El ir y venir de la luz

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El capítulo de la gran noche cuenta que la luz habitaba dentro de los corazones, que se veían brillando en la oscuridad rebosantes de todo lo que cabía, de seres móviles e inmóviles encargados en aquel tiempo de despertar y dormir a las canciones.

 

De algún modo no revelado, el primer amanecer llevó la luz a las alturas. Los inmóviles se acomodaron por los alrededores. Los que no cesan de moverse, por su parte, se dispersaban dejando todo tipo de rastros. En poco tiempo, todo parecía tan lejano, que los brazos no alcanzaban a abrazar nada. Entonces se comprobó que los corazones seguían en su sitio y hubo un suspiro de alivio.

 

Con la primera de las noches, llegaron los primeros casos de terrores nocturnos. Ninguno de los afectados podía sentir el corazón e incluso algunos, los que se frotaban la frente, habían olvidado dónde se encontraba.

 

Los días se sucedían y aumentaba la inquietud de los hombres, que deseaban conocer las razones. Hubo tantas razones como días. Pensaron, por ejemplo, que se había vaciado el corazón hablando por la boca, a sabiendas de que hablar sólo concernía a móviles e inmóviles y por eso ahora éstos no hablaban. Olvidadas las razones por inconcluyentes, los hombres siguieron a la luz en su ir y venir, llenando días y noches con sus vidas y sus vidas con la esperanza de un solo corazón que nos una a todos.

 

Con Haití.

 

 

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