El penalti

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Hace diez años volví al campo de Baltar, en Portonovo, en cuyo banquillo eché yo los mejores años de mi vida, para participar un partido contra la droga. Jugué tan mal que le pedí al cámara de la TVG que por favor me pixelasen la cara. Fue inolvidable. “De la droga se sale, pero del partidito que yo estoy jugando no se sale en la vida”, pensaba al trote. Siendo un amistoso repleto de ‘estrellas’ en tan buena forma como el conselleiro Palmou, el alcalde de Sanxenxo Telmo Martín o el fiscal Javier Zaragoza, pasé la segunda parte sentado en el banco. Pero se llegó a los penaltis y no hubo más remedio que llamarme para que tirase el último. Las causas justas siempre dan una segunda oportunidad; una segunda oportunidad para todo. En la portería rival estaba el alcalde de Pontevedra, Fernández Lores. Ante la expectación general cogí una carrerilla que ni en mi vida, y al llegar bufando al punto de penalti solté un punteirolo que mandé el balón a la playa de Canelas. El árbitro ordenó repetirlo pensando que estaba de coña. Así que el segundo penalti, con toda la gente a punto de volverse loca, decidí tirarlo con el interior y “a colocar”. Craso error. Cuando el balón llegó a la portería la mitad del equipo ya se estaba duchando. Lores pudo frenarlo con la planta del pie pero para aliviarme el ridículo escenificó una estirada sin moverse del centro, algo que todavía no me explico cómo lo hizo. De camino al vestuario uno de mi equipo me dijo que le había gustado más mi primer penalti porque “por lo menos” había ido por fuera.

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