El silencio del calendario

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La carretera desierta, algún coche solitario de última hora, fugaz como un destello en la oscuridad. Nada. Pronto darán las doce de la noche, todo ha terminado. Hace tiempo que el sol se escondió, y sin embargo, los cabezos de los montes se dibujan, nítidos, a lo lejos como gigantes de piedra. Como si quisieran sobresalir de entre las sombras. El frío da luz. El terreno se eleva, el termómetro sigue bajando. Pueblos y pantanos, aldeas y castillos, luces que tiemblan en la ladera o en la llanura. Como velas de lampadarios en un templo en penumbras. La cobertura se pierde por estos lugares en que se intima con la soledad. Todo el paisaje del espejo retrovisor está hundido, fundido en negro. Gasolineras cerradas, ventas y paradores sin nadie, alguna casucha abandonada en lo alto de una loma, la radio apagada. Nada. Viento y silencio.

Poco antes, en la salida, en las rotondas luminosas de la ciudad navideña, el hombre del tiempo ha dicho en el boletín: «El 2020 se despide con ambiente invernal en muchas zonas del país y las predicciones apuntan a que el arranque de 2021 será aún más frío». La carretera vacía, un tajo de sangre animal en la calzada. Viento y silencio. ¿Para qué más? A estas alturas, todo está dicho. Y ya solo queda alzar la mirada una última vez más hacia este cielo azul océano de capitulación, helado y sin estrellas sobre los campos; pensar en que cuando se llegue a casa habrá que calentarse las manos para arrancar de cuajo la última hoja del calendario, esta hoja de silencio del calendario, y dejar que los recuerdos se escabullan raudos como pececillos que desaparecen en el tiempo de una centella.

«El tiempo es una esfera blanca de un reloj sin números ni agujas», dice Vicent. «O sea, nada». El termómetro baja, los cristales se empañan, el tiempo es una esfera blanca. «Más frío de lo normal para los primeros días del año», dice el pronóstico. Allá, en los descampados de la ciudad, una altísima palmera solitaria se internaba en la gélida noche como un fósil de fuego artificial. Mucho hay que esperar todavía para sentir el soplo de esperanza de ese otro viento de las noches de verano. Mucho hay que esperar hasta que crezcan de nuevo los días y se estire la luz del estío para que dore todos estos montes grisientos ahora bajo cero. Pero llegarán. Así es «la rueda dentada de las horas, los días, los meses, los años», dice Vicent. Y en unos días vendrá la nieve, «como silencio cayendo del cielo», dice Louise Glück, Nobel 2020. Viento y silencio. Nada. El camino sigue, pero todo ha terminado. Todo dicho.

Todo, cumplido.

 

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