El metaverso o la necesidad imperante de parar a los ricos

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Aun habiendo atravesado la penosa situación de la pandemia, que se llevó muchas vidas, cambió de forma drástica otras y arruinó la de millones de los que sobrevivimos, no hemos dejado de escuchar estos meses que no solamente aumentó el patrimonio de los más ricos sino que el número de ellos, aludidos bajo el convencional y glamouroso apelativo de millonarios, ha crecido. ¿Cómo ha podido crecer el número de ricos precisamente en un tiempo en que no solamente se ha reducido la actividad productiva generadora de ingresos, sino la del consumo de estos bienes escasamente producidos? Todavía inmersos en las cavilaciones tendentes a encontrar una respuesta, sospechamos que alguna actividad económica mediatizada por la industria cibernética ha tenido algo que ver. Es decir, los que disponían de activos dinerarios no solamente han echado mano del servicio culinario hecho por los fámulos de nuestra contemporaneidad, ni siquiera alcanzan el rango de mayordomos,  sino que han encontrado los caminos para satisfacer su ego con la adquisición de cuantos artículos encontraron disponible en lo que se ha dado en llamar la red de redes. Enseguida creímos que aquella sería la vía por la que los que habían depositado su fe gananciosa en las plataformas de anclaje cibernético habían tenido unos suculentos dividendos. Pero la paradoja de que una gente confinada a medias adquiriera unos productos que no iban a poder exhibir de manera inmediata nos hizo creer que la realidad del comercio cibernético conocido hasta el advenimiento de la pandemia no fue suficiente para engrosar el número de millonarios hasta los extremos continuamente pregonados. Entonces estaba claro que había algo más que la solicitud de una pizzas a las plataforma de turno o la adquisición de unos pijamas para llevar con algo de holgura las tediosas horas de encierro.

El universo de dudas se fue aclarando cuando la curiosidad de un periodismo inquieto puso de manifiesto la revolución que estaba teniendo  lugar en el mundo de las finanzas con la incursión y exploración del  resbaladizo mundo de las criptomonedas. Entonces hemos de decir que el engrosamiento del número de millonarios tiene mucho que ver con el acierto inversor de unos cuantos y los tratos desleales por los que unos pocos se enriquecieron mientras una mayoría de crédulos y desprevenidos neófitos se arruinó.  Notemos por primera vez que para que haya un nuevo millonario ha habido un elemento éticamente negativo que desequilibra la balanza del juego económico a favor de los «listos» de turno. Con la cautela con la que hemos de acoger los hechos de nuestra azarosa contemporaneidad, seguimos preguntando por si la emergencia de la audacia inversora es la que sostiene el crecimiento de millonarios del que no han parado de hablar los que hurgaron en este asunto. Nuestras dudas se disiparon cuando se hizo pública la efervescencia de la comunidad digital por las ilimitadas oportunidades de explorar el mundo virtual llamado metaverso con la intención de rentabilizar sus ilimitadas posibilidades. El eje generador del paradigma por el que de la noche a la mañana se podía pasar a formar parte de la nómina de los millonarios, o de unos ingresos anuales superiores a los percibidos por los funcionarios del más alto nivel salarial, lo conforman la posibilidad de adquirir bienes y servicios en internet, la de especular con las criptomonedas y la excepcionalidad de trasladar las especulaciones y adquisiciones a este mundo virtual llamado metaverso, espacio en el que la potencialidad no parece tener un techo.

La innegable tangibilidad del espacio geográfico terrestre y la imposibilidad de sobrevivir al margen de sus condiciones favorecedoras de la supervivencia animal han hecho que la atención sobre las posibilidades de prosperidad en este nuevo espacio fueran escasas, además de que es una realidad a la que se accede si se dan unas condiciones determinadas en lo que se refiere a unos ingresos mínimos y la iniciación mínima en los conocimientos de internet. Pero hoy no solamente es una realidad que cualquier joven sin experiencia laboral obtenga unos ingresos que le permitan obviar su incorporación a este mundo laboral, sino que sus ingentes ingresos, obtenidos con la especulación de las criptomonedas, le permiten el acceso al espacio virtual llamado metaverso, en los que todavía existen infinitas posibilidades de que todos los hallazgos sean objeto de especulación, potenciando la posibilidad de un incremento del patrimonio, como si el metaverso en el que se mueven con estas posibilidades ilimitadas fuera un nuevo planeta habitable puesto a disposición de los intrépidos. Pero nada más lejos de la realidad. Por muchas razones es preciso regular el acceso al metaverso y, por esta vía, parar a los ricos.

He aquí las claves del expediente: La realidad de la existencia de una clase emergente de ricos que no solamente adquirieron su fortuna de la especulación de las criptomonedas y de la exploración de un universo virtual en las que sus ganancias pueden multiplicarse exponencialmente sí es un hecho. Hoy ya sabemos que la solvencia económica de los magnates de las compañías tecnológicas se basa en la exploración de esta virtualidad y que los pronósticos de su crecimiento descansa en la exploración del llamado metaverso. La ingenuidad inmediata celebraría que el auge de la economía virtual, aparentemente distinta de la extractiva o las que cursan con el menoscabo del medio ambiente, fuera una solución que alivie a nuestro planeta de las cargas de la degradación y deterioro medioambiental que compromete la vida de millones de personas, pero una mirada a la nueva realidad, cada día creciente, desmiente categóricamente este optimismo. Analicemos esta situación desde el punto de vista de una calle de cualquier ciudad española de un kilómetro de largo y en la que se aparca en la calle. Si en la misma cien personas jóvenes alcanzaran una renta que les permitiera llevar una vida de lujo, necesitarían adecuar su edificio para ajustarlo a sus necesidades o trasladarse a un entorno distinto en el que se hace un sacrificio de la naturaleza circundante a favor de los promotores inmobiliarios. Este hecho se ve con algunos jóvenes que se enriquecieron con la venta de sus producciones en algunas redes sociales y que fijaron su residencia en Andorra. Aunque no se diera este último extremo, el nuevo rico sería un ciudadano de cualquier sitio que habitualmente tendría dos vehículos y más de una vivienda, incidiendo, con este poder adquisitivo, en la degradación ambiental, habida cuenta de que durante sus temporadas de asueto tomaría parte en eventos multitudinarios extremadamente lesivos con la naturaleza, como los cruceros o los viajes en jet privados.

El mundo tecnológico mismo es lo suficientemente impersonal para que la demanda de componentes para la fabricación de ordenadores para le legión de los aspirantes que quieren acceder a este universo virtual que no escatimará medios para obtener los minerales necesarios, permitiendo que regímenes con escasos escrúpulos democráticos y humanitarios esquilmen sus recursos a cambio de dinero del que se sirvan para oprimir a su población. El caso del coltán del Congo es bastante conocido, o del petróleo de Guinea Ecuatorial. La atención que reclama la Amazonia tiene el mismo origen. Por esta vía se descubre que el mundo tecnológico consagrado por el acceso al metaverso no es sensible a los derechos humanos y a la democracia. En el caso de cualquier ciudad española que viera acrecentado el número de residentes virtuales, cualquier gran superficie comercial se vería obligado a crear una sección nueva de aparatos electrónicos o solamente habría una disponibilidad sólo para los ricos, contando, además, con los elementos contaminantes con que los fabrican. Por otra parte, un incremento exponencial de los residentes metaversianos no solamente contribuye a la especulación de los alimentos, sino que la necesidad de acceder a productos exclusivos redundará en claro detrimento de los parámetros ambientales. No es casualidad, por ejemplo que las hamburguesas se asocien al mundo de los cibernautas, haciendo una ostentación casi obscena de las raciones de carne ofertadas. Parecería, a primera vista, que una hamburguesa sería un alimento de las clases pobres, pero la generosidad de la oferta desenmascara el engaño. Tampoco es casualidad que parte de la ya casi apocalíptica contaminación de las ciudades chinas tenga que ver con la ampliación de la capacidad de consumo del los habitantes del país, en los que se da cuenta de retenciones de tráfico que duran varios días, pese a ser de inmensas dimensiones.

Un aspecto paliativo de la anidación humana en el metaverso sería la localización rural de los cibernautas, de manera que una actividad tan nefasta vea su lado menos nefasto con la reactivación de los entornos rurales, el menos en ciertos países. Pero se ha visto que cuando la concentración de activos dinerarios no contribuye a la promoción inmobiliaria en entornos protegidos, se produce la concentración en algunas ciudades, empeorando todos los registros derivados de una masificación. Sería lo que llamaríamos el hacinamiento de ricos.

Lo más probable es que nuestro planeta haya sentido el peligro al que se aboca con la colonización del metaverso y haya creado algunos mecanismos de defensa, aun imperceptibles. No debe ser casualidad que más de un magnate tecnológico haya mostrado interés en la colonización de otros planetas con intentos ampliamente difundidos. La colonización de este espacio virtual de referencia por habitantes encerrados en los cubículos construidos en un planeta recién conquistado sería lo ideal, pero hasta que no se haga realidad la expedición de naves espaciales cargadas con impresoras e ingredientes para imprimir arroces,  patatas y filetes de res, el paulatino aumento de nativos digitales en nuestras ciudades debería ser combatido con medidas impositivas que limiten drásticamente la proliferación de millonarios. Es por nuestro bien. Es por la supervivencia de nuestras formas de vida. Nuestro planeta no puede sostener la colonización del metaverso, sobre todo si el dinero que se gasta en qué remotos sitios virtuales se disfruta aquí. Y parece una paradoja. Decir que limitar el número de ricos no es reclamar la pobreza, también.

Madrid, 24 de enero de 2022

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.

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