El último morreo del siglo XX

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Una noche de finales de los noventa, en un bar de copas de Pontevedra, una chica me empezó a merodear un poco alocadamente hasta que al final aceptamos morrear, no sin disgusto por mi parte, porque a mí eso de morrear siempre me dio apuro y me parece una cosa de paletos. La morreé torpemente unos segundos, porque además yo morreo fatal, sin temple, agitando la lengua como la cola de un pez, y no le encontré nunca el gusto a andar con salivazos tan arriba. Después abrí un poco los ojos, entornado en esa postura ridícula del morreo, y vi que se presentaba en la puerta un tío muy alto que ante el asombro general levantó los brazos al cielo, estremeciéndose, y gritó “¡No, no, no!” antes de posar, muy despacio, su mirada en mí. En ese momento supe que estaba metiendo la lengua en el lugar equivocado, y que me iban a partir la cara y además me la iban a partir bien, porque yo ya calibraba, sin haberme sacado a ella de encima y con la boca a medio abrir, que el mozo estaba enfadado y había cenado bien esa noche y todas las anteriores. Lo que sucedió después es sabido. Ella se apartó bruscamente (tan bruscamente que por un momento pensé que el morreo había sido una señal mafiosa: la manera sutil de apuntarme) y él dio cuatro pasos hacia mí y me levantó a hostias del taburete hasta estamparme contra la tragaperras, en lo que me pareció una metáfora de manual. Fueron cuatro o cinco puñetazos muy limpios, de una profesionalidad escandalosa, y eso que yo pensé, cuando el primero de ellos me infló directamente el ojo, que pegar era un oficio de bárbaros y que no había derecho, y que había cosas que ni en millones de años los hombres habíamos podido resolver entre nosotros con un poco más de armonía. Con el jaleo (con el jaleo que se tenía él conmigo, porque allí nadie movió un dedo y la chica se limitó a sollozar encima de una copa que para más inri era la mía) yo pensaba en cómo poner fin a aquello, porque no sabía el protocolo de la bulla, ni cuándo a uno le tocaba devolver las bofetadas, si es que podía, o darle la mano al agresor para felicitarle por la técnica, que es lo que a mí me estaba pidiendo el cuerpo porque lo cierto es que no me tocó la nariz, que era lo que más temía, ni me provocó sangre y hasta me despertó un poco, y qué carajo: el cabrón me había dejado como nuevo. Y en cierto modo yo había merecido esas hostias y seguro que algunas más, porque nadie, por muy pardillo que sea y muy borracho que esté, tiene derecho a meterle la lengua en la boca a nadie en público, que lo pienso ahora y me da hasta vergüenza. Se separó el hombre de mí (él ya era un hombre; así lo entendió el bar en silencio y a todos nos llegó de repente el olor del celo de su muchacha), y entonces me miró de arriba abajo y me dijo secamente que me iba a matar, y a mí, que en cierta manera había justificado la paliza, ya me pareció que se estaba poniendo un poco histérico.