Gracias, Sr. Sánchez II

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Yo escribía aquí ayer del ego desesperado por salir de Sánchez y parece ser que no se aguanta, el ego quiero decir. Y lo entiendo, imagínense un ego tan grande y tan nervioso por dentro que no para de pedir como un niño caprichoso (papá, papá, papá…) mientras les tira de la manga sin descanso. Si se fijan en Sánchez verán que suele mantener, por su gesto, sobre todo en las sesiones del Congreso, conversaciones íntimas con su ego. Unas veces divertidas (cuando se le ve sonreír como un villano de película sin aparente motivo) y otras veces menos divertidas. Por supuesto, la convivencia es difícil. Y más con un ego como ese. Es una relación complicada, la de Sánchez con su ego, aunque mayormente bien avenida. Lo que sucede es que hay momentos de crisis. El ego inmenso se muestra a veces intratable. Tanto que la única solución en muchos momentos debe de ser marcharse para no montar una escena. Yo imagino que esta se produjo cuando el presidente entró en su coche oficial tras abandonar ayer el Congreso. Durante el breve trayecto desde el escaño hasta la puerta parecía tener el gesto de quién va conteniéndose. Veo al ego desatándose en la intimidad:

—Pues ya lo has conseguido, ego. Ya me he tenido que salir de la sesión para que todo el mundo te mire y hable mal de mí. A ver, ¿qué te pasa?

—Estoy harto, Pedro. Ya no me sacas a pasear. Quiero ir a Doñana en el puente y en verano a Marivent. ¿Por qué tiene que ir siempre el Rey? ¿Quién es el Rey aquí? Ya no dejas que me vean. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Yo soy tu ego. Tú EGO. Yo soy tú. Tú no eres nadie sin mí. ¿Qué es lo que pretendes?

—Te lo he dicho mil veces. Ahora no puedo ser yo. No como antes. Tengo que controlarme. ¿No te basta con los decretos? Ningún ego ha tenido nunca regalos como estos en forma de decretos. Decretos y decretos por todas partes… Ya te volveré a sacar, no seas impaciente, tenemos seis meses por delante. Ten un poco de paciencia y compréndelo, por favor —dice mientras se afloja la corbata y se masajea la frente.

—¿Qué lo comprenda? ¿De verdad me estás diciendo que lo comprenda? ¡Pero si soy tu ego! ¡Cómo va a tener un ego como yo paciencia y comprensión!

—No entiendes nada… al final me vas a causar un problema…

—¿Problema? ¿Yo, tú ego, un problema? ¡Yo, que te he hecho llegar hasta aquí! Eres un desagradecido y ya no puedo más. ¿Qué quieres?, ¿deshacerte de mí como de tus escrúpulos? Me acuerdo de ellos… eran pocos, pero simpáticos. Pobrecitos. Pues no te va a resultar tan fácil, que por algo soy tú ego, TÚ EGO, el famoso ego de Pedro Sánchez, que no se te olvide…

Al final las cosas no son casi nunca como creemos. ¿Quién no pensó ayer en la asombrosa desfachatez que era la salida del Congreso del presidente en un momento así? Y todos esos diputados afeándole su conducta. No saben. No sabemos nada. Si todos supieran lo que significa vivir con un ego como ese no serían tan crueles y comprenderían lo difícil que es cargar con ese peso. No es impostura. Es Pedro Sánchez y su ego en una relación malsana donde los más perjudicados, por cierto, son los españoles. Ustedes y yo. Esos españoles que al presidente no le importan nada, por supuesto. Pero eso no significa nada. No se lo tengan en cuenta, pobre, que bastante hace lo que malamente puede con semejante ego.

 

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