Empezar de nuevo

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Todo empieza con el sonido de aviso del cinturón de seguridad. O todo acaba. Yo ya no sé. A veces mis dos hijos lloran al mismo tiempo y mi mujer grita y entonces yo también grito mientras suena el aviso del cinturón de seguridad. Ese sonido desencadena algo terrible. O bien te saca de ello por medio de la liberación vocal.

El sonido de aviso del cinturón de seguridad hace precipitarse los acontecimientos y a veces acaba con ellos. ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? ¿Cómo podría acabar con él? ¿Quién lo inventó? Yo creo que es más peligroso el estado nervioso que produce ese sonido que no ponerse el cinturón.

En estos días vacacionales, con coche de alquiler, es mi único enemigo. Yo estoy más o menos contento. Me baño en el mar, nado. Como y bebo lo mejor que puedo. Paso el tiempo con mi mujer y mis hijos y mis amigos. Incluso me abrocho el cinturón de seguridad cada vez que me subo al coche. Pues bien: siempre se las arregla para sonar y machacarme los nervios.

Cuando llega el momento de ir a algún lado y busco la llave en mi bolsillo, recuerdo lo que me espera. El sonido inquietante al que voy remirando como si a un sonido se le pudiese remirar. Aprieto el cierre centralizado, abro la puerta y contemplo esa quietud sospechosa del interior. Es como si ese coche planeara algo. Todo ese silencio a punto de ser destruido por el sonido malvado.

Yo me siento delante del volante como un niño enfadado por nada frente a la insistencia del aviso del cinturón de seguridad. Por supuesto que me lo voy a poner, el cinturón, pero al menos que me dejen la libertad de abrocharlo cuando yo diga. Ay, la libertad.

A veces entro y me lo pongo antes de encender el motor y luego me olvido. Pero luego pienso que eso es precisamente lo que quiere ese sonido demencial. Porque no basta con que tú te abroches el cinturón. También se lo tiene que abrochar tu acompañante. Puede darse el caso de que tú te abroches y tu acompañante (mi mujer, en este caso) no, y al contrario.

En el primer caso, normalmente, cualquier mínimo gesto puede provocar una discusión ruidosa. Y en el segundo, también. Ese sonido puede llegar a salvar la integridad física, pero también puede llegar a fastidiar las relaciones matrimoniales y familiares y de amistad. Ya ven: un simple pipipi. Aunque no es tan simple, no. Esa es su máscara, presuntamente tecnológica.

Ese sonido se presenta bajo la forma de un protector moderno. Ese pipipi se supone que es un amigo, pero ese pipipi es en realidad enorme y cruel. Es como si se metiera por el oído y recorriera a toda velocidad todo tu cuerpo antes de volver a salir y volver a entrar por medio de una violación absoluta de los sentidos. Eso es lo que es ese sonido: un violador sensorial.

Ese sonido entra en mí y me trastoca. Otras veces no pienso nada. Voy directamente, abro, me siento, enciendo el motor, acelero y, a los pocos metros, empieza a sonar y me sorprende. En ocasiones, me abrocho el cinturón rápidamente para dejar de oírlo, y en otras ocasiones me regodeo en él con una especie de placer masoquista.

A veces quiero oírlo para soñar durante unos segundos cómo lo despedazo con mis manos, o para demostrarme a mí mismo la templanza que pende de un hilo tan fino. Hoy mi mujer y yo le hemos hecho la jugarreta de dejar los cinturones abrochados al salir. Y al volver no lo hemos oído. Me he reído de él con mucho gusto, y luego me he sentido vacío. Tanto como para volver a desabrocharlos y empezar de nuevo.

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