Guineanos, Dios y el Cielo

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Los guineoecuatorianos, como muchos negroafricanos, están obsesionados con la salvación. Es una forma de egoísmo colectivo. Y en este empeño, se involucran físicamente en la alabanza a cualquier Dios dado a conocer por extranjeros. Dan los diezmos y se revuelven en el suelo por haber ofendido a Dios, sí, a Dios. Pero apenas viven en casas, sino en chozas, los que viven en Malabo y alrededores no tienen agua potable, sufren mucho al mes para tener electricidad, y muchos no la tienen. Los hospitales a los que van son un asco, y por esto muchas veces no van a estos hospitales y se van a una farmacia y se automedican. Cuando están muy enfermos, son llevados a unos sitios donde acaban muriéndose. Antes habían llorado por ofender a Dios, así que es probable que crean que van a ir al cielo.

 

Y con esta vergonzosa obsesión en sus vidas, se dejan engatusar por los pastores, que arrancan de sus cuerpos los demonios que se apoderan de ellos, acuden a los curas del catolicismo en busca de milagros para el cuerpo, a falta de hospitales, y se dejan engatusar también  por ellos, y en el camino, y si son mujeres, traen al mundo unos hijos de ellos. Enfrente de los guineanos está el poder, sostenido por familiares de Obiang y mercenarios que ha traído del extranjero. Y muchos militares. Pues la obsesión por salvarse está igualmente instalada en el estamento del poder, y lo mismo hay altos mandos del ejército que se hacen pastores evangélicos, para hacerse curas católicos deberían saber leer y escribir más, como generales que gastan millones de FCFA para allanar el camino al cielo. Si la gente conociera con detalles lo que hacen para librarse de la condenación, se sorprendería de la vida de gentuza cuyo poder sirve para pisar la cabeza de los demás. Conocemos el caso de un general que antes de morir, repartió una cantidad de dinero en distintas iglesias para que celebraran misas por él. Acabó muriendo en el extranjero, no sabemos si supo de qué. Los estamentos más altos del poder guineano tienen a cuerpo de rey a los miembros del clero católico que se allega a ellos, miembros a los que dejan abusar si quieren, con tal de no decir nada que hiciera creer que estos del poder jamás podrían ir al cielo.

 

Lo llamativo de estas ansias por salvarse es que los abandonados del poder, casi todos, y los que oprimen a otros para gozar de las ganancias terrenales que les permitan alcanzar el cielo quieren ir al mismo sitio, pero sin mudar de costumbre. Y aquí se desvela lo que se hubiera dudado si lo hubiéramos dicho a la primera. Por lógica, oprimidos y opresores no pueden ir al mismo sitio, y si se espera que sea de manera eterna. Pero los que tienen que darse cuenta de esto y abandonar la tontería, y dejarse de golpearse el pecho, son los ciudadanos de a pie. Y ciudadanos lo hemos elegido a propósito. Todavía se cree en Guinea, y en algunas naciones ridículamente cristianizadas, que el ejercicio de la fe es un deber ciudadano. Ir a misa, celebrar los sacramentos, ir a las procesiones, y esperar ir al cielo. Pero no, el ejercicio de la fe no tiene nada que ver con la asunción de responsabilidades ciudadanas. Sí lo es sacudirse la opresión y enfrentarse a los que subyugan a los demás. Si cualquier humilde ciudadano investigara vería que los que tienen sacos de dinero en Guinea son los que se sentarían al lado de los prelados en cualquier acto público, una amistad que traspasa las fronteras nacionales para relacionarse con los altos estamentos de la Iglesia Católica. Está claro que por esta vía llegamos a la misma verdad, y es la de que o dudamos de la existencia de la vida eterna o nos enfrentamos a los que nos impiden tener el dinero para hacer las cien misas necesarias para para alcanzarla. Como hay los que se abonan a la creencia de que la riqueza material podría ser un obstáculo para alcanzar el cielo, de ahí que habría que hacer un último esfuerzo para despreciarla, les diremos que la Evolución misma, leído por algunos como Dios, hubiera obviado la fase materialista del hombre si lo hubiera creado para un destino tan llamativamente incorpóreo como el cielo.  No hay más.

 

Malabo, 28 de junio de 2019

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