Guinea siempre one

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Arriba, la independencia,

Abajo, dan yala titi aah

Botom mangro stick eh,

Na de then ren eh

 

Eso que leen es una cosa que se cantó en Annobón, cantado por la agrupación mamahe, que es la versión sureña del malabeño ñankué, esa cofradía formada por fernandinos y descendientes suyos. ¿Qué cantan? Lo que se lee lo cantan a una señorita que empezó y afianzó unos amores escandalosos con un alto funcionario de la delegación gubernativa de Annobón en los difíciles tiempos de Francisco Macías.  El hecho es que el hombre ya estaba casado, con hijos ya mayores, y nadie hubiera aconsejado aquella relación. Además, parece que aquella moza, como lo veremos ahora, tenía lazos parentales con aquel hombre mayor. La moza no había estado en una relación conocida y por esto era tan llamativa su relación.

 

                El pueblo entero de Annobón, rogando a Dios que Macías bajara de la silla, vio bajo los árboles de la delegación gubernativa a la moza aquella, en actitud lo suficientemente elocuente para que se creyera que lo que le habían llevado ahí no eran los sabrosos mangos de aquella entidad administrativa, sino algo de una carne más sabrosa. Pues vistos los indicios de lo que nadie hubiera esperado, los listos de aquel tiempo vieron el campo del arte abierto y los compositores de mamahe compusieron una canción cuya estrofa primera es lo que ponemos arriba. Cantan en ella que la independencia sigue estando arriba, y que debajo del árbol del mango hay una moza de color clarito que reina en el reinado del delegado. A la letra: arriba la independencia, abajo la moza amarilla, debajo del mango reinan, eh. En esta canción, cantada en pichinglis, las palabras que quizá necesiten una explicación antropológica y lingüística  sean yala y titi. Al ser Annobón un lugar de negros, cualquier tonalidad cromática pronunciada es tenida en cuenta por las costumbres locales, por lo que aquella muchacha, que debía ser negra por sus padres, y por la raza, tenía una piel algo aclarada.

 

                Claro, Annobón se pobló de personas apresadas en otros puntos de África, y a saber qué harían con las mujeres negras capturadas antes de dejarlas abandonadas en la isla. Aquella muchacha, pues, salió clarita, por algún cruce en su ascendencia. En pichi, yala, de yelow, un inglés que a nuestras costas ya no llegó. Por otro lado, en las costumbres de las gentes mayores de los que hablan el pichinglis, y en lo que se refiere a esto de requiebros  y segundas intenciones, todos los que entran en este mercado tienen marcado su estatus etario, conocidos por todos ellos. Así, titi, leído de manera que la i final salga alargada y que no haya confusión con apelación a simios o parecidos, (titií), es una muchacha joven que no ha tenido amores conocidos y que, incluso, está todavía bajo la tutela de sus padres. A una titíi se puede desear, y solamente se la ve cuando está de camino a su casa para la iglesia o para la escuela, o cuando hace recados. El siguiente escalón etario es sista, del inglés sister, que es una mujer ya mayor que responde por sí misma y puede esquivar por su cuenta los embates de los que le requieren, hombres mayores o de su edad. Y, finalmente, las mujeres de aquella época alcanzaban la categoría de anti, de un aunt que se perdió también en el camino, tía. Una anti (antíi) ya es mayor, puede hacer sus cosas si ha tenido suerte, pero ya tiene que hacer más esfuerzo para llamar la atención. Habitualmente son las antis las que velan por la moral pública de las titis que hay a su cargo.

 

                Con los fernandinos, pues, una titi es una mozuela sin experiencia, una sista ya puede torear, y una anti es una maestra que puede mirar de lejos lo que se cuece sin dar muestra de que lo tiene todo controlado. En lo que a los hombres se refiere, la correspondiente a titi es ñomboy, que luego crece y se hace man boy, y con los requiebros adquiere la madurez de oncul, tío. Llamar, pues sista a una mujer es reconocerle la madurez para hablar ciertos temas, sobre todo los tocantes a los oficios de escuchar y aceptar. De hecho, man boy tuvo connotaciones de hombre que triunfa en sus dificultades, amorosas incluidas. Entre los pichihablantes, así se conoce al actor principal de las películas.

 

                Lo que cantan arriba ya está explicado, pero estos días me acordé de ello, y porque la titi a la que se canta, no lo dije antes, es de mi familia, y me asombré de la habilidad compositora y poética del grupo. Y es que no solamente dicen lo que se lee a la letra, sino que aprovechan los dobles sentidos para decir más. Como sabían que era una canción que iba a ser pública, aprovecharon la ocasión para hace un guiño a la política opresiva de Macías, pues por aquel entonces, y pese a la pobreza reinante, por lo que decías o lo que dejabas de decir te podía caer una gorda. Sabedor de esto, empezaron con el guiño, y así dijeron lo de arriba la independencia, y esto porque en todos pueblos de Guinea se decía y a Macías le gustaba. Pero también decía que arriba, para el asunto que motivó la canción, tomaba postura el que mandaba en el nombre de Macías, pues en la escenografía resultante del convencimiento de la titi aquella, el delegado adoptaría una postura que hoy tiene un nombre con reminiscencias cristianas. Abajo, en esta postura tradicional, ella, recibiendo las embestidas. Pero cuando decían primero arriba, a renglón seguido decían abajo a la moza de piel clarita, y de esa forma desaprobaban en público aquella relación. Se decía mucho, en el ámbito de la política, para mostrar rechazo por lo que no quería Macías. La desaprueban, pero no fue óbice para que siguieran diciendo que los dos reinan debajo del árbol del mango. Y es que no había nada que hacer. Se le podía afear en público, y en grupo, al delegado gubernativo de Macías, pero en privado y de manera individual, no. De hecho, aquella relación siguió su curso y aquella pareja tuvo muchos hijos, todos ellos lindos. Claro, con aquellos mangos sabrosos…

 

                El recuerdo es un homenaje, primero, a los fernandinos. Eran tan listos… Luego un recuerdo a los de Annobón, y particularmente a los de  mi familia que vivieron aquella historia, y después a todos mis lectores, que estarán sorprendidos por este requiebro temático. Bueno, de todo hay en la viña del Señor y todos necesitan un hueco en nuestros recuerdos.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.