Si el terrible y cobarde asesinato de Federico García Lorca mitificó su figura, convirtiéndolo en el más grande de los poetas de su generación, cuando en verdad hubo más grandes poetas generacionales que él (pongamos el solo ejemplo de Luis Cernuda), el torero Ignacio Sánchez Mejías fue mitificado por el poema lorquiano “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, un conjunto de cuatro elegías a la muerte del torero. El poema, según afirma Andrés Amorós, en el libro Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata, escrito en colaboración con Antonio Fernández Torres, y que me acabo de leer, tiene clara influencia de las “Coplas por la muerte de su padre”, título manriqueño que, con la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández, forma parte de la más importante trilogía elegíaca de la poesía en lengua española.
Pero Lorca, mitificando efectivamente la difusión del matador, no lo encumbra innecesariamente, pues Sánchez Mejías fue uno de los componentes del gran trío formado por José Gómez Ortega, llamado Joselito “El Gallo”, perteneciente a la dinastía taurina que ostentaba ese nombre, que fue muerto por Bailaor en el ruedo de Talavera de la Reina a los 25 años, el 16 de mayo de 1920; Joselito, con Juan Belmonte, constituyó la llamada Edad de Oro del toreo en la década de 1910. Belmonte se retiró de la faena en 1936, pero el 8 de abril de 1962 se suicidó pegándose un tiro en el interior de su cortijo. El, sin duda, mejor periodista español Manuel Chaves Nogales escribió la biografía Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas, redactándola en forma de autobiografía a partir de las muchas conversaciones que mantuvo con el diestro.

Ignacio Sánchez Mejías fue banderillero de Joselito, ya que Joselito era el mejor rehiletero en la fiesta. Sánchez Mejías realizaba unas filigranas excepcionales al poner las banderillas, acto que persistió después de tomar la alternativa, en 1919 en Barcelona de manos de Joselito y actuando como testigo Juan Belmonte. Al morir Joselito en Talavera, Sánchez Mejías, que era cuñado del fallecido, casándose con su hermana Dolores, más que nada por conveniencia (emparentándose así con el mito sevillano), ya que el amor de su vida fue Encarnación López Júlvez, apodada La Argentinita, una bailarina y cantante hispanoargentina, colaboradora de García Lorca en el disco Colección de Canciones Populares Españolas, acompañadas al piano por el poeta. Sin embargo, Sánchez Mejías, nunca abandonó a su familia, que vivía en su potente finca Pino Montano, cerca de Sevilla. Tampoco vivió de una manera constante con La Argentinita, salvo en el transcurso de un largo viaje realizado por ambos a Nueva York. La Argentinita tenía su casa en Madrid, reservando siempre Ignacio, en esos viajes a la capital, habitación en el Hotel Palace. Sánchez Mejías sustituyó a Joselito cuando murió, siendo la pareja predilecta en la fiesta Belmonte y él.

Es sabido que Ignacio Sánchez Mejías no sólo fue un gran torero sino asimismo un apreciable escritor, además de empresario y presidente del Betis. Literariamente, trabajó la narrativa, el teatro y el periodismo. Se hizo amigo de toda la Generación del 27 y, como era rico, financió las celebraciones gongorinas, en el Ateneo de Sevilla, que ambicionaban todos esos poetas. Incluso quiso que uno de los componentes del 27, Rafael Alberti, fuese torero. El poeta de Puerto de Santa María salió alguna vez al ruedo vestido de luces en el paseíllo inicial junto a su amigo. Sólo hizo eso Alberti. No se arrimó al toro. Sánchez Mejías estrenó un par de obras suyas, en Madrid y Santander, con bastante éxito. Pensó entonces retirarse ya de los toros, pero, como subraya Amorós, “contra ese veneno no había antídoto.”
El 13 de agosto de 1934 embistió fatalmente contra él el toro Granadino (nombre que ocultó García Lorca en su poema por cariño local) en la plaza de toros de la villa manchega de Manzanares. No desea operarse en Manzanares, quiere ir a Madrid. La ambulancia tarda, el calor es intenso. Muere dos días después, aquejado de una irremediable gangrena, en la capital de España. Tenía 43 años. Cuando decide volver al toreo, sus amigos lo ven bastante desmejorado. Estaba afectado, además, por una ciática. Pero Sánchez Mejías siempre fue terco y arrogante. En una entrevista aparecida en este tiempo declara: “¡Vivir!… es decir resucitar. Porque, aunque yo he estrenado dramas y he escrito artículos y soy labrador y he hecho negocios, mi verdadera vocación es la del torero. Y el torero no tiene más vida que la del peligro… Cuando uno se retira se muere…” ¿Subyacía, bajo estas firmes declaraciones, la idea del suicidio?

En Manzanares existe un atractivo museo dedicado al matador. No solamente es museo sino también archivo, pues alberga una rica colección documental cedida por la familia, compuesta por recortes de prensa, correspondencia, carteles, fotografías históricas, manuscritos, objetos personales… En el pasillo se exhibe, en vistosos paneles, el célebre poema de García Lorca. Bajo el tragaluz, hay colgados varios relojes apuntando a ese “cinco de la tarde” del poema lorquiano. No sólo Lorca escribió tras la muerte de Sánchez Mejías. Hay poemas de Alberti, de Gerardo Diego, quien lo toma como máximo banderillero (“Porque así es como te quiero, / como lo que eres, Ignacio, / siempre tú, banderillero.”). También existen textos de José María de Cossío, el gran historiador taurino, quien presentó a Ignacio a los miembros del 27, Miguel Hernández, Jorge Guillén, Alfonso Carreño.
Vamos a concluir con dos citas. La primera de José María de Cossío: “La valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos. El valor de Sánchez Mejías superaba el concepto que de tal cualidad moral podamos tener. No era sólo desprecio absoluto del riesgo, sino que daba la impresión de ignorancia total del peligro. Ignacio llegó a quitar toda importancia al toro. Viendo al diestro junto a él, había de razonarse que el toro era animal inofensivo…” Y la segunda del propio torero, hombre tan temerario: “Os aseguro que a mí no me dan cuidado los toros, que me parecen pobres animales inofensivos. Yo no tendría inconveniente, a su salida del toril, en sentarme en su testuz y dejarme dar una voltereta. Pero en el momento de perfilarme y arrancarme a matar, yo no sé lo que hago… pierdo la noción de cómo debo obrar, pincho atropelladamente y desluzco todo mi trabajo.” Sánchez Mejías, autocrítico como se ve, tan buen banderillero y tan dudoso con el estoque de la muerte. Joselito le dio unos buenos consejos para que pusiese los brazos en una determinada forma.
Como colofón quiero decir que yo no soy aficionado a los toros, pero considero que el torero es un héroe, pues el toro siempre va a embestir, a matar, situación arriesgada que el diestro debe evitar. El torero no es un asesino, aunque lo afirmen los animalistas. Yo creo en la atracción sexual que los toreros pueden suscitar en las mujeres. Pues los que torrean son valientes. Baroja decía que en esta vida hay que ser buenos o valientes; si se es valiente no se necesita ser bueno. Ser bueno está bien pero es más soso. Yo bromeo con mi novia preguntándole si se dejaría poseer por un torero. Ella responde a mi broma simplemente sonriendo y haciendo un gracioso ademán moviendo el cuello, como diciendo: Tienes unas cosas…




