Esas sortijas tan asiduas

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El otro día pasé por la madrileña plaza de Ópera y me encontré con un auténtico zoco. Aparte de los habituales curiosos, jubiletas y patinadores de varios tipos, también había una buena cosecha de colgados de todas las razas y lenguas. Pero, sobre todo, era imposible no fijarse en uno de ellos por las voces que daba; provisto de un megáfono, iba de un lado a otro anunciando algo parecido al fin de los tiempos si no nos hacíamos buenos y nos acercábamos a Dios. Como yo iba de paso no pude retener su discurso entero, aunque me hubiera encantado, pero sí retuve un neologismo que me juré no olvidar: (reproduzco de memoria) “¡Y entonces los alcohólicos ya no beberán, y los drogadictos no se drogadictarán!”. Así que la manía alargatoria, que tan bien denunció Aurelio Arteta en un famoso artículo (Arrecian los archisílabos, El País, 10 de agosto de 2005) que citaré muchas veces, ha llegado por fin a pie de calle. ¡Es lo que tiene la extensión de la cultura!

            Hay más cosas estupendas pescadas aquí y allá esta semana. Por ejemplo, en Radio 3, la frase “una de las mejoras musicaciones”. Ya había oído alguna vez lo de musicar (por poner música), siguiendo esa pauta tan inglesa de sacar un verbo de un sustantivo cada vez que se necesita, pero lo de musicaciones es nuevo y veremos si tiene éxito. Si es así, ya sabemos que la Real Academia española (RAE) lo bendecirá.

           En un diario digital, alguien comentaba una foto de la vicepresidenta Soraya S. de Santamaría en la que esta lucía una llamativa sortija en estos términos: “La asiduidad de Soraya …con esta sortija” ¡La asiduidad con una sortija!  El problema es la pérdida de oído para detectar la falta de sentido, agarrando al vuelo un término que suena. Yo a este fenómeno le llamo “oídocampanas”. Es cada vez más frecuente, y feo y oscuro a rabiar.

          Otra cosa: ¿alguien se ha fijado en la progresiva desaparición de lo “vergonzoso” y su sustitución por lo “vergonzante”? Existió un matiz; vergonzante era el sentimiento del que sentía vergüenza, como los “pobres vergonzantes”, que ocultaban su lamentable situación y no pedían, aunque sí aceptaban ayuda. Ahora cualquier hecho o actitud vergonzosa es calificada de “vergonzante”. No sé si me siguen, pero yo estoy a favor de mantener lo de vergonzoso en plena vigencia, ¡aunque sólo sea por la abundancia de la cosecha!

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.