Ensayo sobre las fronteras. El cuerpo, el artificio, el odio

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Mu/danza de la Muerte: las fronteras del sueño

Me levanto al amanecer y veo una llanura inmensa y viñedos interminables recién podados. A lo lejos una línea ondulada de azul grisáceo, ¿será esa la frontera, el lugar donde termina La Mancha y empieza Andalucía? No lo sé con certeza, pero tampoco importa demasiado. Lo que sí sé es que hoy la única frontera soy yo, mis recuerdos, mis sueños y esa línea donde se juntan el cielo con la tierra que es hasta donde llega la mirada. La frontera final no es la muerte, sino los límites que nos imponen el poder y la sociedad en la que vivimos.

Es inverno, está nublado, ha llovido toda la noche y los caminos de tierra están encharcados. Echo leña al fuego en el interior de mi refugio de piedra seca. Me preparo para empezar a escribir sobre “las fronteras”, me tomo un té y me como un plátano, ese es mi desayuno. Mis dos perras duermen acurrucadas, pegadas la una a la otra, dándose un poco de calor, esperando que la lluvia cese y el que sol salga.

Anoche leí un estupendo libro de Jaime Manrique, Maricones eminentes, quizás por esa razón soñé con Nueva York, con el edificio en el que viví, en la calle 90 haciendo esquina con Broadway; mi frontera durante muchos años fue ese barrio del Oeste de Manhattan, junto al río Hudson. El recuerdo es una frontera que solo atravesamos cuando soñamos.         

Desde el mes de abril del año 2020 vivo en mi refugio de piedra seca conocido en La Mancha como bombo. Cuando hace ya más de treinta años compré este refugio, y la viña en el que se encuentra, no podía imaginar que iba a ser mi casa permanente debido a la pandemia de un virus que produciría la enfermedad denominada como COVID-19. Ahora, el 27 de noviembre del mismo año, he decidido narrar esta experiencia que nada tiene de romántica ni de idealista, sino que fue una decisión puramente pragmática: aquí me siento más protegido que en el pueblo donde nací y donde vivo permanentemente desde el año 2005, Tomelloso, provincia de Ciudad Real, España.

En aquel momento del mes de abril me impuse NO escribir sobre la situación en la que estábamos viviendo en mi país, y en el mundo entero, y menos aún quería yo opinar sobre un asunto tan macabro; una avalancha de improvisados cronistas se lanzó a tratar el tema como buitres sobre el hocico de un animal muerto. Muchos de ellos y de ellas bailaron una danza de la muerte como cuando en la Edad Media se padeció la peste negra. Yo no quería bailar esa danza orquestada por la música de los medios de comunicación y las redes sociales de internet. Ahora que esa pandemia forma parte de la rara normalidad en la que estamos viviendo he decidido que quizás sea interesante, por lo menos a un nivel personal, de dar testimonio de esta mu/danza individual que nada tiene que ver con una opinión mediática sino con un simple consignar lo que he vivido, y sobre lo que he reflexionado, durante un periodo de tiempo cuyos límites todavía no están claros; ¿cuándo atravesaremos esta “frontera del miedo”? Nadie lo sabe con certeza.

Al estar casi aislado en lo primero que he pensado ha sido en describir esas fronteras del miedo, es decir, las fronteras que nos imponen o que nos imponemos nosotros mismos.  ¿Cuál es la utilidad de este escrito? No lo sé, quizás ninguna a nivel colectivo, pero sí en lo personal: he aprendido a vivir y a ver el mundo que me rodea de otra manera y, también, a verme a mí mismo de una forma diferente a cómo me veía antes de la pandemia; o sea, que he reconocido mis límites, mis fronteras interiores y exteriores.

Como más arriba he dicho, por extraño que pueda parecer, una de mis reflexiones obsesivas durante todo este periodo ha sido la de pensar sobre esos los límites que viven con nosotros, sobre las fronteras que condicionan al ser humano en general y a mí mismo en particular. Las fronteras no solo son delimitaciones geográficas, sino que son líneas invisibles que nos imponen desde fuera y también que nosotros mismos nos imponemos. Es algo así como si la descripción clásica de una frontera, espacio delimitado de una soberanía geográfica de tierra, agua y aire, se pudiera trasladar a un sujeto humano como los límites que caracterizan su personalidad; es decir, nuestras fronteras personales son nuestro cuerpo, nuestra casa, nuestra forma de ser y de vivir. Partiendo, pues, de esa idea central, la de que existen fronteras colectivas (un país) y fronteras individuales (una persona) me lancé sobre el tema sin más precaución que la de imponerme un riguroso y lento modo de escribir en el que la prisa por publicar no tenía cabida.

 

¿Qué entendemos por frontera?      

Vivimos en una sociedad en la que todo son fronteras: fronteras artificiales trazadas por los poderes políticos, fronteras mentales creadas por la sociedad y por nosotros mismos, fronteras emocionales dibujadas en nuestra mente por nosotros y por los otros, fronteras culturales inculcadas por costumbres ancestrales que se arraigan en rituales, religiones y difusas creencias, fronteras raciales, fronteras sexuales que hemos heredado y asumido como “normales” y, últimamente, las fronteras digitales.

No hay nada más “anormal” y artificial que una frontera. Cualquier frontera es irreal, flexible, cambiante, azarosa y a veces simplemente caprichosa. Los ríos, los mares, las montañas les sirvieron a los poderes de todo tipo para establecer fronteras entre los seres humanos. Con líneas imaginarias se dividieron sociedades, territorios, aldeas, pueblos que estaban unidos en otros tiempos no tan remotos.

Durante el colonialismo europeo (y en el poscolonialismo), en continentes como el africano, se crearon países artificiales que tenían más que ver con los intereses de los explotadores que con la realidad cultural de los territorios explotados y con las organizaciones tribales que conocían bien los límites de sus zonas vitales.

Ibn Jaldún, el intelectual árabe que escribió “el primer tratado metódico de Filosofía de la Historia” en el mundo (segunda mitad del siglo catorce), según Francisco Ruiz Girela, quien tradujo Introducción a la historia universal (conocido como al-Muqaddima), trazó el origen tribal de lo que ahora son, sobre todo, países del norte de África, sin tantas fronteras como las que conocemos en la actualidad.

Su propio deambular por ciudades, que era donde se concentraban los centros culturales que a él le interesaban, hizo que en su libro formulara la idea general de que “el desarrollo cultural es la consecuencia directa e inevitable de la vida sedentaria en lugares con población numerosa […] es de una extraordinaria modernidad” (F. Ruiz Girela). Lo que no podía sospechar el pensador árabe es que esa misma concentración de personas y de “la industria cultural”, como se le llama ahora, en las grandes ciudades se convertiría muchos siglos después, como es el caso ahora, en un verdadero infierno, en esas “masas” humanas tan apreciadas por Walt Whitman en el Nueva York del siglo XIX y tan despreciadas por José Ortega y Gasset durante las primeras décadas del siglo XX.

Y es que, en la coyuntura actual, el ser humano se ha convertido en un incansable consumidor de todo, incluyendo la cultura de las grandes ciudades, pero un consumidor que devora cultura en lugar de digerirla lentamente, reflexionando, que es lo que requiere una cultura para que verdaderamente pueda mejorar la sociedad. “Mucho y rápido”, ese es el lema de gran parte de la cultura actual. ¡Qué lejos estamos del “menos es más” de los artistas minimalistas!

Pero volvamos a las fronteras: Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, sufrió una repartición de los países europeos que, especialmente los asignados al imperio totalitario comunista, costó sangre, sudor y muerte durante varias décadas, hasta que muchos países pudieron liberarse de la opresión soviética y volver a ser lo que eran antes del indigno reparto que se hizo de Europa con la complicidad de Estados Unidos y del Reino Unido.

El caso más sangrante fue el de la disolución de la Yugoslavia comunista en el crepúsculo del siglo veinte, entre los años 1991 y 2001; la conocida como la guerra de los Balcanes. Los nacionalismos mal entendidos siguen separando a los seres humanos: en España tuvimos nuestra dosis de brutal violencia con el terrorismo de ETA y, más recientemente (aunque la historia viene de lejos) el independentismo catalán que no solo quiere crear fronteras entre Cataluña (o los “países catalanes”) y el resto de España, sino que dentro mismo de Cataluña ha dividido ya en dos a sus habitantes con una frontera interior imaginaria: la de los “verdaderos catalanes” y la de los que llegaron allí de otros lugares de España; como fue el caso de gran parte de mi familia paterna.

La cultura y la lengua catalanas son sin duda dos joyas que hay que preservar y dejar que evolucionen libremente, claro está, ¿pero es necesario que Cataluña construya nuevas fronteras separándose del resto de España para que la lengua y la cultura catalanas sigan aportando un precioso bagaje cultural al mundo entero? No lo creo. Además, la riqueza de la literatura catalana en español es tan potente y necesaria para la península ibérica como lo es para la catalana. ¿Si Cataluña fuera independiente, dejaría de ser catalán un autor o una autora por escribir en castellano?

Las fronteras de las lenguas

Haber nacido en el ámbito de una lengua o de un dialecto, la famosa lengua materna, al parecer determina nuestra forma de ser; es decir, el hablar una lengua y no otra es ya una frontera predestinada, casi imposible de superar, y conlleva una carga emocional, y diríamos que casi esencial, de la cual es imposible despojarnos. En el fondo, la lengua materna sería una frontera infranqueable, una carga más que un regalo de los dioses para aquellos y aquellas que no puedan ser bilingües, trilingües o políglotas.

En la legua árabe hay un refrán que dice: “Todas las lenguas en verdad son un ser humano” o (según quien la lo traduzca) “Toda lengua es en realidad un ser humano”.

Sin duda que en algunos géneros literarios, como la poesía, son escasos los grandes poetas que no hayan escrito sus obras más significativas en su lengua materna (como es el caso del novelista y poeta que antes hemos mencionado, Jaime Manrique); salvo, claro está, los países africanos y americanos (entre otros) en los que la lengua de los colonizadores se convirtió en la lengua oficial y las lenguas autóctonas, indígenas, maternas, fueron olvidadas parcialmente. No obstante, como escriben Gilles Deleuze y Félix Guattari, es recomendable para un escritor “sentirse como un extranjero en su propia lengua”, y estos dos autores llegan a un punto más radical en Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia: “No hay lengua madre, sino toma del poder de una lengua dominante en una multiplicidad política”.

Recuerdo el caso del poeta ruso Joseph Brodsky quien se exilió en Estados Unidos y trató de escribir algún libro de poesía en inglés; el resultado no parece que fuera muy convincente. Por lo contrario, sí escribió un pequeño libro sobre Venecia, Watermark (Marca del agua), donde demostró su magnífico dominio de la lengua inglesa. O el caso de los ‘Two English Poems’, de Jorge Luis Borges, quien dominaba este idioma a la perfección, pero cuyos textos escritos en aquella lengua eran de dudosa calidad. En España uno de los casos más interesantes en el siglo diecinueve es el de José María Blanco White: sus mejores obras las escribió en inglés, incluyendo una hermosa elegía ya al final de su vida, pero este ensayo se limita (otra frontera) a explorar las fronteras del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.

Como Brodsky y Borges, hay muchos otros ejemplos de autores que gran parte de su obra en prosa la han escrito en alguna lengua que no fuera la materna: Samuel Beckett, Eugène Ionesco (a tener en cuenta su ensayo para el tema que nos concierne La tragédie du langage), Emil Cioran (fuera de su primeros libros escritos en rumano el resto de su obra la escribió en francés), Vladimir Nabokov, Elias Canetti (búlgaro de nacionalidad británica), quien a pesar de que sus padres hablaban entre ellos en nuestra legua sefardí, escribió toda su obra en alemán.

Otro asunto sería el de aquellas personas que a pesar de que sus padres puedan ser de orígenes muy diversos, han nacido o se han criado y educado en un país ajeno al de su familia, como es el caso los poetas bilingües de Estados Unidos. El gran poeta nuyorican Pedro Pietri (1944–2004) destaca entre muchos otros y otras poetas que escriben en inglés y español. El caso del escritor colombiano que antes he mencionado, Jaime Manrique, es también muy destacado: la mayor parte de su obra narrativa la ha escrito en inglés, pero su poesía la escribe en español.

Las fronteras del corazón

Toda frontera implica una delimitación de un territorio, ya sea geográfico o psicológico, pero entre todas las fronteras no hay peor frontera que la frontera del corazón. Amamos y odiamos y a veces no sabemos ni por qué; o por lo menos no nos planteamos el origen de nuestros amores y de nuestros odios.

Con frecuencia nuestras filias y nuestras fobias se asocian con nuestro entorno existencial e intelectual. Se culpa de nuestro comportamiento, de nuestra forma de ser, a la sociedad, a la educación, a nuestras relaciones familiares, a nuestras amistades (“dime con quién andas y te diré quién eres”, “de tal palo tal astilla”); o sea, las fronteras de nuestro comportamiento parecen haber sido trazadas desde el exterior de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Algo así como si en ningún momento de nuestra breve vida pudiéramos decidir de una forma autónoma cuáles son nuestras fronteras.

La sexualidad como frontera

Al igual que los géneros literarios son fronteras tan artificiales como pueden ser las fronteras de “género”,  la sexualidad nos marca con hierro incandescente y pocas son las personas que se plantean cuestionar la dicotomía hombre-mujer (salvo muy recientemente el movimiento anti dicotómico que cuestiona el modelo hombre/mujer con todas sus variantes de las preferencias sexuales): dentro de esta dicotomía maniquea, están todas las variantes que representa la comunidad LGTBI, una caja de Pandora que a fin de cuentas no deja de ser lo mismo de siempre pero, ahora, etiquetándose: lesbiana, gay, transexual, bisexual, intersexual… ¿Por qué no definirse simplemente como “sexual” o “asexual” (aunque esto último es harto difícil de conseguir por naturaleza)? Algunos hombres, como Orígenes de Alejandría (siglo III), creyeron conseguirlo extirpándose sus genitales. Pero no creo que por mutilarse desaparece de nuestra mente el deseo sexual, una frontera invisible que quizás sea infranqueable para la mente humana.

En última instancia, ser “pansexual” y olvidarse de todas esas fronteras y etiquetas sería el objetivo último de una sociedad futura en la que la convivencia sin rotulas fuera la “normalidad” y no los guetos que, como se ha podido constatar a través de la Historia, solo sirven para simplificar la labor de los exterminadores y los odios más feroces.

Las fronteras del odio

En el año 1969 se publicó en Alemania la primera edición de un libro de entrevistas cuyo título era Leben mit dem Hass (Viviendo con el odio), que se tradujo al español como El odio en el mundo actual, de Alfred A. Häsler. Aunque el volumen tiene más de 50 años, su contenido es tan actual ahora como lo fue en la época en la que yo lo leí; especialmente en Estados Unidos, en Europa y en países como Brasil.

Las fronteras del odio son muy variadas, pero en lo esencial es un sentimiento tan poderoso que puede influirnos en nuestra forma de ver a “los otros” como seres despreciables y, en muchos casos, a nosotros mismos como personas igualmente desdeñables. Más adelante vamos a ver lo primero pero en cuanto a lo segundo, el “auto odio”, la publicidad, los programas sobre ricos y famosos de la televisión y las revistas del corazón se encargan de decirnos constantemente que nunca seremos tan guapos o tan guapas como los modelos que nos ofrecen (una frontera infranqueable), que somos unos losers (una palabrita inglesa que está muy de moda y que suena mejor que “perdedores”) si no triunfamos en algo, si no poseemos el coche del año, o tal y tal cosa que llevan los ganadores, los ricos y los famosos.

Pero volvamos al libro antes mencionado, El odio en el mundo actual. Desde su prefacio ya leemos lo siguiente: “Todos los días nos vemos, de una forma o de otra, confrontados con el odio, privado o público”. Tan es así que es raro el día que una persona no se posiciona con desprecio frente algún tema: “odio las multitudes”, “odio a tal o cual político”, “odio a fulanita o fulanito”, etcétera. El autor del prefacio dice: “vivimos en compañía del miedo. Vivimos en compañía de la violencia, vivimos en compañía del odio”.

Desde la política en particular se nos enseña a odiar y Alfred A. Häsler escribe lo siguiente: “Quien sigue moviéndose según las categorías odio y violencia se mueve entre las mallas de la misma sociedad que quisiera transformar”. En su conversación con Ernst Bloch este declara que “el odio embrutece” y lo describe como sigue: “El odio es pálido, encogido, cobarde, pestífero”, y cita la ‘Canción del odio a Inglaterra’, compuesta por el poeta alemán de origen judío Ernst Lissauer, que se cantaba en la Alemania de 1914 en la que decía “Odio de los corazones, odio de las coronas;/ Odio estrangulador de setenta millones./ Amamos unidos. Odiamos unidos…”. Más tarde él mismo padecería el odio en carne propia por ser judío. A veces las fronteras del odio se mueven y se transforman jugándonos malas pasadas.

En el año1995 Mathieu Kassovitz dirigía la película francesa que luego se convertiría en una película de culto, La haine (El odio). En la página web de Filmaffinity la describen como sigue: “Tras una noche de disturbios en un barrio marginal de las afueras de París, tres amigos adolescentes, Vinz, Saïd y Hubert (un judío, un árabe inmigrante y un boxeador amateur negro, respectivamente), son testigos de un hecho, en el que su amigo Abdel resulta herido por la policía. El deambular por la ciudad, la violencia entre bandas y los conflictos con la policía son las constantes en las 24 horas siguientes de la vida de estos jóvenes”. Hoy en día, veinticinco años después, no solo no ha cambiado la situación en los barrios marginales de París, sino que algunos de estos jóvenes de origen árabe, nacidos y criados en Francia, son ahora potenciales terroristas a las órdenes del supuestamente desmantelado Estado Islámico.

El caso más reciente lo tenemos en el eurodiputado por Hungría József Szájer, uno de los fundadores del partido de ultraderecha Fidesz (formación cristiana y homófoba) que gobierna en Hungría y, mira tú por donde, en estos días lo detuvieron en Bruselas cuando participaba “en una orgía gay con otros 24 hombres”. El problema, claro está, no era que a pesar de odiar a los homosexuales participara en una orgía, sino que rompió las reglas que regulan en este momento de pandemia las reuniones sociales. Con frecuencia el odio esconde una personalidad secreta que solo se descubre cuando hay un escándalo.

Pero a veces esas fronteras del odio pueden ser liberadoras y, digamos, que aceptables socialmente porque de lo que se trata es de destruirlas, de romperlas, de borrarlas. En el libro que antes hemos mencionado, el poeta y político senegalés Léopold Sédar Senghor dice que “solo se justifica el odio que quiere transformar una situación injusta en inhumana, que va a la busca de valores humanos”.  Posiblemente fuera así hace 50 años, pero en realidad hoy en día las fronteras del odio se levantan por todas partes y en todos los niveles sociales. Lo que ya se conoce como aporofobia, u odio a las personas pobres, es un hecho que, junto a la xenofobia o fobia a los extranjeros, que no sean millonarios, claro está, es cada día más palpable.

En una extraordinaria conferencia de Günter Grass, ‘Discurso de la pérdida’, trata en lo que él considera una “pérdida de la patria”, en el sentido de que crítica a la Alemania nazi, y también a la actuación de sus compatriotas frente a la reunificación de Alemania, de los cuales dice que “tras más de cuarenta años de separación, lo único que los alemanes tenemos en común es nuestro pasado culpable”. Finalmente elogia el nomadismo como la mejor patria y dice que “el horizonte se abre más amplio para el que carece de patria” y que “los gitanos se sienten en su casa en toda Europa, son lo que nosotros presumimos de ser: ¡europeos natos!”.

El instinto animal y las fronteras

Quizás la creación de fronteras sea un instinto animal. Son muchos los animales que delimitan sus propios territorios y los defienden con furia y sangre, como hacemos nosotros mismos, pero claro, el impulso cazador al parecer lo llevamos incrustado en nuestro ADN, y aunque ya no necesitamos cazar para sobrevivir, los “cotos de caza” (otro tipo de frontera) nos recuerdan que matar animales ya no es solo una cuestión de supervivencia, sino una diversión muy apreciada en nuestra sociedad del ocio, la mal llamada por los intelectuales “sociedad del conocimiento” cuando en verdad, más allá de la famosa “sociedad del espectáculo” del siglo pasado, estamos inmersos, y somos dependientes (casi yo diría adictos) a la “sociedad del divertimiento” generalizado y del consumismo cultural indiscriminado y acrítico, como ya he mencionado más arriba.

Me viene a la cabeza el comentario de una amiga artista frente al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, que me dijo que el problema de la programación de las exposiciones temporales en ese centro es que eran muy “aburridas”, que no eran divertidas. Por lo tanto, nosotros mismos creamos nuestras fronteras entre lo divertido y lo aburrido, lo cual es muy lícito, pero rara vez nos atrevemos a atravesar nuestras propias fronteras y nos planteamos por qué no intentamos explorar lo que nos parece aburrido para ver si encontramos alguna forma de que ese aburrimiento se convierta en “descubrimiento”, sorpresa, cuestionamiento de nuestros propios valores, de las fronteras de nuestros gustos estéticos.

En mi refugio en el campo yo vivo con dos perros adoptados, Lara y Jamila. La primera es una galga negra bastante indiferente a la idea de que lo que nos rodea es “nuestro territorio” (viñedos, olivares, almendros silvestres, pedrizas y caminos de tierra). Ese territorio Lara lo marca con su orina y sus heces, pero no tanto para defenderlo como para no perderse en su posible retorno solitario al refugio donde convivimos los tres. La segunda, Jamila (en árabe se pronuncia Yamila y quiere decir bella), es una podenca rubia y pequeña, pero tiene muy claro dónde están las fronteras invisibles de nuestro lugar. Cuando alguien viene a visitarnos las dos son cariñosas y entrañables con los seres humanos, pero si el visitante o la visitante trae un perro, sin ser ella agresiva, se pone defensiva de todo lo que ella considera nuestro territorio; empezando por el interior de nuestro refugio.

Por la noche, Jamila se sienta en medio del camino junto al refugio y mira a un lado y otro para ver si se acerca algún animal; lo más común es que pase a lo lejos un perro vagabundo o un zorro. En cuanto huele o ve al intruso corre hacia él ladrando para defender nuestras fronteras. Alguna vez una culebra ha entrado en el refugio y aunque haya sido de noche y tanto ellas (mis perras) como yo estuviéramos durmiendo, Jamila se ha despertado ladrando para alertarme de la invasión y no ha dudo en enfrentarse a la culebra invasora y arrinconarla hasta que yo he podido deshacerme del reptil.

Los humanos ponemos aduanas, muros de acero, alambradas con concertinas hirientes y todo tipo de artilugios para defender nuestras fronteras; Jamila pone sus ladridos para defender lo que ella considera nuestro territorio, nuestro lugar, nuestro pequeño país que solo existe en su instinto animal.

Las fronteras digitales

Desde que se comercializaron los primeros teléfonos móviles celulares personales (1973), y después el acceso a intenet en esos mismos teléfonos, se han creado nuevas fronteras invisibles pero muy reales. La brecha digital se da sobre todo en personas mayores: lo que para una persona más o menos joven es “la normalidad digital” se puede convertir en una frontera, en un muro invisible, para la mayoría de las personas de una edad avanzada.

Esta nueva frontera, la digital, no solo nos separa por razones de edad, sino que también son muy reales las restricciones que algunos países ponen al libre uso de los recursos de internet. Los casos más llamativos son los de China, un país comunista y neocapitalista a la vez, e Irán, una teocracia tan férrea como los antiguos regímenes comunistas o neofascistas.

Sin duda la digitalización de la burocracia pública y privada no solo es conveniente sino que parece irreversible. No obstante, hasta que no desaparezcan las generaciones que no nacieron con un teléfono móvil en la mano, como ahora sucede, la frontera digital está creando una frustración y una inseguridad entre la población de edad más avanzada. A esta frustración e inseguridad de la frontera digital hay que añadir la ya no menos estresante realidad de que por mucho que queramos “embellecer” el paso de los años con un “te ves muy bien para la edad que tienes” debemos admitir que estamos, los mayores, en la recta final de una carrera cuya única meta es nuestra extinción; “la muerte únicamente”, como titulara el escritor español Luis Antonio de Villena uno de sus mejores libros de poesía.

El espacio, la frontera final

Cuando en los años 60 Gene Roddenberry creó la serie de cienciaficción Star Trek, al principio una voz en off decía lo siguiente: “Space, the final frontier. These are the voyages of the starship Enterprise. Its five-year mission: to explore strange new worlds, to seek out new life and new civilizations, to boldly go where no man has gone before”. Y, en efecto, para los tripulantes de la nave espacial Enterprise el espacio parecía ser la infinita frontera que había que conquistar. De hecho, esta serie fue pionera en romper tabúes sociales en Estados Unidos. A la vez que esos tabúes se iban superando dentro de la sociedad norteamericana, en la vida real también se estaba dando una carrera. Con el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik 1, que fue lanzado por la Unión Soviética en1957, empezaba así la colonización del espacio que nos rodeaba y, en el futuro, la posible ocupación de la luna y de los otros planetas del sistema solar. Después de la transformación del sistema comunista en China a un sistema mixto, el del “comunismo neocapitalista”, este gran país también empezaría a participar muy activamente en esa carrera por conquistar “el espacio”, la frontera final.

A pesar de que en la Estación Espacial Internacional (1998) se nos presenta como un proyecto de colaboración internacional en cuyo seno reina la armonía y dentro de ella no hay fronteras, aquí abajo, en la Tierra, las guerras comerciales y las guerras reales, demuestran más bien todo lo contrario: en Estados Unidos ha vuelto a renacer el racismo más feroz, las guerras religiosas son una amenaza real cuya peor expresión es el terrorismo islamista, el machismo rebrota por todas partes, se construyen, o se quieren construir, muros infranqueables entre las naciones porque la inmigración es vista como una amenaza, y, finalmente, ante la pandemia más reciente, la de la COVID-19, se han creado fronteras burocráticas para disuadir a los ciudadanos de que se muevan libremente hasta dentro de la misma Unión Europea, una unión que se tambalea por los nacionalismo crecientes (otra nueva frontera, la de los trasnochados nacionalismos que ya hemos comentado).

Quizás algún día comprendamos que las fronteras de todo tipo han sido, y siguen siendo, una de las peores amenazas para los habitantes de este planeta. El movimiento internacional ecologista ha demostrado que una de las fronteras a conquistar debería ser la de “salvar el planeta”, pero la filosofía egoísta del individualismo neoliberal y del comunismo neocapitalista del “sálvese quien pueda” parece ser la norma que no puede sino llevarnos a un desastre irreversible.

Posiblemente algún día el libro de H. G. Wells La guerra de los mundos se haga realidad (más allá de la broma radiofónica de Orson Welles) y entonces nos veamos obligados a derribar todas las fronteras que separan a los seres humanos para luchar contra un enemigo más poderoso. Pero ese es ya otro cantar y por ahora, aquí en la Tierra, tenemos que identificar y tirar muchos muros como el de Berlín, muchas fronteras tanto a nivel colectivo como individual.

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2 COMENTARIOS

  1. Leo, con el interés de siempre, este texto de Dionisio Cañas. Partiendo su creación -me figuro, ya que él mismo parece confesarlo-de una envidiable soledad trascendida en verbo cabal dentro del gran sosiego generado desde el supremo interior de un esencial habitáculo ubicado en un favorecedor paisaje austero y muy productivo. Soledad como magno espacio sin fronteras, enteramente libre. Soledad como muerte que transcurre en una predilecta elección, saldando amable y pausadamente el poder creativo sin el estorbo de un proyecto vital desasosegante. Muerte hermosa y, desde luego, ajena a esa mísera e indeseable extinción de la existencia; ya que la vida (tomémoslo como un consuelo), «la vida es dulce y seria» -Rubén Darío dixit-.

  2. Gracias Dionisio, siempre es un placer leerte y aprender a mirar de forma diferente a la nuestra, que también nos marca fronteras entre el yo y los “otros”, sin querer darnos cuenta de que todos somos o hemos sido el otro alguna vez.

    Hay fronteras incluso dentro de nosotros mismos, entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, o más bien entre lo que somos y lo que no nos permitimos ser.

    Abrazos miles.

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