El soldado japonés

0
287

Llamazares es el primero de todos ellos, el pasionario o la figura cenicienta que sobrevive a las legislaturas salvando el fuego de mortero y los obstáculos en las trincheras de Madrid.

 

Pensando en el Congreso se le vienen a uno encima imágenes de alfombras y lámparas y maderas brillantes tratadas con el aseo de los burladeros de Las Ventas, o como esos antiguos pabellones y estadios del deporte donde nada se tira sino que se arregla. El Boston Garden o un Stradivarius político. Pero extendiendo la mirada, o atendiendo al contenido, en el fondo la Cámara es como un equipo de fútbol centenario por el que van pasando jugadores, entrenadores y presidentes, renovándose igual que el agua de una pecera aunque no con idéntica asepsia.

 

Luego hay individuos que, contradiciendo a los ciclos, hacen un oficio de las oposiciones como el estudiante de cuarenta y tantos al que interpretaba Quique San Francisco en ‘Colegio Mayor’, aquella serie con decorados de cartón como los de la Carrera de San Jerónimo. Llamazares es el primero de todos ellos, el pasionario o la figura cenicienta que sobrevive a las legislaturas salvando el fuego de mortero y los obstáculos igual que un republicano en las trincheras de Madrid (donde tantas veces da la impresión de estar), mientras atraviesa etapas de popularidad histriónica y ostracismo a partes desiguales.

 

Se le ha visto soportando el peso de la pancarta y el frío de la calle, y de repartidor de propaganda a las puertas de la oficina, donde una vez hasta se creyó verle enfundado en un cartel de compro oro. Le han llegado a confundir con Bin Laden y, como un virtuoso del parlamentarismo, alterna la camiseta y la corbata con un donaire que sólo dan los años de ejercicio. También ha tenido esos momentos, que sería sin esos momentos de gozo, como cuando aparecieron las Femen con sus pechos pintados y al viento.

 

A Gaspar le imagina uno en veinte años con una bata azul sobre cuello vuelto arreglando los pomos de las puertas y barnizando los escaños y las tribunas del Congreso por no salir de allí, ese soldado japonés que aún luchaba en el Pacífico cuatro décadas después, mirando por encima de sus antiparras con el resquemor del tiempo, atesorando en el sótano un cubil lleno de recuerdos de su época de diputado y de sus sueños caribeños. Más allá sólo queda la fantasía donde también se le imagina como al hombre de las mil metáforas: un mundo futuro apocalíptico, con ruinas por doquier y los leones de bronce mutilados y las columnas derribadas bajo el peso del frontón partido, y una temblorosa y solitaria luz de candil que se enciende cada noche entre los escombros.