El shock de modernidad

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Madina hace su presentación en el foro al lado de un busto y faltándole sólo la túnica, mientras Sánchez hace lo propio en un ring de Alcorcón más como Hulk Hogan.

 

Da la impresión de que la mandíbula de Madina no resistiría un directo de Pedro Sánchez. En apariencia, Eduardo es el filósofo y su rival, de momento, el guerrero, quien dice tener mucha fuerza acumulada y así se le imagina como al Neo de ‘Matrix’ que empieza a inspirar y expirar en trance antes de detener las balas. Madina hace su presentación en el foro al lado de un busto y faltándole sólo la túnica, mientras Sánchez hace lo propio en un ring de Alcorcón más como Hulk Hogan, en un alarde de vigor baronil aunque esto no sea decir mucho. Llamarse Hulk es supuesto de potencia irresistible, pero resulta que Hogan es un actor, la Masa un personaje de cómic y al jugador de fútbol del mismo nombre ya se le vio el jueves que patea con mucha leyenda a sus espaldas. Pedro Sánchez podría ser otro hermano de los Klitschko con su tez eslava y, del mismo modo, Madina un mediterráneo descendiente de Séneca que lanza el shock de modernidad no como una teoría sino como una verdadera descarga que suena como aquella del talante que ha dejado a los militantes del PSOE como a los parroquianos del Space a las ocho de la madrugada. La desorientación es notable y por eso llegan las nuevas generaciones con la intención de dar el impulso, bien por medio de la ingeniería política, bien a través de unos cuantos mandobles que hagan removerse en su tumba al fundador Pablo Iglesias. La filosofía al final es lo mismo que la acción cuando ambas son fachadas (las fachadas son fachadas, como una rosa es una rosa es una rosa, decía Gertrude Stein), frontones donde queda grabada la historia (que nunca empieza a escribirse) mediante la representación de alguna batalla para deleite del pueblo. El shock de modernidad es lo que le dieron ayer a los peloteros de la Selección, esa roja perdiendo todo su color a borbotones. El equipo de fútbol de España es una reunión de barones empezando por Del Bosque, que siendo más exactos es marqués, y siguiendo por Casillas, que en su senectud deportiva se pasea por el área dando de comer a las palomas, igual que Xavi por el círculo central. Uno vio ayer toda la historia de los campeones del mundo (y algo más) en la hermosa parábola de Van Persie que Íker vio muy entretenido como observando las obras de un nuevo parking. Esa pelota que impacta y sube para bajar irremisiblemente mostrando en su camino todas las diapositivas de una infancia feliz. Quizá hubiera sido acertado que el fútbol español hubiera dado paso a los jóvenes, o al menos a algunos de ellos, como hace el partido socialista, pero, tal vez, igual que en él, hacía falta el derrumbe previo que por ahora sólo se vislumbra. El shock de la modernidad tiene pinta de teja suelta (bien podría haberla movido el arquero español en su desconcierto) que cualquier temblor de aquella fuerza acumulada de Sánchez puede hacerla desprenderse para dejar el edificio desconchado, o incluso en ruinas si se da la mala suerte de que le cae a alguno encima igual que en la casa de Ben Hur. Ese es el momento que aprovecha cualquier Mesala para hacerse con el control de Judea, inmediatamente antes de que, un suponer, uno de los candidatos tenga que irse a la calle a predicar y el otro a la tele a enseñar los músculos.