Goya y la primavera

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Hice una visita a la ermita de san Antonio de la Florida para ver otra vez los frescos de Goya, pero esta vez en grupo y acompañada de experta, y el resultado fue más fructífero que nunca, claro. Casi nos rompemos el cuello admirando la cúpula, donde a la vez que san Antonio hace su milagro, reinan majas, dueñas, chisperos e infantes descontrolados que arriesgan su vida pasando la pierna por encima de la barandilla. Vimos al Goya precursor del impresionismo y del expresionismo,

 

Hice una visita a la ermita de san Antonio de la Florida para ver otra vez los frescos de Goya, pero esta vez en grupo y acompañada de experta, y el resultado fue más fructífero que nunca, claro. Casi nos rompemos el cuello admirando la cúpula, donde a la vez que san Antonio hace su milagro, reinan majas, dueñas, chisperos e infantes descontrolados que arriesgan su vida pasando la pierna por encima de la barandilla. Vimos al Goya precursor del impresionismo y del expresionismo, especulamos un poquito con la identidad discutida de algunas figuras, y nos quedamos boquiabiertos con el despliegue de movimiento en las paredes de toda la capilla, habitada por tantas ángelas tan maravillosamente vestidas, con telas y expresiones que aunque no parezcan muy muy celestiales no dejan de ser exultantes, y eso podría tener algo que ver con lo que entendemos por cielo ¿no?

 

Bueno, el caso es que después fuimos a ver la lápida que cubre la tumba donde reposan los restos de Goya (sin su cabeza) y curiosamente, los de su consuegro. La lápida, de mármol y muy sobria, tiene un epitafio en latín que incluye la frase “decurso, probe, lumine vitae” (“después de recorrer honradamente la luz de la vida”). Nuestra seño nos explicó que la frase remite a otra de Lucrecio III 1042: decurso lumine vitae, es decir, sin el añadido de “probe”, añadido para la ocasión y que sin duda merecía Goya, frase que aprecian mucho los latinistas y que con variantes es usada por muchos otros autores clásicos. Vimos también la antigua fuente a la que acudían las modistillas, donde ya no hay agua ni alfileres, y allí nos recordaron que romero, en el sentido de peregrino, viene de Roma, y que después de la romería vino la verbena, sencillamente porque la gente se ponía un ramito de verbena recién florecida en el pecho. Yo no vi verbena florecida en la zona, pero sí racimos cilíndricos de hojitas verdes, que en realidad son flores, y al final las primeras y diminutas hojas de acacia que despuntaban.

 

Para terminar, y antes de pasar a los salones de chez Mingo a tomar una sidrina y un pincho de Cabrales, una visual al monumento que hizo Vaquero Turcios al pintor en un emplazamiento bastante desangelado, y en donde se leen estas palabras:

 

“No hay reglas en la pintura; lo mismo que la poesía, escoge en el universo aquello que encuentra más apropiado a sus fines”.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.