Notas sobre un ‘Sonderkommando’, y un poema

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Cuando fui a ver la película El hijo de Saúl, de László Nemes –la película más bella y a la vez más terrible que he visto nunca–, pensé que el rostro del actor Géza Röhrig –un actor portentoso– podría ser el mismo rostro hecho de ceniza y de humo que imaginé cuando compuse el poema

 

Descubrí la palabra Sonderkommando –literalmente, “comando especial”– hace unos quince años, en un número de la revista Raíces que me envió Antonio Escudero Ríos. Allí, entre ensayos y artículos sobre el mundo judío, me encontré la transcripción de los diarios de un Sonderkommando que había sido gaseado en Auschwitz y que había dejado su testimonio enterrado cerca de los crematorios, con la vaga esperanza de que alguien, algún día, pudiera hacerse una idea de lo que habían sido los últimos meses de su vida (si es que aquello pudiera llamarse vida, porque en realidad el lenguaje humano no ha inventado aún un término que pueda aplicarse a lo que vieron e hicieron los Sonderkommandos).

 

Nunca antes había oído hablar de los Sonderkommandos, los prisioneros judíos que tenían que acompañar a las víctimas a las cámaras de gas, haciéndoles creer que sólo iban a darse una ducha, y luego tenían que retirar los cadáveres, arrancarles el pelo y los dientes de oro y por último incinerarlos en los crematorios. Los Sonderkommandos apenas duraban tres o cuatro meses, porque los nazis los consideraban “portadores de secretos” (Geheimnisträger) y los iban eliminando metódicamente para que no pudieran quedar testigos de lo que ocurría en las cámaras de gas. Y los Sonderkommandos lo sabían, ya que su primera misión, nada más llegar a los campos, era retirar los cadáveres de los Sonderkommandos que les había precedido. 

 

Lo que leí aquel día, escrito en un lenguaje despojado, frío, casi beckettiano –¿cómo diablos pudo aquel hombre escribir así, viendo lo que veía y haciendo lo que hacía?–, me dejó tan conmocionado que empecé a buscar más información sobre los Sonderkommandos. Hace quince años apenas existía internet y me fue difícil encontrar datos. Además, los Sonderkommandos tenían mala fama porque muchos supervivientes de los campos de exterminio –como Primo Levi– los consideraban casi cómplices de los asesinos nazis. Por extraño que parezca –los milagros ocurren–, unos 80 Sonderkommandos habían conseguido salir vivos de los campos de exterminio, pero muchos de ellos se habían negado a hablar de su experiencia porque se sentían avergonzados por lo que habían hecho. En 1979, Filip Müller, un Sonderkommando checo que había logrado sobrevivir tres años en los crematorios de Auschwitz, publicó el primer testimonio conocido, Testigo en Auschwitz, en el que contaba, entre otras muchas cosas, cómo había visto a un grupo de judíos checos entrando en las cámaras de gas mientras cantaban el himno nacional checo. De todos modos, aquel testimonio pasó casi inadvertido, y hubo que esperar hasta 1985, cuando Claude Lanzmann estrenó su canónico documental Shoah, en el que entrevistaba a algunos de aquellos Sonderkommandos, para que se empezara a conocer el destino de aquellos prisioneros de los “comandos especiales” que habían visto y oído lo que nadie más había visto ni oído nunca.

 

A partir de aquel momento, otros Sonderkommandos supervivientes se atrevieron a hacer públicas sus experiencias. Y así, en 1999, Gid’on Graif publicó en Israel un libro de entrevistas con Sonderkommandos supervivientes de Auschwitz, entre ellos Josef Sackar, los hermanos Abraham y Shlomo Dragon, Ya’akov Gabai, Eliezer Eisenschmidt, Shaul Chazan, Leon Cohen y Ya’akov Silberberg. El libro fue traducido al inglés en 2005 con el título de We Wept Without Tears: Testimonies of the Jewish Sonderkommando from Auschwitz. Al mismo tiempo, otros testimonios iban apareciendo en forma de entrevistas o libros de recuerdos, como los de Shlomo Venezia, Henryk Mandelbaum, David Olère, Henryk Tauber y Daniel Behnamias. En nuestro país, como escribió Ana Nuño, la información sobre los Sonderkommandos tardó mucho tiempo en llegar, quizá por desconocimiento, quizá por desinterés. De todos modos, la editorial Anthropos publicó en 2008, con el título de En el corazón del infierno, los dos manuscritos del Sonderkommando polaco Zalmen Gradowski, que fue ejecutado en Auschwitz durante la revuelta del 7 de octubre de 1944, pero que antes había logrado enterrar sus manuscritos en un pozo de ceniza cerca de uno de los crematorios. Gradowski inicia sus cuadernos con este recordatorio que suena como una desolada oración fúnebre: “Dedicado a mi familia ejecutada en Auschwitz-Birkenau: Mi esposa Sonia, mi madre Sore, mi hermana Ester-Rojl, mi hermana Luba, mi suegro Refuel, mi cuñado Volf”. Y dos años más tarde, en 2010, RBA publicó los recuerdos de Shlomo Venezia, Sonderkommando, con un prólogo de Simone Veil, otra superviviente de los campos. Venezia murió hace dos años, ya muy mayor, igual que murió en 2008 Filip Müller, a los 91 años. El único Sonderkommando que aún vive es David Dario Gabbai, un sefardita griego que empezó a trabajar en los crematorios de Birkenau en marzo de 1944. Allí tuvo que incinerar a muchos de los cientos de miles de judíos húngaros que fueron eliminados a toda prisa durante el último año del Holocausto, cuando los nazis sabían que la guerra estaba perdida, pero justo por eso se empeñaban en no dejar un solo judío vivo.

 

Escribí el poema Sonderkommando en el año 2010, unos diez años después de haber leído aquel testimonio en la revista Raíces. Supongo que la poesía actúa a veces con efectos retardados, aunque en realidad nadie sabe cómo actúa, del mismo modo que aquel pobre Sonderkommando que murió en Auschwitz escribió lo que escribió sin saber muy bien cómo lo hacía. Cuando escribí el poema, también había leído otros testimonios de Sonderkommandos, algunos muertos en los campos y otros que habían logrado salir vivos, como Shlomo Venezia o Henryk Mandelbaum. Pero tampoco quise leer mucho más porque un exceso de información, al menos en mi caso, me coarta a la hora de escribir poesía. Hace poco, cuando fui a ver la película El hijo de Saúl, de László Nemes –la película más bella y a la vez más terrible que he visto nunca–, pensé que el rostro del actor Géza Röhrig –un actor sencillamente portentoso– podría ser el mismo rostro hecho de ceniza y de humo que imaginé cuando compuse el poema, pensando en aquel Sonderkommando que había dejado enterrado su testimonio cerca de los crematorios, con la vaga esperanza de que alguien, algún día, pudiera hacerse una idea de cómo habían sido los últimos meses de su vida.

 

 

 

                   Sonderkommando

 

Hemos visto.

Hemos oído.

 

La lengua azul.

El glugluteo.

El olor dulzón.

Los que se quedaban de pie

y había que derribar

con una maza.

Los que todavía gemían

aunque estaban muertos.

Los que miraban

aunque estaban muertos.

Los que perdonaban

aunque estaban muertos.

Los que se abrazaban

aunque estaban muertos.

 

Hemos visto.

Hemos oído.

 

Preferíamos no usar las manos.

Los ganchos en el cuello

eran más rápidos

y así no te ensuciabas

(todos se lo hacían encima).

 

Hemos oído.

Hemos visto.

 

El siseo del alma

que se trasforma en grasa, y arde.

Los ojos que estallan

azules en el cielo azul

de un día de verano.

La cabeza que tarda más que el resto.

Las cenizas en el río

con el deshielo de marzo.

La mirada incrédula

que hablaba sola

y se mentía sola,

y gritaba y suplicaba y callaba,

todo a la vez,

mientras se quitaba la ropa

y avanzaba hacia dentro.

 

Hemos visto.

Hemos oído.

 

Nuestra primera misión

fue ocuparnos de los que nos precedían.

“Comando especial”, dijeron,

“igual que vosotros”.

Y nosotros seríamos los siguientes.

 

Nunca decíamos nada.

El bebé que respiraba.

La maquinilla para el pelo

de las mujeres.

Las tenazas, los montacargas.

Las insaciables vagonetas de carbón.

El montón de los dientes de oro.

El montón de las sortijas.

La máquina quebrantahuesos

(“el molino”, la llamábamos).

Y el loco que violaba chicas muertas

y al que un día tuvimos que matar.

Nunca decíamos nada.

 

Sólo una vez me atreví:

“Poneos allí. Es más rápido”.

Eran mis primos.

Sólo una vez.

 

Y quizá debería haberme callado.

 

 

 

 

 

Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) es narrador y poeta. Vive en Sevilla desde 1989. Sus últimos libros son el volumen de cuentos Yo vi a Nick Drake y el ensayo Lo que tiene alas. De Gógol a Raymond Carver. Es editor de literatura de FronteraD, donde ha publicado, entre otros artículos, A treinta kilómetros de Nick DrakeNotas sobre Tomas Tranströmer y Weil y la Guerra Civil, y durante un tiempo mantuvo el blog Terra Incognita.

Autor: Eduardo Jordá

1 COMENTARIO

  1. Son las 4 y 40 de la

    Son las 4 y 40 de la madrugada, no me podía dormir, decidí investigar con mi recién estrenada tablet y no sé de qué manera he llegado a ésta página.

    Si antes no podía dormir, después de leer sobre los «comandos especiales» mucho menos.

    En éste gran Teatro que es el mundo, en el reparto de papeles hay una crueldad extrema cuando en ese reparto totalmente aleatorio, a personas inocentes les toca cometer actos deleznables y no les queda otra opción que llevarlos a cabo.

    Me pregunto si llegará el día que no salga nada nuevo sobre el terrible Holocausto, que lo sepamos todo, para así dejar descansar a tantos seres humanos que perdieron su vida de una forma tan injusta e incomprensible, incluso para un Papa, que se preguntó dónde estaba Dios, mientras ocurría esa barbarie.

    El poema no puede transmitir más dolor de corazón y el alma se hace añicos, cuando se lee.

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