Festivales de cine. San Sebastián II. La familia

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OFERTAS QUE NO PUEDEN RECHAZARSE

 

“Hay confianza, estamos en familia”. Sube el pan.

 

La familia en el Kursaal

 

El prestigio de que goza la familia reside en que es lo que se encuentra cada cual al nacer. Así que te acostumbras y después hay quien la echa de menos. Cocina familiar: como la que te hacían en tu casa. Trato familiar: como el que recibías en tu casa. La vara que te daban, en tu casa, tías, tíos, abuelos, padrinos, amistades de tus padres. Lo mucho que mandaba, todo el mundo, en tu casa. Lo mucho que se metía todo el mundo donde no lo llamaban. Comer lo que te pongan, te guste o no te guste ¿Quién puede querer eso? Pues se quiere. Y se acude al modelo.

 


El buen patrón. Fernando León de Aranoa.

 

Cuando en la empresa el dueño llama a los empleados “su familia” hay algo que va a faltar en los derechos, o en la nómina, o en ambos. Si hace falta. Si no hace falta, no. Pero, cuando hace falta, ¿no se siente el empleado mejor si quien lo pone en la calle es su padre? ¿Quién le dice a su padre que no tiene razón? ¿Quién le echa en cara que no haya hecho lo posible? Espectador sigue maravillado el curso de la casualidad. No ha podido evitar ver, en el cartel, el rostro de Bardem, que cada día es más José Luis Coll. ¿Está mal eso? ¿Está mal ser José Luis Coll?

 


Tip y Coll. Cómo llenar un vaso de agua (lo que se pone siempre; pero a. Coll es muy Coll b. se habla de la familia)

 

Espectador sabe que está Bardem. Y que hay una balanza. De lo demás, Espectador se atiene a la ignorancia. Y la disfruta. De principio a final, personaje a personaje, intérprete a intérprete (estupendos todos, Espectador siente debilidad por el eficaz, discreto, imprescindible Rafa Castejón), momento tras momento. Echa de menos Fernando León de Aranoa en el día de hoy el sentimiento de pertenencia a clase. Cuando el magnífico señor Blanco y su empresario amigo, el padre de Liliana, la fascinante becaria, coinciden en que “a ellos no les ha regalado nunca nadie nada”, ¡eso es pertenencia a clase! Divertido, encantado, motivado, si hace falta, para el enfrentamiento y la lucha contra el capitalismo, Espectador cae, de Almudena Amor, a Almudena Amor. ¡Esa manía que tienen los intérpretes de repetir en distintas películas!

 


La abuela. Paco Plaza

 

Es conocida la tendencia del personaje a ponerse diversos actores (Hamlet, Julieta, Cleopatra, Tarzán). El gusto del intérprete por vestirse distintos personajes no se ha estudiado tanto. Molesta: “¿pero esa no es la que hacía de…?” Molesta y por eso determinados directores prefieren trabajar con no profesionales. Molesta y es, así, más creíble, cala más, el radioteatro, donde no se ven las caras (la voz encarna: nunca determina), que el cine, donde sí que se ven. Molesta la voz repetida en el doblaje porque habla Charlton Heston, en imagen, con la voz de John Wayne. Es la dictadura de la imagen. Para Espartaco, para Ulises, para Van Gogh, hubiera debido contratarse a Espartaco, a Ulises, a Van Gogh. Y prohibirles participar en ninguna otra cinta. Sin embargo, también, la coincidencia de intérprete en diferentes películas conforta, igual que tropezarte a un viejo amigo: crea un vínculo. Vasos comunicantes entre títulos. Por Almudena Amor podemos ir de El buen patrón a La abuela (donde Paco Plaza le dio el papel, además de ser una espléndida actriz, precisamente porque era su primera película y nadie la iba a relacionar con ningún otro personaje). Por Manolo Solo de El buen patrón, a Josefina, a Competencia oficial, a La fortuna: cuatro en Manolo Solo. Por Vincent Lindon, de Investigación sobre un asunto de Estado, a Titane. Y, todo, sin salir de la presente edición del Festival de Cine en San Sebastián. En La abuela, el cuerpo de Susana es poseído por Almudena Amor. Destino inevitable. Escalofrío. Y se abre una puerta al Festival de Sitges.

 

El hijo.

 


Distancia de rescate. Claudia Llosa

 

Lo importante reside en el detalle (los motivos también, éste del detalle, se repiten, San Sebastián: The Power of the Dog, Marokko/Mikado -lo dice su director, Espectador ésa no la ha visto-). Y en la distancia de rescate: la que permite intervenir y proteger. Entonces cae un balcón y, esa distancia de seguridad, la anula, a menos que el balcón sepulte a las dos partes o que las dos caigan con el balcón, seres afortunados, que seguramente es lo que se busca. Una voz va dirigiendo la acción hacia atrás en el tiempo. De fijarse en las cosas, de accidentes, de lo que a uno le toca, de migraciones -de posesión de cuerpos- y de vínculos familiares trata Distancia de rescate. María Valverde se lleva la pantalla (¿no es María Valverde, en su primera película, quien protagonizó la primera película de Manuel Martín Cuenca?), seguida, muy de cerca, por Dolores Fonzi. Y por Espectador, que no las pierde a ninguna de vista. Las niñas de sus ojos, ya crecidas. Les pasa mucho a las hijas, que crecen.

 

La hija.


La hija. Manuel Martín Cuenca.

 

Adulto entrado en coche recoge a jovencita que, mochila a la espalda, le llega atravesando el campo. “¿Te ha visto alguien?” “No” “Sube y túmbate en el asiento, que en el coche tampoco puedan verte”. Por ahí iría el diálogo y hasta ahí puedo contar. Espectador agradece mi discreción. Contar, a partir de esa primera escena, cualquier cosa de La hija es destriparla. No a La hija, que igual se lo merece: es reventar la historia, es un spoiler. Lo que demuestra qué pronto, en La hija, empiezan a pasar cosas. Tanto respeto en quien escribe por Espectador es un empeño vano. Todos los medios que se ocupen de ella destriparán La hija. Es más: la propia película lo hace ya en su sinopsis. Espectador ha sido cuidadoso: no ha leído información alguna, ha entrado en el vestíbulo del cine con los ojos fijos en el suelo. Varios de los figurantes en la cola (quien en una cola no se siente figurante es porque tiene una desmesurada opinión de sí misma o de sí mismo) se le han puesto a buscar lo que Espectador pudiera haber perdido. Espectador se incorpora a su asiento llenas de objetos las manos, los bolsillos. Espectador ha evitado decir que nada de eso es suyo, pañuelos de papel usados, moneditas, pendientes, un portafolio verde oscuro. “Pero, entonces, ¿qué busca usted en la alfombra? ¿Qué se le ha caído?” Es mejor eludir explicaciones, que empiezas a explicar y ya te están contando la película. Lo cierto: que sólo Espectador y quien escribe vivieron ese primer suspense: ¿qué hace ese señor con esa chica? ¿Quién es? ¿Dónde la lleva? ¿Quién es ella? ¿Comando terrorista? ¿Pederastia? ¿Secuestro consentido? Un consejo: ¡no lea nadie la sinopsis! Martín Cuenca se revienta a sí mismo.

 


Andaluces de Jaén. Paco Ibáñez

 

De Almería, Manuel Martín Cuenca. ¿Pertenece la persona a su apellido? ¿A su lugar de origen? Parafraseando, no es la primera vez, un espléndido título de Manuel Cruz, ¿a quién pertenece lo ocurrido? Un niño, por ejemplo, que los niños ocurren: porque se busca, a veces; otras, cuando menos bien venía. Un niño, ¿de quién es? Corre la voz de que el niño pertenece a quienes lo engendraron. En la película de Jadu Rude Babardeala cu bucluc sau porno balamuc se lee: “los niños son los presos políticos de sus padres”. Su propiedad privada consideran los padres a los hijos. Cuando es obvio que el niño es sólo suyo, de él. En propiedad absoluta, que debe tutelarse hasta que el niño pueda ejercerla plenamente. Hay otra cuestión, creo, aquí, más pertinente: ¿nos pertenece lo que hacemos o le pertenecemos a cuanto vamos haciendo? De lo que ya se ha hecho -más allá de lo que ya se ha dicho, de aquello a lo que nos comprometemos-, ¿puede volverse atrás? Acción medida, ritmo, construcción esmerada y Espectador que sale del cine tan contento, aunque él hubiera optado por el frío.

 

Un recuerdo que la coincidencia en el título sugiere y ninguna otra cosa, salvo el cariño a los dos directores.

De túmulos e indios.

 

La otra hija. Luiso Berdejo. 2009

 

Un recuerdo a la hija más pequeña, con su hermano mayor.

 


La flaqueza del bolchevique. Manuel Martín Cuenca. 2003

 

¿Qué más le pedimos al día?

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