El fantasma de Canterville

0
227

Da la impresión de que a Pablo lo llevan a rastras a los sitios. Uno está viendo a esa guardia pretoriana suya llamar a la puerta de ese piso de Vallecas y encontrarse tras la puerta al capitán Willard borracho y en calzoncillos...

 

Da la impresión de que a Pablo lo llevan a rastras a los sitios. Uno está viendo a esa guardia pretoriana suya llamar a la puerta de ese piso de Vallecas y encontrarse tras ella al capitán Willard borracho y en calzoncillos. Cada día, cada compromiso, parece como si esos ayudantes lo fuesen a buscar para meterlo en la ducha y ponerlo presentable delante de las cámaras. Dicen que algo así hicieron con David Hasselhoff horas antes de su aparición en el Hormiguero, y al final lograron que pareciese despierto y hasta divertido. Divertido no es precisamente la cualidad que mejor defina a Pablo. El tono y la vocalización que antes llenaban estadios y provocaban histerias a mi me suenan ahora como las cadenas del fantasma de Canterville, que no sólo no asustan sino que incluso producen risa. Motos era ayer como Hiram. B. Otis, el cabeza de familia que adquiere el castillo de Canterville a sabiendas de la existencia de un fantasma, y «Trancas y Barrancas» «Estrellas y Bandas», los gemelos del Sr. Otis empeñados en hacerle la vida imposible al infeliz espectro. Más allá de un programa de televisión y a partir de él, o de ellos, cualquiera diría que el tiempo que le resta a Pablo hasta el 20D es la existencia terrible y desprovista de sus alicientes del fantasma de Sir Simon de Canterville desde la llegada de los Otis. Aplacado el miedo, el hartazgo; superados los remilgos con la aparición de esa burguesía norteamericana, ruidosa y moderna que no conoce de tradiciones, el pobre Pablo queda abocado a una triste versión de lo que fue: prometiendo ansioso a cada ocasión soltarse la melena, o cantando y tocando la guitarra (por un momento se me apareció Rosa León) para paliar la debilidad de un mensaje que era como la espuma: una disipación tras la que aparece Pablo solo, casi desnudo y desvalido con su coleta y sus vaqueros grises y el discurso que se evapora, sin alma, al salir de la boca. Yo no sé cómo de largo puede hacerse un mes y medio de penalidades en el castillo de Canterville, viendo bajar inquietantemente desde la cabina del avión los depósitos de escaños, donde a nadie parece importarle, por mucho que lo repita Pablo, que hace trescientos años Sir Simon matara allí a su esposa.