Ex Postismo meditatio

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El movimiento estético español denominado Postismo se dio a conocer en enero de 1945 a través de la revista homónima aparecida en enero de ese año. Al Postismo se le ha considerado una vanguardia, relacionada (con calefacción común, como se proclamó, aunque con grandes diferencias) con el surrealismo. España entonces no estaba para vanguardias; muy reciente la finalización de la guerra doméstica, aún no había concluido la Segunda Guerra Mundial. Casó mal con la época, siendo muy episódica su difusión, en su tiempo, dentro del panorama artístico español. Salieron dos revistas, Postismo y La Cerbatana, con un solo número cada una, prohibido el nombre de ambas por la censura. El Postismo redactó cuatro manifiestos, siendo el primero el más importante, gran enunciador de su sistema. En principio, los fundadores del Postismo fueron estos tres: Eduardo Chicharro, poeta y pintor, autor del Primer Manifiesto del Postismo; el poeta Carlos Edmundo de Ory y el italiano Silvano Sernesi, cuyo padre, banquero recluido en España, financió los gastos del movimiento. De inmediato se incorporaron, para formar parte de la plana mayor, Ángel Crespo, Gabino-Alejandro Carriedo y Félix Casanova de Ayala. Y estos son los seis postistas que hay, por mucho que otros nombres, posteriores, quieran llamarse también postistas: Antonio Fernández Molina, José Fernández Arroyo, Carlos de la Rica, Gloria Fuertes, Antonio Beneyto…, englobados en la espuria denominación “Segunda hora del Postismo”. Sí pueden también tenerse como tales al dramaturgo Francisco Nieva, que desde muy temprana hora formó parte del grupo, siendo entonces pintor y no escritor teatral (Nieva declara que si algún mérito posee su escritura literaria se lo debe enteramente al magisterio de Eduardo Chicharro), sus textos dramáticos muy en la expresión genuinamente postista; Nanda Papiri, esposa de Chicharro, pintora, e Ignacio Morales Nieva, hermano de Francisco, músico, y que intentó realizar unas melodías encajadas en el ideario del Postismo.

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En mis muchos trabajos que he escrito y publicado sobre el movimiento postista, siempre mi manuscrito se hallaba rodeado por un nutrido círculo de documentación. Pero en esta ocasión, la escritura de los párrafos que siguen quiero que venga dada únicamente por mi intención de realizar una somera reflexión sobre el Postismo eludiendo, en este momento, al realizarla, cualquier consulta de la bibliografía, tanto activa como pasiva, del movimiento estético que me va a ocupar. Por tanto, prescindo de citas literales y transcripciones, que tenga a la vista, inscritas en las páginas que atestiguan la historia e interpretación de esta vanguardia, y sólo me atengo a mi propia memoria y a las impresiones surgidas únicamente desde mi ejercicio de concentración ante el blanco papel, sin más apoyaturas que los recuerdos, como digo, el poso de un humilde conocimiento y las modestas conclusiones sacadas tras la lectura de la obra postista, las aproximaciones críticas a la misma y las conversaciones sobre el tema en que he podido participar con tan buenos estudiosos del Postismo, casi todos amigos.

Ya a estas alturas, habiendo transcurrido muy largo tiempo desde su irrupción, hay que alertarse ante la tendencia a seguir confundiendo el Postismo con ciertas superficialidades o espejismos que puedan dar lugar a engaños duraderos. Habrá que ser cautelosos al analizar la llamada boutade postista, las anécdotas jocosas acontecidas en la andadura del Postismo como parte de su decurso y el tono juguetón y cadencioso (eurítmico) implantado en sus obras. Todo ello existe, pero sería muy lamentable tomarlo como lo primordial de un estado pasajero que no estuviese dotado de la suficiente trascendencia. Jaume Pont, en su tratado monumental sobre el Postismo, advierte que bajo la máscara del humor postista subyace una tragedia auténtica. Ory, certeramente, define el movimiento postista como entidad dotada de alegría, sí, pero comparando esta alegría con una risa que él califica de risa zen. Y la euritmia, buen ritmo, o esa coruscancia musical que acierta a precisar Félix Casanova de Ayala, no sólo es la estructura dominante en el planteamiento combinatorio de palabras de la creación postista; también ésta conlleva un sentimiento liberador del léxico, que no ha de basarse tan sólo en esa alogia sintáctica que parece ser tan característica de la pieza postista, pues se hunde, asimismo, en una distorsión del sentido, en una imagen obtenida a través de un pensamiento desfigurado; una euritmia o un juego instalado en las estructuras profundas del lenguaje, en el fondo de la obra, aunque su forma pueda ser, incluso, escrupulosamente respetuosa con la norma lingüística. La corroboración de estas suposiciones se puede hallar en el poema de Ángel Crespo Versos de la oveja, del que recuerdo algunas estrofas: «Cuando la lana del colchón / se acuerda de su oveja, / lo mejor es dormir en las baldosas. […] Suele ocurrir también, cuando ese pelo / se acuerda de aquel manso animal que tenía, / que intente devorarnos por la noche. […] Ocurre, pues, que en el aniversario / de la oveja nacida entre las redes / se remueve la lana en los colchones / y muerde a las mujeres en las piernas / y a los hombres debajo de la ropa.»

El Postismo, como declararon sus fundadores, no fue un invento de ellos, sino el hallazgo de un tesoro inmemorial que logra desenterrar quien se siente capacitado para acceder a él. Por consiguiente, pienso que es un flujo, una corriente que, estando siempre en movimiento, siempre en posible disponibilidad, hay que saber captarla y cerciorarse de que la hemos abarcado.

Ser postista, más que hallarse en el uso de una locura inventada, es poseer el genio y la pericia para poder tener puesto el «pie en la alimaña», símil con el que los postistas querían significar, sobre todo, lo que el Postismo posee de materia nerviosa, palpitante e inaprehensible si te descuidas en atraparla. Para sentirse postista no basta con mirar cómo esa alimaña corretea y regodearse sólo en la visión, sino poner con tino y con delicadeza, como si se pusiese el corazón, el pie sobre ella, contener su respiración e impregnarse de la verdad postista que brota en todo momento. Eduardo Chicharro jamás separó el pie de la alimaña al redactar su vasto y cósmico poema Música Celestial, una unidad centrífuga y centrípeta, adensadora y dispersante, donde, por cierto, hay poco sarcasmo, escasísima jocosidad y nulo casticismo.

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El momento histórico del Postismo hace ya algo más de tres cuartos de siglo que acaeció y hasta ahora –últimamente, por mejor decir–, mucho, o no poco, se ha hablado sobre su impronta. Así como otros aconteceres literarios pronto se divulgaron en los manuales, al Postismo se le negó la entrada de un modo absoluto a los libros de texto; sólo muy últimamente se le ha podido ver referenciado en ellos, si bien de un modo que sigue siendo tímido. Han sido, más que nada, las puras publicaciones literarias, por un lado, y, por otro, algunos encuentros promovidos por entusiastas, los que han llamado la atención sobre este movimiento singular ocurrido en la España pobrísima y difícil de los años cuarenta.

El Postismo se gestó en experiencias íntimas, fruto de la amistad y sus potencias exacerbadas. Primero fue el conocimiento de los dos condiscípulos aventajados de la Academia de España en Roma: Gregorio Prieto y Eduardo Chicharro. Corrían los primeros años treinta del siglo pasado, cuando, estimulados por el deseo de realizar esas fantásticas fotografías que hoy se pueden contemplar bajo un empotro del Museo Gregorio Prieto, en Valdepeñas, los dos pensionados salían, tan juveniles y fogosos, por la puerta de la Academia, cámara en ristre, y Don Ramón del Valle-Inclán, que era en esos momentos director de la mencionada institución, exclamaba: «¡Ahí van esos dos locazos!».

Casi tres lustros después se materializó el encuentro, ya en Madrid, y en uno de sus cafés, entre un culto y maduro Eduardo Chicharro, casi cuarentón, y el nene intuitivo y disparatado, de unos veinte años, Carlos Edmundo de Ory. Tuvo que ser un momento fuerte el primer contacto entre ambos, refrendado por las palabras de Chicharro cuando refiere cómo se originó entre ambos un flechazo poético en el Pombo y que, por consiguiente, fundieron inmediatamente sus órbitas. Sabemos que meses después los dos disfrutan de unas jornadas veraniegas en Ávila, excitando sus fiebres fraternales hasta el punto de componer al alimón, en sólo unos días, la treintena de romances que componen Las patitas de la sombra, práctica parangonable, en esencia, a ésa de Roma que acabamos de resaltar, una en el ámbito de lo plástico y otra en el de lo literario, pero las dos accionadas por la energía de la amistad. «Amicitia –nos dice Cicerón– res plurimas continet» (la amistad comprende tantísimas cosas…).

Si el Postismo, por un lado, hunde sus raíces en unos elevados y fructíferos juegos amistosos, liberales e independientes de todo dogmatismo (recordemos la encarecida defensa del juego, de la imaginación, del juego imaginativo como punto programático primordial de los postulados postistas), por otro, su aparición pública como una vanguardia hecha y derecha, con todos sus requisitos y formalismos adjuntos, es incuestionable. Para Rafael de Cózar, y nosotros concordamos con él, tres condiciones son necesarias para que exista una vanguardia, un nuevo ismo: manifiestos, revistas y estrépito. Y el Postismo cumplió con este trámite y no sólo para salir del paso, para cubrir el expediente, sino dando coherencia, solidez y altura a estas tres condiciones requeridas para la formación de una vanguardia artística. Con respecto al estrépito, se hizo lo que se pudo, lo que las intransigentes circunstancias políticas del momento permitían, lo que la astucia de los fundadores del Postismo posibilitaba. Como la situación no daba para bromas, al percatarse las autoridades competentes de que el Postismo llevaba adscritas ciertas sospechas por el hecho de ser afín a los ismos europeos de vanguardia que habían flirteado con las «malditas» terminologías del comunismo, al cabo, tras la prohibición del nombre de nuestro movimiento y una condicionada permisividad resuelta en un corto cordel, el saldo resultó favorable a los postistas, si no en lo tocante a una expedita divulgación de sus posturas, sí en lo concerniente a tener limpias sus conciencias, pues, como escribe Francisco Nieva, el franquismo, con su innegable cerrazón, lo que hacía era fecundarlos, enriquecerlos inconscientemente a resultas de unos efectos secundarios y paradójicos, no sintiéndose, en consecuencia, nuestros hombres obligados a dar las gracias al régimen franquista por nada.

Pese a todo, tanto los textos de creación literaria como programáticos del Postismo se conocieron sin tapujos, y los escasos lectores interesados de entonces pudieron comprobar cuánta clarividencia y ecuanimidad había en la conformación del recién bautizado ismo. Al redactar el Manifiesto del Postismo, Eduardo Chicharro, el maestro, el mago, el gran olvidado, como escribe José Fernández Arroyo, ese Chicharro impregnado de un sagaz humanismo supo poner en claro los procesos y las esencias de un arte libre de prejuicios. Lo que exprime este manifiesto es toda una poética universal, fuera de integrismos de escuela, fuera de conjeturas egoístas. Su intención, entre otras, es didáctica; sus balances son mesurados y el espíritu de su letra no se dirige contra nadie. Desde luego hay claras defensas y explícitos ataques: dos de ellos –recordemos– al creacionismo español y al lorquismo, pero son suaves; creemos que el primero recibió los denuestos porque a Chicharro le parecieron los planteamientos creacionistas, y tal vez con razón, un camelo de simples juegos malabares carentes de la debida fuerza artística; su rechazo al lorquismo viene dado por el sincero asco que el autor sentía hacia ese tópico español habitado por majas, chulos, subdesarrollo, machunguería, patrioterismo. Pero la voz que puebla el Manifiesto del Postismo no es violenta, ni tan siquiera radical, aunque este último término es muy válido para otros aspectos del análisis. Hay Postismo como sinónimo de alegría, oponiéndose al pesimismo y destructivismo del dogma surrealista o dadaísta. Hay esperanza de camaradería en torno al Postismo, pero está ausente la perspectiva de realizar un reclutamiento forzoso de postistas o una rabiosa exclusión y señalamiento de los que no lo sean. El manifiesto termina con esta última frase que acaba admitiendo: «¡Qué solos vamos a estar, pero qué bien!». Nada de cabreos. Y si el Postismo es revisionista y dice síes y noes, también se muestra conciliador, lleno, incluso, de sentimientos humanitarios, cosa que no se halla en la mira del surrealismo, aterradora en cuanto al enunciado de acto perfecto surrealista: el de salir a la calle disparando con un revólver a la multitud, indiscriminadamente. La obra postista, ya lo dijo Chicharro, comparte llama con el surrealismo, aspirando a una escritura o producción espontánea, surgida directamente de los resortes del subconsciente. El Postismo, en esto, añade, o vislumbra, una pieza o puente eficaz abogando por una selección consciente de materiales para crear belleza (intención que repugnaba al surrealismo), al igual que acoge la ética, que esos ismos franceses negaban o fingían negar, ética considerada como moral indispensable para que la consecución del aliento e incluso respiración rítmica de cualquier obra artística sea posible. Es más, el Postismo no abjura de la tradición, de la tradición del soneto, de la tradición del romance, dos piezas intensa y perfectamente cultivadas en la producción postista y que no traicionaban el vigor refrescante de su estética. Lo que no es tradición es plagio, se dice. También se dice que el origen de toda vanguardia es la tradición. O incluso que Romanticismo es padre de Vanguardia. Eduardo Chicharro, debido a su sólida formación cultural, sabía que bajo formas tradicionales se había creado mucha heterodoxia. Conviviendo con este respeto a la tradición existía el llamado «enderezamiento» postista, consistente en convertir cualquier texto, por muy insulso que fuese, en una pieza imaginativa, abierta y constantemente fecundada y dispuesta para otro enderezamiento posible.

Esta estrofa folklórica de la canción popular La Pájara Pinta: “Estaba la Pájara Pinta / sentadita en el verde limón. / Con el pico cortaba la rama, / con la rama cortaba la flor. / Ay, ay, ay, / dónde estará mi amor.”, Chicharro la convierte, “enderezándola”, en esta otra (quizá transcriba de memoria): “Estaba una pájara instante / florecida en la espera limón, / con la pasa recoge la meca, / con la meca recoge su amor. / ¡Ay mi sol!”.

El Manifiesto del Postismo, en definitiva, asentó unas bases con el objetivo de que, por fin, la utopía se realizase y saliese de las cavernas especulativas e irrealizables que habían conformado las vanguardias antecesoras. Un barbecho fue así meticulosamente arado y abonado. Tuvo la culpa, como siempre, la condición humana de que esta sana ambición no se llevase a cabo. El Manifiesto del Postismo, si no se estructuró tan complejo o psicoanalítico como el del Surrealismo o el del Dadaísmo, sí ofrecía más luz o una luz nueva de la que carecía el pensamiento de Breton o Tzara. Pues realmente fue, más que un ismo, una declaración arquitectónica de la actitud que hay que adoptar tras la polvareda de ismos que se iban agotando o ciertamente lo estaban ya. NO HEMOS CREADO SINO DESCUBIERTO EL POSTISMO, nos recuerda insistentemente y en mayúsculas (así lo hemos transcrito) Carlos Edmundo de Ory. Y también nos recuerda Ory que, más que un ismo, Postismo es un umbral. Fue, y es, sencillamente, una verdad. Diríamos esencial si alguna verdad no lo fuera.

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En 1945 estallaron unas proclamas, hubo unos responsables de las mismas y unos seguidores enardecidos que las llevaron a cabo hasta donde pudieron. Pasó el revuelo en un total de, como mucho, cinco años, y en diez años o algo más ya no quedó ni rastro, pero el Postismo, pese al silencio después de su trajín y a la serena reflexión que del mismo estamos haciendo hoy, no ha caducado un ápice, porque, en realidad, aunque su apariencia se conformó, sin lugar a dudas, como una vanguardia histórica, fue más que nada el redescubrimiento de una verdad artística que ya existía desde los orígenes de la cultura. Ya lo hemos dicho e insistimos en ello.

Del sintagma que comprende la voz Postismo se infiere, es obvio, que Postismo es aquello que sucede después de que el sufijo haya cumplido una función definidora en el mundo del arte. Observamos que el término con que es bautizado el movimiento carece de lexema, o raíz, y sólo consta de un prefijo preposicional, que indica un término (o un origen, depende), y el gastado sufijo. Ese vacío es cubierto con ventaja por el valor semántico de esa verdad desnuda, aglutinadora y ecuménica (universal) de la que estamos hablando.

Esta es la primera originalidad del Postismo con respecto a otros ismos portadores de lexema, más cargados de concreción y, por lo tanto, de materialidad caducable (impresion-ismo, cub-ismo, futur-ismo, fauv-ismo, surreal-ismo, etc.). Por tanto, ¿es el Postismo un comodín para el pensamiento y la praxis artística? ¿Es un principio incorruptible? Uno de sus mayores méritos, a nuestro juicio, se establece en que aún conserva un orden vigente, perfectamente aplicable hoy, sin perder una de sus propiedades, a cualquier intento de renovación artística que pudiera surgir; vigente y no sólo aprovechable, como ocurre con otros movimientos estéticos prestigiosos de los cuales se puede emplear todavía algunas de sus enseñanzas. Seguramente que el Postismo sea una vía más que una meta.

Si meditamos sobre el Postismo abstrayéndonos de su imagen en el tiempo como un discurso unidireccional, despojándonos de la apabullante idea de que el tiempo es algo que siempre hace cesar, comprobaremos que el Postismo es un centro ambivalente; tanto se presta a la correspondencia con el pasado como con el futuro. Es decir, si, como cabalmente afirma Ory, el Postismo remonta a Homero, asimismo penetra en el resultado artístico que se pueda emprender cualquier día de mañana. Por este motivo, el Postismo, al manifestarse en una época, se comportó, en relación con sus efectos ulteriores, más como una bomba atómica que de relojería, produciendo verdaderas reacciones en cadena más que una repercusión puntual. En textos muy suculentos, Rafael de Cózar exhibe  pruebas muy contundentes de esa teoría y práctica de la creación, que los postistas llamaron Postismo y que existió netamente en tantísimas realizaciones pretéritas, desde caligramas griegos fechados varios siglos antes de Cristo a piezas de una apostasía y un sentido de juego total pertenecientes a nuestra Edad Media, a nuestro Barroco y, en definitiva, a una considerable variedad de autores de toda nuestra historia literaria. Por eso mismo, no resulta gratuito que Ory haya deducido en más de una ocasión que han de existir postistas funcionando en toda contemporaneidad, o que Nieva le dijera al mismo, un cuarto de siglo después del evento del Postismo, que había conocido a gente muy joven que seguía haciendo cosas igualitas a las que ellos hacían en ese momento de la irrupción de los postulados, las tribunas y los textos postistas.

Los artistas de mañana podrán recrear perfectamente el Postismo sin necesidad de redactar una constitución «neo-postista» (término que sienta tan mal a la entidad de nuestra idea) ni una carta magna repleta de hechos, defensas y reivindicaciones; podrán seguir produciendo postismo sin saber para nada quiénes fueron los que acuñaron este nombre y aún el nombre mismo, como hizo postismo Cortázar sin tener idea -creo yo- de toda esta historia de Chicharro y Ory. Gómez de la Serna sí tenía idea, pero tampoco, en apariencia, les hizo caso. Y también Gómez de la Serna estuvo tantísimamente -bajo esa forma de permanencia, parecido a Ory- en una actitud de cosas que tiene mucho que ver con el fondo trágico del enamoramiento y la escenografía postista. Las sustancias del Postismo son primigenias y naturales. Y en suma, el Postismo supone esencialmente una revelación.

De forma que hay Postismo como algo virginal, inalterable, imputrescible, y hay postistas en los que han recibido un verdadero bautismo de sus aguas lustrales, fuera de contextos históricos. A pesar del choteo que se han traído los que pasaron bajo esas aguas repitiendo alternativamente que ora sí son postistas ora no lo son (dejemos a un lado esos filopostistas inclasificables de que trata Carriedo), en el fondo yo creo que todos concuerdan con Ángel Crespo cuando confiesa aquello de que el Postismo imprime carácter, y que la obra posterior de los que «perpetraron» creación postista está marcada por ese paso artístico decisivo. Es el factor de permanente operatividad que una periodista atribuyó a Carriedo partiendo de las fuerzas del Postismo. No se podrá entender el Introrrealismo de Carlos Edmundo de Ory, ni sus Aerolitos, ni su Taller de Poesía Abierta, sin el Postismo; ni el largo poema Música Celestial, de Eduardo Chicharro, cronológicamente posterior al Postismo como lapso; ni los fragantes aforismos de Ángel Crespo; ni el teatro de Francisco Nieva; ni, incluso, el tono utilizado por Gabino-Alejandro Carriedo al conformar su poesía cívica en la gran moda de lo social. El propio Carriedo, en una entrevista en TVE con un jovencísimo Andrés Trapiello, poco antes de morir Carriedo, en 1981, declara que la actitud del Postismo era negativa frente a los demás ismos, queriendo esto decir que pretendía ser radicalmente diferente a todos los demás ismos; también decía que el Postismo tenía una impronta, aparentemente paradójica, muy social.

Siento, finalmente, que hay que recobrar a tiempo, ya que el Postismo es así de elástico, una nueva meditación. Esta vez escuchando lo que deseablemente pueda emitir el reproductor: el Cembalo concerto de Ignacio Morales Nieva. Creo que es buen quehacer que uno ande reescribiendo el fenómeno postista con asiduidad, enmendándose una vez tras otra y colocándolo en el más justo término interpretativo que uno pueda.

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