Una infancia de charcos… y de aprender a pisarlos
La memoria. Su abrazo de oso. Su filtraje y sus trampas. Esa mezcla de arcilla porosa y corindón indómito. Además, no es mi memoria: es lo que ha quedado en ella tras pasar el cedazo de las evocaciones de Gregorio en nuestros muchos años de convivencia.
Y, sin darle opción a que mi cabeza estructure el oro líquido que por ella circula, dejo que un primer recuerdo “prestado” abra este cuadríptico.
El hospicio. Y un Gregorio lo suficientemente niño como para todavía no odiar el fútbol (lo haría al llegar a la adolescencia). Su recuerdo es olfativo: los niños de un barrio céntrico de Oviedo jugando a meterse goles con los niños hospicianos recogidos en lo que yo imagino un convento en el lugar exacto que ahora ocupa el hotel Reconquista (donde tienen lugar los fastos de los premios de príncipes y princesas). Ese olor… –decía, sin poderlo describir–. No era desagradable. Era único, insólito, tal vez como debe oler la pobreza, el abandono, el hambre de la boca del estómago y el del amor, el de quien anhela ser visto y reconocido. Niños y más niños: los que tenían familia, entre los que Gregorio se encontraba, y los otros, los que, a la orden de un fraile, volvían a recluirse en el abandono, los catres espartanos, la certeza de ser intercambiables y prescindibles por no ser nadie. Gregorio confesaba que ese olor le perseguía. No conseguía pasar junto al Reconquista sin que el espíritu de los hospicianos volviera a hacerse evidente. Los olores y sus propietarios siempre consiguen poner barricadas contra el olvido.
Años de fútbol. De crear un equipo propio. Decidieron llamarse Estrella Roja y lo comunicaron a la redacción del diario principal, La Nueva España. Allí no gustó ni el astro ni, mucho menos, el color. Los rebautizaron con un nombre anodino y se zanjó esa incomodidad que unos imberbes causaban a los timoratos del régimen.
Quizá son sus únicos escarceos con el fútbol. Su padre era directivo del Real Oviedo y en su momento el propio Gregorio llegó a darle la mano a leyendas como Gento. Pero si alguien era poco dado a la mitomanía era precisamente Gregorio, así que Gento quedó reducido a la categoría de anécdota menor para los momentos en que, acabado un ágape copioso, se procedía a engalanar las horas con historias tan vistosas como intrascendentes.
Me quedo en lo sensorial. Gregorio gozaba de una pituitaria canina (y, en sentido amplio, de un olfato entrenado para calar a la gente y sus intenciones). Pero, en igual medida, su oído era de esos absolutos. Su madre, empeñada en que el niño se puliera en el arte de tocar el piano, lo matriculó, a él y a su hermano, con un par de señoras solteras y antiguas, Amalia e Irene, que se ganaban unos dineros extra intentando domesticar las sensibilidades díscolas de adolescentes enfrentándolos a un teclado (esa escala… arquea la mano… Czerny… allegro, ma non troppo). El resultado fue muchas pellas y poco avance. Pero, a lo largo de los años, logró desarrollar una sensibilidad agudísima en la música clásica (siempre se afeitaba escuchando conciertos en Radio Clásica), de modo que, apenas sonaba la primera nota, era capaz de reconocer la pieza, el compositor y el intérprete. No es que escuchara solo música clásica. De hecho, uno de los últimos temas que decidió escuchar en bucle en sus semanas finales fue ‘Puro teatro’, al hilo de la impostura que detectaba en ciertas formaciones políticas.
Y está la vista. Un cierto daltonismo. “Ep, el semáforo está en rojo”. “Yo lo veo verde”. Hacíamos bromas: “A ver si pensabas que eras comunista y resultaste ser un pionero ecologista”. Un ecologista omnívoro. Algo que excede, con mucho, el perímetro del oxímoron. Su “ecologismo” (lo entrecomillo para que no pase inadvertida la ironía) podría decirse que se circunscribía a las plantas: tenía una mano fabulosa cuando se trataba de mimarlas. Le sobrevivieron sus hermosísimas orquídeas y su flor del desierto de Siria. Y lo dejaron hace unos años su magnolio y su poinsetia. La belleza de las plantas. Su silencio, generoso en lo contemplativo y lo evocador, sin necesidad de Proust. Sus perfumes discretos y reveladores. Esa forma de perderse y encontrarse.
El tacto. Cruzarse en su camino, en las calles de Oviedo donde la lluvia dejaba rastros seminales, con la primera mujer de don Emilio Alarcos Llorach, Clarisse, de origen suizo, una dama distinguida. “Es el primer adulto que nos trató como a niños y no como a ganado. Yo estaba perplejo, y agradecido, con ese salto civilizatorio. Había amabilidad, calidez, educación”.
Con el paso de los años doña Clarisse enloqueció. “¡Ay, Goyo! Probina… anda por ahí dirigiendo el tráfico”, le dijo un día su madre. Gregorio sabía que ese hecho cerraba una era ilustrada y, por tanto, fiada a la esperanza.
Hablo de lo sensorial y tal vez debería hacerlo de los sentidos. Incluyendo el sexto y el del humor. Me referiré en exclusiva a este último, que hay que encuadrarlo en la época de un Gregorio tardo-adolescente, en sus primeros años en Madrid, estudiante de teatro y vecino de Félix Grande y Francisca (Paca) Aguirre, y de Gloria Fuertes. Fueron muchas las tardes de complicidad con los dos primeros. Gloria vivía en el piso debajo de los poetas. Un día prepararon una tortilla para la cena. La sacaron al alféizar para que se enfriara. Pero el alféizar estaba ligeramente inclinado, por lo que la tortilla terminó irremediablemente en el patio de luces. Félix se llevaba las manos a la cabeza mientras anunciaba con socarronería: “¡Oh, no! ¡La tortilla! ¡Mañana tenemos poema de Gloria!”. Gregorio no escatimaba recursos a la hora de teatralizar esa anécdota. Estaba claro que el teatro aún lo rondaba, aunque fuera como una amante despechada, ya que lo cambió por el pensamiento político, por la palabra convertible en filo.
Ese es el Gregorio que se hizo adulto bruñendo palabras, atando escrituras, creyendo en la revolución. Luego todo eso se perdió con la última lumbre de algo parecido al candor. Y con ello vuelvo atrás en el tiempo, en el suyo, porque esa no fue la única edad perdida, ni la única esperanza: antes de su nacimiento había perdido a su tío Gregorio, de quien hereda el nombre, hecho prisionero en un campo de concentración en Francia para terminar haciendo trabajos forzados en Boghar, Argelia. Su tío escribía cartas que Gregorio no consiguió recuperar (los malabarismos familiares las hicieron pasar de mano en mano) y tuvo una hija póstuma. Su cuerpo reposa en una fosa común bajo un cielo argelino que Gregorio solo podía concebir como inclemente, alto, y en una tierra árida y desértica. En esa convicción, y en la necesidad de poner literatura a los misterios, a los mitos, y no digamos a los tabúes familiares surge su escritura acerada y brillante. Pero eso es otra historia.
El proyecto vital de la integridad
“¡Oiga! ¡Pare! ¡Que pare y abra la puerta!”.
Era la voz de Gregorio tronando dentro de un bus, dirigiéndose a un conductor prepotente y malencarado. Hacía una hora que habíamos llegado a la terminal de autobuses de Tarragona, con la idea de tomar algún medio que nos acercase a Reus. Justo salía un autobús en ese momento. Cuando llegamos a la puerta del vehículo el chofer la cerró y se marchó. No había nadie más en las inmediaciones. Así que nos sentamos, resignados, en un banco a esperar nuestra siguiente oportunidad… que llegó al cabo de una hora, cuando el mismo bus con el mismo conductor entró en la terminal. Gregorio afeó al conductor habernos dejado en tierra a sabiendas que no había más bus que el suyo y este se limitó a escupir un insulto. La cosa probablemente no habría ido a más, de no ser que ese sujeto sin vocación de servicio público cerró la puerta a una mujer embarazada y con un bebé en su carrito y se dispuso a arrancar dejándolos en tierra. Entonces sí vi transformarse a Gregorio en hidra, ante el arrugamiento de los otros pasajeros:
“¡Pero ábrale, cabrón! ¡Que lleva un crío, está embarazada y la va a hacer esperar una hora!”.
Se cruzaron insultos de punta a punta (nosotros sentados en la parte de atrás), amenazas del conductor de que nos iba a echar, hasta que Gregorio se le acercó para ordenarle que abriera la puerta o lo haría él y, por supuesto, lo denunciaría. El conductor obedeció. Y fue adornando el viaje de improperios que chasqueaban como esquirlas. A Gregorio le sulfuraban los prepotentes en general y los prepotentes gratuitos en particular: los que tienen una parcela de poder equivalente al que pueda tener una gallina, pero que la aprovechan para degradarlo todo: a su propio entorno, a los semejantes.
De esa rara aleación estaba hecho Gregorio: arrojo y sentido de la justicia. Para él que palabra y acción coincidieran no era simple artificio, sino la única forma de que vida y dignidad, conteniéndose mutuamente, tuvieran sentido.
Y no consigo desligarlo todo ello de su incorruptibilidad. Es lo que cabe esperar en alguien para quien lo que decía y lo que hacía estaban unidos por el raro cordón umbilical de la coherencia.
* * *
Cuando falleció Gregorio me sorprendió encontrar, al azar, un par de comentarios sobre su “amor al dinero”. Me pareció tan chirriante que, aunque probablemente fueron escritos por individuos que en su momento pueden haber cruzado algunas palabras con Gregorio, es obvio que no tenían ni idea de cómo era (no solo Gregorio como persona, sino incluso como personaje, lo que es más grave). Pero inflamar los discursos, como globos sonda, en las redes sale gratis y a lo mejor gratifica al hinchador de turno. No pude evitar sentir lástima.
Gregorio sabía negociar muy bien sus contratos, no cabe duda. No se conformaba con poco si sabía que podía sacar más. Y, como era correoso, solía alcanzar las metas. Se blindaba. Para él su escritura lo encarnaba todo; por tanto, no escatimaba medios para subirla a la cumbre. Se debía a los lectores, a todos, sobre todo a aquellos que se permitían ser hostiles con él (los lectores consagrados ya estaban ganados de antemano). Digo “hostil” con cautela, porque usar “odio” lo considero frívolo e incluso infantil. Gregorio vivía para la escritura. La habitaba, la abrazaba, la mimaba como mimaba a sus bellísimas orquídeas y magnolios, la hacía crecer, sufría con ella, brindaba por ella. Su relación con el dinero se limitaba al valor de su escritura. Fuera de ello, el dinero carecía de brillo o glamur, y se convertía en una manera de asegurarse disfrutar de un vino, una buena comida y libros raros y hermosos.
Explico todo esto para que tenga sentido separar al Gregorio amante y defensor de su palabra del Gregorio codicioso, que es a lo que, con malicia, aludían aquellos mensajes, y que jamás existió. Ni en la persona ni en el personaje. Allanado este tramo del camino me resulta mucho más fácil conectar con su faceta de hombre libre, tan libre que se podía permitir una incorruptibilidad a prueba de todo. Intentaron averiguar, hace apenas seis o siete años, si se había enriquecido a la sombra del Partido Comunista (o de cualquiera de sus franquicias) y no hallaron nada: tan solo el hombre que vivió con sobriedad en modestos y diminutos pisos alquilados (eso sí: siempre con vistas fabulosas, para que al menos la retina descansara). Cuando unos abogados, de esos amigos de amigos de amigos, le propusieron crear una S. L. para facturar más y mejor, lo rechazó, porque nunca le gustaron las trampas ni las marrullerías. Asumía lo que hubiera que asumir. Cuando un conocido periodista de Radio Exterior de España lo invitó a ser tertuliano en un programa, lo rechazó de plano –detestaba a los tertulianos en virtud de la arrogancia que implicaba su todología–. “¿Incluso antes de saber la abultada cifra que te ofrecemos?”. “Incluso así”. Se acabó la conversación. Otro tanto ocurrió cuando le ofrecieron un premio de ensayo, al que, por descontado, no se había presentado, con la idea de que se asegurarían más ventas y que el anticipo que le podrían dar sería más jugoso. Lo rechazó ofendido y tuvo algo más que palabras gruesas con el editor. Se publicó el libro, pasó sin pena ni gloria, porque es lo que pasa con los libros cuando aprenden a andar solos.
Su época de las Sabatinas intempestivas de La Vanguardia es lo que le consagró como escritor maldito, una especie de regalo envenenado. Por un lado, le valió un ejército de fieles “sabatinos”; no eran pocos los que compraban ese diario los sábados para meterse la esperable cicuta agridulce de los artículos de Gregorio. Recuerdo un día, por la calle, unos cuantos señores que habían bebido más de la cuenta, pero incondicionales de Gregorio, que se hicieron varias fotos con él. Íbamos con una amiga canadiense que estaba alucinada, porque pensaba que cosas así las vivía todos los días (lo que distaba de ser cierto). Por otro, no faltaba quien le llamaba para insultarlo. Le gratificaba una cosa y la otra; sabía que un kamikaze suscita corrillos y a lo mejor palmaditas en la espalda, pero también una especie de temor que a veces rozaba lo reverencial. Sea como sea, unos y otros contribuyeron, sin saberlo, a una creciente sensación de soledad y aislamiento. Recuerdo dos anécdotas. Una, de cuando existían esos orfebres del lenguaje que eran los correctores. Le corrigieron una palabra y no fue para bien, porque desvirtuó todo el sentido del artículo. La discusión que mantuvieron fue sonada. Y al pobre corrector no se le ocurrió otra cosa que decir: “Bueno, a toda puta se le escapa un pedo”. La respuesta fue rápida, un corte de cuchillo: “Tal vez tú sí, pero yo no trabajo como puta”. La otra historia es anterior y tuvo que ver con un epíteto que le dedicó a José María García. Lo llamó el director de La Vanguardia del momento para pedirle que retirara el adjetivo, a lo que inicialmente Gregorio se negó. “¿Tú sabes el volumen de millones que García tiene con el Conde de Godó?”. “Ni idea” (seguramente dijo “Ni puta idea”). “Dos mil millones de pesetas”. “Ah, entonces quítalo. Es obvio que mi adjetivo no vale tanto”.
Su incorruptibilidad estaba bruñida por su orgullo. No sabía qué hacer sin su escritura. Para él, la ausencia de escritura (y lectura) solo podía presagiar un paisaje de tremenda orfandad.
Pero la vida es una bromista que también sabe de orgullo y de mover fichas chocantes que al final te hacen pensar. Lo llamó Carmen Balcells, diciendo que lo admiraba mucho, que era su asidua y más fiel lectora, y que sentía que estaba llamada a convertirse en su agente. Gregorio siempre se negó a tener agente, pero sentía mucha curiosidad por lo que la poderosa Balcells pudiera ofrecerle. Y después de dedicarle a Gregorio tantos halagos que hasta el teléfono empezaba a derretirse, le pregunta de sopetón: “Por cierto, ¿tú qué escribes? ¿Poesía o prosa?”. Eso puso punto final a la conversación. Y no puedo decir que no lo entienda.
La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad
La verdad es algo objetivable, externo, verificable con procesos de rigor que a veces resqueman al que la busca y duele a quien la encuentra. Nada que ver con la verdad como adminículo, que la confeccionamos en papel de seda cuando queremos que un aguacero la desintegre o la rellenamos de hierro galvanizado cuando aspiramos a que permanezca. La verdad no es blanqueable, ni maleable, ni convertible en humo ni se constituye de los mismos mimbres que la mentira. Y la política, la judicatura y la información deberían apuntalar esos principios. Gregorio tenía claro todo eso y algo más: que por esa verdad valía la pena exponerse, cruzar campos minados, y jugarse el puesto de trabajo o, lo que es peor: la vida.
Asumir la verdad como un ente no negociable y demostrable exige unas altas dosis de valentía de las que Gregorio no carecía.
Pero la verdad, deseable como es para quitar vendas de los ojos y mordazas de la boca, también se vuelve un artefacto espinoso, delicado y controvertido. A él le tocó pagar el precio de sentarse 16 veces en el banquillo (lo que nos tendría que hacer reflexionar sobre las complejas relaciones entre la verdad y la justicia). Los finales no siempre fueron felices, al menos para Gregorio, pues las redes de intereses, del tipo que sean, pero proclives a levantar dedos acusatorios, suelen ser alérgicas a la verdad, aunque no sea más que porque, para tales redes de intereses, no existe más que una verdad: la suya.
Esa relación de Gregorio con la verdad no fue lineal, ni estuvo exenta de dolor: sabía que cada intento de aproximación a la verdad, de revelarla, aumentaba su ostracismo, lo que lo llevaba, sin excepción, a cuestiones más metafísicas, y en las que la pregunta que uno se hace tiene un brillo más diamantino que la respuesta: ¿para quién escribo? ¿A quién le puede interesar todo esto? A tales preguntas le seguía un silencio que se alargaba hasta la madrugada, con un puro a fuego lento en los labios y la mirada perdida en la sierra del Cuera, donde las tormentas eléctricas desataban pirotecnia de pirita y resultaban embriagadoras.
La verdad. Cuando Gregorio ingresó en el Partido Comunista estaba convencido de que la verdad era la revolución. Fue algo mucho más atroz que la decepción descubrir que sus correligionarios hacían planes de futuro que incluían coche y casa en propiedad. ¿Hipotecas? Pero ¡si vamos a hacer la revolución! ¿Propiedad privada? Pero ¡si somos comunistas! Él nunca tuvo coche, ni carné, ni vivienda que no fuera de alquiler. Esa decepción, que no sería la única, lo hizo apartarse del partido y seguir cultivando su natural desconfianza. Cuando las palabras y los hechos no coinciden se dinamita la verdad y, con ella, sus principios. Descubrirlo puede ser sanador a la larga, pero no te libera del dolor.
Ya en esa época, al principio de estar en el partido, siendo apenas adolescente, recibía amenazas de muerte. Algunas llegaban a la casa de sus padres. Un día se las reclamó a su madre, que le confesó haberlas quemado, por razones que rozaban lo supersticioso (ay, esas generaciones, tan dadas a recurrir al fuego expiatorio para que lo malo dejara de existir…).
Jamás dejó de recibir amenazas: en el contestador, con voces distorsionadas y sin distorsionar, manuscritas, a máquina, en papel de bloc de notas… no hacía nada al respecto, excepto asumir que, al salir a la calle, alguien, a saber por qué razones, podía decidir que ese sería tu último día.
De manera personal me impresiona su experiencia de un año dirigiendo La Gaceta del Norte, en Bilbao, a mediados de los años 80, años de plomo, miedo y omertá. Se encontró una sociedad entre cómplice y acojonada (me permito usar este adjetivo tan suyo) donde la farmacia se negaba a venderle medicamentos, el supermercado a venderle comida… y, por si fuera poco, todas las madrugadas, a eso de la una, sonaba el teléfono y alguien jadeaba al otro lado, sin emitir más sonido que ese. La situación se repetía hasta el punto de que la cuidadora de sus hijos, interna, empezó a tener pesadillas. Un día Gregorio habló: “Estoy solo con mis hijos, a cargo de mi madre enferma, y mañana tengo que madrugar, ocuparme de los niños e ir a trabajar. Si no tienes nada que decir este es el momento de dejarlo”. Colgaron. No hubo más llamadas. En cambio, se aceleró la muerte social.
Para La Gaceta del Norte fue el final. Para Gregorio, el principio. La palabra no solo era un lugar de permanencia, sino la certeza del destierro.
El lugar exacto de la poesía…
Gregorio poeta. Lo voy a formular de otro modo: “Gregorio, ¿poeta?”. Apenas se asomó en esa madriguera de la palabra más destellante y liberadora, pero una vez sí se zambulló. Fue para acompañar un insólito (y a, a estas alturas, inencontrable) libro del artista santanderino Eduardo Sanz en que se homenajea la obra del pintor japonés Hokusai, su inquietante universo de olas y la pintura ukiyo-e en general. Para entonces a Gregorio le obsesionaba la vejez y sus claroscuros.
“Nos sobrepasan los símbolos. Las metáforas nos exceden y se nos queda el espíritu encogido, como quien está esperando algo más. No una continuación, sino alguna clave que nos retire ese gesto que nos retire ese gesto de la sorpresa. El testamento pictórico de Hokusai resultó ser un dragón y un tigre. Había cumplido ya los 90 años y aseguran que simbolizaban desde siempre la lluvia y la tierra. ¿Por qué estarán tan seguros?”.
Ese cielo grande y ajeno al que alude en el mismo texto, ese cielo generoso en lluvias que caen como letanías monocordes, sin furia, pero con celo y perfección.
Yo documentaba fotográficamente ese paisaje bellísimo de la Sierra del Cuera mientras Gregorio descubría que podía que podía confiar en la poesía (la poesía ya había hecho lo propio y confiaba en él). Frente a nosotros se desplegaba, día y noche, el cono perfecto del Pico Jana. Como su texto tenía que ver con un homenaje a la pintura japonesa, a nuestra montaña la llamábamos entre nosotros “Fuji-Jana”.
Voy a permitir que el cierre de este cuadríptico no sea mi voz, sino la del propio Gregorio. Porque ahí está todo: el Gregorio de la desazón; el de la esperanza fraguada, pese a todo, por Vulcano; el del temblor ante la rotundidad de los paisajes; el buscador, en fin, de esos cielos grandes y ajenos; el que conoce el monte sagrado y su destino mineral (frase deliberadamente ambigua).
También lo elijo porque hay que leerlo del tirón, como quien se introduce en una apnea que impide que la respiración se empañe de emociones y se haga añicos.

“Esperar que llegue la luz al Pico Jana para iluminar el día en que has decidido romper con todo y asumir que vas a cambiar de vida aunque sigas sentado sin atreverte a empujar la silla y echarte a andar consciente de que debes resignarte porque el invierno trae nubes bajas y la luz no alcanza resignándote a confiar que la próxima mañana alguien se acerque a verte y te ayude a arrimar tu sillón de ruedas hasta la ventana”.




