¿Y si lo que une realmente a las culturas y al ser humano en su poso más profundo es el sufrimiento? Discutimos sobre valores universales y focalizamos en conceptos como libertad, igualdad, justicia o equidad aunque, tal vez, el impacto de la maldad y la crueldad sea más comprensible y nos acerque de manera más directa al otro. Eso es lo que pensaba delante de la obra de Dumile Feni que se expone estos días en el Museo Reina Sofía en Madrid y que, con su programa “La historia no se repite, pero rima”, pretende que el Guernica de Picasso dialogue con distintas obras de arte llegadas desde otras latitudes.
Para inaugurar dicho ciclo, el elegido ha sido el artista sudafricano y creador del llamado Guernica africano, con un paralelismo con el famoso lienzo de Picasso que se hace evidente simplemente con el título. Y es ante ese juego de evidencias y los oscuros trazos de Feni, que dejan intuir una especie de aquelarre dantesco, donde reflexionaba sobre el potencial de cohesión y empatía que puede generar el dolor reconocido y compartido. Si el Guernica de Picasso ha hecho comprender a la humanidad lo que supuso la violencia de la Guerra Civil española, ¿podremos entender algunos de los dramas que ha vivido el continente africano a través del arte? ¿Es entonces el arte un medio válido para lograr acercarnos al otro y construir una sociedad global más justa y equilibrada?
Puede que sea un medio válido, pero también que no del todo suficiente para hacer cambiar ciertas dinámicas políticas e históricas. El mismo día que se inauguraba la exposición de Feni, la Asamblea General de Naciones Unidas votó a favor de declarar el comercio de esclavos africanos como el crimen más grave contra la humanidad, pidiendo medidas que incluyan disculpas formales, justicia reparadora y la devolución de bienes culturales saqueados. Una Resolución, impulsada por Ghana, que fue aprobada por 123 votos a favor, 3 en contra y 52 abstenciones. Para poder interpretar esta votación histórica, pregunté por su valoración particular a Gonzalo Sánchez-Terán, experto en acción humanitaria y profundo conocedor del continente africano y quien, además, me había recomendado visitar la obra de Feni. Gonzalo fue clarificador en su mensaje: «Cuando los miembros de la Asamblea General de Naciones Unidas emitieron su voto sobre la Resolución presentada por Ghana estaban decidiendo simple y llanamente qué pueblos tienen derecho al pasado y cuáles no. Que Estados Unidos, Israel y Argentina se opusieran a la resolución no resulta llamativo: los tres países han hecho bandera de sabotear cualquier iniciativa global en favor de la justicia. Más significativo es que la inmensa mayoría de las naciones que se abstuvieron proceden del mismo continente: Europa».

¿La misma Europa que, por otro lado, trata de aportar una nueva visión del mundo con exposiciones como la del Reina Sofia y otras como Proyectar un planeta negro del MACBA? Gonzalo Sánchez-Terán, de nuevo, apunta: «Casi sin excepción, los países europeos, desde la gran Alemania a la pequeña San Marino, desde la conservadora Italia a la progresista España, desde el Atlántico del Reino Unido al Mediterráneo de Grecia, decidieron despreciar una Resolución que no solo les pone ante el espejo de los crímenes cometidos sino que además exige medidas (desesperantemente tardías para los que padecieron la esclavitud) como forma de reparación». Y apostilla: «En los últimos tiempos el ultranacionalismo identitario no ha cesado de crecer entre las sociedades europeas. Las tribus de Europa sacamos del baúl nuestra historia, nuestra religión, nuestras tragedias y nuestros héroes y los enarbolamos orgullosos para excluir a quien no los comparte. Tenemos derecho al pasado, a exhibirlo y empuñarlo cuando es necesario, pero a los países que antes llamábamos Tercer Mundo y ahora denominamos Sur Global les decimos: tenéis que mirar hacia el futuro. La historia ha sido escrita por Occidente y es quizá el más valioso de los recursos del planeta: su propietario es el propietario de la narración de nuestra especie».
A medida que trataba de asimilar el mensaje, las reflexiones que planteaba al inicio de este texto adquirian nuevos matices. Gonzalo sentenciaba mientras tanto: «Unos países tienen derecho al pasado y otros no: entre 1952 y 1965 la República Federal Alemana pagó reparaciones a Israel por los crímenes cometidos por el régimen Nazi y desde entonces ha seguido pagando compensaciones individuales a sobrevivientes del Holocausto. Esos crímenes parece que sí deben recordados y reparados económicamente. La Resolución presentada por Ghana y adoptada por la mayoría de la Asamblea General de las Naciones Unidas exige culminar el proceso de descolonización iniciado hace ocho décadas: exige descolonizar la memoria de la humanidad».
¿Se puede entonces mirar de frente un cuadro mientras nos situamos de espaldas a nuestra historia? Parece que sí, pero a pesar de todo, confío en que el mero hecho de que esta resolución haya sido aprobada suponga un avance. Y mantengo la esperanza de que iniciativas como la del Museo Reina Sofía tengan un efecto positivo, aunque solo sea efímero, en la gente que decide pararse a contemplar obras como el Guernica Africano. Aunque si el arte fuera un medio posible para generar cambios, también es cierto que necesita de un impulso político adicional para que eso ocurra. Puede ser, en efecto, que si el cuadro hubiera sido expuesto en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York un tiempo antes del pasado 25 de marzo, la votación hubiera sido diferente. En cualquier caso, y como eso nunca lo sabremos, recomiendo visitar y emocionarse con la estremecedora y bella obra de Dumile Feni.




