Gombrowicz y las elecciones argentinas

0
1014
Buenos Aires desde las alturas de la Avenida de Congreso, barrio de Belgrano, con el Río de la Plata al fondo (Imagen: Amelia Serraller).

Luce espléndida Buenos Aires, con sus avenidas kilométricas llenas de árboles. La ciudad que nunca duerme huele a primavera y facturas, sabrosos bollos que acompañan al café. Amanece sobre los rascacielos, en extraña armonía con los bellos edificios coloniales. Es domingo 19-N, día del balotaje (segunda vuelta de las elecciones presidenciales) que tiene conmocionado al barrio de Belgrano. Hablamos con Dante y Elsa, una entrañable pareja de jubilados. «Es una locura la inflación, cada semana sube el precio de la compra y así la pensión va valiendo menos, ¿viste? Nosotros hemos votado toda la vida, ¿pero ahora? ¡Nos piden elegir entre un ladrón y un loco!»

En cambio, su sobrina Paola, simpática madre de unos 45 años, sí lo tiene claro: «Acá ha habido una campaña muy sucia contra Javier Milei, le han llamado de todo. En Argentina tenemos planes con subsidios de 15 años, para toda esa gente que luego rechaza el trabajo. No podemos más». Su marido asiente y añade: «Y ya si se presentara la vicepresidenta, Victoria Villarruel, arrasan. Está mucho mejor preparada que Milei». Villarruel, de gran capacidad oratoria y normalmente más prudente que Milei, despierta sentimientos encontrados por considerar que los desaparecidos y torturados de la triste época de la dictadura eran, en su mayoría, «terroristas» en el contexto de «una guerra civil».

Una hora después, la pareja disfruta el sabor de la contundente victoria (11 puntos de diferencia a favor de toda una incógnita como Milei). Paola y su hijo pequeño Agus nos acompañan camino a casa para ver sin sustos el vibrante Barrio Chino. Cae la noche y apenas se distinguen las sombras de las estatuas de los libertadores, siempre solemnes, que recorren la ciudad.

Victoria Villarruel y Javier Milei
Victoria Villarruel y Javier Milei, presidente y vicepresidenta electos, celebran su triunfo en las presidenciales (Imagen: Reuters).

Al día siguiente conozco a Mario, locutor y poeta. «La décima o espinela vino de España y nos influyó mucho. Yo improviso normalmente en sextinas, que es como Martín Fierro escribió El Gaucho. En fin, eso de la casta política que critica Milei no significa nada. Los jóvenes, que no conocen la historia, le compraron el cuento. Si Milei no es casta, ¿entonces qué es? ¿Y cómo va a gobernar?

Yo soy agradecido, de mi distrito solo pudimos estudiar 3. Mis viejos se mataron para que algunos compañeros me miraran por encima del hombro. «¿Pero tú vas a bailes de negros?» me decían. Ahí está el voto de la derecha. El del resentido que ha perdido sus privilegios. Para mí, Massa enterró el kirchnerismo, quiso un cambio. Pero no lo supo explicar».

Luego el gauchazo de Mario sube con el dúo Raza Tango al escenario del Rodney, a recitar con su imponente voz de payador.

Su anverso es Diego, que trabaja como profe de instituto y también escribe poemas. Carismático y alegre, se maneja bien por la jungla de asfalto con su bastón de invidente:
«Me repugna Massa y todo lo que representa. Tenemos mucha corrupción, acá se roba con descaro. ¿Cómo es posible que haya WiFi en las prisiones y no en mi escuela? Votan los presos, pero soy yo el único que cuida de que mis chicos tengan unas condiciones de higiene en clase. Desciendo de los alemanes del Volga. A nosotros nunca lograron rusificarnos. Nací en la Pampa seca. Aunque acá el clima es húmedo, la ciudad no me trata mal».

De hecho, su poemario está declarado bien de interés cultural. «Yo sólo digo una cosa, si quieres ser inclusivo, ayuda a un discapacitado».

De izquierda a derecha, Diego y Mario presentando el poemario del primero. (Imagen: M. A. Pérez)

Más tarde recorremos el caminito de la Boca con Viviana. Entre mural y mural, nos confiesa con una sonrisa: «Esta vez fui mala: me negué a votar. Yo que soy un referente internacional como nutricionista, viajo solo para los congresos y no puedo encontrar trabajo estable. Es triste, resulta que hay dengue ahora en Buenos Aires. Pero al turismo le resultamos baratos. Hasta mi barrio, Mataderos, que queda lejos del centro, se llenó de turistas. Envidio a mi primo, que hace 7 años se fue a España. Le echamos mucho de menos, ¡ay! La verdad, ese silencioso se la mangó» —dice admirativa.

Cola en el Consulado de España el pasado viernes 18.11 (Imagen: A.S.)

Viviana insiste en que visite el elegante barrio de la Recoleta, donde tengo cita con el cónsul español, Fernando García Casas: «Esta ciudad me encanta, respira teatro. Yo ya he visto 60 obras —dice Fernando con orgullo— y voy a la radio a comentar los estrenos. En mis ratos libres, porque llevamos expedidos 138.000 visados». Largas colas a la entrada corroboran la abultada cifra.

En esa línea se expresa el prestigioso escritor Enrique Medina, que frisa los 80: «Estoy ayudando a mi hija para que se haga española: aquí no hay futuro. Mi familia es de Málaga. Yo he viajado mucho, y ahora no puedo sacar mi último libro porque no hay papel. Lo de ahora es un desastre».

La autora del blog y el periodista porteño Luis Viviant con el cónsul de Embajada española, Don Fernando García Casas (Imagen: A.S.)

Es el dilema de todo argentino, emigrar o quedarse. Apostar por Milei, ese showman que tiene tan bien puesto el nombre y quiere prender fuego al Banco Central o respaldar al líder que, como ministro de Economía, disparó la inflación al 140% anual, Sergio Massa.

Pensemos que son ya 25 años bajo la sombra de Perón, con crisis cíclicas: «El peronismo es algo que ningún extranjero puede entender —dice Luis, de 42 años—. Tiene elementos de derechas y otros de izquierdas. Significa tomar la calle, dividir, organizar piquetes constantemente si no gobiernas. Es hundir al enemigo. Solo los argentinos sabemos lo que es. Hay que vivirlo».

En la espléndida Avenida de Corrientes,  entre teatros y librerías, una familia indigente nos mira con susto y vergüenza. Se ve que llevan poco en la calle, menudo trago. ¿Y si la solución la hubiera dado Witold Gombrowicz, el lúcido escritor polaco que se salvó de la Segunda Guerra Mundial gracias a una visita a Buenos Aires? Dice la leyenda que, veinticinco años después, ya de regreso a Europa, el autor de Cosmos se despidió de sus discípulos porteños con un consejo lleno de sabiduría y humor: «Maten a Borges».

Estatua de Borges a los pies de la Biblioteca Nacional (Imagen: A. S.).

Indudablemente, la sombra de un genio como Jorge Luis es alargada. Como la del propio Gombro. Tanto, que el desafío para la siguiente generación reside en reinventarse y buscar un camino propio. Si no, no serán nada más que epígonos o malas copias del maestro. Si lo trasladamos a la política, quizá Argentina no necesite salvadores, sino «matar a Perón ya».

Gombrowicz en el Rex. Be Cult. Revista Be Cult.
Witold Gombrowicz en el Café Rex de Buenos Aires, su segunda casa. (Imagen: Revista Be Cult)
Witold Gombrowicz. Fot/PAP/reprodukcja
Witold Gombrowicz fotografiado por la agencia polaca PAP.
Amelia Serraller Calvo es docente y traductora técnica y literaria del polaco, el inglés y el ruso. Profesora asociada de la Universidad Francisco de Vitoria y colaboradora del Área de Filología Eslava en la Universidad Complutense, trabajó previamente como lectora en el Departamento de Iberística de la Universidad de Breslavia, así como profesora asociada en la Universidad Alfonso X el Sabio. En 2015 defendió su tesis doctoral "¿Literatura o periodismo? La recepción de la obra de Ryszard Kapuściński", premiada con el 1er Premio Embajador de Polonia en Humanidades. Es autora del ensayo “Cenizas y fuego: crónicas de Ryszard Kapuściński” (Ediciones Amargord), del libro de relatos sobre la pandemia "Réquiem y marmitako" (Eds. Facta) y de la edición crítica de "Fugaces", poemario de Sofía Casanova-Lutosławska (Edit. Torremozas), así como de la Antología de las crónicas "De guerra, Revolución y otros artículos", también de Sofía Casanova (La Umbría y Solana, coeditado con Los libros de FronteraD). Medalla Gloria Artis 2018 por su labor como difusora de la literatura polaca, entre sus autores traducidos figuran los rusos Vladímir Sorokin, Aleksandr Pushkin y Nikolái Chernyshevski, así como los polacos Anna Augustyniak, Józef Wittlin, Marcin Kurek y Piotr Bednarski.