El tándem perfecto

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Cuando inicié esta aventura que comenzaba como una campaña de crowdfunding para financiar una investigación sobre las multinacionales españolas en América Latina, en todo momento se planteó, por una cuestión financiera, un viaje en soledad. Soy poco ducha con las fotos, pero pensé que me apañaría o, tal vez, podría comprar algunas a un fotógrafo local.

 

Cuando inicié esta aventura que comenzaba como una campaña de crowdfunding para financiar una investigación sobre las multinacionales españolas en América Latina1, en todo momento se planteó, por una cuestión financiera, un viaje en soledad. Soy poco ducha con las fotos, pero pensé que me apañaría o, tal vez, podría comprar algunas a un fotógrafo local. Me reafirmé en la idea cuando, al terminar la campaña, se saldó con éxito y mucho entusiasmo, pero lejos del presupuesto óptimo que habíamos marcado. Así que me preparaba para viajar sola a Colombia y Chile. Una compañera de Fronterad, que ha sido un firme apoyo a lo largo de todo el proceso, parecía más preocupada que yo por mi seguridad; yo, desde Brasil, sé que el miedo paraliza, y que basta para cuidarse con ser precavido, como he hecho siempre.

 

El azar quiso que, en el último momento, Jheisson se embarcarse conmigo en esta aventura. El aprendizaje inmenso que prometía ser el viaje parecía compensarle la escasez de la retribución, así que Jheisson se decidió a comprar su billete y viajar conmigo de Buenos Aires a Bogotá, pasando por una interminable escala en Lima que, por cierto, nos dejó anonadados con el poder de usura que se puede llegar a ejercer en las cafeterías de los aeropuertos.

 

Me cayó un ángel del cielo. Como colombiano, paisa2 y varón, Jheisson no sólo se encargó, con mucho mejor tino que yo, de la parte audiovisual del proyecto, sino que me sirvió de protección y guía durante nuestro periplo colombiano. Sólo una vez allí entendí que, sin él, probablemente no hubiera conseguido llegar a tantos lugares, al menos no sin ponerme en cierto riesgo. Por no hablar de cuańto más caro me habría salido cada arepa o bolsa de agua en Colombia, es más habitual comprar el agua en bolsita que en botella- porque era hablar yo con esta blancura y este acento, y sistemáticamente los comerciantes duplicaban o triplicaban el precio –y no los juzgo por ello-. En un punto, ese proceder del que me ve con un símbolo de euro sobre la cabeza lo asumo como razonable y hasta justo. Lo que ocurre es que algunos europeos vamos más bien de mochileros, y eso no siempre se entiende tan bien. Y que, después de un cierto tiempo, comienza a cansar sentirse estafada a cada paso…

 

El caso es que Jheisson fue mi escudo de protección en muchos aspectos, comenzando por salvarme de mi sentido de la desorientación, y de paso me confirmó lo que tantas veces he pensado, ahora que a los periodistas nos imponen ser una suerte de hombres/mujeres orquesta: que redactora y fotógrafo son un tándem perfecto; que dos cabezas piensan más que una y cuatro ojos ven más que dos. Y que tener un compañero de viaje con quien dialogar y debatir previene dogmatismos y prejuicios

 

Por suerte para mí, Jheisson decidió acompañarme también a Chile. En las próximas semanas os compartiré algunas páginas del cuaderno de bitácora de ese viaje chileno, que nos llevó a Santiago, al Alto Bio Bio y a la Región de los Siete Lagos, al sur de Chile…

 

 


1 Este post, como todos los que llevo publicando desde el mes de mayo, forman parte del proyecto Cara y cruz de las multinacionales en América Latina, que financiaron los lectores de Fronterad a través de la plataforma Goteo.

 

2 Paisa es, en jerga informal, el gentilicio de la región (ampliada) de Antioquia, de la cual es capital la ciudad de Medellín, que compite con Bogotá por ser el motor económico del país. 

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.