Habitar por capas

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La revolución digital iniciada hace ya casi tres décadas ha supuesto un antes y un después dentro de la historia de las relaciones entre imaginación y tecnología, siempre propicias por igual a utopías y distopías, siempre alimentando la historia del asombro y sus derivas literarias, filosóficas, artísticas o arquitectónicas. Y ha sido un punto de inflexión porque las ficciones digitales poseen características muy específicas que no podemos encontrar en otras épocas, como son la rapidez de desarrollo de las tecnologías que las sustentan, la relativa facilidad de su uso y, sobre todo, su capacidad para modificar y entremezclar las escalas de lo cotidiano y fomentar un habitar por capas donde se generan nuevos ámbitos de relación con lo que nos rodea y donde la percepción de lo real es continuamente alterada.

Hasta hace bien poco las grandes fantasías tecnológicas formaban parte del lado excepcional de la vida, pero la revolución digital ha convertido lo irreal en habitual. Frecuentar universos ficticios —e incluso residir en ellos—  es actualmente una opción más de nuestra cotidianeidad. Frente a la subjetividad recóndita de las tradicionales experiencias religiosas, místicas, poéticas, literarias, alucinógenas o psicotrópicas, la nueva irrealidad digital es objetiva, social, industrializada. Jamás la ficción había tenido tanto peso en nuestra vida diaria, nunca lo irreal había estado tan instrumentalmente ligado a lo cotidiano.

El mundo de la arquitectura debe ser consciente de que el habitar telemático está dando lugar a nuevas prácticas espaciales cada vez más alejadas de lo físico, de las cuales el ser humano es a la vez productor y consumidor. La revolución digital —en la que todavía seguimos inmersos— ha propiciado alteraciones importantes en la experiencia del mundo por parte de quienes lo habitamos. Estas transformaciones están colaborando a que el ámbito de actuación y reflexión de la profesión de arquitecto crezca más allá de la edificación y a que entren en juego nuevas acciones y mediaciones que contradicen cualquier pretendida autonomía disciplinar.

Acostumbrémonos a pensar más en lo arquitectónico que en la arquitectura, y más en la arquitectónica del habitar que en la arquitectónica de la edificación. Eso, y no las leyes, devolverá al arquitecto la credibilidad que necesita ante la sociedad a la que se debe.