Entre ecologismo y reivindicación de género: Pau Arán apuesta por una danza inclusiva

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Foto: Pablo Lorente

En el marco de la 14ª edición de Canal Baila de los Teatros del Canal, el bailarín y coreógrafo catalán Pau Arán presenta La misma diferencia. La pieza experimenta con los diferentes formatos de performance, combinando la dramaturgia con la danza, y el vestuario que toma inesperadamente un rol preponderante. “La danza del futuro es un acto de amor”, repiten los bailarines como si de un mantra se tratara. Y, a pesar de la banalidad con la que podría sonar dicha expresión, Pau Arán invierte el sentido mismo del concepto de amor.

El escenario obscuro, iluminado solamente por unos proyectores de luz cálida y melancólica, recuerda aquellos viejos cabarets de la Alemania de posguerra. Casi esperamos a que salga la mítica Marlene Dietrich con las medias oscuras, el corsé ajustado y el cigarrillo entre los labios de un rojo carmesí. Pero la luz pronto se enfría y cuatro bailarines entran sin ni siquiera pedir permiso a la música; se miran de reojo mientras distribuyen piezas de ropa de color de la selva, en lo que parece un caos ordenado.

El verde lima se confunde con el salvia y el gris visón. Cada uno de los bailarines ocupa una porción definida del espacio. Una voz en off, de alguna charla sobre las distintas especies biológicas, introduce el núcleo teórico de la coreografía: identidad de género, reproducción y supervivencia, normalización de las divisiones sociales del sexo por un lado, y por otro lado la fluidez con la que las especies animales consiguen, inconscientemente, superar la dicotomía propia de la mentalidad humana.

La obra de Pau Arán es fruto de los sucesos vividos en la infancia, pero sobre todo un guiño al debate actual acerca de la definición de género. El resultado es una obra en la que ya no hay límites ni definición estándar. Los protagonistas reflexionan sobre su cuerpo y la manera de vestirlo, y, haciéndolo, vuelven a negociar con ellos mismos acerca de cómo estar, ahí, en el escenario, y por consiguiente en el mundo. Porque si es verdad que la danza es un acto de amor es cierto también que en el microcosmos del escenario se reviven a través de la música, la escenografía, la palabra y el movimiento, los miedos y las angustias que en el mundo real nos espantan.

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