¿El fin de la impunidad?

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Ayer, mirando el Telediario en la muy recomendable web de RTVE (una verdadera televisión a la carta, y unos servicios informativos fantásticos, mientras no nos los roben también), por primera vez en mucho tiempo sonreí al ver unos informativos. Buena parte del programa se dedicó a tratar un único asunto en sus diferentes versiones: los banqueros en el banquillo

 

La Audiencia Nacional admite a trámite la querella de UPyD –bravo por ellos, esta vez sí- contra una treintena de directivos que llevaron a Bankia a acumular un agujero negro de 23.000 millones de euros (unos 500 eurillos por español). Los tribunales investigan también la los banqueros de NovaCaixaGalicia, cuyas astronómicas subidas de sus astronómicos salarios podrían representar, según dicen ahora los jueces, un delito de administración desleal o apropiación indebida. La Audiencia Nacional admite el recurso del PSOE contra la amnistía fiscal que el Gobierno decretó para que los defraudadores paguen, pidiéndoselo por favor y con todos los mimos, al menos una mínima parte de lo que les hubiese correspondido. Y mientras, en Inglaterra, los dirigentes del Barklays, con ese inquietante Bob Diamond a la cabeza, responderán también por haber falseado los tipos de interés y otras bagatelas. 

 

Es el descrédito total, ganado a pulso, de las entidades bancarias. Y es también, o al menos eso quiero pensar, el principio del fin de la impunidad de los poderosos. También habrá juicios contra esa estafa monumental que son las participaciones preferentes, un engaño en toda regla por el que miles de españoles, en gran parte ancianos, colocaron sus ahorros en un complejo producto financiero, pensando que podrían recuperarlos cuando quisieran, lo que era una mentira en toda regla. 

 

No estafaron solo a quienes invirtieron en participaciones preferentes. Nos han estafado a todos. Cuando, durante los años del boom inmobiliario, cientos de políticos y banqueros, y, lo que es peor aún, políticos metidos a banqueros en las cajas de ahorros, se llenaron sus bolsillos a nuestra costa, ya fuese autoconcediéndose salarios absurdos o consiguiendo enormes beneficios a corto plazo que a medio plazo eran simple y llanamente insostenibles; eso ya lo intuían ellos, supongo, como también sabían que nosotros, sufridos contribuyentes e ignorantes votantes, taparíamos esos agujeros negros que ellos nos dejasen en herencia. 

 

No hay cómo deshacer lo andado. España sufrirá durante años las consecuencias de esa locura colectiva absurda que trajo el boom del ladrillo que se gestó con la Ley del Suelo de Aznar en 1998, y que se cultivó al calor de la llegada de los capitales del norte de Europa que facilitó la zona euro. No hay cómo volver atrás, pero sí podemos buscar y penalizar a los responsables, y, sobre todo, legislar para que nunca más vuelva a pasar. Y no sería un mal comienzo recordar que habrá impunidad mientras existan los paraísos fiscales. Y mientras no nos quitemos de encima a una clase política que hace ya mucho tiempo que entró en el juego corrupto de quienes veneran al Dios Dinero.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.