En el diván

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…en parte mostraba de qué manera la gente odia la idea de olvidar sus síntomas, pues quedarse sin enfermedades es un gran riesgo, ya que funcionan como remedio para otros conflictos

  Hanif Kureishi, Algo que contarte

 

Si bien Algo que contarte no es el mejor libro de Hanif Kureishi, recuerdo que en ese libro encontré una historia de un psicoanalista llamado Jamal Khan que me gustó. Me encanta el psicoanálisis. Leí aquel libro antes de que haber visto la serie In treatment, con aquel terapeuta del que era tan fácil enamorarse, del que sigo, sospecho, enamorada.

 

Cuando leí el libro de Kureishi, había leído a Freud y a Lacan y a uno de ellos lo entendía –a Freud- y del otro me reía – Lacan-. Sé que no suena muy serio que diga públicamente que me reía de una personalidad como la de Jacques Lacan, pero a los veinte años tampoco podía esperarse mucho más. Estaba en esa época dorada en la que aún creía que en España, si estudiabas dos carreras y sacabas buenas notas, al salir de la universidad te ponían una alfombra roja, te daban palmaditas en la espalda y tenías ya un despacho a tu nombre en la 5ª avenida de Manhattan. En fin: que era un alma inocente y cándida, y que entre otras cosas, me reía de Jacques Lacan en clase de filosofía.

 

Cuando pasaron unos años y no tuve ni el despacho en Manhattan ni las vacaciones en Bora-Bora, me dedicaba a leer –para matar el tiempo- en despachos infernales en los que hacía fotocopias y cafés. Fue entonces cuando volví al psicoanálisis buscando respuestas que solo encontré, algo más tarde, en la literatura. Me gustaba el psicoanálisis porque para Freud, como para cualquier otro poeta, las palabras dichas por el paciente eran mágicas. Sí, había que tener cuidado con las palabras. Por eso me encantaba aquello: que hubiera tanta relación entre las palabras y las cosas. Porque en el fondo los psicoanalistas son parecidos a los poetas: cuentan su propia historia del desarrollo del hombre, su pasión particular o su estética. Con sus metáforas, esas frases enrevesadas que piden a gritos una traducción, intentan aproximarse al mundo. Pienso en Carl Jung, en Julia Kristeva, en Lacan. En Algo que contarte, Kureishi decía algo inteligente: que la literatura era más grande que el psicoanálisis y “se lo tragaba igual que una ballena se traga un boquerón”. Sí. Me gusta pensar en el psicoanálisis como un boquerón.

 

A lo largo de mi vida he visitado la consulta de varios psicólogos. Y me gusta. Pasé por distintas modalidades: de niña me hicieron jugar con muñecos de plastilina, de mayor me hicieron montar figuras reflejadas en un espejo, más tarde me hicieron tests. Me lo pasé bien. Mi penúltima experiencia fue con un lacaniano que vivía en el edificio de al lado de mi casa. Quería psicoanalizarme y decidí ir a su consulta.

 

Mi psicoanalista era un tipo extraño y oscuro. Le gustaban los silencios y yo, nerviosa, nunca sabía qué decir e intentaba hacer gracias de las que no se reía. Siempre me dio la sensación de que se había desilusionado al ver que no tenía ningún gran trauma y que simplemente se dedicaba a dejar pasar el rato a la espera de pacientes más problemáticos. Todo era demasiado tenso. Hablaba poco y cuando lo hacía era para decir “Ejem” o “Entiendo” y a aquello me desesperaba. Pensaba ¿Dónde están las preguntas? ¿La interpretación de los sueños? ¿Electra? ¿Edipo? Recuerdo que la última vez que le vi me hizo una pregunta extraña:

 

Sabes lo que es el falo faltante?

¿El qué?

El falo faltante –repitió como si fuera extranjera y tonta a la vez.


Hubo silencio en aquel momento. Estupor. Pensé en la posibilidad de la existencia de una cámara oculta. Una mujer en plan Isabel Gemio que entrara para decirme ¡Sorpresa! Pero no, Isabel no llegó y sólo logré decir:

 

¿Falo de falo? O sea: ¿un pene que falta?


Mi psiquiatra apuntó algo rápido en su libreta y me dijo que me marchara. Pero más tarde, bendita casualidad, me lo encontré  en el supermercado. Yo compraba vino para recuperarme –supongo- de la extrañeza del falo faltante y lo vi cuando iba a pagar. Retrocedí y lo observé detenidamente a través de las estanterías de la sección de los champús. Estaba en la verdulería y tenía en sus manos un calabacín enorme al que miraba aparentemente fascinado. ¿Lo miraba con lujuria? Eso, lo sé, ya es literatura. Pero cogí mi vino y me fui a casa dando por finalizado mi acercamiento al psicoanálisis.

 

Estos últimos años descubrí a un psiquiatra maravilloso. Supe que nos llevaríamos bien cuando vi que detrás de su escritorio colgaban dos cuadros, uno de Freud y otro de Woody Allen: la pareja perfecta.