Grandes esperanzas

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No hace mucho los medios de comunicación se hicieron eco de una noticia espectacular: una vacuna contra el Alzheimer, ya probada en ratones, iba a poder aplicarse a experimentos con seres humanos. Este medicamento no sólo serviría para prevenir la enfermedad en personas sanas sino también para paliar los síntomas de los pacientes que ya la hubiesen desarrollado. Finalmente, la guinda del pastel: los responsables de este avance eran científicos españoles. Todo ello llevó a que los principales informativos de televisión, periódicos y emisoras de radio se volcaran con la noticia. Hasta aquí nada que reprochar, es esencial que los medios informen y a la vez formen al ciudadano en asuntos relacionados con su salud, sobre todo si consiguen adaptar informaciones muy abstractas o complejas a un lenguaje más comprensible para el público.

 

El problema surge cuando unos minutos de televisión o una columna en la prensa impiden mostrar la investigación en profundidad. El Alzheimer afecta en España a cerca de 800.000 personas (el 10% de los mayores de 65 años y el 30% de los de más de 85) y se calcula que en 2050 el número de enfermos se habrá duplicado debido al envejecimiento de la población. Por ello, el interés que puede despertar una terapia preventiva y/o curativa de esta patología es enorme, por parte de los propios pacientes, sus familiares y la población en general. Sólo mencionar la palabra vacuna asociada a esta devastadora enfermedad puede generar unas expectativas que difícilmente se podrán cumplir, al menos a corto plazo.

 

Evidentemente, los periodistas no son los únicos responsables en este caso, porque en la misma noticia los científicos señalaban que en unos pocos meses se empezaría a probar en humanos e incluso pronosticaban que estaría disponible en las farmacias dentro de entre seis y ocho años. Pero no se quedaban ahí, sino que se atrevían a calcular que su aplicación llevaría a duplicar la esperanza de vida de los enfermos y, algo en tiempos de crisis todavía más relevante, podría recortar el gasto sanitario derivado de la enfermedad de Alzheimer en un 30%.

 

En la divulgación de estas y otras informaciones que pueden ofrecer falsas esperanzas al público el compromiso debe partir tanto de la fuente (los científicos y los médicos) como de los periodistas para ser cautos antes de “lanzar las campanas al vuelo”. Mostrar todas las luces pero también las sombras y las aristas de las investigaciones y descubrimientos. Siguiendo con el ejemplo de la vacuna del Alzheimer, dejar claro que de momento sólo se ha experimentado en ratones y que además a éstos se les habían modificado los genes para que presentaran las mutaciones asociadas al Alzheimer. Es decir, habrá que esperar a ver si la vacuna tiene ese mismo éxito cuando se aplique en humanos y hasta ese momento las especulaciones sensacionalistas y exageradas sólo contribuyen a frustrar a los enfermos y a sus familias.