En busca del tiempo perdido

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En la casa del bipartidismo, en vez de hacerles pasar al salón con la astucia con la que se invitó a los Abencerrajes, unos se han subido a las sillas a gritar histéricos y otros se han liado a escobazos...

 

Ayer fue Tania acercándose a la ventanilla vestida de verde y hoy es Montoro con el celo desbocado y hasta el humor escalofriante de Hans Landa, como si el ministro fuera un cazapodemos y España un país de Malditos Bastardos. En época electoral uno ha de andarse con cuidado porque el mundo se vuelve atroz y caníbal igual que en la Carretera de McCarthy con todos esos políticos sueltos mordiéndose entre ellos.

 

Se va haciendo tan amplio el espectro que cualquiera puede verse sorprendido en medio de una de esas dentelladas. De esta manera todo ciudadano es un proscrito. Si no se es por Sáenz de Santamaría, quien últimamente levanta las cejas y eleva el tono de voz (lo primero no lo hace nunca y lo segundo sólo lo hacía en el Congreso cuando tenía enfrente a su tocaya), pura tensión electoralista, lo será por Pedro Sánchez, y si no se verá alcanzado por Pablo Iglesias como si el único lugar seguro fuera el bosque de Sherwood.

 

En la casa del bipartidismo, en vez de hacer pasar a los Podemos al salón con la astucia con la que se invitó a los Abencerrajes, unos se han subido a las sillas a gritar histéricos y otros se han liado a escobazos, todo provisto de una sutileza que envidiaría el mismísimo Nick Carraway sin dejar de maravillarse por el colorido y el exceso de las fiestas de su vecino Gatsby que hoy recuerda el soplón Falciani.

 

Un discurso electoral es un Gran Hermano VIP en el telediario. La estrategia de unos políticos que tienen peor consideración de sus votantes que la que tiene Telecinco de sus telespectadores, algo que se podría calificar de decadente donde empieza todo a complicarse cuando Lomana, flemática por quirúrgica trascendiendo del cuché, lo más elevado en la Sodoma y Gomorra de Proust, se hace íntima de Monedero y sale a defenderle con una ligereza que hace levantarse a los contertulios de sus tumbas.

 

Montoro le fiscaliza ante las cámaras, como obligándole a comer strudel, sin ser consciente de que no sólo ya alterna, como Marcel, en la casa de los Guermantes, sino sobre todo en el escondite de Robin, que podría ser Hood o Goodfellow, el duende Puck de Shakespeare que interpreta Errejón como si hubiera nacido para ello.