
1
La avenida de febrero del setenta y ocho fue la mayor de los últimos veinte años. Hubo inundaciones en todos los pueblos de la ribera. Entre las víctimas cabe contar a Clemente Ortega Asenjo, vecino de Escatrón, de cuarenta y siete años. Según fuentes de la Guardia Civil, el señor Ortega se había dedicado en su juventud a la navegación comercial por el Ebro, hasta que la construcción de los embalses la volvió impracticable. Fue luego barquero. En los últimos años, a consecuencia de los primeros síntomas de la enfermedad de Huntington, elaboraba artesanalmente cestos y capazos de mimbre sentado en la ribera.
Por la tarde, el señor Ortega aprovecha para acercarse con su ratonera a un remanso del Ebro. Se sienta sobre una piedra, un tocón o extiende un pañuelo sobre la hierba, y a la fresca de los árboles se prepara una pipa. A veces la brisa se levanta, se cuela entre las ramas, susurra entre las hojas como si fuera a contar una historia. Entonces el señor Ortega recuerda a las tres viejas enlutadas que, siendo él pequeño, bajaban a la sombra de los sauces, esos sauces de raíces tan largas y entrelazadas, con sus ramas desplegadas sobre el campo y el río en un gesto de quienes fueron hombres y se cansaron de serlo; allí tejían y destejían, contaban y cortaban sus cuentos, hablillas y vidas con voces deshilachadas. A su vera está la perrita, que juega con los saltamontes, asusta a las ranas, que saltan, ¡plic!, ¡plic!, ¡plic!, a su reducto acuático, o persigue a las mariposas; pero tiene ya doce años, enseguida se tumba y dormita, de vez en cuando menea una oreja para apartar algún insecto, sin abrir ni siquiera los ojos. Excepto la perra, el hombre no tiene a nadie. Las horas discurren plácidas al compás de la corriente. El señor Ortega contempla el camino de las olas, las cañas de la ribera, que se apretujan como escurridizos anadones. El Ebro avanza sin descanso, la superficie verdilisa, el relampagueo de algún barbo que salta y vuelve a sumergirse, dejando tras de sí una estela de chispas. Al otro lado del río, faldeando una loma, un rebaño de casas asoman curiosas entre las aguas, abrazándose alrededor de una iglesia cuya torre se ha hundido. La tarde languidece en el horizonte, apenas quedan algunas franjas desvaídas, unas nubes purpúreas, que poco a poco cubren el cielo como la ceniza cubre las brasas.
Hace rato que los anzuelos se balancean al compás de la corriente. Aparta los mimbres, los aperos de trabajo, y se abandona a la paz y el reposo. Es ese momento en el campo en el que todo parece aquietarse, sumirse en un primer sueño tranquilo. Cerca de los ramajes umbríos, las cigarras del color de las pajas discuten como lavanderas o jugadores de dominó en el bar de la plaza; en los zarzales, la ranita de San Antón deja oír su croar lastimero; alguna avecilla, puede que el correrríos, se despide con un silbido al sobrevolar las aguas; las rítmicas llamadas de los grillos y el zumbido de los caballitos del diablo son los únicos sonidos que dan contrapunto al adagio para clave de la naturaleza. El crepúsculo todavía no se ha extinguido y la noche es tibia como la caricia de una madre.
El señor Ortega levanta las cañas y revisa los anzuelos. El brillo metálico reverbera con un tono encendido, rojo sangre. El Ebro, padre prolífico y poderoso, ha marcado durante siglos la vida de sus habitantes, animales y hombres.
2
También la vida de mi pueblo, como la de tantas otras poblaciones de la ribera, giraba en torno al río, al transporte de mercancías entre los embarcaderos que jalonaban las orillas, en torno a las avenidas y las sequías, a los bellos laúdes que, con la gracilidad de una libélula, parecían deslizarse por la superficie interpretando la partitura de las aguas. Cierta nerviosa efervescencia recorría las venas de los lugareños cuando las barcazas estaban amarradas, mientras se cargaba o descargaba y los tripulantes se preparaban para partir. Los patrones discutían en voz alta, fumaban dándose importancia a la vista de todos; se sabían respetados y, de pequeños, todos soñábamos con su vida, que suponíamos llena de azares, con los lugares de los que solo conocíamos el nombre (Miravet, Benifallet, Amposta) y que difícilmente veríamos de no convertirnos en navegantes. Cuando las embarcaciones desaparecían una tras otra por el Ebro, bien retando a la corriente, río arriba, bien siguiendo su curso, el embarcadero se quedaba vacío, luego las calles, la plaza. Cada uno volvía a sus quehaceres cotidianos con la incertidumbre y la desgana de quien espera noticias.
Chupo con fuerza la pipa y aún soy capaz de ver a través del humo las calles solitarias del Albanalmar de aquel tiempo: bajo el sol abrasivo de la sobremesa, un perro busca cobijo a la sombra; a la fresca de una puerta entreabierta, sentado en la banqueta gastada de todos los días, el tío Angulo trenza el mimbre, rodeado de cestas a medio hacer y trozos de caña. También él montó el Ebro en sus riadas y tiró de la sirga; ahora confecciona con dedos hábiles capazos y cestos, y de tanto en tanto canturrea una vieja tonadilla salada:
Los tontos de Monzalbarba
y los valientes de Utebo
fueron a pescar un barbo
y pescaron un madero.
Fardos cubiertos de arpillera desperdigados por el muelle, tres o cuatro mochuelos que han salido corriendo de casa, y sus gritos de algarabía, tras perderse por la calle de las Ánimas hacia el cruce de las Cuatro Esquinas, son pronto tragados por el silencio y el matraqueo de las cigarras. Es la hora de la siesta. No se oye el martillo del tonelero, ni tampoco al carretero, no hay ningún ruido en el taller del herrero. La gente se acoge a la fresca de los zaguanes. Mientras tanto el Ebro, el viejo y soberbio Ebro, avanza rizándose, centelleando a la luz del sol.
Rompiendo el espejo de agua dulce y silencio, el remanso de siesta por el que se desliza la sobremesa, se oye de repente un silbido; porque lo que primero era un bulto ha ido creciendo hasta convertirse en una silueta bien definida que, a paso de arrastre si viene de Fayón o Mequinenza, o más rápidamente si baja de Fuentes o El Burgo, remonta el horizonte y al cabo, tras sortear azudes y norias, molinos harineros y almazaras, salvando con más o menos destreza los remolinos y las mil y una añagazas del río, aquella silueta, ante las llamadas del improvisado vigía y los pájaros sobresaltados que levantan el vuelo y cruzan las aguas, es ahora un laúd. Todo cambia en unos segundos. Ya los gritos enmudecen el timbrar de las cigarras y los perros corren en círculos, sorteando entre ladridos y escorzos una catarata de piernas. Ya el tío Angulo se calla, levanta un momento los ojos del cesto y, aguzando la vista, observa el embarcadero. Ya se escucha el traqueteo furioso de los carros, y de cada casa brota un cauce rumoroso de gente. El pueblo revive, se precipita en torrente; un cardumen de hombres y niños, un chorreo de comerciantes (este que discute a voces sobre el valor de un cargamento, aquel que cierra el precio de un transporte de bidones de miel), mujeres que se acicalan a la carrera dando puntapiés a las gallinas, los viejos curiosos, un runrún de crecida afluye hasta el río. También a mí, casi arrastrado por mi abuela, me engulle la crecida antes de que pueda decir ni glup. La embarcación se acerca hacia el gentío, que la observa maniobrar como si se tratara de un portento de la naturaleza, como si de pronto hubiera asomado entre las aguas el legendario barbo de Utebo, aquel demonio perverso que dormía en la poza de San Lázaro, al pie del zaragozano puente de Piedra, y del que se dice que arrasaba las vegas solo con agitar su descomunal cola. Conservo indeleble la imagen del laúd apuntado, las traviesas de pino brillantes de humedad. Afanándose en cubierta, el patrón y los peones manejan el timón y los remos; hombres que parecen figuras talladas en madera, con los rostros crispados, las camisas remangadas, uno con el torso desnudo, que se hincha y se deshincha como un fuelle, todos tostados por el sol. Mi madre se agacha para susurrarme con tono festivo:
—Mira, Clemén…, el Espiadimonis.
Sobre el laúd están mi padre y mi abuelo. Este, al que todo el pueblo conocía como el tío Marcial, tenía el aspecto de un tocón, corto de talla pero recio, ancho de hombros. Solía llevar el pelo un poco largo, negro y descuidado, peinado a raya con las manos, tapándole las orejas y la frente; se lo tenía que apartar a cada rato de un manotazo para ver bien. Los ojos inquietos, agudos; emboscados bajo las cejas, me hacían pensar en las anguilas que se deslizan entre las algas y el cieno. Del mostacho frondoso que casi le cubría la boca salía una pipa de caña, generalmente apagada; de tanto en tanto se la quitaba para acariciarse el mentón, dándole vueltas a alguna cuestión del río. Lo único importante para él era lo que tenía que ver con las aguas. Sus besos eran más ásperos que corrientes, picaban como un papirotazo, aunque peor era cuando se enfadaba –“Vine cap aquí, marrà, malcriat!”– y empezaba a lanzar piropos con la pipa rebotando en la comisura, entonces sí, encendida, soltando humo como un barco a vapor. Mi abuelo era pequeño, ya lo he dicho, peludo como una nutria; más que con piel, parecía cubierto con la corteza de un roble. Tendría yo cuatro o cinco años cuando se hizo un corte en el pie con la hoz grande, tan profundo que debía llegarle al hueso o poco menos. Apretó los dientes para no gritar, un gesto que luego le vería hacer más veces, pero no se quejó ni durante el camino a casa, que hizo cojeando y dejando un rastro de sangre, ni después, en la cura, cuando le desinfectaron la herida con vinagre y sal. A pesar de apoyarse en una gayata, no faltó un solo día al trabajo. Mi abuelo Marcial venía de una familia de navegantes, los Asenjo, y se había criado a caballo de laúdes y gabarras con las gentes del oficio. De mozo raramente usaban animales para remolcar las embarcaciones río arriba y los hombres sudaban sangre en la orilla, siguiendo los caminos de sirga por los que tantos otros habían tirado como forzados; las arrugas de sus manos formaban una maraña intrincada con las antiguas cicatrices de pesca, quemadas por el sol y el roce de las cuerdas hasta ser casi blancas. Había que ver a mi abuelo cuando tronaba y gritaba a los cuatro vientos en catalán (solo utilizaba la lengua de su madre para insultar y blasfemar, o para contar las pesetas) tachándonos de “curt de gambals sense pilotes!, gamarussos malparits amb cervell de gripau!”. Entonces el pelo de la nuca se le encrespaba como las púas de un erizo.
Recuerdo una mañana gris, llena de agua. La lluvia, por la tarde, había sido tan espesa que costaba respirar. Aquella noche no me dormí hasta la tantas, dando vueltas y más vueltas mientras el Ebro se hinchaba; durante el duermevela lo oía rugir como una fiera enjaulada, la lluvia repiqueteando en la techumbre. La aurora apagó la tormenta. Cuando desperté, arreciaba el vendaval. Mi abuelo ya no estaba y mi madre acababa de preparar la cesta de la comida. Acompañando a mi padre en aquella mañana plomiza, de cielo bajo y poca luz, me acerqué hasta el embarcadero. El río parecía una comadreja: brincaba y se revolvía sucio de barro, royendo las orillas. Los laúdes temblaban, las amarras tensas como las riendas de un caballo que se rehúsa e intenta escapar. Los patrones fumaban en corro, preocupados. Ninguno apartaba la vista de la superficie.
—Así no se va a ningún sitio –oí decir a uno.
—Es una locura. Ni el diablo se mete en esa caldera.
—Pues va a seguir subiendo –apuntó un tercero–. Parece que por Tudela están cayendo chuzos de punta.
—Habrá inundaciones, seguro.
Mi padre no despegaba los labios. Me puso una mano en el hombro y seguimos adelante.
—¿Es que vais a salir? –le pregunté, levantando la vista.
Él se encogió de hombros.
—El patrón es tu abuelo, Clemén.
La mula del Espiadimonis coceaba, se negaba a comer el pienso que le ponía Montoro, el sobrino del tío Angulo. Los demás animales tampoco es que se mostrasen más tranquilos; cabeceaban, tirando del ronzal, se sacudían y lanzaban gañidos lastimeros. El bramido del Ebro, ensordecido por las paredes de las cuadras, se colaba de la mano del viento con ecos amenazantes. Montoro juraba en hebreo. Era un tipo oscuro, petiso, con algo de fauno, las piernas cortas, como inacabadas o acabadas antes de tiempo, que iban a dar en unos pies gruesos, rebotudos, sucios de barro. Caminaba inclinado hacia delante por culpa de la columna torcida como una interrogación, con una joroba incipiente que le empujaba el cuello hacia un lado y le hacía mirar torcido. Su cabeza parecía el corcho mal metido de una botella. Montoro siempre olía a vino, y cada día hacía tres que no se había afeitado. Alrededor del iris amarillento flotaban filamentos sanguíneos; cogió fiebres en Ceuta, en la cuenca del arroyo de Calamocarro, y desde entonces tomaba quinina. De su deshonroso paso por Marruecos guardaba la cojera de una bala perdida que le destrozó el menisco, además de un puñado de tatuajes desvaídos y zafios. Todos sabían que Montoro era un gandul, un holgazán incapaz de pilotar una cabra cuesta abajo, y mi abuelo estuvo más de una vez a pique de tirarlo por la borda. Si no lo hizo, fue por la amistad que le unía con el tío Angulo, que había sido compañero suyo.
—Puto bicho –gruñó, refiriéndose a la mula–. Ni para el matadero…
Sopló con fuerza, sonándose uno a uno los agujeros de la nariz.
—¿Salimos hoy, Martín?
Era la voz de Carballo. Me giré y lo vi sentado en una pila de sacos, liándose con parsimonia un cigarro. También el jorobado se volvió hacia mi padre.
—¡Joder, traga de una vez! –exclamó, soltando una ristra de improperios–. Malditas las ganas que tengo yo de romperme la crisma con este tiempo d-de mil pares de…
—Ni tú ni nadie, porrón, pero a ti a lo menos te amortigua la joroba. –Carballo, hijo de gallegos nómadas y malaventurados, como casi todos los gallegos, parecía un chopo al borde del río. Aceptaba con un encogimiento de hombros lo que le salía al paso, fueran sequías o pedregadas, y bromeaba continuamente con el otro peón–. ¿Viste el río?
Mi padre se acercó a los sacos. El gallego le ofrecía tabaco.
—Vengo con el chico de echarle un vistazo. –Carballo se hurgó en los bolsillos y sacó un higo para mí. Siempre me gustó aquel tipo erguido y pulcro, con las uñas recortadas, tan limpias, que andaba con higos tiernos por los bolsillos–. No tiene buena pinta, la verdad es que no.
Los hombres callaron un momento y el chillido del cierzo se enseñoreó por la estancia. Era un ruido de aserradero que hacía rechinar los dientes y excitaba a los animales. Descorazonaba al más pintado, hay que reconocerlo.
—Pues más vale que nos encomendemos a todos los santos.
Los peones miraron de reojo hacia un rincón, los tres a un tiempo, como puestos de acuerdo, hacia un bulto de buen tamaño cubierto con tela de saco en el que no me había fijado al entrar. Montoro guiñó aquellos ojuelos suyos un tanto estrábicos, llenos de malicia; no podía dejar de retorcerse las manos.
Me acerqué a mi padre con la boca llena de higo y le pregunté:
—¿Qué es eso?
Oí un gruñido a mi espalda, un bufido. No sé muy bien si fue la mula o Montoro.
—Es una estatua, Clemén. Un Santo Cristo. Lo han bajado por el Martín desde Híjar…
—Y ahora nos toca a nosotros llevarlo hasta Fayón, con el resto de la carga.
Otro gruñido. Esta vez sí que me pareció un relincho.
—M-maldita la gracia que me hace a mí llevar…
—Tú no llevas nada, porrón, que lo carga el barco. Además, poco va a molestarte. Pasajeros como este son de los que no arman jaleo.
—¡Blasfemias, encima! –se escandalizó Montoro, santiguándose–. Así, así vamos bien.
Mi padre se levantó, con el cigarro en la boca sin encender y el chisquero en la mano. Me dio un empujoncito y dijo a los otros:
—Me vuelvo al muelle…, mi suegro no andará lejos.
Salimos. El viento no aflojaba y nos costó desandar el camino. Mi abuelo entre tanto había llegado al embarcadero, como bien suponía mi padre. Aquel viejo esturión siempre me causó un profundo respeto. Lo admiraba por su coraje, aunque creo que nunca llegué a conocerlo del todo. Era un hombre de pocas palabras, se le habían contagiado las maneras del río. Escrutaba la superficie en silencio, un poco inclinado hacia delante, con las manos en la espalda y la pipa en la boca. Pensé en ese momento, y lo sigo pensando ahora, que él miraba la crecida como quien se observa en un espejo. El Ebro y él, después de tantos encuentros, enfrentamientos y fatigas, se reconocían como compañeros e iguales, rivales veteranos de esos que se saben al dedillo las virtudes del otro y disculpan sus defectos. Cada vez que el patrón del Espiadimonis oía rebullir las aguas, se entregaba a su oficio con cada fibra de su cuerpo, como el tronco ajado por el tiempo, partido por el rayo y que, a pesar de todo, continúa reverdeciendo con la primavera. Años después también yo sentiría esa euforia que te arrastra hasta el río, que mezcla el desafío con el miedo, ensoberbeciendo a los unos y volviendo a los otros más juiciosos de lo que eran, que transforma los arabescos de la superficie pintados por el sol y sombreados por la brisa en señales de alarma, que hace de las aguas el libro más maravilloso y absorbente escrito por los hombres en alabanza de los dioses y espíritus de la naturaleza, cuyos nombres y ritos se perdieron con el correr del tiempo. Deslizarse a toda velocidad por el río cuando viene de crecida camino de Mequinenza y el laúd se vuelve elástico bajo los pies como un junco, o cuando los remeros se despellejan las manos a contracorriente, pequeñas olas cabrilleando pintadas por el sol, el viento te acaricia el rostro, te embolica la cabeza, lo mismo que si hubieras bebido una copa de más. Otras veces el timón se enfurece y se rebela, te golpea; los hoyuelos a ras de agua que se abren en abanico pueden ser bajíos o médanos donde lo fácil es encallar y dejarse el barco. El viejo escuchaba lo que el río tenía que decirle. También yo, años después, lograría descifrar una parte de sus secretos, de los que el río siempre se mostró tan celoso.
Pasaron un par de minutos. El cielo jugaba con la luna y ocultaba el sol, sombrío de tormenta. El tío Marcial, mi abuelo, llamó a mi padre; se les acercaron otros patrones y las palabras fueron creciendo hasta convertirse en una viva disputa. Mi abuelo no decía nada. No he conocido a hombre más terco que él; si algo no le interesaba, se volvía más sordo que un gobio, ya podías gritarle en la oreja hasta quedarte ronco. Ahora bien, si el asunto le convenía, oía el suis-suis de las cucharetas. Mi abuelo no despegaba los labios, pero parecía decir todo lo que tenía que decir en silencio.
Alguien perdió los estribos:
—¡Eres del mismo pellejo del diablo! ¡Te vas a matar tú y lo peor es que vas a dejar a tu hija s-sin…!
Tenía el rostro congestionado. Otro patrón le tiró un codazo, señalándome con un gesto. Entonces volvieron a los secreteos, aunque de vez en cuando despuntaba alguna palabra suelta, un juramento entre dientes.
Aparecieron por el camino el espigado Carballo, tirando de un carro de mano, y Montoro, el jorobado, que continuaba peleándose con la mula. Tenían el aspecto de unos don Quijote y Sancho aliquebrados. Se les unió mi padre y entre los tres trajeron la carga e intentaron subir al animal. No fue fácil. La corriente zarandeaba el laúd y la pasarela amenazaba con irse al agua. Tuvieron que empujar, gritar y golpear a la mula, que se mostraba rígida, negándose a dar un paso. Cuando mi madre y mi abuela vinieron, los peones habían roto a sudar. Ayudados por otros hombres de tierra, que aquel día no embarcarían, trajeron al Cristo. El viejo estaba al timón, no le gustaba perder el tiempo. En la ribera se había formado un grupo de curiosos, sorprendidos porque alguien fuera a partir con tan mal tiempo.
Ocurrió algo en ese momento, un hecho que solo me explico conociendo a mi abuelo y su manera de pensar, las costumbres por las que había visto gobernarse a sus padres y sus abuelos, y que, precisamente por eso, conservaba en lo más hondo de su ser como un cuaderno de derrota, un batiburrillo de reglas morales y principios para timonear la vida que anteponían el vigor físico, la firmeza de carácter o la habilidad manual de un oficio, junto con la honradez y la rectitud, por encima de cualquier otro aspecto, y desconfiaban de lo que no se podía tocar con los dedos. Aunque lo que voy a contar a continuación solo lo justifica ante mí, claro. A ojos de otros seguramente parezca un excéntrico, por no llamarlo chiflado, que es lo que le debió parecer aquel día a buena parte del pueblo.
Los peones acababan de tumbar la imagen con el resto de la carga e iban a atarla, cuando oímos la voz del patrón por encima del viento y las aguas, un grito destemplado de los que no admiten réplica:
—¡Martín, la cabeza! Primero destápale la cabeza.
—Me cago en mi madre –rezongó Montoro.
Mi padre y Carballo se miraron entre sí, pero no dijeron nada y desataron la lona que cubría la estatua, sacando la cabeza a la luz.
—Arriba con ella ahora.
Yo me esforzaba por ver algo, lo que no era fácil con medio pueblo delante. Oía, eso sí, los cuchicheos maliciosos, más o menos disimulados para evitar que mi madre o mi abuela los escucharan. En mí, en cambio, no reparaba nadie; un niño pequeño es casi lo mismo que un perro, y por eso me enteré de lo que decían, cómo se burlaban de aquel trastornado que debía creerse Colón y al que si no sepultaba el río, cosa que daban por segura, lo iba a partir un rayo por jugar con cosas que es mejor honrar y callar. Hubo quien se persignó. Recuerdo como si la tuviera delante la cara de Montoro, blanca como un cirio; parecía más desamparado que nunca. Al gallego la sonrisa se le había quedado un tanto deslucida y mustia. Mi padre era el único que mantenía la serenidad, o al menos disimulaba mejor que los otros. Entre los tres consiguieron enderezar la talla, a pesar del balanceo de la embarcación; alguien soltó un grito cuando un bandazo del laúd estuvo a punto de tirar a los hombres y la estatua por la borda. La cabeza de madera de Jesucristo era ahora visible para todos, incluso para mí. El escultor había sabido captar el instante de mayor sufrimiento, con los ojos apretados en un rictus descarnado de humanidad, como si le acabasen de clavar la lanza en el costado; la sangre le resbalaba por el cabello ensortijado, seguía por la frente y las sienes, por los pómulos afilados y los huecos de las mejillas, hasta dar con la barba, esa barba negrísima, como hecha de alambre. A una chica joven le dio un vahído y se la tuvieron que llevar. Hubo otras que se arrodillaron para rezar, con las manos apretadas contra el pecho…, y más que nada para que las vieran, claro. Mi madre y mi abuela, apartadas unos pasos, parecían dos Marías.
El viento racheado se lanzaba ululando contra la gente, sacudía las embarcaciones. Los peones tenían serios problemas para mantener la estatua en pie. Fue entonces cuando el viejo dijo algo, aunque yo no llegué a entenderlo. Solo le vi la cara, el gesto sereno, incluso un tanto despectivo, diría yo, la boca articulando palabras que se me escapaban. Tenía los ojos fijos en la imagen, pero a diferencia de las beatas y los meapilas, no hizo ni siquiera ademán de santiguarse.
—¡Abajo! –ordenó. Eso sí que lo oí–. Y ojo con volver a taparlo.
Montoro siempre fue un ablandabrevas. Trabajar, lo que se dice treballar de valent, trabajaba lo justo e incluso menos, pero a la hora de hablar, entonces, ai, amic meu!, entonces bien que se las daba de valiente; la sinhueso le marchaba sola, y más con un par de vasos. Muchas cosas se contaron del asunto del Cristo, la mitad embustes que él repartía a manos llenas entre los parroquianos de la taberna. Pasadas algunas semanas también yo quise saber y le pregunté a mi padre, pero él le restó importancia. Tonterías, me contestó, revolviéndome el pelo. En el pueblo no hubo dos que se pusieran de acuerdo, y si para unos puso en pie al Cristo para injuriarlo y reírse de él en público (eran estos los que estaban convencidos de que el patrón del Espiadimonis olía a azufre), otros aseguran que lo que hizo fue preguntarle si tenia els collons ben posats para cabalgar el Ebro, sobre todo viniendo de crecida, y luego añaden que se reía, aunque ya creo haber dicho que pocas veces le vi reír y menos aún en el barco. Mi abuelo no era de los que se tomaban su trabajo a conya. El tío Angulo, que no estaba aquel día en la orilla, tenía su propia opinión, ¿quién no la tuvo en el pueblo? Me dijo que lo que quería era enseñarle el río, y que si se iban al fondo, el Cristo se iba con ellos. “¡Y muy mal lo tuvo que ver, si iba a tocarle nadar!”, graznaba el muy tuno, carcajeándose. Yo estaba lejos y no me enteraba de algunas cosas. Lo cierto es que, tanto los que hablan sin haberlo visto como los que lo vieron y no hablan, los que subieron al laúd aquel día y los que se quedaron en la orilla, estaban tan amedrentados por el vendaval y la fuerza de las olas, los roznidos de la mula eran tan sobrecogedores y violentos, que dudo que nadie se enterase mejor que yo. Bajaron la imagen y, con la cara descubierta, la amarraron y aseguraron la carga.
Soltaron amarras y se separaron del embarcadero. Alguien les deseó suerte tímidamente, puede que fuera mi abuela. El laúd se movía despacio, de eso me acuerdo bien, hasta que de repente, como si el Ebro quisiera reclamar lo que por derecho le correspondía, se sacudió y se precipitó en medio de la corriente. Lo que ocurrió a partir de entonces lo sé por mi padre: “Hijo –me contó una tarde, paseando por la ribera–, no te deseo un viaje ni la mitad de complicado que aquel. Hala, si lo tienes, ojalá que sea alguien como tu abuelo el que lleve el timón”. A partir de Caspe el río se encajona y divaga a través de galachos y meandros, algunos muy marcados. A los giros constantes había que añadir el viento, el vaivén de las aguas. La corriente era un aluvión de barro y suciedad, con grandes ramas arrancadas de cuajo. De cuando en cuando se oía el rascar de una piedra. El río mugía, navegar aquel día era como ir montado en un jabalí. “Me encomendaba a todos los santos cuando las orillas se cerraban y pasábamos rozando las rocas. Y mientras tanto tu abuelo…, no sé qué tiene ese hombre en las venas. Sangre no, te lo digo yo. Porque yo tengo sangre y hubiera saltado por la borda antes que seguir navegando”. En la sama estaba Montoro. Junto a la carga, la mula, que no paraba de patear. El blam-blam de las tablas los ponía a todos más nerviosos todavía. El gallego y mi padre tragaban agua a cada embate, empapados de arriba abajo y luchando con los remos, que se curvaban y amenazaban con partirse. “No nos fuimos a pique de milagro, pero no sé si fue el Cristo o no el que nos echó una mano”. Él lo veía desde el banco, con “la cabeza desgreñada, coronada de espinas, el gesto de un agonizante en medio de la tormenta. Si te digo la verdad, me daba escalofríos e intentaba no mirar hacia allí, aunque no creo que yo llevara mejor cara. Carballo tampoco, hazme caso”. Hubo un momento en el que pensó que se irían a todos los diablos y se puso a rezar entre dientes, a pesar de que nunca fue muy creyente, que digamos. A la altura de Mequinenza sintieron el crujir de una madera; los había atrapado un remolino, del que salieron dando un brinco que casi puso el Espiadimonis boca abajo. La corriente era muy fuerte y los empujaba hacia un roquedal. “Tu abuelo me gritó algo, que dejase el remo, creí oír. Me volví hacia él, pero no me miraba ya. Estaba solo al río. Tenía los ojos fijos, muy grandes, daba la impresión de que no estuviera en sus cabales. Pero tampoco iba a ponerme a discutir en ese momento. Él era el patrón y a mí me tocaba obedecer y trabajar. En el barco la regla es oír, ver y callar. –Al gallego y a Montoro les mandó que se dejasen el alma–. Solo fueron unos minutos, igual ni eso, pero mira, Clemén, no he pasado otro rato así en mi vida. Difícilmente olvidaré a Carballo y a Montoro a los remos, el agua rompiendo, esplás, esplás, la espuma saltando por encima del casco, ¡por todas partes! Las rocas estaban más cerca que tú y yo ahora mismo”. Mi abuelo pretendía cortar la corriente al sesgo para sortear el escollo. Aquella maniobra era la más complicada de hacer y, seguramente, la única que podía sacarles con vida y flotando. Se oyó un ruido y Montoro cayó de espaldas en la cubierta de la sama. Le había saltado el escálamo. Fue todo uno, el crac y que el Espiadimonis se lanzara hacia el roquedal como un gavilán. “Ya está, recuerdo que pensé. Me quedé sin sangre. Alguien gritó, no sé si Carballo o la mula. Hasta puede que fuera yo, vete tú a saber. La madre que lo parió…, con perdón. Ese viejo diablo, que ya puedes decir que cuando navega se deja en casa el corazón y las tripas, ese patrón como no he visto otro, hijo mío, que es más tuno que un gato y más hábil q-que… yo qué sé. Hizo así, dio un golpe de timón a la derecha, inclinándose sobre la caña con medio cuerpo fuera. A sus años, ¿eh? Oímos crujir las junturas, una tras otra. Y si no saltó ninguna, yo no sé por qué fue, si por suerte o qué narices. Fue tu abuelo. Él solo, Clemén. Lo que nos tocaba a nosotros puede hacerlo cualquiera. Pero él, no me preguntes de dónde sacó esa rasmia. Enderezó la embarcación y pasamos como un relámpago… a dos dedos escasos del escollo, a punto de hacernos astillas. –Y sonriendo, pero con el gesto nervioso por lo que acababa de revivir, puso fin a la historia con un guiño–: Porque de laúdes y el Ebro, hijo mío, ni Cristo, que aquel día venía con nosotros, sabe más que tu abuelo”.
Amarran el Espiadimonis. Mientras el tío Marcial da las últimas órdenes para descargar los cacharros, mi padre baja a tierra de un salto. Abraza a mi abuela y besa con fuerza a mi madre, que se deja hacer. Yo no tengo tiempo ni de pestañear, me coge y me lanza como si fuera de paja. Me estruja contra su pecho, aunque yo me resista, y siento el pinchazo húmedo de la barba en la boca y la nariz, las mejillas, los ojos. Los besos de mi padre, también los de mi abuelo, aunque estos más contenidos, tenían algo en común, y es que sabían a río.
Mi padre no era hombre de agua, no. Venía de un pueblo de cereal y olivos en tierras de la Axarquía malagueña y respondía por Martín Ortega. Tampoco mi madre sabía mucho más sobre él; que tocaba la guitarra improvisando canciones y llegó una tarde no sabe si de Teruel o de dónde. Llamó a la puerta. Parecía agotado, estaba hambriento, y en su tos gangosa asomaba la pata la neumonía. Lo curó mi madre con infusiones de alfendoz, pata de mula, qué sé yo, guardalobo, hierba atrapamoscas, con cariño y las plantas que salía a buscar mi abuelo. En el fuego, mi abuela calentaba caldos espesos de pescado, cebolla y carne. Mi madre era poco más que una muchacha y aquel desconocido, aquella voz agitanada que a la tarde tarareaba canciones andalusíes, se le enganchó en lo más recóndito del alma. Mi padre no era hombre de río, no, había sido maestro en Guadalajara, con su pizca de cenetista y poeta; pero tenía coraje y, aunque reacio al principio, el viejo Marcial no pudo jactarse nunca de sudar una gota más que él.
Al rumor de la guitarra que acompaña el canto del agua, al calor de la infancia, vuelvo a sentir los largos crepúsculos en compañía de mi padre. Yo era pequeño, hace mucho de eso, pero recuerdo bien el repiqueteo acompasado de las cacerolas. De los hogares salía un humo soñoliento, por las callejuelas flotaba el aroma de las cenas. Dejábamos atrás las casas apretujadas y las callejuelas angostas. Las golondrinas chillaban sobre nosotros trazando círculos con los picos abiertos. Al descender nos cruzábamos con algún rebaño de ovejas, los cabritos retozones; con el ruido de las esquilas y el lamento metálico de una noria, nos llegaba el chismorreo de las lavanderas, que subían del río cansadas, coloradas y risueñas, con los fardos de ropa húmeda y las faldas remangadas hasta las pantorrillas.
Y siempre, siempre, el rumor de las aguas. El muelle era un batiburrillo de toneles de vino, cajones de paño, montones de fardos y sacos; más allá, un puñado de botes de pesca, espinazos de madera podrida y embarcaciones para carenar cuando el calafate lo tuviese a bien. Los tripulantes, de talla maciza, morenos, casi siempre con un voto en la punta de la lengua, circulaban en grupos, fumando como chimeneas; bromeaban sobre peces y mujeres, soltando toda clase de impertinencias. ¡Por la sombra de Satanás!, maldecía alguien. Los recién llegados solían ser bien recibidos, mejor si traían dinero. En la taberna beberían a la salud de Dios o del diablo, cantarían y se jugarían hasta los piojos, si antes no acababan a puñetazos.
Sentados en un sotillo a la vera del Ebro, a la sombra de media docena de álamos, mi padre y yo nos asomábamos a la superficie del agua, veíamos el brillo efímero de algún pez o seguíamos con la vista los pájaros que nos sobrevolaban. No necesitábamos mucho. Las hojas producían un frufrú manso. Los chopos, balanceándose, parecían monjes encapuchados de la antigua abadía cisterciense de Nuestra Señora de la Higuera, ahí enfrente; oraban con el susurro de las hojas color turquesa, entre las que asomaba de tanto en tanto un ruiseñor, que nos deleitaba con su canto. El sauce se inclinaba con las ramas desmayadas, más para acariciar que para proteger, y cubría el sotillo con una sombra vaporosa. Frente a nosotros, a no más de dos o tres pasos, la tierra se desplomaba. Entre los carrizos y las piedras de la orilla, el chorlitejo chico saltaba de un lado a otro buscando gusanos y arañas en la tierra y el fango; en ocasiones hasta podía verse al águila pescadora remontándose con un pez entre las garras. Indiferentes a los otros animales e incluso al hombre, las garzas cenicientas deambulaban arriba y abajo de la corriente y a menudo se quedaban quietas sobre una sola pata, con el cuello retraído en forma de S. Graznaban con fuerza y se pavoneaban como si el lugar fuese suyo y los demás, invitados.
Sentado en la hierba con la espalda apoyada en un tronco, me dejo acunar por la modorra. Un chiquillo está en el agua. El Bru debe ser, el hijo del barquero, que coge cangrejos con la maña de una cigüeña. Ramoner, su hermano, hace volar una cometa, trazando arabescos en el aire. El hilo unas veces afloja y no obedece, otras se mantiene tirante. Un esparvero negro traza círculos a su alrededor, inclina un ala y luego la otra, y en el precioso momento en que parece a punto de abalanzarse sobre su presa, vuelve a ascender sin apenas moverse. El Ebro sigue su curso, mientras desde el campanario que asoma entre las aguas imagino el toque del ángelus.
El horizonte se enciende, es una paleta de rojo, lapislázuli y oro. Cientos de nubecillas prenden sobre los montes, un velo azafranado cubre los objetos y los tornasola. Las oropéndolas revolotean excitadas, el cuquillo se despide del día y los carpinteros reales vuelan a recogerse en sus hendiduras. La bandada de patos que levanta el vuelo arde de repente como unos pañuelos que aleteasen diciendo adiós, adiós, hasta pronto, alejándose por el cielo. Un tronco de contornos violáceos se deja arrastrar con mansedumbre hacia la noche negra.
Mi padre liaba un cigarro. Me señalaba la otra orilla, la caseta del barquero y su familia teñida de rosa; más allá, la bancada de la noria y las ruinas del molino. A veces recogía una hoja seca y, muy serio, fingía leer romances antiguos, cantares de gitanos andaluces con hambre de años, con hambre en la sangre, guindando gaínas, o mi preferido, aquel del conde Arnaldos,
que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo, arriba los hace andar;
las aves que van volando, al mástil vienen posar.
Una brisa perfumada subía entonces del río, acariciando la piel y agitando las hierbas, que también se inclinaban como si quisieran oírle mejor. Mi padre me contaba historias de pueblos que yo no conocía, leyendas de beduinos, caravanas que navegaban por los mares de arena o la guerra entre atenienses y lacedemonios, que tan cara les salió a ambos. En ocasiones cogía la guitarra y se hacía acompañar por el murmullo de la brisa. Tenía un no sé qué en la voz que las palabras le salían como pétalos de flores, con el perfume de la canela, el jazmín y el sándalo.
Cierro los ojos y oigo el bordoneo. Los dedos juntan los versos, improvisan las primeras estrofas de una copla que mezcla la nobleza de la jota aragonesa con la tragedia del cante jondo. Todo se funde en la paz y la penumbra; ya se despiden los grillos hasta la próxima y, deslizándose por el río, se encienden las luciérnagas, los cucos de luz. Envuelto en una ligera bruma azulada, se adivinan los contornos de la abadía. Las sombras se descuelgan de la torre, la fachada poco a poco se va perdiendo en la noche. Todavía consigo rescatar el huerto del olvido, tras él el monte blanco, un poco más allá la barranca con las zarzas, la retama fina y basta. Aún más allá, en esa lontananza añil y fría que se disuelve a lo lejos, logro imaginar la ermita, tan humilde y chica, de Santa Gueda. Escucho el burbujeo del agua. Ligeros como barquitos de papel, los recuerdos se alejan flotando hacia el mar, que los recibe y abraza como una madre.
La campana del pueblo desgrana las horas. Es en ese momento cuando abro los ojos y miro. Y no encuentro a nadie.
Llegaron con la avenida del treinta y siete. Han pasado muchos años desde entonces, todos han muerto, pero yo lo recuerdo como si fuera ahora mismo, como si volviera a tener seis años y no estuviera solo. Era octubre de lluvia y el Ebro venía con fuerza. Las aguas tomaron posesión de los campos de Gallur y Tauste, varios pueblos quedaron incomunicados. Estábamos reunidos al calor del hogar después de la cena. Nadie decía nada. Mi abuelo miraba al fuego con el entrecejo fruncido, la cabeza apoyada en una mano y la pipa en la otra. Mi padre tenía la guitarra en el regazo, pero no se decidía; acariciaba las cuerdas como si fueran el lomo de un gato y el instrumento le devolvía un runruneo mimoso. Las mujeres, mudas también, andaban a sus cosas. A ratos se colaba una polilla atraída por la luz que, con un chisporroteo, caía abrasada. El fantasma del silencio se enseñoreaba aquella noche de las calles y las casas del pueblo.
Llegaron con la avenida del treinta y siete sin que nadie los esperase, como siete años antes, con otra riada, había venido mi padre. Sin saber de dónde, de la oscuridad. O más lejos. Oímos llamar a la puerta con fuerza, tanta que no podía ser un vecino, o si lo era venía en alas de la desgracia. Llamaban a puñetazos, como si intentaran echar la puerta abajo. Cuando los hombres se levantaban, la puerta cedió por una bisagra. El viento entró de rondón, apagó las luces, y con el viento se colaron ellos. Tardaron poco, sabían a lo que venían. Cogieron a mi padre de los brazos y lo arrastraron fuera. Mi abuelo, que fue a interponerse, acabó en el suelo de un culatazo. Mi madre intentó ir tras ellos, salir fuera de casa, pero el guardiacivil que se había quedado de retén la devolvió de malas maneras dentro. En el mismo sitio, sin moverme, estaba yo. Lloraba, quizá porque habían pisoteado la guitarra de mi padre. Y era pequeño.
Fue un trago amargo. En el interior de la casa, sin otra luz que la del fuego, mi abuelo es un bulto inmóvil. Mi abuela se traga el llanto y le limpia la sangre que le sale del ojo; lo sacude temerosa, suavemente, intentando que despierte. En mitad de la puerta está el guardiacivil con las piernas abiertas, los brazos cruzados; parece un espantapájaros, acaso un aparecido. Frente a él se encuentra mi madre, desgreñada, de rodillas, con las manos en el pecho como una tortolilla, rogando asustada qué sé yo si por Dios o por la Virgen, que la deje pasar, ay, por la madre de Nuestro Señor y la suya, escúchame, mi niño, que también tú tendrás madre, aunque vayas de uniforme. ¿O es que ya no te quedan entrañas? Se muerde los labios amoratados, muy pálida, y mezcla con los ruegos rezos que se consumen, lo mismo que las polillas, sin terminar de aflorar en sus labios. Mira al guardiacivil, tras él el campo abierto sin luces, sin gente. Adivina, abajo, el río crecido, hacia donde se han llevado a mi padre.
Se oyó un disparo. Mi madre gritó, ¡ay!, y perdió el sentido. Yo quería acercarme, pero no me atrevía. Con el guardiacivil se marcharon los pasos, los ecos. Los engulló la noche. Y de nuevo el silencio, tan afilado y frío. El silencio.
Mi abuelo despertó y se dirigió hacia la entrada, como si lo supiera todo. Rechazó a mi abuela sin mirarla, sorteó a mi madre que, replegada sobre sí misma, sollozando, murmuraba algo sin sentido, como ida. Una luna cárdena iluminaba la noche. Iluminó a mi abuelo cuando salió a la calle como lo hubiera hecho con un alma en pena. Caminó hacia el río, hacia donde sabía que lo esperaba mi padre. Quizá oyó los cuchicheos de la gente, que espiaba a través de los visillos de las casas a oscuras, que se atrincheraba por instinto de rebaño estabulado tras las puertas atrancadas, las ventanas cerradas, y levantaba muros de puro miedo.
El río, bisbiseaban unos.
La Guardia Civil, se lamentaban otros.
Un tiro, se escuchaba con trémolo en los suspiros.
Quizá lo hubiera adivinado todo al despertar, al ver a mi madre en el suelo y a mi abuela, que no quería mirarle a la cara, como cuando leía en la superficie del Ebro lo que había debajo, al descubrirme a mí, temblando en un rincón como un cachorrillo que se ha meado encima. Quizá, en fin, hubiera sentido el disparo dentro, en las tripas, a pesar de estar inconsciente. Se incorporó con el impulso ciego con el que responden los animales en la naturaleza y se fue derecho al río. Andaba hecho una pena, tropezando a cada paso, con las piernas que no le respondían pese a su voluntad de hierro, la cabeza confusa, la boca entreabierta, con el sabor a tabaco y óxido en la garganta, con un ojo hinchado, ciego del todo, donde recibió el golpe.
Salí de casa tras él, no sé por qué. Nunca me había parecido tan desvalido, puede que fuera por eso. Por primera vez en mi vida lo veía viejo de verdad, más viejo que el río. Lo seguí a distancia, dejándolo hacer, sin atreverme a acercarme más que lo justo. Y vi cómo, a pesar de su edad y la angustia, a pesar de la crecida del Ebro, llamaba al barquero. Y adiviné más que oí cómo, desde el centro de las aguas brutales, donde la corriente era más fuerte, se zambullía en busca del cuerpo de mi padre, a quien había querido como a un hijo.
Ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo bien. Hay cosas que uno no olvida nunca, porque es precisamente cuando las olvida cuando empieza a dejar de ser uno. Yo tenía seis años. Tenía frío aquella noche, mientras intentaba ver a mi abuelo, que se había lanzado con una cuerda atada a la cintura. Aparecía jadeando, escupiendo agua, nadaba contra corriente sin avanzar apenas y volvía a sumergirse, mientras el barquero bregaba con el río e intentaba estabilizar la barca, debatiéndose con los remos y soltando lindezas en cuanto asomaba mi abuelo. Le gritaba que subiera, que ya estaba bien de tonterías; que se fuera a casa a llorar con los suyos. El cuerpo asomaría cuando fuera de Dios. También él estaba mojado. Mi abuelo era obstinado. Las aguas hervían, lo tragaban una y otra vez, y no escuchaba al barquero o no quería hacerlo.
Yo tenía seis años y en la orilla me quedé dormido.
Desperté con el chapoteo de unos pasos y el ruido del varar una barca. El viento se había calmado y el Ebro, con las primeras luces, no parecía tan fiero. Mi abuelo iba sin camisa, descalzo, solo con los pantalones. Tosía. La sirga le había desollado la cintura, que sangraba por los rozones. El pelo le chorreaba y, a la luz de la mañana, me pareció blanco del todo. Salió de la barca arrastrando un bulto, ayudado por el barquero. Mientras me aproximaba, todavía somnoliento, lo tendió sobre un carro que había a mano. Lo vi entonces: un hombre mojado también, con las manos abiertas. No sé por qué me fijé en las manos así, tan abiertas, como si hubiera querido taparse, qué sé yo. El cabello pegado a la piel cubría en parte el agujero de la nuca. Gracias a Dios estaba de lado, en una posición extraña, y no le vi la cara. Cuando mi abuelo tropezó conmigo, pareció despertar de un mal sueño. Se frotó el ojo sano y me dijo:
—Clemén, ¿qué haces aquí? Anda para casa.
El barquero nos miraba hacer.
—Hasta luego, Marcial –musitó, apocado–. Me cago en mi madre, te acompaño en…
—Adiós, Lucio. Gracias por todo.
Caminaba a su lado, sin atreverme a mirar hacia el carro del que tiraba, adivinando en el clo-clo-clón el ruido de la cabeza al rebotar con las maderas. Oí el canto de un gallo, que anunciaba otro día distinto.
El hombre, inconsciente, levanta su casa a orillas de la tragedia. Labra los campos con dedicación y esmero, dando gracias a Dios por el sudor y las llagas. Acumula hijos y, como Job, reúne herramientas, ganado. Cuando el Ebro crece ensordece los llantos, las maldiciones no se oyen. Arrasa con todo. Las aguas rebasan los cauces, cubren las carreteras, las vías férreas, arruinan los puentes, anegan los campos, aislando los pueblos de la ribera; las gentes, en vela, se ven obligadas a salir de sus casas, pues ni las tapias ni los muros ni los diques tienen más fuerza que las balas de paja. En los bordes de la riada, las mujeres cargan con sus criaturas, ajenas a la catástrofe, que se les duermen en brazos. Los hombres encienden hogueras para conocer cuánto aumenta el río, cuánto es el terreno que ganan las aguas. Durante la noche, la corriente brama con ímpetu. Arrastra barcas descuadernadas, animales muertos, maderos en llamas. Cuando el Ebro crece, el hombre no es nada.
Llegamos a casa y yo me quedé junto al carro. La mañana avanzaba. Los rayos del sol jugaban al escondite con las sombras en las ropas de aquel cuerpo, que hasta unas horas antes había sido mi padre. Un tábano se paró en su hombro. Quise apartarlo, pero me daba no sé qué tocarlo, como si fuera pecado. Cogí un palo, pero antes de que me acercase el tábano levantó el vuelo y se fue, y yo aparté la mirada, como avergonzado, aunque no sabía exactamente de qué.
Mi abuelo me llamaba. Sentí algo, un sofoco en su voz, y el catalán mezclado con el castellano:
—Clemén… Arríbate a l’església, al párroco. Apa, nen. Camina…, i t’ho portas al cementerio.
Me daba la espalda al hablar. Miraba hacia el interior de la casa, justo en el mismo sitio en el que se había plantado el guardiacivil. Su voz me sonó rara, pero sobre todo apremiante, por eso no se me ocurrió replicarle y salí a escape. En el barco oír, ver y callar, decía mi padre. Y a mi abuelo, amén. Atravesé las calles dándome con los talones en el culo. Entré en la iglesia cubierto de polvo. Los olores a incienso y cera me aturdieron, y me detuve para recuperar el aliento, intimidado por la penumbra, por la atmósfera de reverencia y temores atávicos, por aquel espacio en el que no había un alma. Cuando retomé la marcha, mis pasos revoloteaban, remontándose hacia la bóveda. Sobre el altar, un Cristo de palo me miraba con pena, compadeciéndose quizá de mi dolor. Me detuve frente a él. En la talla creí ver la que transportó el Espiadimonis, y en su cara esa otra que no me atrevía a mirar, con el pelo enmarañado y un agujero en la nuca del grosor de un clavo. Apreté los dientes para no llorar, pero no sé si lo conseguí. Oí el carraspear de unas suelas. Al volverme, me encontré con un hombrecillo pequeño, rechoncho como un conejo doméstico, con gafitas metálicas y manchas seniles por todo el cráneo. Era mosén Conil, el párroco. Como el resto del pueblo, ya se había enterado de lo ocurrido. Me froté los ojos y la nariz con la manga, antes de que me alcanzara. Habló un rato conmigo. Todavía recuerdo el tintineo frágil de su voz, pero no lo que dijo. Me puso una mano en el hombro y, a pasitos cortos, se dejó llevar fuera, hacia el camino del cementerio.
Lo primero que vimos fue el carro junto a la tapia. Luego, al entrar, a mi abuelo a la sombra de un algarrobo, jugando con un trozo de sirga. Trenzaba el esparto y lo destrenzaba, hacía nudos y volvía a deshacerlos, fumando ansioso, nerviosamente. Las nubes de humo que salían una y otra vez de su boca le daban un aspecto irreal. La pala estaba clavada en el suelo, sobre la tierra removida.
—Ven aquí, anda –me dijo, tirando la cuerda a un lado.
Yo dudé un instante. Aquel hombre no era mi abuelo. No solo por las arrugas, que se le habían ahondado en solo una noche, ni por el pelo tan blanco, tampoco por el ojo hinchado, completamente ciego, de un color entre negruzco y morado. Había algo más. Quizá el gesto de desamparo, que convertía su cara en una máscara, la misma cara de siempre pero sin vida, como si fuera de yeso, una máscara mortuoria por la que no corría la sangre. Cuando me acerqué, me puso una de sus manazas en la cabeza. Se quitó la pipa de la boca y me empujó hacia la tumba improvisada.
—Reza por ellos –me dijo.
Y se acercó al cura, con quien estuvo hablando un rato largo. Al terminar, le acompañamos de vuelta a la iglesia, donde siguieron la conversación, en voz baja siempre, mientras yo me amodorraba en un banco. Devolvimos el carro al embarcadero y subimos la cuesta sin cruzarnos con nadie. Mi abuela estaba en la cama, donde el tío Marcial la había dejado.
Con el final de la guerra vinieron el hambre y la emigración. Con los embalses, los laúdes dejaron de interpretar la melodía de las aguas. Dejaron de oírse las azuelas de los calafates y a los patrones soltando gritos a diestro y siniestro. Los espinazos de madera de las embarcaciones se pudrían en la orilla, el sol del verano abría las tablas con un chasquido seco, igual que una nuez, y entre las costillas asomaban los tamariscos. Las aguas embalsadas llegaron hasta las casas, llamaron a las puertas, se colaron dentro. La mayoría de la gente se fue a las ciudades, en un viaje sin retorno a Zaragoza, Barcelona, Valencia. Algunos, los menos, con los muebles de sus padres y sus abuelos, los aperos de labor y los animales domésticos, que berreaban hasta ahogarse, se quedaron dentro. Las aguas subieron, cubrieron las vidas, los pueblos. También nuestros recuerdos.
Solo años después, con mi abuelo sin poder levantarse de la cama, consumiéndose de pena y desarraigo en un cuarto con vistas a otra fachada, en un barrio colmena de Zaragoza, con el tono babeante, senil por la demencia, que no era aquel otro que yo le conocí de pequeño, lleno de energía, aquellas órdenes que retumbaban como escopetazos del tío Marcial, el patrón del Espiadimonis, me contó lo que le esperaba en casa la mañana que volvió con el cuerpo de mi padre a cuestas. Me daba la espalda al hablar, al mandar que corriera a por el párroco, y su voz me sonó acuciante y extraña, una voz que intentaba mantener la calma, pero que había empezado a desmoronarse. Solo años después vi en su único ojo lloroso (el otro lo perdió a resultas del golpe) lo que intentaba hurtarme con el cuerpo: a su mujer y a su hija en el suelo, mi abuela por una apoplejía que la sorprendió de madrugada, mi madre con una aureola de sangre alrededor de la cabeza, igual que una mártir. Desquiciada por la muerte de mi padre, desgobernada y ciega, ató varios anzuelos con hilo de pesca y se los tragó con un vaso de agua que le temblequeaba en la mano. Tiró llorando antes de que mi abuela pudiera mover un dedo, un tirón seco, con rabia. Otro más, desgarrándose por la soledad inabarcable, por el dolor. Mi pobre abuela, que tuvo que ver cómo su única hija se ahogaba sin poder hacer nada, cómo vomitaba sangre y se retorcía entre espasmos como un pez fuera del agua, hasta que dejó de respirar.
Durante los meses que aún vivió, mi abuela no abrió los ojos ni pronunció palabra alguna. Parecía dormida. Parecía, todo, una pesadilla.
3
La luna asoma curiosa entre nubes de tormenta y rápidamente se esconde. El gran cauce del río avanza rizado por el viento. Si uno se detiene para contemplarlo da la impresión de estar asistiendo, en su movimiento pesado y solemne, al desfile de un ejército de soldados de terracota, todas las personas que vivieron en sus riberas, arrastradas por las aguas. El pescador se levanta, recoge los útiles de trabajo. La perra menea el rabo, impaciente por volver a casa, bien por hambre o por el chaparrón que se acerca. Clemente bosteza, se estira y empieza a desvestirse. El Ebro, padre prolífico y poderoso, ha marcado durante siglos la vida de sus riberas. A veces sube, arrasa con todo, se lleva por delante las casas, anega los sembrados, ahoga al ganado, a todos aquellos que se quedaron inevitablemente atrás. Sus habitantes han aprendido a vivir con resignación a orillas de la desgracia.
Desnudo, sintió las primeras manos tirar de él mientras avanzaba por el lecho viscoso, con cuidado de no resbalar. La lluvia llegó pronto. Cayó sobre la perrita solitaria durante el resto de la madrugada.





