Escarcha del tiempo

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Cada mañana, cada noche, frente al mutismo desolador del espejo, uno va comprobando la irreparable y cotidiana devastación del tiempo. Lo que envejece es respirar, decía aquel maestro. Claro que si no respiráramos… Luego, sin dramatismo y con cierta gracia, uno también advierte que ya nadie le llama joven, o el joven, en las colas de los supermercados, en los turnos de la vida social y pública, municipal. Ahora uno es el caballero, el señor, el hombre. Bien es verdad que uno ha podido tener de siempre una amable propensión a lo viejo, y bien es verdad que ha paseado con orgullo familiar, por ciudades y pueblos, cafés y terrazas, mostradores de oficinas y parques, bibliotecas y templos, todo un ropero senil y generacional de bufandas de distintas épocas, camisas y canadienses que ya no se llevan, y gorras y sombreros demodés de todos sus viejos muertos.

Bien es verdad. Pero al fin y al cabo, cuando uno alcanza el último peldaño de la veintena, contemplará de pronto el salto mortal de las edades. Y en el charco de los pulmones vagará una fría racha de rampazo seco e inesperado. Con un pie en el escalón postrero de la espiral de los felices y dantescos años veinte, es decir, con un pie más fuera de la juventud que dentro, uno experimenta, fieramente humano, todo el vértigo del ser y del tiempo. Y se buscan con prisa engranajes y sentidos en cada estría del vacío, en cada oquedad de la incertidumbre. Claro que también todo esto parece exagerado cuando los mentores sabios y experimentados apaciguan la tormenta y dicen que todavía hay margen, que todavía se pueden cumplir algunos sueños adolescentes, que ahora se llaman proyectos o ambiciones. Pero inevitables son estas hondas y peligrosas dolencias nuevas en las entrañas de unos huesos desmayados, unas arterias alteradas y alertadas de colapso súbito por culpa de un colesterol también prematuro. Estas caídas en mitad de una selva oscura, caídas de calvario, las caídas de los Cristos del alma que cantó César Vallejo en Los heraldos negros: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!».

El espejo pero también las fotos reflejan ya una figura mudada, disfrazada de una treintena advenediza pero imparable. Y uno se conoce cada vez menos, y a uno lo conocen ya poco quienes lo vieron crecer. Uno ahora es, por ejemplo, un árbol devastado por la imparable deforestación genética de aquel bosque leonino y desaliñado que era su melena, perfumada en años fértiles de las brisas de mayos violetas. Con empatía y dolor que no es ajeno, uno observa a hombres de cabellera muerta, que dan la medida de todo el frío invernizo que quema sus frentes, nuestras frentes, porque también, ay, a uno le miran, fraternamente, las entradas derramadas y recuerdan sus calvas incipientes de entonces. Aquellas que daban la medida del tacto de sus primeras heladas de calavera. ¿Llegará la cabeza de uno a convertirse en la metáfora genial que describía el desnudo cuero cabelludo, «luciente como un casco prusiano», del gran poeta José Hierro?

A un paso de abandonar un tramo de vida para siempre, uno es testigo pasivo y mudo del revés y de la lejanía de las cosas, y del cansancio que producen viejas voces de yoes adolescentes, aquellos espíritus nocherniegos, que ensoñaban futuros de ficción sobre barras pegajosas de verdes vidrios mojados, apurando cebadas, escuálidas cuentas corrientes y madrugadas de infinito. Ahora los silencios abundan en estos bordillos del tiempo, en estas orillas frente al abismo o mar de nubes. Y contrastan con la jarana de otros años. Con la jarana prometedora y chillona, naif y festiva, de los umbrales de la década. Uno ya ni lo recuerda, pero debió inaugurar los 20 en aquella habitación nublada que daba a un patio de luces, en un piso menesteroso y antiguo, con paredes de gotelé y cucarachas voladoras. Allí, en unas tablas sobre caballetes, como de estudio de arquitecto, bajo el sol doméstico de un flexo, se dejaban a un lado las tareas universitarias para rascarle a la medianoche unas notas de ociosidad literaria, con todo el aparato de performance que tenía aquello, como los preparativos de un ritual que empezaba con bajar la persiana, rasgar el silencio con la ajada música del transistor Sony del abuelo, y cerrar los ojos antes de escribir.

Se iba descubriendo que escribir es implantarse un tercer pulmón. Pero un pulmón que no envejece, que no resta vida sino que la multiplica. Y cada vez que se ponía en marcha el alveolo etéreo y gramatical de aquella maquinaria, giraba entonces un huracán naciente de materias vivas, vivencias de oro y plata, memorias bajo palmeras de troncos de hilo. Pasado al que uno ya no deseaba volver, pero que respiraba en ese pulmón, eterno, invencible, que empezaba a entreverarse de aires nuevos de la ciudad, las instantáneas recientes y más apetecibles de una mañana cenicienta sin lluvia en un autobús. El travelling en el amanecer o en el anochecer, los humos de las fábricas y de las tétricas incineradoras de los tanatorios, las baldosas sucias espolvoreadas de pasos y suelas, los jardines desconocidos y profundos, los pasajeros callados, o cabizbajos sobre un libro, o enganchados como terneros a los garfios para no caer en los vaivenes de la ciudad, esa ciudad diáfana, viva y abierta a todas horas a través del ventanal, las viejas iglesias de roca húmeda, los rascacielos de cristales azules, las palmeras tiesas como un ejército en la avenida, los ríos parcos y apelmazados, casi negros, con neblina. Con escarcha del tiempo.

Como dijo aquel, uno, sin darse cuenta, ya va dándole la vuelta al forro de su vida.

Más que en el rostro era en las manos donde uno alertaba la vejez del cuerpo. En las manos se resguardaba toda la intimidad de la persona. La cara es una escaramuza de edades y confusión, un escaparate. La cara se maquilla, se hidrata, se pespunta, se opera, se afila o perfila con barba o con estética facial. La cara tendrá siempre más de aureola que de verdad, más de indefinición, de inexactitud y de incógnita que de reflejo de la identidad. La mano es el verdadero espejo del alma. «La mano no es simplemente una pata evolucionada», dice el filósofo Leonardo Polo en su obra ¿Quién es el hombre? Un espíritu en el tiempo. Los filósofos y los antropólogos le han dado siempre mucha importancia a la mano, que tiene algo de símbolo. «La mano es un instrumento y, a la vez, el origen de la misma noción de instrumento». Es la mano el mapa fidedigno de los ciclos y de las épocas, un signo de la temporalidad del ser. La mano esconde tesoros y secretos en su piel de árbol. Por eso nos leen la buenaventura en las manos y no en la cara. Una mano, si se mira de cerca, es una floración de señales, bubas y cicatrices, padrastros y cráteres dérmicos, de caminos recorridos, de pliegues históricos, de llanuras de amor y barrancos de odio, de miedos y temblores. Las manos, sí, pueden frustrar un rostro bello. Porque ellas nos dan la ecuación exacta del tiempo.

En el ático donde uno escribe, en la cueva de vanidades y en la mañana alta, había, hay, un silencio de sepulcro tras el fragor de la batalla, tras la trinchera de carpetas y archivadores, estanterías y títulos en cartapacios apilados en las últimas baldas polvorientas. «¿Cuándo vamos a colgar los títulos en la pared del salón? Están ahí arrumbados. No lucen». «Todavía no. Aún quedan unos trámites más». Ha sido también la década de los trámites, de los trámites de los vivos y de los muertos. Horas de escáneres, impresoras, méritos, y cosas que sería una broma de mal gusto repetir aquí. Visitas a irónicos abogados fumadores de puros, recaudadores invisibles, administrativos de frágil amabilidad, notarios del reino plúmbeo de mañanas agotadoras, y uno volvía a casa trastabillado de documentos amarillos de recio gramaje y de prosa amarga, retorcida, de un barroco grotesco. Y muchas horas de silencio. Los silencios abundantes de la medianía y el final de esta época. Y muchas mañanas de levantarse uno temprano y hurgar en la basura de los correos no deseados, a ver si ahí se había colado algo, qué sé yo, un aviso, un saludo, una oferta, una salvación. Pero nada. Había que seguir con los trámites. Y luego, muy tarde y enlentecida, volvía la madrugada como vuelve la cefalea, un catarro, un dolor del dedo gordo del pie. Y vuelta a empezar.

«¿Cuándo vamos a colgar los títulos en la pared del salón? Están ahí arrumbados. No lucen». «Todavía no. Aún quedan unos trámites más».

Palabras, palabras. Siempre demasiadas. En este ático de ventanas sin vistas se desparraman demasiadas palabras, en un intento frustrante y frustrado por nombrar cosas inefables y tópicas. Cosas de poca importancia perdidas en la nebulosa de los tiempos y la memoria. ¿Quién es el hombre? Un espíritu en el tiempo. Escarcha, rocío. Demasiadas palabras esta mañana, la mañana alta y última de febrero, bajo un cielo enfermizo y septembrino, prostático de lluvias y vivas corrientes de aire seco de la sierra. Y uno que sencillamente iba a comprar el pan para comenzar su jornada humilde y obrera, se ha cruzado de pronto por el camino, cuando iba tranquilamente columbrando su horizonte, esta idea-zarza, una idea-zarza viniendo como una sombra sin cuerpo de entre las brozas del cornejal tenebroso de los pensamientos, la idea-zarza que nos asusta y nos anuncia la capitulación de una época y el advenimiento de no se sabe qué. Y se han sentido en los muros de las patrias del corazón como un escalofrío de bodega tenue y solitaria.

Palabras, palabras. Siempre demasiadas para cosas de poca importancia.

«Cosas de poca importancia parecen un libro y el cristal de una ventana», dijo el poeta León Felipe. Y sin embargo, «le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma».

Habrá que seguir, pues, en ese ritmo del camino machadiano. Recuperarse del azote helado en la cara. Incorporarse, aventurarse. Y esperar que termine de levantarse la noche.

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