Fervor del acero y nostalgia de trinchera. Los efectos de la guerra

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Si miras monstruos, ten cuidado de no convertirte en uno de ellos;
porque si contemplas el abismo, éste podría entrar en ti.
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal

 

En la vida de las sociedades, y aún más de los hombres, pocos acontecimientos tienen la relevancia, la intensidad y los efectos de la guerra, quizás el fenómeno social, es decir, colectivo, con mayores repercusiones. Un acontecimiento que se ha considerado la prueba suprema a la que se someten los Estados y, desde 1914 en que se vuelve ilimitada, las sociedades en su conjunto. Su importancia es tal que ha condicionado la vida pública y sus instituciones desde sus manifestaciones más esenciales, hasta la ciencia, la literatura y el arte. Incluso, en el pasado siglo, ha dado lugar a una disciplina, la Polemología, con pretensiones de ciencia, aunque quizás sería mejor referirse a género ensayístico, cuyo empeño es desentrañar las leyes y las manifestaciones del fenómeno bélico. No es extraño que la participación en un conflicto y sobrevivir a los combates determine la vida individual y colectiva de generaciones, transformando o impulsando ideas y comportamientos que están vinculados con la propia experiencia. La guerra es una realidad histórica presente y me temo que también futura, cuya influencia en la sociedad que la padece es radical pues tiene una capacidad excepcional de transformación de estructuras, ideas y comportamientos. La guerra es sin duda una de las cuestiones universales del hombre por lo que está presente con calidad de protagonista en el arte y en la literatura desde sus orígenes en términos semejantes a los del amor, la religión, la muerte y el sexo. Y, sobre todo, es el acontecimiento histórico por excelencia, presente en todo relato de este género y en el origen de casi todas las transformaciones.

Muchas de las obras que forman el género de la literatura pacifista –que no surge hasta después del horror de 1914 y que arranca desde los inicios de la propia literatura con La Ilíada, obra cumbre de la literatura bélica, si no con la propia Biblia– suelen proceder de la pluma de quien ha vivido la experiencia directamente. Es probablemente el caso de Homero, si damos por bueno que fuera el autor de La Ilíada, y seguro el de Tucídides, Jenofonte, Julio César, del Canciller López de Ayala, del anónimo autor del Estebanillo González o más recientemente de Stendhal, Léon Tolstoi, Ludwig Renn, Ernst Jünger, Heinrich Böll o António Lobo Antunes, por mencionar solo algunos entre los más destacados de un inmenso arco literario que se extiende por todas las épocas. En las obras de estos autores que han sido soldados la guerra tiene un protagonismo variable, a veces esencial y a veces supeditado al relato principal, se encuadre bien en la historia o en la ficción. Dentro de estas obras hay un subgénero especial formado por aquellos textos que recogen la experiencia de sus autores en la guerra, cuyo protagonismo en los acontecimientos varía desde un papel dirigente, en este caso suelen ser memorias o crónicas, al anonimato del combatiente, quien proporciona una visión del conflicto tan personal e interesante como muchas veces exacta. Los primeros ejemplos de este género, que tiene mucho de testimonial, serían quizás los textos de Jenofonte y Julio César. Y es que la literatura suele ser uno de los medios más adecuados para aproximarse a los acontecimientos e intentar desentrañarlos. Algunas de estas obras describen los diferentes aspectos de la guerra a veces desde la práctica bélica, es decir, de la táctica y la estrategia, como en el caso de Julio César, pero también desde los sentimientos personales, las características del combate, la relación con los camaradas, la idea del enemigo y de los civiles, las armas empleadas, el campo de batalla y sus efectos o la manera de concebir la lucha y la muerte.

Este género, a medio camino entre el relato y las memorias, tiene un extraordinario desarrollo a partir de 1914, cuando la Gran Guerra cambia definitivamente la forma y la idea de conflicto y al combatiente, culminando la transformación iniciada un siglo antes. Hasta la revolución industrial y la aplicación de las nuevas técnicas al ámbito bélico que modificaron las ideas acerca del combate y la dirección de la guerra, desde las artes y las letras se contempló el conflicto como una oportunidad para cantar el heroísmo de quienes participaban y las victorias de los que la dirigían. Aunque no se esquivaron las descripciones del sufrimiento y la crueldad de los acontecimientos, a la hora de tratar de la guerra predominaba la descripción heroica, individual y colectiva, que impulsa la épica. La guerra era una actividad que tenía algo de deporte, de competición, de la que se evitaba ahondar en sus horrores, siempre presentes, fuera en la época que fuera. Probablemente, la limitación de los daños y las características de los conflictos anteriores al siglo XIX junto a la más o menos aceptada separación entre combatientes y civiles, condicionaron el desarrollo de la literatura pacifista, que irrumpe como género tras el nuevo horror que supuso la Primera Guerra Mundial.

Desde la Revolución Francesa y sobre todo desde las Guerras Napoleónicas, se desarrollan a lo largo del siglo XIX todos los elementos que acaban por transformar la forma de hacer y de entender la guerra. Unos cambios que tienen sus referentes en las revoluciones burguesas y en la industrialización, que culminarán en el siglo XX. En lo referido a la guerra, diríamos que se trata de un proceso de involución civilizadora, pues se produce un regreso a los criterios imperantes en las guerras de la Antigüedad, a la barbarie primitiva. Era esta un tipo de guerra arcaica, salvaje, sin apenas regulación explícita, en la que el exterminio del contrario, el botín en sentido amplio y la conquista eran el objetivo de la guerra y de los combatientes. Los daños y los objetivos estaban limitados no tanto por la normativa como por los medios y los recursos disponibles. Por su parte, los combates se desarrollaban sin reglas establecidas, aunque, como señala Gaston Bouthoul[1], el creador de la Polemología, la guerra siempre ha estado sometida a rituales mágicos y a comportamientos específicos, así como a reglas jurídicas particulares, aunque variables a lo largo del tiempo.

Quizás el modelo más acabado de guerra total en la Antigüedad sea el practicado por Roma, aunque Asiria también había llevado a cabo con anterioridad una guerra de características similares. Es un tipo de conflicto que hoy diríamos que es prácticamente asimétrico, en el que el enemigo carece de la consideración de semejante y que tan solo se valora, más allá del exterminio, por su condición de futuro esclavo. En los combates de la Antigüedad las matanzas de prisioneros eran frecuentes, limitadas tan solo por los medios empleados, y la consideración de la población civil y sus bienes como botín de guerra era lo habitual. A los pueblos vencidos se les aplicaba de manera sistemática el derecho de conquista, que en Roma se incorporó al ordenamiento jurídico. Por su parte, el legionario romano, un soldado profesional, luchaba primero por la República y luego por el Imperio, pero siempre por esa entidad superior casi una divinidad, que era Roma, lo que le daba a la guerra una trascendencia que justificaba las acciones, si es que hiciera falta. Con el cristianismo se ponen las bases de una regulación más precisa de la guerra a partir del reconocimiento de su realidad, de su carácter consustancial a la naturaleza humana, como señala Michael Howard[2]. Según este autor británico, fue San Agustín quien estableció las bases para la aceptación de la guerra con diferentes hallazgos teóricos llamados a tener futuro durante más de un milenio. Primero apunta la concepción de la “guerra justa” y, más tarde, en relación con ella, la idea de limitación de los combates y de la adecuación de los daños a los objetivos, una pretensión que lleva implícita una concepción negativa del fenómeno bélico. La justicia o no de la guerra estaría determinada por la doctrina de la Iglesia, por la exigencia de restablecer el orden sancionado o por luchar contra los enemigos de la fe, pero contemplada siempre como último recurso para solucionar los contenciosos.

A lo largo de la Edad Media se fueron ajustando las ideas de guerra justa y de guerra cruel y su corolario de guerra lícita e ilícita, al compás del desarrollo de las reglas de la caballería que regían el desarrollo del conflicto y la formación y comportamiento de la nobleza, el estamento social que tenía encomendado el ejercicio de las armas en defensa de la sociedad. A la hora de concebir la guerra, el rasgo esencial de la caballería era el respeto a las normas de la Iglesia y al código del honor nobiliario, es decir, caballeresco, así como la exaltación del combate individual y el valor personal. Unos principios que dejaban fuera de la guerra, considerada una actividad aristocrática, a la población no combatiente, de manera que los que ahora llamaríamos población civil serían una combinación de auxiliares y espectadores. El modo aristocrático de guerrear estaba definido, según señala Max Weber en una obra ya clásica[3], por las exigencias de la lucha heroica y personal, como si se tratara de una combinación de torneo y espectáculo teatral en el que se rendía culto al honor y a la hazaña como arte. Unos aspectos que he resaltado en relación con la Castilla medieval en Un torneo interminable[4]. Es esta una idea de la guerra cuya naturaleza la resumió en la época Godofredo de Charny al afirmar que “quien más hace más vale”. El objetivo esencial en el mundo caballeresco, antes que la victoria, era alcanzar la gloria personal para lo cual solo se exigía un requisito esencial, el valor ilimitado. En la guerra era necesario que el caballero fuera tan valiente como pródigo en la vida social para mostrar su procedencia. Sin embargo, esto no bastaba, ya que debía combatir con honor, es decir, de acuerdo con las reglas de la caballería expresadas en los tratados y practicadas en los torneos y justas. Ello suponía luchar sin doblez ni traición y sin recurrir a las maniobras y a los ardides, reñidos con el enfrentamiento directo y frontal. Las acciones protagonizadas por quienes participaban de estos principios evidenciaban una caballerosidad anacrónica no exenta de riesgos, algo que se incrementaba a medida que se debilitaban los principios caballerescos en los últimos siglos medievales. Sin embargo, y a pesar de ese canto desmedido al valor, la prudencia, valorada por los autores clásicos, se consideraba la virtud principal de la caballería y la característica que distingue al caballero y lo convierte, según Jesús D. Rodríguez Velasco,[5] en un ser pensante, distinto de una máquina de luchar que se lanza al combate ciegamente.

A finales de la Edad Media esta idea caballeresca de la guerra que atendía sobre todo a cuestiones ajenas a las razones bélicas, colisionaba con un proceso de innovaciones técnicas y de racionalización de las tácticas militares que acabó imponiéndose a los planteamientos caballerescos. Esta realidad confirma la afirmación de Johann Huizinga[6] acerca de la incompatibilidad de las ideas caballerescas con la estrategia y la táctica propias del arte de la guerra moderna, concebida como actividad independiente y con leyes propias. No obstante, parte de este espíritu de la caballería perduró tanto en la literatura como en el código de conducta de los mandos de los ejércitos modernos y profesionales y en los valores que los inspiraron, al menos hasta la Revolución Francesa. Se puede decir que la esencia de lo que hasta el siglo XX se ha considerado el espíritu militar tiene su origen en los principios de la caballería acerca de la guerra. Como señala Gaston Bouthoul, con la regulación y la aplicación de los valores caballerescos se ennobleció la guerra, alejándola de la primitiva pelea, al tiempo que alumbraba el concepto del valor militar contemporáneo, reservado a los profesionales de las armas. Durante los siglos medievales, y con la elasticidad y las excepciones que requiere el caso –como las representadas por las Cruzadas, las guerras contra los herejes albigenses y husitas o la actividad de las compañías de mercenarios–, la guerra matizó algo su crueldad al realizarse con viejos criterios de limitación impuestos por la doctrina cristiana y los principios de la caballería. Incluso cuando se consideraba justa y se hacía contra enemigos diferentes, eso que hoy día se llaman contendientes asimétricos, se puede hablar de una guerra limitada en la que las destrucciones y las bajas se reducen por motivo morales y bélicos al desarrollo de las campañas y a unos objetivos concretos y sobre todo adecuados al combate. La guerra era una práctica aristocrática, una actividad reservada a unos pocos profesionales, miembros de cualquiera de los distintos rangos nobiliarios, de ahí su regulación, y por ende limitación, que es más intensa cuanto mayor es la aristocratización del conflicto.

El fin de la ejecución sistemática de los prisioneros, aunque esta práctica jamás desapareciese, propia de la Antigüedad, así como la disminución de los ataques a la población civil y de los daños indiscriminados a los bienes de los enemigos, parece que fue una realidad en los siglos de la Edad Moderna. Solo con las guerras de religión en el siglo XVI, especialmente las que asolaron Francia, rebrotó una violencia que remite a la barbarie de la Antigüedad y que anticipa lo que habría de llegar en el siglo XX. Desde el final de la Guerra de los Treinta Años, que empezó como una guerra de religión y acabó como lo que era en realidad: una lucha por la hegemonía continental entre Estados, se abre un periodo que llega hasta el siglo XIX en que la guerra estaba hecha por profesionales y desarrollada de acuerdo con unas reglas implícitas. Pero, sobre todo, con la modernidad la guerra empieza a convertirse en una forma de relación entre los Estados modernos aceptada al margen de los motivos morales que la justificaban. Es decir, comienza un camino inverso al recorrido desde el comienzo de la Edad Media, un proceso de secularización, pero también de institucionalización que es independiente de la idea de guerra justa y de las normas religiosas. Fue el holandés Hugo Grocio, como señalan Jean Touchard[7] y George Sabine[8], quien defendió en su obra Del derecho de la guerra y de la paz, escrita en 1625, la facultad de los Estados para declarar la guerra a partir de la defensa de la libertad de comercio de las Provincias Unidas. Para Hugo Grocio los conflictos entre Estados en defensa de sus intereses son necesariamente justos, al margen de motivaciones morales. Desde este punto de vista, independiente de criterios religiosos y éticos, la guerra ya no se contempla solo como una manifestación de la naturaleza humana sino sobre todo como una opción de los reinos y por tanto una forma legítima de relación entre ellos, aunque se considere el último recurso al que debe acudir el soberano. Esta realidad, que sanciona la realidad política de la guerra, lleva a la regulación de los conflictos de acuerdo con las normas que regían la actividad de los Estados y a una voluntad de humanizarlos, lo que implicaba una limitación tanto de su práctica como de sus objetivos. Así mismo, suponía un alejamiento tanto de las pasiones y de las ideas que impulsaron la guerra primitiva propia de la Antigüedad o las guerras de religión. Un tipo de guerra que, impulsada por razones diferentes, rebrotará en 1789 y sobre todo después de 1918 con intensidad desconocida como una guerra ideológica, apoyada en los avances técnicos y en las nuevas ideas.

 

La nueva guerra

En el periodo que finaliza con la Revolución Francesa, los conflictos que tuvieron lugar en Europa estuvieron en su mayor parte muy regulados y limitados, especialmente tras la Guerra de los Treinta Años, que había mostrado la oscura cara de la intolerancia religiosa. Fueron unos conflictos en los que se enfrentaron unos ejércitos permanentes y profesionales, entrenados y dotados del material adecuado para el tipo de combate previsto, que era una combinación de torneo y partida de ajedrez en la que el orden cerrado, expresión de la disciplina y el control, lo era todo. Incluso, el heroísmo, el alarde de valentía que acompañaba a las acciones caballerescas pareció matizarse por innecesario cuando no por exagerado e inapropiado para una guerra en la que los objetivos estaban limitados. En fin, se diría que nunca fue la guerra más civilizada ni más regulada que en el Siglo de las Luces, como si fuera expresión de la idea naciente de filantropía, de beneficencia y humanidad, pero también de adecuación de los medios a los fines sin sometimientos a las ideas, con la racionalidad científica tan propia del pensamiento ilustrado. Todo sin olvidar la persistencia del espíritu de la caballería que, más o menos adaptado, continuaba inspirando la formación de los oficiales, que en su mayor parte tenían un origen nobiliario, y el comportamiento de la tropa, lo que contribuyó a la limitación de daños.

Como prácticamente todo lo que constituía la realidad europea hasta 1789, el huracán desatado con la Revolución Francesa transformó radicalmente la idea y la práctica de la guerra. Con la instauración del régimen revolucionario en Francia llegó la idea de nación y de soberanía nacional, una idea poderosa que suponía conceder a los habitantes de los Estados europeos un protagonismo hasta entonces desconocido. A partir de ahora la guerra ya no se llevaba a cabo en defensa de los intereses del rey sino de los ciudadanos, por lo que los criterios que la inspiraban no podían ser otros que la defensa de las ideas y los valores del orden revolucionario frente a quienes mantenían valores distintos. Era la guerra de valores, ideológica, en la que los acuerdos entre diferentes eran algo prácticamente imposible. La entrada de las masas en la política desde 1789 supuso también su entrada en los ejércitos mediante el reclutamiento generalizado, un hecho en el que muchos autores, como el conocido especialista John F. Ch. Fuller[9], sitúan el origen del liberalismo y la democracia. La movilización masiva introducida por la Convención republicana en Francia, asumida rápidamente por Prusia en 1813 y a lo largo del siglo XIX por el resto de los países, permitió el empleo de grandes unidades de soldados que habían sido instruidos rápidamente tras ser llamados para combatir casi siempre de manera forzosa y general. El reclutamiento obligatorio, y su reverso, la desprofesionalización del ejército, es la máxima expresión de la nación en armas y el origen del cambio en la idea de la guerra y de las fuerzas armadas. Luego, las mejoras en la artillería y en el armamento ligero, junto al incremento de su capacidad de fuego, acabaron con las tradicionales unidades desplegadas en línea mediante formaciones, que fueron sustituidas por fuerzas dispersas para evitar el fuego cada vez más intenso y preciso.

Desde entonces los ejércitos dejaron de ser profesionales y reducidos para convertirse en nacionales y masivos, mientras que la guerra, a impulsos del nacionalismo y del liberalismo que rechazaba la monarquía absoluta, perdía la limitación que suponía la adecuación a unos objetivos que ahora iban más allá de los territoriales y económicos. A partir de este momento el choque entre las ideologías surgidas en 1789 en forma del nacionalismo liberal y de su contrario, la contrarrevolución, iba a determinar un nuevo tipo de guerra. Una guerra en la que los valores y lo irregular, lo no profesional, iba a tener un protagonismo creciente. La población civil de nuevo volvió a ser objetivo de unos ejércitos numerosos que tenían a veces problemas de abastecimiento, que además de imponer su autoridad exigían plegarse a las ideas que defendían. No es de extrañar que, a causa de las nuevas exigencias, de una población hasta entonces al margen de la guerra, surgiese un tipo de combatiente nuevo, irregular. Se trata del guerrillero o partisano, que luchaba impulsado por motivaciones más ideológicas que políticas, y lo hacía con tácticas y principios diferentes a lo establecido y sin atenerse a ninguna regulación. Contra estos nuevos combatientes que en ciertos aspectos democratizan la guerra y la desregulan se dirige la represión que acompaña a los conflictos contemporáneos. La figura del partisano, que estudiará Carl Schmitt, es un nuevo tipo de combatiente determinado por el compromiso político y la irregularidad, es decir, su falta de profesionalidad, que se sitúa fuera de las normas de la guerra que precisan quién es el enemigo y cómo combatirlo. Son combatientes alternativos en una guerra alternativa.

Hay un inestimable testimonio artístico de la época que adelanta unos hechos que desde entonces se irá poco a poco haciendo habitual. Se trata de la pintura de Francisco de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo, en la que un grupo de soldados uniformados fusila a unos madrileños de paisano que se habían enfrentado el ejército regular francés en la montaña del Príncipe Pío. Es una pintura de historia que, como tal, ha estudiado entre otros Hugh Thomas[10], que, como sucederá con la literatura, ya no glorifica ni los actos heroicos ni a los combatientes, sino que recoge el horror de la que ya se puede considerar la guerra contemporánea que implica a toda la sociedad. Además, está modernidad la recoge Goya no solo en el tema sino también en la forma. Si los fusilamientos de civiles adelantan una práctica que se hará común en la centuria siguiente, la técnica y la pincelada, suelta y libre, así como la distancia del realismo, anuncian los nuevos rumbos de la pintura que todavía tardarán más de medio siglo en aparecer. Aún más explícito a la hora de recoger la novedad de los conflictos que siguieron a la Revolución Francesa, es la serie de grabados Los desastres de la guerra, que realizó Goya desde 1808. Se trata de un conjunto de estampas calcográficas que, a modo de instantáneas, muestran la nueva violencia surgida durante la Guerra de Independencia, la confusión entre combatientes y población civil, al tiempo que suponen la presencia en el arte del cadáver y de las nuevas armas como ese cañón representado detalladamente que domina la imagen del grabado titulado ‘¡Que valor!’. Son el testimonio de un aspecto de la guerra que siempre ha existido, especialmente en las guerras de religión, que, a raíz del conflicto entre revolución y contrarrevolución surgido en 1789, resurge con el impulso de la ideología revolucionaria y se expresa con nuevas características al tiempo que se generaliza. En los grabados goyescos están presentes los nuevos elementos militares como la artillería y la nueva uniformidad –más funcional que teatral–, los cadáveres, las mutilaciones, la violencia más espantosa y primitiva, ejercida de manera generalizada en una guerra que excluye todo heroísmo y regulación que la limite, y que se representa de manera explícita. En muchos aspectos, Goya ofrece la descripción adelantada de lo que se extenderá desde entonces en los nuevos conflictos.

Tras las guerras napoleónicas, en las que el empleo intensivo de la artillería y de unos ejércitos cada vez más numerosos fueron la principal novedad gracias a una movilización de recursos y hombres desconocida hasta entonces, se abrió un largo periodo de paz en el continente. Una época coincidente con el desarrollo de la técnica y de la industria, cuyos logros se aplicaron inmediatamente a la guerra, contribuyendo a la transformación, primero, de los ejércitos y, más tarde, del fenómeno bélico. A lo largo del siglo y al compás del desarrollo de la artillería y de armas cada vez más sofisticadas, de la aparición de ejércitos masivos a los que se podía abastecer gracias al incremento de la productividad de alimentos y armas, formados por soldados y oficiales procedentes del reclutamiento, e inspirados por el entusiasmo patriótico y las nuevas ideologías surgidas del proceso revolucionario liberal, cambiaron radicalmente los motivos y la forma de combatir y de considerar al enemigo, contemplado cada vez con mayor distancia física y moral.

Aunque se afirma que desde Waterloo Europa vivió poco menos que una paz perpetua que parecía dar la razón a las ideas de Kant, la realidad es otra, pues la guerra existió y no solo desplazada a la periferia colonial. Hubo una serie de conflictos en el continente que ya anticipaban lo que habría de llegar en el nuevo siglo como la Guerra de Crimea, la Guerra Franco Prusiana y las Guerras Balcánicas, estas ya en el siglo XX, en las que el elemento impulsor esencial fue el nacionalismo, no las razones dinásticas, y en los que ya se manifestaban aspectos ideológicos que sustituyeron a los religiosos y que iban más allá de los Estados. Todo sin mencionar los movimientos revolucionarios de 1848 y 1871 y el empleo de la represión como arma de guerra, que anticipaban, sobre todo con el caso de la Comuna de París en 1870, lo que ocurriría a raíz de la Revolución y la guerra civil en Rusia, un acontecimiento verdaderamente esencial.

Tanto en la Guerra de Crimea, que tuvo lugar entre 1853 y 1856, como en la Franco Prusiana de 1870, apenas se aplicaron innovaciones técnicas destacadas en lo que se refiere al armamento, excepto el ánima rayada de los cañones y fusiles, aunque sí se emplearon el ferrocarril, el telégrafo y el vapor. Todo ello hace que se les pueda considerar la culminación y el perfeccionamiento de las características aparecidas en las guerras napoleónicas. Sin embargo, en los relatos de los participantes ya se encuentra, como en un trasfondo, la realidad bélica que aparecerá en la Gran Guerra. Un escritor tan destacado como Léon Tolstoi, quien participó en la Guerra de Crimea, recoge en su novela El sitio de Sebastopol, publicada en 1855, la vida de la guarnición rusa en los fuertes y trincheras de la ciudad, sometidos al fuego constante de la artillería franco británica. No son excesivas las descripciones, pero basta leer las referidas a la vida en los baluartes de piedra de Malakoff durante el asedio o el protagonismo que concede a la artillería, para encontrar el anticipo de la realidad bélica que aún tardaría en relatar Ernst Jünger. En El sitio de Sebastopol el bombardeo artillero y la superior cadencia de fuego de las armas ligeras preludia la cortina de acero que aparece en 1914, al igual que la vida en las trincheras que ya describe sometidas al bombardeo, llenas de “barro liquido, amarillo y fétido”, con agujeros llenos de agua y proyectiles de cañón semienterrados. Durante el bombardeo, Tolstoi diferencia con detalle el fuego del cañón de los disparos de mortero de grueso calibre: “Veis el globo negro caer en tierra y estallar la bomba con crepitación metálica. Los cascos hienden los aires silbando y crujiendo; las piedras entrechocan y el fango os salpica todo. Ante ruidos tan diferentes sentís extraña mezcla de gozo y terror”. Pero, sobre todo, Tolstoi muestra su impresión por los heridos, cuyas imágenes repite con una viveza hasta entonces poco habitual, que muestran los horrores de una guerra que empieza ya a ser moderna. Son las víctimas de los bombardeos de artillería, con heridas y mutilaciones desconocidas hasta ese momento. En la obra del escritor ruso son numerosas las descripciones bélicas como las de los combates nocturnos, los golpes de mano o la confraternización esporádica entre franceses y rusos, que anticipan la guerra de posiciones de la Gran Guerra. Las páginas dedicadas a la guerra en El sitio de Sebastopol, al contrario que en Guerra y paz, tienen más intensidad y fuerza, es decir, un contenido más real que procede de la experiencia bélica del autor. Sin embargo, y a pesar de la importancia del nacionalismo en este conflicto, como en la Guerra Franco Prusiana, en la obra de Tolstoi apenas hay rasgos de la deshumanización y desregulación de la guerra, de esa disimetría entre los beligerantes y de confusión entre civiles y combatientes que se impondrá tras la Gran Guerra.

Esta realidad no significa que no existan unos conflictos que adelantaban algunos de los rasgos que tendrá la llamada guerra civil europea, determinada sobre todo por la aparición de la neobarbarie, en términos de Giovanni de Luna[11]. Se trata de un tipo de enfrentamiento abierto en 1914 que ha analizado Enzo Traverso[12] en un libro, esencial y revelador, de idéntico título del más polémico de Ernst Nolte[13] que está menos centrado en la esencia de los conflictos que determinan el periodo, cuyo título original era À feu et à sang. La expansión imperial europea, especialmente de Gran Bretaña y Francia, por África y Asia, pero también de Rusia, Italia o España, más modestamente, supuso el choque con poblaciones nativas culturalmente ajenas a la civilización europea. La resistencia de los pueblos indígenas hizo que la penetración europea se llevara a cabo con violencia, pero sobre todo con criterios de asimetría entre las partes combatientes, es decir sin normas que regulasen la guerra al no reconocerse al enemigo como igual. Esta falta de regulación era la consecuencia de aplicar los criterios en que se apoyaba la intervención colonial, es decir en la expansión de la civilización europea considerada superior a las locales y en principios propios del derecho natural y de conquista. Unos criterios racistas y eurocéntricos que se unían al nacionalismo y a un creciente militarismo, que implicaba una desigualdad entre los dos bandos y que iba más allá de las diferencias en el armamento. Como señala Victor G. Kiernan[14], era una guerra sin limitaciones que partía de la idea comúnmente aceptada de que una guerra contra los salvajes no podía desarrollarse mediante las reglas habituales, reservadas para quienes compartían valores al menos semejantes. El resultado de esta concepción del enemigo como un ser diferente fue que toda la población, combatiente o no, se convirtiese en objetivo militar. Fuera de Europa, el maltrato a los prisioneros, las violaciones y el empleo de la fuerza de manera desproporcionada con el objeto de intimidar eran procedimientos habituales, lo que revelaba la actitud racista con que se conducían los ejércitos europeos. Como señala Giovanni de Luna, el trato dedicado a los cuerpos de los caídos revela su consideración al tiempo que el carácter del conflicto, lo que explica las mutilaciones y otras atrocidades que practicaron los ejércitos europeos en territorios coloniales. Era un tipo de guerra marginal, lejana y salvaje, cuyos rasgos se pensaba que nunca se darían en la civilizada Europa, donde precisamente culminarían unas décadas más tarde.

No resulta sorprendente que en las guerras coloniales no se diferenciase entre combatientes y retaguardia de manera que la población civil se convirtió en objetivo militar de manera sistemática. Es lo que sucedió con las poblaciones de Sudáfrica, Zimbabue, Sudán, Nigeria, Congo, Pakistán, India, Afganistán, Birmania, Malasia, Indonesia, Indochina, Australia, Marruecos, Argelia, Siberia, Estados Unidos y Canadá… que, a lo largo del siglo XIX, el de la paz en Europa, fueron el escenario de la expansión colonial de las potencias continentales. Acompañando las campañas de ultramar, y como manifestación de la visión eurocéntrica imperante, surge una literaria de conquista –reverso de la mirada de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, inspirada en el Congo– que, ignorando la realidad del tipo de guerra que se daba, ensalzaba la figura heroica del aventurero más que del militar profesional, que se prolongará a lo largo del siglo XX, dando lugar a un género de aventuras coloniales. Desde una perspectiva neorromántica y colonial se difunde la valoración de la violencia y de una guerra en la que el enemigo no puede considerase igual. Es lo que sucede, por citar solo algunas obras muy populares, con Rudyard Kipling, con Las cuatro plumas de A. W. Mason, publicada en 1902, o la más tardía, de 1930, Tres lanceros bengalíes, de Francis Yeats-Brown, de la que tan entusiasta parece que era José Antonio Primo de Rivera.

En España hay también un subgénero literario que es la novela colonial dedicada a Marruecos, uno de cuyos primeros ejemplos sería Aita Tettauen, el episodio nacional de Benito Pérez Galdós, aunque será en el siglo XX cuando tenga un mayor desarrollo. No solo incluirá textos contrarios a la guerra sino también otros que suponen, desde perspectivas tan distintas como complementarias, un canto a la guerra y a la expansión española por el norte de África. Un asunto del que nos hemos ocupado en el capitulo ‘La guerra colonial de Luys Santa Marina’ en Los años de fuego[15]. Quizás los autores y obras de esta literatura belicista africana que mejor reflejan la idea de la guerra que tenían los combatientes en Marruecos eran Diario de una bandera, las memorias del entonces comandante del Tercio, Francisco Franco, y Tras el águila del César. Elegía del Tercio, de Luys Santa Marina. Ambas recogen con naturalidad y complacencia la neobarbarie propia de las guerras coloniales que tienen lugar después de la Gran Guerra y de la guerra civil rusa. De esta forma se inaugura el periodo de la llamada guerra civil europea, entendida como el choque entre miembros de un mismo espacio cultural, es decir, de civilización, que se abre en 1914, que supera a los Estados implicados.

El mundo de las guerras coloniales, desarrollado siempre en tierras que se consideran exóticas, es también el ámbito en el que aparece un tipo especial, el del aventurero. Un tipo que va más allá del guerrero o del militar profesional, en el que la violencia como la muerte es un elemento natural y un medio legitimo de actuación. En muchos aspectos este personaje participa de la idea propia del decadentismo que contempla la muerte desde un punto de vista estético y deshumanizado. Una visión próxima a la exaltación neorromántica de lo heroico, más o menos como ya aparece en Salambó, la novela histórica de Flaubert publicada en 1865 que preludia el decadentismo, en la que se describe morosamente la guerra entre cartagineses y mercenarios sin ahorrar detalles ni comportamientos atroces, con descripciones que remiten a La Iliada. Esta inclinación a la aventura que implica la participación en un conflicto y compartir la apología de la violencia y de la guerra, es en cierto sentido una forma de rechazo de la sociedad, pero también expresión de una supremacía que pasará del racismo primario a la ideología política en poco tiempo, a veces incluso de forma combinada. Además, el héroe colonial siempre lo tiene fácil, pues la disimetría en recursos militares en favor de los ejércitos coloniales permite jugar con la superioridad que da enfrentarse con artillería y fusiles a lanzas y arcos. Esa diferencia favorable a los europeos aproximaba la guerra a un deporte en el que la derrota estaba adjudicada desde el comienzo. Así, el fervor por el acero, el entusiasmo por la guerra, se desarrollaba en un entorno de épica más falsa y teatral que verdadera, que aseguraba la gloria, aunque hubiera excepciones, se llamasen Little Big Horn, Isandlwana o Annual.

Es el aventurero, invirtiendo el orden fijado por Roger Stéphane, un antecesor del militante del siglo XX, con quien comparte más de un rasgo. Es, como el dandi, un personaje que encarna un tipo de contestación a la sociedad liberal extremando algunos de los elementos que la caracterizan, como el nacionalismo o el militarismo. En estos hombres lo de menos es el éxito, lo esencial es la huida, la búsqueda de un destino que no encuentran en una sociedad que, como insiste Stéphane, les aburre y a la que no se adaptan. Un spleen guerrero que adelantó Lord Byron con tintes románticos y que se vuelve aventura imperial en los personajes un tanto marginales del Hombre que pudo ser rey de Rudyard Kipling. Un mundo en el que la violencia y la guerra es un acontecimiento considerado esencial y formativo en la vida del hombre y que además inspira una especial camaradería que tiene sus orígenes en la Antigüedad. Siempre teniendo en cuenta que lo esencial en la vida del aventurero es la acción y no la siempre excesiva victoria, en el fondo poco elegante. Una acción que es un fin en sí mismo y que tiene capacidad para crear una realidad que se justificará intelectualmente, algo que señala también Stéphane. Es el camino que llevará a Ernst Jünger y a T. E. Lawrence, pero también a Ernst von Salomon o a André Malraux, quienes ya eran una cosa muy distinta.

 

El siglo del acero

Fue a partir de 1870 cuando la guerra, como dice Michael Howard, deja de ser definitivamente una aventura romántica y regulada para convertirse en un acontecimiento científico. Un cambio que coincide con la aparición de una corriente favorable al conflicto armado y a la violencia que anticipó Hegel al proclamar aquello de “demos paso a los fuertes” que luego tanto se procuraría cumplir. Desde la Guerra Franco Prusiana se incrementaron las innovaciones aplicadas al armamento que luego se empleará en la Primera Guerra Mundial en la que será la primera guerra industrial y, en algunos momentos, incluso total, lo que es casi una redundancia, que culmina el proceso abierto en 1789. Este periodo, iniciado en 1870, conocido como la Paz Armada, será también la época en la que en la sociedad europea comienza a cuestionar los principios en que se basa históricamente, como los valores cristianos y el racionalismo ilustrado, y las nuevas formas económicas y sociales aportadas por el capitalismo, que originan el socialismo y el anarquismo. Son los primeros síntomas de la crisis del liberalismo que se irán incrementando a lo largo del siglo XIX y que estallará con la Gran Guerra.

Inseparable de este rechazo hacia la sociedad liberal habría que situar la difusión de algunos aspectos del pensamiento de Nietzsche, difundido durante el último tercio del siglo XIX. Hay una proclamación de lo que denomina dionisiaco y heroico que se traduce en la subversión de las normas vigentes para superar la decadencia y el peso de la historia que encarna el simbolismo y el pasadismo historicista. Un rechazo de esos modelos que luego se intensificará con el futurismo y el apogeo de la técnica y de la guerra como elementos para superar las limitaciones de la sociedad liberal. El vitalismo, la acción, lo heroico suponen el rechazo a la negación de la muerte y a su ocultación, es decir, a su consideración como un acontecimiento negativo. Pero también son una valoración de los mitos ancestrales como la aventura y la admiración hacia el héroe. Así, entre sectores paulatinamente más amplios se valoraban cada vez más la guerra y la violencia como una exaltación neorromántica y formativa, lo que suponía una aproximación al nihilismo.

Esta exaltación del vitalismo, del primitivismo frente a las normas será característica de los llamados “jóvenes barbaros” que irrumpieron en el mundo político y cultural de la sociedad europea a finales del siglo XIX. Con ecos del Romanticismo, las nuevas generaciones de fin de siglo proclamaban la ruptura con el pasado con las normas clásicas como modelo válido, es decir con la razón y la historia, los dos elementos que desde la Ilustración se convierten en los pilares de la sociedad burguesa. Al mismo tiempo, y con un aliento plenamente romántico, se confirma la concepción identitaria que impulsa el nacionalismo decimonónico, es decir, la consideración de la Nación como la empresa común a la que se refería Ortega y Gasset, formada por un pueblo como una entidad natural y por tanto más autentica que el Estado, considerado una institución artificial que no representa adecuadamente a los pueblos que engloba. Es un nacionalismo étnico basado en la comunidad, en el elemento simbólico que representan los lazos de sangre, que convive con el sentimiento nacional propio de los estados europeos pluriétnicos –es decir, la mayoría– basados en el individuo, y que será uno de los elementos, junto al antisemitismo y el racismo, que contribuirán a alentar y a dar su carácter a la guerra civil europea.

Mucho antes de 1914 y a impulsos del nacionalismo excluyente, del culto a la violencia alentado por los principios nietzscheanos y de la afirmación del Estado como institución superior, la guerra se valoraba como un fenómeno renovador, agitador, de la sociedad decadente y liberal. Un acontecimiento que, de acuerdo con lo que anunciaban conflictos como la Guerra de Secesión americana, la Franco Prusiana, la Ruso Japonesa o las Balcánicas –estas ya en vísperas de la Gran Guerra, con un despliegue de nuevas técnicas y tácticas–, no se parecería a las anteriores. Se intuía que la nueva guerra exigirá la movilización de toda la sociedad y de todos los recursos, para un enfrentamiento de ejércitos de masas durante un periodo de tiempo más prolongado. Se intentaba que existiera una equivalencia entre la nación y el ejército, un requisito esencial para la que sería la guerra total. Sin embargo, todas las previsiones se quedarían cortas ante la realidad que vendría después.

Al mismo tiempo, como adelantaban Filippo Tommaso Marinetti y el movimiento futurista antes de 1914, la guerra se veía no tanto como una forma de superar el decadentismo sino como un acontecimiento dinámico y renovador en el que culminaba la capacidad de la técnica, como la única posibilidad de cambiar una sociedad que se consideraba podrida. De ahí la idea de Marinetti de la guerra como higiene del mundo, de la que se ocupa Maurizio Serra[16] (2008), que tanta acogida tuvo entre quienes estaban frente a la sociedad burguesa en cualquiera de sus extremos. De esta manera, la guerra para un grupo de intelectuales y artistas de comienzos del siglo pasado se convierte desde antes de sus comienzos en un acontecimiento.

A lo largo del conflicto abierto en 1914 poco a poco fueron desapareciendo los escasos principios de la caballería que aun alentaban en sus comienzos en los ejércitos europeos, al tiempo que se fue desvaneciendo toda regulación de la guerra que limitaba sus efectos. En este sentido se puede considerar a la Primera Guerra Mundial como el momento en que se produce el cambio de la guerra tradicional y limitada a un nuevo tipo de conflicto, al aparecer durante la Revolución Rusa las primeras manifestaciones que caracterizará a la que se puede llamar guerra civil europea. Esta confluencia de elementos bélicos explica la contradicción que expresan las opiniones de aquellos que participaron en el conflicto con criterios previos a la guerra moderna, como Ernst Jünger o Pierre Drieu La Rochelle. Este último no deja lugar a dudas acerca de su idea de la guerra cuando en La comédie de Charleroi (1934), donde recoge su experiencia en las trincheras, afirma con desprecio que la “artillería es un arma burguesa” y “la infantería es la plebe”, mientras que el escritor alemán manifestó en una entrevista con Luis Meana en El País en 1995, casi un siglo después, que con pólvora no es posible ningún heroísmo. Como se ve, manifestaciones propias de una mentalidad aristocrática y romántica que chocaba con la modernidad de la guerra abierta con los cañones de agosto de 1914, como la llamó Barbara Tuchman en obra memorable[17].

Son conocidas las novedades bélicas aportadas por la Gran Guerra, que cambiaron definitivamente el carácter de los conflictos debido a la aplicación de las nuevas técnicas y de la industria al armamento y al material. Si las armas automáticas, las alambradas y las trincheras ya habían aparecido con anterioridad, la novedad vino ahora de la mano de la enorme concentración de una artillería con una potencia y cadencia de fuego desconocida, del empleo de los gases asfixiantes, de la aviación, los submarinos, los tanques y los vehículos a motor. Todo aplicado en una táctica de guerra de posiciones de una duración y desgaste desconocidos hasta ese momento. También fue una novedad la implicación de la sociedad en un esfuerzo bélico de dimensiones inéditas que afectaba a la población y la economía con intensidad desconocida, dando lugar a la llamada guerra total, en la que se fundían la retaguardia y el frente convirtiendo en combatiente a la nación entera. Todo ello impulsó el desarrollo de la propaganda, apoyada en los nuevos medios de comunicación de masas que se traduce en el auge del cartelismo, de las tarjetas postales y de la caricatura, de la fotografía y el cine. Tampoco es extraño que la población civil se convirtiese en objetivo militar esencial, no colateral u ocasional como había sucedido hasta entonces. Los bombardeos indiscriminados, el racionamiento, el trabajo en las fábricas, el reclutamiento masivo, la defensa pasiva, poco a poco y a modo de anticipo de lo que habría por venir en 1939 se fueron generalizando.

Aunque en el frente occidental y en el frente italiano las atrocidades propias de la deshumanización de la guerra, que luego se extenderían, apenas tuvieron lugar, al contrario que en el frente oriental o de los Balcanes, existían precedentes cercanos que alertaban de lo que no tardaría en suceder. Las guerras balcánicas de comienzos del siglo XX, que prácticamente enlazan con la Gran Guerra, desmienten la realidad del periodo de paz en el que supuestamente vivió Europa, pero también anuncian la deshumanización de la guerra que no tardará en aparecer con las atrocidades cometidas por los búlgaros con los prisioneros turcos, a las que Léon Trotski alude en Mi vida[18], cuando estaba en el frente en funciones de corresponsal de un periódico ruso. Sin embargo, como resume Ian Kershaw[19], en la Gran Guerra no dejaron de cometerse atrocidades entre la población civil en Bélgica, cuando las fuerzas alemanas ejecutaron a quienes consideraban combatientes irregulares y a los civiles que les apoyaban. Otra cosa fueron los frentes del Este de Europa y los Balcanes. Allí, el trato dado a la población civil por las tropas rusas, austriacas, alemanas y turcas, era diferente del aplicado en tierras francesas. En zonas de Galitzia, Polonia y Serbia se sucedieron los pogromos, las destrucciones de las aldeas y las ejecuciones de civiles considerados hostiles. Si todo ello adelantaba en menor escala lo que habría de ocurrir, por el contrario, las matanzas de armenios y kurdos por parte de los turcos, realizadas en el contexto de un conflicto de carácter nacionalista y de hegemonía fronteriza, se puede incluir entre las prácticas genocidas que se aplicarán en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando a finales de 1914 finaliza la fase de la guerra de movimientos y comienza la fase de las trincheras, por primera vez los combatientes apenas se ven. La distancia y la mecanización de la guerra implicaban la deshumanización de la muerte y del enemigo, al tiempo que la posibilidad de un exterminio masivo e impersonal. Como dice Pierre Drieu La Rochelle en La comédie de Charleroi, “en la guerra de hoy todo es anónimo, como en la vida de hoy”. La imposición de la máquina al hombre acaba con las normas que hasta entonces limitaban la guerra, lo que suponía, según Giovanni de Luna, el retorno a un primitivismo bélico que el proceso de civilización, en términos de Norbert Elias, había limado con la aparición de una institución y una normativa reguladora de la violencia.

No se insistirá lo suficiente en señalar las particularidades de la Primera Guerra Mundial, que la diferencian de cualquier guerra anterior, aunque recuerde en algunos aspectos a la Guerra de los Treinta Años. En ella aparecen unos elementos nuevos, o de intensidad novedosa, que le otorgan el carácter de nexo entre los conflictos tradicionales y lo que se conocerá como guerra total, masiva e industrial, que alcanzará en los años siguientes a 1939 su punto culminante. Pero también en el conflicto abierto en 1914 se encuentran los orígenes de la llamada guerra civil europea que desde esa fecha se irá deslizando hacia una neobarbarie que culminará en la Segunda Guerra Mundial con una intensidad desconocida. Lo que comenzó como la manifestación de un choque entre Estados tradicionales y como consecuencia del nacionalismo desarrollado en la centuria anterior acabó con una división ideológica del continente a raíz de la aparición de la Revolución Rusa y de la aparición de movimientos contrarrevolucionarios de carácter moderno, como son el fascismo y el nazismo, que también negaban el sistema liberal. La Gran Guerra muestra la vinculación existente entre la modernidad y la barbarie, al tiempo que señala el fin del positivismo y de la fe en el progreso que inspiraba al liberalismo. En suma, el fin de la ilusión y la filantropía.

La mecanización e industrialización de la guerra junto a su duración e intensidad, dieron como resultado unas ruinas de dimensiones desconocidas y la transformación del paisaje por el bombardeo continuo de una artillería de calibres y capacidades explosivas muy superiores a las empleadas hasta entonces. Aunque el enemigo era un desconocido, agazapado en la lejana trinchera tras las alambradas y sacos terreros, en el propio bando los soldados podían apreciar los cambios que se habían producido en solo unos meses. Los uniformes coloridos que hasta entonces servían tanto para un desfile como para una línea de combate, habían dejado paso a los funcionales uniformes verdes, grises y caquis y a la generalización del camuflaje, una combinación de abstracción y cubismo aplicada a la guerra. Luego, los cascos ornamentados y las gorras fueron sustituidos por los nuevos cascos de acero y pronto la deshumanización alcanzó al aspecto con la imprescindible máscara antigás como anticipo del robot que no tardaría en crear Karel Capek en una Praga siempre algo inquietante desde Rodolfo II. No es de extrañar que esta guerra, cuya supuesta capacidad regeneradora, aunque sí de cambio, fascinaba a los futuristas y a aquellos que rechazan la estabilidad burguesa del liberalismo, transformase la forma que tenían el arte y la literatura de ver los conflictos hasta ese momento.

Tras lo ocurrido con los acontecimientos que se sucedieron desde 1914, cuando finaliza el siglo XIX que había empezado después de Waterloo, todo cambió en Europa y en el mundo, desde la forma de entenderse y desarrollarse la guerra a la propia organización del continente y de los principios en que se basaba. Todo sin olvidar a quienes participaron en la guerra, cuyas vidas e ideas se transformaron radicalmente como muestran sus testimonios literarios. Y es que fue precisamente en la literatura donde se produjo otro de los cambios que trajo la nueva guerra. El horror de las nuevas armas y sus efectos, desconocidos hasta ese momento, impulsaron una renovación de la literatura bélica, especialmente con la aparición de un verdadero subgénero como es el formado por la literatura pacifista. Pero esta literatura testimonial también impulsará obras belicistas escritas por aquellos que veían en la guerra una prueba suprema para hombres y sociedades que solo superaban los escogidos. Un elitismo heroico que desembocará en el culto a la violencia y en el fascismo. Desde este momento, la guerra no se contará ni se verá de la misma manera con que se había contemplado hasta entonces. Precisamente, de alguno de estos autores que inauguran una nueva literatura militarista que llegará al apocalipsis que se anuncia en 1939 y se abre en 1941, trata este Fervor del acero, en el que se recogen los testimonios tan distintos como coincidentes, de varios autores que antes de escritores fueron soldados en alguno de los conflictos de estos años de fuego. Unos escritores cuya experiencia bélica confirmó o determinó su inclinación política en los años de entreguerras, siempre próxima a opciones autoritarias, cuando no abiertamente fascistas.

Tanto la guerra como su carácter, lo recogió Pierre Drieu La Rochelle en un párrafo de su testimonial La comédie de Charleroi. Un texto que muestra también como el conflicto consiguió transformar el mundo existente e incrementar el rechazo al liberalismo y sus principios:

 

“Ellos (los hombres) han sido vencidos por esta guerra. Y esta guerra es mala porque ha vencido a los hombres. Esta guerra moderna, esta guerra de hierro y no de músculos. Esta guerra de ciencia y no de arte. Esta guerra de industria y de comercio. Esta guerra de despachos. Esta guerra de periódicos. Esta guerra de generales y no de jefes. Esta guerra de ministros, de dirigentes sindicales, de emperadores, de socialistas, de demócratas, de realistas, de industriales y banqueros, de viejos, de mujeres y de niños. Esta guerra de hierro y gas. Esta guerra hecha por todo el mundo salvo por aquellos que la hacían. Esta guerra de civilización avanzada. Nadie ha vencido en esta guerra”.

Es el testimonio de alguien que sufría la contradicción de haber combatido en una guerra de la que salió con una idea del mundo distinta, pero sin abominar del todo del acontecimiento bélico a pesar del horror del que había sido testigo y que había sufrido. La filantropía y el racionalismo surgidos con las Luces ceden en 1914 ante una guerra que impulsa el antipositivismo, el nacionalismo y el irracionalismo que están en el origen del fascismo y que le distingue de la contrarrevolución. Tras la experiencia radical de la Gran Guerra, el influjo de Nietzsche devendrá en nihilismo, en la glorificación del instinto y del subjetivismo, del impulso vital. El nacionalismo se convertirá en racismo identitario, que irá más allá de la política con la generalización de criterios étnicos y el antisemitismo, y la guerra generará tanto el pacifismo como su glorificación. Todo ello se convertirá en doctrina estética y en política que incorporará el fascismo. El final de la Gran Guerra se podría decir que no trajo la paz, pues supuso la alteración del mapa de Europa, la crisis del sistema liberal, así como la aparición del comunismo con la Revolución Rusa y del fascismo como una versión moderna de la contrarrevolución tradicional.

 

Trincherocracia y crítica de la retaguardia

Durante la Primera Guerra Mundial, como señala Michael Howard, aparece una élite de voluntarios, especialistas, profesionales y decididos, que destacan del resto de los combatientes. Son sobre todo los aviadores, un modelo de guerrero moderno que fascinaba a Ernst Jünger, los tripulantes de submarinos y los tanquistas, pero también los miembros de las fuerzas de choque como las creadas en el ejército alemán, las Sturmtruppen, de las que formará parte un joven Ernst Jünger, y los arditi italianos. Son un nuevo tipo de soldado, escogidos, profesionales y expertos en unas prácticas bélicas desconocidas, que disfrutaban con la guerra como actividad y que, según Howard, en muchos casos estaban socialmente inadaptados. Los integrantes de estas fuerzas de choque son especialistas que encarnan los cambios que señalan el paso al nuevo y moderno tipo de ejército y que Howard resume formalmente en el cambio del pickelhaube al stahlhelm, es decir del casco de pico antiguo y decimonónico al casco de acero moderno, que se dio en el ejército alemán. Estos cuerpos especiales son algunos de los integrantes de la nueva élite de la generación surgida de la Gran Guerra, como señalará luego con perspectiva y conocimiento Pierre Drieu La Rochelle[20]. La actitud, formación y dedicación de Sturmtruppen y arditi recuerdan a la de los routiers que integraban las compañías de mercenarios de la Guerra de los Cien Años, unos profesionales de la guerra con armamento diferente que actuaban al margen de las normas de caballería en los que la solidaridad interna respondía a criterios propios de fidelidad personal y liderazgo. También entre estos nuevos soldados de élite y sus mandos se establecieron lazos muy estrechos, más de hermandad que de camaradería que, en los días de la paz, cuando muchos de estos soldados escogidos estaban en paro y en una desorientación cercana a la anomia, actuaron de manera intensa. Entre ellos también existían casos de un nuevo padecimiento, consecuencia novedosa de la Gran Guerra, como es la neurosis de combate, surgida a causa de la exposición por mucho tiempo a un tipo de guerra de intensidad tan grande como desconocida. Quizás la nostalgia de la vida de trinchera y el fervor por la guerra que surgió al finalizar el conflicto especialmente en Alemania, Italia y Francia, con la proliferación de las asociaciones de combatientes, puedan considerarse como algún tipo de enfermedad de guerra o manifestación de esa neurosis, que se unió al rechazo de la sociedad liberal que trajo consigo el conflicto abierto en 1914 y a la crisis cultural que la siguió.

Según señala Modris Eksteins[21], entre los combatientes de la Gran Guerra había una enorme valoración de la camaradería, de los lazos que se establecieron en las trincheras, a veces con unos criterios de cercanía que la literatura bélica recoge con más intensidad que las relaciones con el elemento femenino. En relación con este asunto, cita Eksteins a los escritores franceses Emile Chartier, quien alude a la guerra como un canto a la amistad, y a Henry de Montherlant, que luego no estará lejos del fascismo, y que, ya en clave homoerótica y heroica, alude a la guerra y al frente como el único lugar donde los hombres se pueden amar apasionadamente. Una combinación de erotismo y violencia que encontrará en la idea de superhombre y en las organizaciones paramilitares fascistas de postguerra un terreno abonado para su desarrollo, como sucedió en las SA de Ernst Röhm. Tampoco es infrecuente que, como les sucede a los británicos Herbert Read y a Robert Graves, los combatientes que volvían del frente sufrieran durante los permisos sentimientos contradictorios de extrañeza, culpa y añoranza en relación con sus camaradas. Una realidad que coincide con un hecho: el que algunos soldados disfrutaban en la guerra y otros encontraban la vida en la retaguardia aburrida y exasperante.

La estrecha y especial camaradería surgida en la guerra de trincheras entre estos combatientes, que se podría decir que es la versión moderna de la hermandad nobiliaria propia de la guerra aristocrática, favorece esa inadaptación que surge en la sociedad de masas a la que alude Michael Howard. Estos camaradas de las trincheras, los que Nigel Jones[22] llama la “generación del frente”, compartían muchos de los criterios que ya estaban latentes antes de 1914 y que el futurismo, y luego el fascismo, intensificarán. Se trata de la valoración de la violencia y del rechazo tanto de la sociedad burguesa como del pasado que representa. Unos sentimientos que expresan los deseos de cambio, la fascinación por la técnica, la máquina y la velocidad, el nacionalismo entendido como una camaradería de sangre que va más allá de los Estados, y el antisemitismo que expresaba la idea de los judíos como la negación de la patria. Todos estos elementos los compartirá con intensidad diferente esa oligarquía de guerreros que surge de la Gran Guerra y que defenderán lo que Mussolini, él también combatiente, llamaría trincherocracia. Es decir, el régimen surgido de encomendar la dirección del país a los nuevos héroes, a aquellos que habían combatido por él, postergando a una retaguardia que consideraba insolidaria y alejada de los valores que representaban las trincheras. Y es que en el movimiento contrarrevolucionario de postguerra y en el fascismo se consideraba a quienes participaron en los combates de la Gran Guerra como los más adecuados para dirigir los destinos de la nueva sociedad que debía suceder al liberalismo. Son los nuevos modelos, la encarnación del superhombre al que se refería Nietzsche, los jóvenes bárbaros surgidos en la sociedad burguesa que participaban del nihilismo romántico o del más moderno futurismo y que al acabar la guerra se transformaron en Freikorps, en escuadristas o en poetas armados, como señala Maurizio Serra[23] en una obra imprescindible.

La inadaptación social que caracterizaba desde antes de la guerra a muchos de estos nuevos personajes bélicos, como los arditi o los Sturmann, facilita la intensificación de sus lazos de referencia y su inclinación a la guerra casi como si fuera una adicción, una manifestación de una especial neurosis de guerra producida en este caso por síndrome de abstinencia. Es la élite que entiende la guerra como la escuela de vida en la que se forma su generación, de cuyas filas saldrían aquellos que debían dirigir la nueva sociedad surgida tras la guerra. Es el régimen de la trincherocracia que reclamaba Mussolini, el primero que con sus Fasci italiani di combattimento –la versión italiana de las Sturmtruppen– formados en su mayor parte por arditi, logró llevar al poder a los antiguos combatientes. Esta valoración elitista de quienes habían luchado estaba en el ambiente desde los últimos meses de la guerra. Era una idea que iba acompañada del consiguiente desdén hacia la democracia parlamentaria, es decir, hacia la política y el modo de vida de la sociedad burguesa que encarnaba la retaguardia. La trincherocracia era la respuesta autoritaria que daban a la crisis del liberalismo desde las trincheras quienes se consideraban una élite traicionada. Una opción que, en la línea del futurismo, implicaba una cierta modernidad al respaldar una alternativa política y social surgida de la guerra –un acontecimiento que desde 1914 se convierte en uno de los nuevos mitos colectivos del que surgen los nuevos dirigentes– y valorar una hermandad de sangre que estaba por encima de los lazos estatales, sociales y de clase, lo que no dejaba de ser revolucionario. Pero la trincherocracia era también una reivindicación del grupo frente al individuo, pero no del formado por los tradicionales partidos políticos sino por la nueva camaradería de las trincheras.

Además, tal y como sugiere Modris Eksteins, en las trincheras, en las que se convive durante una contienda dura y larga, desaparecen las barreras sociales e intelectuales. Todo ello era una anticipación del fascismo. Además de la experiencia bélica, la camaradería del frente, fortalecía e identificaba a esa minoría que había pasado por la experiencia del combate en un conflicto nuevo y de intensidad desconocida. Unas vivencias que, tras la guerra, cuando aparezca la inadaptación y la adicción al combate al tiempo que el paro y la mendicidad que recogen los grabados y pinturas de George Grosz y Otto Dix, identificará a estos combatientes nostálgicos de las trincheras como el grupo que debía ser dirigente de una sociedad que consideraban les había abandonado a su suerte.

Inseparable de la hermandad de trincheras es la aparición de un novedoso e intenso sentimiento de rechazo hacia la retaguardia. Un sentimiento compartido por los hermanos de armas que, en la posguerra, como ya señalaba Marc Ferro[24], se convierte en desesperación y cólera. La Gran Guerra trajo consigo un nuevo fenómeno como es la tensión entre el frente y la retaguardia, tan intensa que determinará la vida política en la posguerra en los países vencidos como Alemania y en los teóricamente victoriosos como Italia e incluso Francia, en los que se desarrollarán el fascismo y opciones autoritarias. El rechazo hacia la retaguardia por parte de los combatientes, que comienza como una queja de guerra, es también una manifestación crítica hacia el sistema del liberalismo y la sociedad, una primera etapa del recorrido que lleva al desdén hacia la política y los políticos como símbolo de quienes no están en el frente, y al autoritarismo frente a la democracia. Un sentimiento que surge antes del fin de la guerra y que es independiente del resultado de las armas, aunque sea más intenso entre quienes más sufren. La retaguardia, para quienes están en las trincheras, es el símbolo de aquello que rechazan, la ejemplificación del gobierno que no les entiende, de la sociedad burguesa indiferente e insolidaria. En suma, quienes combaten expresan malestar sobre todo hacia quienes consideran que no están a su lado y a quienes culpan de sus males, especialmente a aquellos que, pacifistas o no, expresan su oposición a la guerra. Poco a poco, la retaguardia se identifica como el anti-frente, el reverso de la trinchera y sus valores guerreros, el lugar en el que se encuentra otro tipo de enemigo más insidioso: el interior, el pasivo. Sus armas son la ignorancia, el desdén, la falta de apoyo cuando no el desprecio y la traición hacia quienes combaten, sufren y mueren en el frente. Por su parte, desde las trincheras se contempla a esa sociedad, burguesa y complaciente, que vive al margen de la guerra, como si fueran espectadores, con una distancia creciente que no tardaría en desembocar en hostilidad. La exigencia de los combatientes era que la retaguardia, como expresión de la guerra total, de la nación en armas, participara del esfuerzo de guerra y mostrara tanta fortaleza como los soldados del frente. La flaqueza de la sociedad y de la retaguardia es percibida por los combatientes como una traición que reclamaba venganza. De ahí que entre aquellos que habían perdido la guerra se culpara a la retaguardia de la derrota, y en especial a los políticos que no compartían plenamente la entrega a la guerra. Es la tesis de “la puñalada por la espalda” que aparece en Alemania tempranamente, en 1918. Este sentimiento hostil hacia la retaguardia, convertido en mito para varias generaciones de alemanes, está latente en los autores de los que se ocupa este libro pero que, como se verá, es especialmente intenso y determinante en el joven Freikorps Ernst von Salomon. Es un sentimiento contrario al desatado en 1945 en Alemania, donde algunos fanáticos de la retaguardia, sometida a bombardeos y a privaciones, aportaba contingentes para las fábricas y el Volkssturm, la milicia popular del partido nazi de niños y ancianos, que mostraban a la nación en armas, se sintió traicionada por el ejército que se rendía de manera masiva en el Oeste.

Todo procede de la existencia de una barrera insalvable entre los civiles y quienes habían combatido, un sentimiento experimentado por los veteranos de guerra que, ha señalado Modris Eksteins, en algunos países como Alemania, Italia, Austria y Francia se convirtió en convencimiento. Un sentimiento que tenía mucho de recíproco, pues ni los civiles eran capaces de entender por lo que habían pasado los soldados en las trincheras ni estos estaban en condiciones de explicar lo ocurrido. Este aislamiento intensificó entre aquellos que Ernst von Salomon llamaba “los náufragos del frente, los fantasmas de la Gran Guerra”, tanto la distancia de la sociedad y de sus instituciones como la hermandad de quienes habían compartido el horror de la vida en las trincheras. Como luego demostraran los Freikorps, las asociaciones y ligas de combatientes, o los Fasci italiani di combattimento, los lazos de guerra, la camaradería del frente, se convirtieron en factores políticos, especialmente en el marco de movimientos autoritarios y, sobre todo, fascistas.

 

La guerra civil europea

El conflicto abierto en 1914 y sus nuevas características desataron otros acontecimientos en el continente, en los que se aplicaron nuevos métodos para resolverlos, que se fueron intensificando y diversificando hasta dar lugar a la llamada guerra civil europea. Es este un término que va más allá del contenido inicial elaborado por Ernst Nolte, quien, como adelanta el subtitulo del libro, lo limitaba al choque entre los movimientos bolchevique y nacionalsocialista surgidos al finalizar la Gran Guerra, el primero como impulsor y el segundo como reacción. Además, lo contempla como un fenómeno esencialmente jurídico y estatal, de manera que vincula la guerra civil a un conflicto entre ciudadanos de un estado, sin cuyo enfrentamiento afirma que no cabria hablar de guerra civil. Aunque ciertamente el comunismo y el fascismo son ideologías que van más allá de los Estados al dividir a los ciudadanos y aproximarlos o alejarlos de los respectivos modelos, sea la Unión Soviética o la Alemania nazi, antes de la aparición de ambas ideologías el continente europeo, entendido como un conjunto cultural determinado por la democracia parlamentaria, se embarcó en 1914 en un enfrentamiento determinado por el nacionalismo que acabó con la hegemonía del modelo político y social vigente hasta ese momento. Es por esto por lo que parece más completa y exacta la visión del ya citado Enzo Traverso acerca del asunto, quien adelanta el estallido de esa evidente guerra civil europea a 1914, al comienzo de la Gran Guerra, y no a 1917 y la Revolución Rusa, al tiempo que rechaza la relación entre los dos totalitarismos como causa y efecto. Para Traverso, el periodo abierto en 1914 que, como Nolte, cierra en 1945 –ignorando la Guerra Fría y sus efectos en Europa– se puede considerar una guerra civil continental en la que los conflictos desatados en ese periodo tuvieron como rasgo común el manifestarse en forma de guerras civiles que compartirán características semejantes, y que al afectar a la sociedad sin excepciones, se les puede considerar unos conflictos totales. Los numerosos enfrentamientos que tuvieron lugar entre Estados o en el seno de las sociedades, incluida la intervención de poderes ajenos, tuvieron desde 1917 rasgos específicos que se habían adelantado antes de esa fecha.

Según Enzo Traverso, el enfrentamiento europeo se caracteriza por ser el resultado de una modernidad que supuso una regresión en el proceso de civilización y por la coincidencia de una serie de elementos como el nacionalismo, el antisemitismo, las revoluciones, la guerra total resultante de la aplicación de las nuevas técnicas y la negación de la condición humana del adversario característica de los totalitarismos, que impulsaba su aniquilación. De acuerdo con el análisis de Traverso lo sucedido se puede resumir en una fórmula: la guerra civil europea sería fruto de los elementos aportados por la guerra total surgida en 1914 y de las revoluciones que se inician en 1917 en Rusia, incluida la guerra civil, que desde esa fecha se extienden por el continente. Unas guerras entre revolución y contrarrevolución determinadas por la ausencia de regulación, de normas y de limitaciones, practicadas por milicias paramilitares que sustituyen a los soldados regulares del ejército, y que están determinadas por ideologías excluyentes que conducen a la asimetría en un conflicto en el que no puede haber ningún acuerdo. Fue en 1917, el año de la Revolución Rusa, cuando también se confirmó en el seno de la Gran Guerra el cambio que llevó de una guerra que comenzó apenas mecanizada y acabó ya plenamente automatizada y de masas, como un fenómeno total que afecta a la sociedad en su conjunto. En 1917 surge ya la neobarbarie, los nuevos rasgos de la guerra que desde entonces serían habituales, que se unen a los ya existentes del nacionalismo, al antisemitismo, al racismo hacia los Untermenschen del Este y al miedo al bolchevismo internacionalista. Es este el entorno bélico en el que se produce la educación sentimental e ideológica de esos tipos –modernos condottieros o aventureros, en denominación de Roger Stéphane[25]– que encontraron en la guerra y en los camaradas del frente el modelo de sociedad que había de sustituir a la que reinaba en la denostada retaguardia.

En estos nuevos conflictos que se desarrollan desde 1917 aparece la deshumanización que aportaba la modernidad y que se manifiesta en forma de una anomia jurídica y de una creciente estetización de la política que culminará en las ideologías de masas. Luego, la tensión entre ideologías revolucionarias y contrarrevolucionarias a causa de la extensión del bolchevismo y la aparición de los fascismos, la persistencia del nacionalismo, intensificado por las pujantes ideologías autoritarias, se unen a la persistencia del nihilismo y al neorromanticismo que se vuelven contra la modernidad. Todo ello sin olvidar los ecos del racismo como persistencia de las guerras coloniales, y la reaparición del antisemitismo con criterios raciales, no religiosos. Sus manifestaciones principales fueron acontecimientos que se sucedieron desde 1917 como la Guerra Civil Rusa, los movimientos revolucionarios que tuvieron lugar en Alemania, Hungría e Italia, las guerras bálticas, la Guerra Ruso Polaca, la Greco Turca, y, más tarde, la Guerra Civil Española, unos conflictos a los que se une el genocidio de poblaciones como los judíos o los armenios. Todos ellos son los episodios de esa guerra civil europea que se expresaba también en la división de las sociedades continentales en las que la tensión entre la revolución y la contrarrevolución, encarnada por el fascismo y las nuevas derechas autoritarias, estrangulaba al parlamentarismo liberal. Un conflicto interno que se extendió al menos de manera abierta hasta 1945.

Y es que casi nada sucedió durante la Segunda Guerra Mundial que no hubiera ocurrido con anterioridad en los conflictos posteriores a 1914. Unos conflictos en los que, como insiste George L. Mosse[26], se produce una brutalización de la guerra que es fruto de la asimetría con que se consideraba al adversario, lo que implicaba su consideración de diferente, como sucedía en las guerras coloniales. Desde 1917, la guerra, alejada, como los ejércitos, de la regulación y de los principios caballerescos, se desarrolla por medio de una combinación de operaciones militares y de represalias sobre la población civil, convertida en objetivo, es decir, en el uso del terror como táctica. La crueldad, el ensañamiento, la deshumanización radical del enemigo que impulsa a su eliminación, la ejecución de heridos y prisioneros, la confusión entre población civil y combatiente, el antisemitismo y el anticomunismo, el choque entre revolución y contrarrevolución, el nacionalismo excluyente… Todo había aparecido antes de 1939 y todo estaba preparado para lo que iba suceder a partir de esa fecha.

 

Escritores guerreros

Esta nueva realidad bélica aparecida desde 1914 y confirmada a partir de 1917 fue la que vivieron una serie de escritores que contaron sus experiencias bélicas entre 1914 y 1939 que, al contrario que otros muchos, valoraron tanto lo vivido como el acontecimiento de forma positiva. De algunos de ellos nos ocupamos en este libro. Esta coincidencia en idéntico fervor guerrero responde a su cercanía a ideologías autoritarias, especialmente en los casos de Benito Mussolini y Rafael García Serrano, de evidente militancia fascista y falangista, o de Ernst von Salomon, situado en aguas en las que coincidían el nacionalismo autoritario y el anticomunismo. En lo que se refiere a Ernst Jünger, su individualismo anarquizante y su elitismo aristocrático le hacen más complejo.

Antes de la Gran Guerra la literatura bélica se ocupaba fundamentalmente del héroe, del comportamiento heroico en el combate, más que de la guerra como acontecimiento. Algunas de las obras surgidas desde 1914 que se sitúan en las antípodas de la fértil corriente pacifista son aquellas que valoran la guerra como educación sentimental y al ejército como grupo social de referencia, cuando no de sustituto de la familia, es decir, de grupo primario. Sus autores suelen compartir lo que a su juicio la nueva guerra estimula y valora: el heroísmo, la entrega, la aventura, el desprecio del enemigo, la cohesión del grupo que acaba en una camaradería de trinchera y la obediencia más carismática que ideológica. Unos principios que en 1914 estaban tan extendidos que incluso Thomas Mann llegó a compartir alguno de ellos preso del fervor patriótico del momento. Por el contrario, casi todos suelen renegar de la retaguardia, un término que se define por lo que no es, y que representa la incomprensión, la insolidaridad cuando no la traición y la responsabilidad de la derrota y de la guerra, así como del pasado que encarna la sociedad burguesa, cuyos valores rechazan. También comparten idénticos sentimientos de soledad y nostalgia de la experiencia vivida, de inadaptación a la paz, lo que les da un carácter entre condotieros, aventureros y revolucionarios.

Las obras escogidas recogen la experiencia de sus autores en unos conflictos desarrollados entre 1914 y 1939, que conforman la guerra civil europea. El primero es la Gran Guerra, verdadero origen de la violencia contemporánea, en la que participaron personajes tan distintos como Ernst Jünger y Benito Mussolini, que combatieron en bandos diferentes, aunque compartieran algunas filias y fobias. Del primero incluimos las conocidas Tempestades de acero, El Bosquecillo 125 y El teniente Sturm, y del político y entonces periodista italiano su Diario de guerra, un texto poco conocido en España pues está inédito desde su traducción en 1930. Luego nos ocupamos de un personaje determinado con el primer conflicto mundial, aunque fue demasiado joven para participar en él. Se trata de Ernst von Salomon, el aristocrático cadete que formó parte de los Freikorps, los cuerpos francos paramilitares surgidos en Alemania al final de la Gran Guerra, que fueron empleados por la República de Weimar para reprimir una revolución que la amenazaba tanto como quienes la defendían. La experiencia de Von Salomon en Berlín y Hamburgo y, sobre todo, en los países bálticos, donde combate contra los bolcheviques y los nacionalistas letones, la describe en Los proscritos. Por último, está un ejemplo español, Rafael García Serrano, militante falangista antes de 1936 y combatiente en la Guerra Civil Española, cuyos recuerdos describe con originalidad en La fiel infantería. Un representante de esa juventud que se creía llamada a cambiar el mundo, aunque no supiera en qué sentido, y que, como dijo el escritor César M. Arconada en los albores de los años treinta, se podía ser comunista o fascista, cualquier cosa menos tener viejas ideas liberales. Un criterio que excluía la idea de la guerra imperante con anterioridad a 1914 y que abría la puerta a la misma deshumanización que se había extendido por la sociedad y la cultura.

A todos los autores escogidos, menos a Benito Mussolini, aunque fue periodista como García Serrano, se les puede considerar escritores profesionales, pues su mayor notoriedad la lograron antes en el ejercicio de la literatura que de las armas o de la política. Todos ellos comparten con intensidad diferente un mismo espíritu aventurero y una consideración de la guerra como un acontecimiento formativo, esencial en la vida de un tipo de hombre que participa de los valores nietzscheanos que les aproximan a la idea de héroe, al superhombre. Pero también todos ellos comparten idéntico desprecio hacia la sociedad burguesa, a la que rechazan con mayor intensidad que la revolución y el socialismo. No es casualidad que todos ellos hayan tenido, con las peculiaridades que se quiera, alguna vinculación con el fascismo, en algunos casos, como Jünger, con ciertas reticencias.

Podrían haberse incluido otros escritores y otras obras, como la citada de Pierre Drieu La Rochelle dedicada su experiencia en el conflicto abierto en 1914, pero creemos que los testimonios sobre la Primera Guerra Mundial de Ernst Jünger son más reveladores y los de Benito Mussolini menos conocidos. Por su parte, la obra de Ernst von Salomon, hoy algo olvidada, es un relato excepcional de un participante en los conflictos internos de Alemania y en las guerras bálticas, que aporta una visión poco habitual. Por último, en lo que se refiere a Rafael García Serrano, su obra La fiel infantería es probablemente, de los textos testimoniales escritos por participantes en la Guerra Civil, el que más se aproxima a ese género que von Salomon llamaba “formidable literatura de guerra”, aparecido después de la Primera Guerra Mundial. Una intensa y original narración de su experiencia cuya calidad literaria es quizás la más destacada de todos los textos que componen este Fervor del acero, pertenecientes a ese género bélico que contempla la guerra moderna casi desde la perspectiva de los libros de caballerías. Una literatura que sin embargo no aparecerá después de la Segunda Guerra Mundial, aunque haya excepciones como las de Vasili Grossman, August von Kageneck o Heinrich Böll, quienes narraron su experiencia bélica con acierto literario. Lo paralizante del horror producido por una violencia extrema, tremenda y radical, de una guerra que afectó a toda la sociedad sin excepciones, y que dio lugar una realidad deshumanizada que parece excluía a la literatura. Se diría que los testigos de este nuevo horror preferían olvidar con más intensidad que aquellos que sobrevivieron a la Gran Guerra.

 

Este texto corresponde al primer capítulo de Fervor del acero. Cuatro testimonios de la guerra europea 1914-1939. Ernst Jünger, Benito Mussolini. Ernst von Salomon y Rafael García Serrano publicado por la editorial Renacimiento.

 

Notas:

[1] Gaston Bouthoul, Tratado de Polemología, Madrid, 1984.
[2] Michael Howard, La invención de la paz, Barcelona, 2001.
[3] Max Weber, Economía y Sociedad, México, 1977.
[4] Fernando Castillo Cáceres, Un torneo interminable. La guerra civil en Castilla en el siglo XV, Madrid, 2014.
[5] Jesús D. Rodríguez Velasco, El debate sobre la caballería en el siglo XV, Salamanca, 1996.
[6] Johann Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, 1978.
[7] Jean Touchard, Historia de las ideas políticas, Madrid, 1975.
[8] Georges H. Sabine, Historia de la Teoría política, México, 1972.
[9] John F. Ch. Fuller, La conduite de la guerre (1789-1961), París, 1963.
[10] Hugh Thomas, Goya. El Tres de Mayo. 1808, Barcelona, 1982.
[11] Giovanni de Luna, El cadáver del enemigo, Madrid, 2007.
[12] Enzo Traverso, 1914-1945. La guerre civile européenne, París, 2009.
[13] Ernst Nolte, La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo, México, 2001.
[14] Victor G. Kiernan, Esplendor y ocaso de los Imperios Europeos 1815-1960, Madrid, 1990.
[15] Fernando Castillo Cáceres, Los años de fuego, Sevilla, 2020.
[16] Maurizio Serra, Marinetti et la révolution futuriste , París, 2008.
[17] Barbara Tuchman, Los cañones de agosto, Barcelona, 2018.
[18] León Trotski, Mi vida, Madrid, 2019.
[19] Ian Kershaw, Descenso a los infiernos, Barcelona, 2016.
[20] Pierre Drieu La Rochelle, Notes pour comprende le siècle, París, 1941.
[21] Modris Eksteins, Rites of Spring. The Great War and the Birth of the Modern Age. Londres, 1989.
[22] Nigel Jones, A Brief History of the Birth of the Nazis: How the Freikorps Blazed a Trail for Hitler, Londres, 2004.
[23] Maurizio Serra, Une génération perdue. Les Poètes-guerriers dans l’Europe des années 1930, París, 2015.
[24] Marc Ferro, La Gran Guerra (1914-1918), Madrid, 1970.
[25] Roger Stéphane, Portrait de l’Aventurier, París, 1965.
[26] George L. Mosse, Soldados caídos. La transformación de la memoria de las guerras mundiales, Zaragoza, 2016.

Fernando Castillo Cáceres (Madrid, 1953) es escritor, ensayista y comisario de exposiciones. Colaborador en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, es autor de libros como Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra; Tintín-Hergé, una vida del siglo XX; Madrid y el Arte Nuevo. Vanguardia y arquitectura 1925-1936; Geografía Modiano y Noche y niebla en el París Ocupado. Traficantes, espías y mercado negro. Ha sido comisario de la exposición Nord-Sud. Cuarenta poemas de Juan Manuel Bonet, cuarenta fotografías de Bernard Plossu, Galería J. R. Ortega, Madrid, 2011, y ha escrito los siguientes textos sobre Bernard Plossu: El fotolibro vuelve a París. Tras los pasos de Bernard Plossu, fronterad, enero 2019; ‘Fotografía. Viaje por las Europas de PhotoEspaña 2016. Unas preferencias’, Libros, nocturnidad y alevosía, junio, 2016; Plossu-Paris: Cartes de visite, Galería Vilaseco, A Coruña, 2014; Barcelona rescatada: la maleta perdida de Bernard Plossu, Ambos Mundos, 2012; Bernard Plossu: ut fotografía poesis, Ambos Mundos, 2012, y Cuaderno de viaje. Nord-Sud. Cuarenta poemas de Juan Manuel Bonet, cuarenta fotografías de Bernard Plossu, Madrid, 2011.