El fuego del hogar

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Fotografía de Fernando Suárez

Suenan, una tras otra, sobre una deficiente reproducción, las quizá más insulsas melodías de los Beatles: “Hey Jude” y “Yesterday”. Algo aburridas, ¿no es verdad? Suenan mal, pero pueblan, no obstante, y sin dudarlo, un ubicuo interior, caluroso, imprevisto, en suma agradecido.

El humo, informe, da inicio a las diversas formas sentimentales que el fuego, grácil y rigurosamente, expande.

Su alma azul se prolonga en el madero, llamas que rememoran los comienzos

De un pasado feliz, un pasado absoluto, absolutamente feliz.

Los tizones del fondo, rojos, rabiosos, tan dispuestos a cambiar un pasado devenido en exhausto haz que, caprichosamente, oriente la alegría, la alegría tolerante, la tristeza exigente.

Mas el fuego es alegre. Siempre es alegre. Alegre por su forma. No es alegre por su sustancia. Sustancia siempre grave, onerosa, fatal.

Sus ondas son jocosas. Festivas, cimbreantes. En todos sus momentos, más que jocosas, o festivas, o cimbreantes, jacarandosas; es decir, desenvueltas. Trocan en gozo el gélido y punzante transcurrir exterior.

Producen dulce olvido.

Un gran consuelo lame al madero en tiempo justo. Lenguas del fuego son combadas por la reinante música que acopla los recuerdos a una realidad tolerable que niega, de algún modo, tantos malos recuerdos.

Mas, insistentemente, el tronco acaba oscureciéndose, y la ilusión se evade

Y acaba convirtiéndose en límpida ceniza de la que no sabe qué sentencias guarda

O que neutro futuro tranquilizador atesora.

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