El hombre más malvado del universo

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Los diputados gritan, se enfadan, se ponen camisetas de gatitos, imaginan Repúblicas y Constituciones, y hasta montan películas con reparto extranjero.

 

Mientras Rajoy se despierta, algunos empiezan a ponerse nerviosos. Ayer Rubalcaba le dejó baldado hasta el punto de decir aquel: “No parecía que debatía conmigo”, quizá porque parecía que debatía con cientos de presidentes iguales como si fuera un agente de Matrix, el modo que Bosch le invitaba a abandonar, se diría que hasta con lágrimas en los ojos de no ser por su cara de Joker.


El portavoz de la Esquerra quería que Mariano saliese del mundo de las máquinas, haciendo una suerte de apelación a la humanidad en vista del éxito de anteriores argumentos; lo mismo que Errekondo a propósito de las libertades, aunque en este caso el asunto tomaba tintes de magia negra, como su camisa, tantos como para que cualquiera creyese que había subido a la tribuna el mismísimo Aleister Crowley, “el hombre más malvado del universo”.


Rubalcaba era ayer Neo descubriendo sus poderes, ese movimiento de brazos fulgurante que uno pensó que no podría mantener toda la jornada debido a su edad y complexión, pero se equivocaba. Igual es que es El Elegido, aunque, como en la película, esto sólo va a creérselo Morfeo.


El tiempo pasa más rápido para algunos que ven cómo sus anhelos se van borrando de la foto igual que los McFly, mientras Marty intenta regresar a su época cuánto antes para remediarlo. El presidente sigue sin despertar y en sueños se pregunta en alto cosas como: “¿Por qué tengo que dar algo a cambio a ETA?”, lo que tampoco es tan onírico como para quererlo molestar.


Los diputados gritan, se enfadan, se ponen camisetas de gatitos, imaginan repúblicas y constituciones, y hasta montan películas con reparto extranjero. Todo para que el Congreso haya sido en estos días la casa de Odamae Brown (desde luego tienen los mismos cortinones), una doble sesión de inmovilismo en la que el muerto (o el dormido) les decía a los vivos (o a los despiertos), una y otra vez que no.