El mirador del sábado o la pretensión de influir en la realidad

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Mi intención era compartir todo lo que me había llamado la atención en los periódicos que había comprado y leído el sábado, 25 de enero, partiendo de un hecho bastante ingenuo pero que muchos ingenuos vanidosos compartimos. Si hasta Rafael Sánchez Ferlosio me lo dijo del acto de escribir, y sobre todo del acto de escribir en los periódicos: influir. Pero para no incomodarle en la fría cama de la muerte, me he levantado a comprobar qué le pregunté (en 1992, en El País) y qué me dijo exactamente:

—¿Pretende intervenir en el estado de las cosas cuando escribe, cuando publica en los periódicos, cuando publica libros? ¿En qué medida es posible modificar lo que existe por medio de la escritura?

—¡Hombre, claro que pretendo influir! Eso es palmario en los textos. Lo que pasa es que le oyen a uno como quien oye llover.

No sabía cómo empezar, hasta que volví a darle un repaso al Cultural de 24 al 30 de enero, donde Luisa Espino entrevistaba al escultor Juan Luis Moraza, que expone en el Museo Artium de Vitoria y en la galería Espacio Mínimo de Madrid. Y algunas de las respuestas de Moraza me encendieron el ánimo:

“Yo me eduqué como pintor, tuve desde los nueve años un profesor sordomudo que me enseñó a dibujar cogiendo mi mano, sin palabras. Yo creo que esa tactilidad me hizo escultor”

y

“La relación que tenemos con las obras no es la de entenderlas. Siguiendo al compositor Schönberg, las obras afectan a los espectadores si estamos afinados”.

El orden no responde ni al interés ni a la secuencia, sino a la reconstrucción un día después, algo aleatoria, y basado en la resistencia, en el esfuerzo que supone repasar lo leído y marcado, y en volver a sopesar si acaso dejará alguna impronta, alguna huella, alguna marca, algún atisbo, o encenderá alguna curiosidad, en alguien…

 

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En Le Monde, Nicolas Truong escribe sobre George Orwell, pensador del siglo XXI (a última hora me doy cuenta de que era un artículo pendiente de leer del sábado pasado. Este se quedará pendiente para la semana que viene: un ensayo que cifra el cambio climático en la descolonización: Los orígenes coloniales de la crisis ecológica):

“Si el siglo XIX fue balzaquiano, el XX kafkiano, el XXI se ha vuelto orwelliano”. En la estela de 1984 y del Gran Hermano, habla Truong del “sistema de crédito social” implantado por Pekín no solo en la provincia de Xinjiang sino, progresivamente, en todo el país en esta década, que verdaderamente pretende atribuir calificaciones (notas) a los ciudadanos en función de su comportamiento y de su fidelidad a la política gubernamental. Y recuerda la práctica del “doble pensar”, que consiste en “sostener al mismo tiempo dos proposiciones contradictorias”, disciplina en la que España cuenta con atletas de categoría mundial. Y añade una cita del propio Orwell: “La sensación de que el concepto de verdad objetiva está a punto de desaparecer del mundo me asusta más que las bombas”.

En la misma doble página se incluye una entrevista con su hijo, Richard Blair, que cita las seis reglas sobre la escritura que Orwell enumera en La política y la lengua inglesa, de 1946, y que vale la pena recuperar, y memorizar, y practicar, en su integridad:

—Nunca uses una metáfora, símil u otra figura retórica que estés acostumbrado a ver por escrito.

—Nunca uses una palabra larga donde puedas usar una corta.

—Si tienes la posibilidad de eliminar una palabra, elimínala siempre.

—Nunca uses una voz pasiva cuando puedas usar la activa.

—Nunca uses una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puedes encontrar una palabra equivalente en el idioma corriente.

—Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir algo que esté fuera de lugar.

 

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En El País, Rafa de Miguel y M. Victoria S. Nadal cuentan que Londres instalará cámaras de reconocimiento facial: “La Policía Metropolitana de Londres (Scotland Yard) anunció ayer [por el viernes] que comenzará a usar en un mes el polémico sistema de cámaras de reconocimiento facial en vivo (LFR, en sus siglas en inglés) para identificar a delincuentes en las calles de la ciudad. El comisario Nick Ephgrave, responsable de supervisar el sistema, afirmó que las cámaras se situarán en zonas concretas donde la investigación previa ha señalado que pueden localizarse los delincuentes más peligrosos”.

Se me ocurrió un tuit que todavía no he enviado: “El comisario británico Nick Ephgrave (que en su apellido encierra gráficamente dos imanes góticos: epitafio y tumba) propone a la manera china y de Minority Report instalar cámaras de reconocimiento facial en Londres para identificar a delincuentes a punto de actuar”).

En la misma página, Ana Fuentes dice en el artículo Fichados: “En 2018, al CEO de Baidu, el mayor buscador chino, se le ocurrió decir que sus compatriotas estaban dispuestos a ceder sus datos a cambio de más comodidad. Miles de internautas le recordaron que, en gran parte por su culpa, no tenían otra opción”.

En el mismo periódico, bajo el título La era del cuajo, escribe Daniel Gascón: “El ejemplo más desasosegante es la propuesta de suavizar las penas por sedición, como si el problema fuera el castigo y no el delito. Estas prácticas contribuyen a normalizar una actitud escéptica hacia las reglas y los instrumentos democráticos: es una operación de vaciado, como las esculturas de Gargallo”.

 

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En la sección ‘By the Book’, del New York Times (edición internacional) el escritor Charles Yu, cuya última novela se titula Interior Chinatown, responde así a la pregunta: Describa su experiencia de lectura ideal (cuándo, dónde, qué, cómo).

—Mediodía, niños en la escuela, esposa haciendo recados. Sandwich, patatas fritas, botella de cerveza fría o una lata de La Croix, idealmente de melocotón-pera. Abrir un libro nuevo (novela, colección de historias, no ficción) o un artículo largo de una de revista. Si se trata de ficción, una obra de alguien que no haya leído antes, una voz que me emocione y me asuste y me haga sentir admiración, asombro y envidia al mismo tiempo. Alguien que remueva el mundo o el idioma o me haga ver todo de una manera nueva. Respecto a la no ficción, la deliciosa posibilidad de masticar algo que me haga saber de algo de lo que no sé nada. O acabar descubriendo que no tenía la menor idea de algo que pensaba que sabía. Ser introducido a conceptos, escenarios o puntos ciegos. Que me muestren cómo se puede ver la realidad a través de una óptica diferente. Descender por esa madriguera de conejo, con el pulso acelerando (¡ocurre!). Y luego mirar el reloj, darme cuenta de que está a punto de acabarse el horario escolar, la casa estará pronto llena de nuevo, esperando que el tiempo se detenga al menos por espacio de unos minutos o de una hora, para que tenga la posibilidad de leer algunas páginas más.

 

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Para terminar, una entrevista de una página en el Financial Times de Jonathan Debyshire con la pensadora Amia Srinivasan (“A los filósofos no les gusta hablar del poder”), que enseña en el All Souls College de Oxford. A sus 35 años, la profesora asociada de filosofía es la más joven ocupante de ese puesto, la primera mujer, y la primera “persona de color” (así lo dicen). Recojo apenas unos fragmentos.

Ella dice que se siente frustrada ante las quejas acerca de la “polarización” de la política en la era del populismo. “Lamentarse de la polarización me parece sugerir que había una especie de centro que podíamos haber preservado. La mayoría de los filósofos se apresuran a ligar su fe en una forma de discusión que nos conduce hacia el progreso social y político. Me parece que eso procede de una concepción verdaderamente ingenua de lo que la política es en nuestros días. Lo que resulta verdaderamente aterrador es el crecimiento del etno-nacionalismo conservador. Y no me preocupa que nos polaricemos en su contra”.

A la pregunta de por qué se sintió fascinada por la metafísica y la epistemología, ella evoca su infancia y “al hecho de haber sido traída al mundo en un hogar hindú. Hay mucho debate acerca de la teología hindú, acerca de los Vedas y la naturaleza última de la realidad”, recuerda. “Cuando fui a la universidad, asumí que el mundo de los objetos materiales era una ilusión y que la naturaleza fundamental de la realidad era algo inmaterial. No fue hasta que suavemente metí los pies en la corriente principal de la metafísica analítica contemporánea que empecé a darme cuenta de que lo que yo pensaba que era sentido común en realidad no lo era”.

Algo que a ella le resulta importante recordar de vez en cuando es su “otredad”, su condición de extranjera.

Jonathan Debyshire hace hincapié en el amplio rango de sus preocupaciones, desde el feminismo y los animales a la filosofía y la ciencia cognitiva, lo que le lleva a escribir en periódicos y para la academia. Pero cuando quiere poner tierra por medio y tomarse un respiro se va tan lejos como California. De hecho, en la web de la London Review of Books, donde colabora, se lee que enseña en Oxford, pero surfea en Los Ángeles. Cuando se le pregunta si tiene pensado escribir sobre el surf asegura, con una sonrisa, que cree que no: “Lo que más me gusta del surf es que entras en un espacio completamente diferente, un modo no discursivo de cognición. No se trata de que no pienses en absoluto. Siempre estamos pensando. Pero no estás tratando de someter ese fenómeno al banco de los conceptos”.

 

En mi experiencia, lo bueno de leer periódicos de papel es que acabas leyendo cosas y descubriendo mundos que no sabías que te iban a interesar.

 

 

 

 

 

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