. Ignoro si pensaran que era un paseante solitario, un ladrón buscando donde cometer un delito que lo salvara de por vida o un extraterrestre perdido en el mundo humano, que no sabe, por extraterrestre, que no se camina solo a esas horas por el barrio de una ciudad donde siempre se espera lo peor.

 

Si es cierto que la inseguridad ha crecido en la Argentina, no es menos cierto que lo que ha crecido exponencialmente es la propaganda al respecto, que advierte, persuade, miente y ataca con una virulencia (al paseante ocasional y no tanto) que suele paralizarse o buscar ayuda o sentirse como el personaje de David Bowie en aquella película del hombre que por casualidad había caído en la tierra: la cercanía de esos autos, la baja de velocidad y los insultos módicos no son más que las representaciones, de las cuales muchos se aprovechan, para aumentar el fogón del terror, inducir al aislamiento y fomentar el poder de las fuerzas de seguridad: tradición, familia y propiedad.  

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.