Haití, estropajo de Dios según el general Obiang

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En este artículo hablamos de cómo Haití no progresa y preguntamos de si sería por su negritud.

 

Siendo una persona que controla todo los resortes del poder en su país, de la boca del general-presidente Obiang han salido muchas tonterías. Por ejemplo, dijo que era dictador porque era el  que dictaba las leyes, así que se merecía aquel título. Y cuando un periodista inglés le echó en cara su demencial obsesión por construir palacios mientras la población guineana sobrevivía en infames cuchitriles, espetó al periodista: ¿Quieres que viva como un pájaro? Todo lo dicho es para probar que de la boca del indoblegable corrupto puede salir la frase de que la república de Haití es el estropajo de Dios. Y es una de las maneras de relacionar otra vez a Obiang y a Dios en la producción de miseria en el mundo.

 

Hace unos meses la cuestión de Haití saltó a la prensa otra vez. Pues una tormenta de estas furiosas golpeó muchos países, y cuando llegó a Haití los muertos se contaron por cientos. Seguro que enchufado a la tecnología que suele negar a sus “súbditos”, se enteró de la suerte de los haitianos, pero no dijo nada. No hizo aquello de que mira, voy a mandarles unos sacos de comida y dinero en metálico, o metal directamente. ¿Pero por qué no lo hizo? Porque Haití está lejos de Guinea, y porque difícilmente la ayuda que recibieran los negros que ahí vivieran pudiera ser publicitada. Es decir, el general-presidente sabe ya que hacer donaciones es un camino para alcanzar algún tipo de gloria. O sea, Obiang puede estar creyendo que en Haití se puede estar adorando al Dios que no toca, un Dios débil, indigente y negligente. Si no, no se podría explicar que sea un país que no conoce ningún alivio a sus desastres. Bueno, no sería anormal que a los negros de Haití les tocara un Dios igual, un menesteroso, pues en el reparto de la suerte misma no han tenido suerte. Tampoco suelen tenerla las oenegés que van allá, aunque reciban falsos millones para realizar sus cometidos. Esto de los falsos millones es porque algunos necesitados de gloria efímera suelen anunciar donaciones millonarias que suelen ser fantasmadas. O bien, que reciben estos millones pero se lo reparten con alegría. Ellos mismos.

 

Si alguien se acercara a Haití en estos días y quisiera saber qué hacen las miles de oenegés que hay allá, vería que cada una está compuesta de un jefe, expatriado, un contable, expatriado, un logista, que también podría serlo, y un conductor, que suele ser el primer miembro nativo del país. Dicha oenegé tendrá un jefe homólogo, muchas veces impuesto por el ministerio, y cobrará como nativo, o sea, muchos miles menos que su homólogo expat. Además, para hacer papeles habrá que mojar la barba a más de un funcionario, y así se gasta el dinero que haya recibido dicha oenegé. En la sede de la oenegé habrá una moza, nativa, y cuidando de las verjas, otro, el sereno. Nada más. A eso se dedican las oeneges en los países poblados por negros y en los que mandan los corruptos. Si alguien pudiera saber más de cómo se desenvuelven tanto el jefe, como el contable, así como el logista de esta oenegé, sabría que salen mucho por la noche y saben dónde y cómo se puede allegar a sexo inocente, joven y desamparado, pues el país está lleno de jovencitos y chiquitas pasando muchísimas necesidades.

 

Dios y Obiang entran en estas reflexiones porque todos los jefes religiosos del mundo entero saben que el poder procede de Dios. O sea, el obispo de Malabo sabe que el poder de Obiang procede de Dios. Los imanes marroquíes creen en la divinidad del rey de Marruecos, y Saddam Hussein, a quien muchos progresistas europeos lloran con desconsuelo, impuso sus bárbaras costumbres porque era un protegido de Dios. Cuando encuentran a un malvado, todos los jerarcas de todas las religiones corren a sus pies para reconocer su origen divino. Debe haber cientos de pastores sinvergüenzas que están diciendo a los haitianos que aguanten, que su vida es la decisión de Dios, y a pesar de todas las oenegés. En Guinea salen vociferantes pastores en estas nuevas iglesias venidas del oeste y coinciden que no hay nadie que tenga poder sin que Dios lo haya permitido. Es decir, Dios no tiene nada que ver con la libertad ni con la democracia, algo que ningún partido político guineano quiere ver. Incluso muchos que ejercen la oposición, o están todo el día trajeados para que se sepa que son opositores, empiezan sus asuntos con una misa, aunque supieran que el cura elegido es un ladrón, y que obedece a un obispo que sabe que en las cárceles guineanas violan a los detenidos, si son mujeres apetecibles,  y no dice nada, salvo lo repetido de que cualquier poder viene de Dios, incluso el de Obiang.

 

Ya lo hemos dicho todo. Ahora hemos de decir que los guineanos están con el oído atento para ver si la France, potencia colonial con derecho de pernada en muchos países de África, use su poderoso brazo para impedir que Teodoro Nguema Obiang Mangue suba al poder, y a cuenta de la dispendiosa vida que ha estado llevando en todo el mundo a costa de los dineros de Guinea. Mientras tanto, uno detrás de otro, creen que todo el poder viene de Dios, así que hay que inclinar la cabeza ante los dueños de la religión que así predica. Bueno, está claro que así no vamos a ninguna parte. Parece mentira, incluso, que Haití y la France aparezcan en el mismo artículo sin que hubiera habido intención alguna por relacionarlos. Y es que no se puede escapar de la Historia.

 

Ya está bien. Ya va siendo hora de que los negros inventen sus propios dioses, porque los vigentes han actuado como vulgares oenegés que van tras niñitas inocentes. Está claro que el destierro de la religión sería el primer paso para preguntar seriamente por las razones de tanto atraso, o porque unos dioses específicos pueden estar detrás del padecimiento de unos  seres humanos. Hacer preguntas, ya lo saben, es ciencia, y con esto ya está dicho todo, pues no parece que pueda haber ciencia capaz de justificar los abusos que millones de personas cometen en nombre de su Dios. Mucho menos, su atraso.

 

Barcelona, 6 de noviembre de 2016      

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.