Evelyne

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Evelyne es nicaragüense y trabaja como interna en una casa. He escrito Evelyne, aunque no estoy seguro de que su nombre se escriba así. Quizá sea Evelin. O Eveline. O Evelyn. A lo mejor ni ella misma sabía cómo se escribía su nombre, hasta que le llegó la hora de sacarse una cédula de identidad y el funcionario le preguntó cómo se llamaba.

 

-Evelin, pues.

 

-¿Y cómo se escribe eso?

 

-No sé, señor. Evelin.

 

-¿Con i griega o con i latina?

 

-No sé, señor.

 

Y el hombre escribió «Evelyne». Podría ser el arranque de una historia.

 

Evelyne cuida a tres niños. Hoy el niño más pequeño se ha estado tirando por el terraplén del parque donde celebrábamos un cumpleaños. El niño rodaba cuesta abajo sobre la hierba, gritando de alegría, y después volvía a subir corriendo y volvía a tirarse. Evelyne, a unos pasos de allí, lo vigilaba con la cabeza gacha, mirando a la vez el suelo y la hierba y las piruetas del niño. Conozco muy bien esa forma de mirar, porque cuando yo tenía la edad de Evelyne también cuidaba niños en París, y un día uno de ellos –que se llamaba Boris- estuvo revolcándose sobre la hierba de un parque, sólo que aquel parque no era un club social de Sevilla, sino un pequeño «square» no muy lejos de la Gare du Nord, un lugar tranquilo lleno de jubilados que paseaban el perro o leían el periódico.

 

Me hubiera gustado preguntarle a Evelyne qué hace en su tiempo libre, a quién ve, o qué cosas piensa hacer si las cosas le van bien y se queda en España. A la hora de comer, le he pedido que se sentara con nosotros, los padres de los niños que habíamos ido al cumpleaños. En seguida se ha producido una cierta tensión en la mesa. Y cuando he intentado hablar con ella, he notado que Evelyne prefería no decir nada. Una mirada suya ha sido suficiente. Así que Evelyne ha comido en silencio, mirando hacia algún punto indeterminado para evitar que su mirada se encontrara con la nuestra. Al terminar, ha musitado «Permiso», se ha levantado con mucho cuidado para no derribar los vasos y se ha ido donde estaban los niños.

 

Supongo que Evelyne es una privilegiada si la comparo con miles y miles de mujeres centroamericanas, pero su trabajo tiene que ser una de las cosas más duras que se pueden hacer en esta vida. En cambio, mi trabajo de «canguro» en París fue una de las cosas más interesantes que he hecho. Me duró poco, sólo cuatro o cinco meses, pero no cambiaría ni una de las tardes en que tenía que ir a recoger a Boris y a su hermano al colegio por todos los años que pasé en la Facultad. La primera tarde que me tuve que ocupar de los hermanos, su madre me pidió que les preparara la cena.

 

Hay dos bistecs en la nevera –me dijo.

 

Y luego se fue al cine con un tipo alto y sonriente que aquella noche le había llevado un ramo de flores.

 

La madre de Boris, que tenía el doble de edad que yo, se había divorciado hacía poco tiempo. Antes de irse con ella, el hombre del ramo de flores quiso besar a Boris y a su hermano. El hermano se dejó, pero Boris apartó la mejilla. Luego me enteré de que aquella noche su madre salía por primera vez con un hombre desde que se había divorciado.

 

Yo nunca había cocinado un bistec (ni ninguna otra cosa), así que Boris y su hermano se comieron sus filetes carbonizados en la cocina, envueltos en una nube de humo negro. Boris masticaba con estoicismo y nunca dejaba de mirar por la ventana. Su hermano pequeño bebía sin parar para hacer más llevadero el sabor de la carne quemada.

 

Cuando los niños terminaron de cenar, estuvimos un rato jugando en la sala. Luego llevé a los niños a la cama, les ayudé a ponerse el pijama y les leí unas páginas de una historia del elefante «Babar» que encontré en una estantería. El hermano bostezaba, agarrado a un oso de peluche. Boris no parecía muy interesado en la historia. Lo intenté con «Tintín». Tampoco le interesaba. «¿Y qué tal Astérix?» Sacudió la cabeza con fastidio. Desistí.

 

Apagué la luz y encendí la tele que los hermanos tenían en el cuarto, bajando el volumen todo lo que pude. Salió un programa literario –no era «Apostrophes»- en el que el presidente de entonces, Valéry Giscard D´Estaing, le contaba al entrevistador que su verdadera vocación era la literatura. Si pudiera escribir -decía el presidente de la república francesa- me gustaría escribir como hacía Maupassant. Y el entrevistador repetía, con voz solemne, admirado, «Maupassant», como si estuviera nombrando a un ídolo prehistórico ante el que todos los hombres tuvieran que caminar a cuatro patas. 

 

A mis espaldas, el hermano pequeño se había dormido. Boris daba vueltas en la cama. Estaba demasiado nervioso, pensando en su madre que se había ido al cine con un hombre que él no conocía. Me pidió que le acompañara a hacer pipí y luego me pidió un vaso de agua. Cuando regresamos al dormitorio, se empeñó en volver a la cocina, con la excusa de que no había cerrado bien el grifo y su madre le pedía siempre que cerrara muy bien el grifo para darle ejemplo a su hermano pequeño. Mientras lo cerraba y se aseguraba de que estaba bien cerrado, Boris se puso a mirar de nuevo por la ventana de la cocina. Aún recuerdo las luces del edificio de enfrente y las farolas encendidas en la calle. Era invierno y no pasaba nadie por la calle. Boris seguía mirando por la ventana, de puntillas junto al fregadero y con el rostro pegado al cristal. Tenía que hacer frío en la calle. Se oyó una sirena lejana de ambulancia, luego un chirrido de neumáticos, luego nada.

 

Cogí a Boris de la mano y me lo llevé de nuevo a la cama.