Hannah Arendt, el amor, la amistad y la verdad

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Gershom Scholem, uno de los grandes estudiosos de la mística judía, intentó por todos los medios persuadir a Walter Benjamin para que se le uniera en Israel cuando todavía estaba a tiempo de escapar de la barbarie nazi. A Benjamin se le torcieron definitivamente las cosas en Port Bou y allí buscó la muerte.

 

Hannah Arendt.

 

Gershom Scholem, uno de los grandes estudiosos de la mística judía, intentó por todos los medios persuadir a Walter Benjamin para que se le uniera en Israel cuando todavía estaba a tiempo de escapar de la barbarie nazi. A Benjamin se le torcieron definitivamente las cosas en Port Bou y allí buscó la muerte. Scholem, de quien atesoro algunos libros mientras espero el momento de encontrar largas tardes de invierno que consagrar a la lectura y al estudio, lejos de los afanes que ahora me consumen, era también un buen amigo de Hannah Arendt, a quien advirtió de que no debía traicionar el amor a su origen. Encuentro el argumentado reproche de Scholem en un libro que me ha venido a las manos cuando más lo necesitaba, unos días después de haberme conmovido casi hasta las lágrimas la película Hannah Arendt, dirigida por la también alemana Margarethe von Trotta. El título es un hermoso desafío: La bondad insensata. El secreto de los justos, obra del periodista e historiador italiano Gabriele Nissim, publicado por Siruela en su colección El Ojo del Tiempo.

 

“En la tradición judía existe un concepto, difícil de definir y, a pesar de todo, bastante concreto, que conocemos como Ahavat Israel, ‘el amor del pueblo judío’. En ti como en tantos intelectuales que vienen de la izquierda alemana, no encuentro sus huellas”, le escribió Scholem a Arendt. A lo que, tras la cita, añade Nissim: “Se trata de la misma acusación de autocensura y de odio a sí mismo que había planteado Moshe Landau”.

 

El primer artículo de Hannah Arendt sobre el juicio a Adolf Eichmann apareció en el New Yorker del 16 de febrero de 1963.

 

Hannah Arendt desató las iras de muchos de sus amigos (algunos le retiraron el saludo), de muchos judíos y de no pocos intelectuales de izquierdas, cuando publicó, primero en una serie de artículos en The New Yorker, luego en un libro, la crónica del juicio al dirigente nazi Adolf Eichmann en Jerusalén. Fue ella la que pidió ser testigo de aquel proceso, después de que uno de los grandes responsables del exterminio masivo de los judíos fuera capturado por el servicio secreto israelí en Argentina y trasladado a Jerusalén. William Shawn, el director de la revista, no sólo aprobó de forma entusiasta la propuesta de una de las pensadoras más valientes y originales de su época, sino que tuvo la paciencia de esperarla todo el tiempo que la autora de Los orígenes del totalitarismo demandó para escribir sus ensayos sobre el juicio y de correr el riesgo de provocar la indignación de muchos de sus lectores por las entonces insólitas conclusiones de Arendt.

 

La más llamativa en su momento fue la que sirvió de subtítulo a su libro, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Arendt destacó un aspecto que solo entendió cuando pudo contemplar al propio reo tras la urna de cristal en el juicio y escuchar sus argumentos. Eran las razones de un burócrata, de alguien que había prestado juramento a Hitler, y que jamás se cuestionaba las órdenes, que mataba de forma sistemática porque era lo que tenía que hacer, sin permitir que su conciencia considerara la bondad o maldad de lo que hacía. No era un monstruo, era un tipo horripilantemente normal. En palabras del escritor y pensador Gabriel Albiac: “Eichmann no era un monstruo. No hay monstruos. Sólo hay hombres, hombres que matan: predadores hablantes, dice Freud. Burócratas eficientes del homicidio, anota Hannah Arendt. Y lo trágico humano cabe en esto: Eichmann puede ser cualquiera”. Ese argumento, el de la burocracia y su implacable maquinaria sin moral, lo amplía Arendt en su análisis de El proceso, de Franz Kafka, cuando dice: “El poder de la máquina que atrapa y destruye a K. reside en la apariencia de necesidad, una apariencia que se hace real gracias a la fascinación de los seres humanos por la necesidad. La máquina se pone en marcha porque los hombres consideran la necesidad como un principio supremo, y porque su automatismo, solo interrumpido por la arbitrariedad humana, es tomado por símbolo de la necesidad”. Sin los burócratas, sin los hombres convertidos en autómatas cuando renuncian a la conciencia, el camino del mal no encuentra obstáculos.

 

El segundo aspecto, al que se referían no solo los reproches de Scholem, sino de amigos tan íntimos como Hans Jonas, fue la acusación de complicidad de muchos consejos judíos en el exterminio de los suyos, que prestaron ayuda al propio Eichmann en su espantosa tarea, y que Hannah Arendt tuvo el coraje de no callar.

 

Según Scholem, y así lo recoge Nissim en su precioso libro, “si lo que se quiere es mantener ese espíritu” [de amor hacia el pueblo de Israel] “es preciso abstenerse de juicios excesivamente drásticos sobre la historia judía”. Anota Nissim: “Hannah Arendt respondió que jamás cuestionó su carácter judío, sin renunciar por ello a su espíritu crítico. En política es muy peligroso utilizar las razones del corazón para silenciar hechos desagradables y opiniones diferentes. No se puede juzgar con el afecto y con los sentimientos”. Y a continuación reproduce la respuesta que ofreció Arendt al propio Scholem y a otros amigos desengañados, unas palabras que también esgrime Barbara Sukova, la espléndida actriz que encarna a la pensadora en una película centrada en su análisis del juicio a Eichmann, la relación con el New Yorker, y las consecuencias que tuvo que arrostrar la propia Arendt por atreverse a pensar y a escribir sobre todo el asunto, contra viento y marea: “Yo no estoy animada por ningún ‘amor’ de este tipo […]. En toda mi vida nunca he amado a ningún pueblo ni a ninguna colectividad: ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al americano, ni a la clase obrera ni a nada semejante. Yo solo ‘amo’ a mis amigos y la única clase de amor que conozco y en la que creo es en el amor a las personas…”.

 

Barbara Sukova encarna a Hannah Arendt en la película dirigida por Margaret von Trotta.

 

La película de Margarethe von Trotta parece cortada a medida de nuestra época, cuando una pensadora como Hannah Arendt parece más necesaria que nunca, quizá porque siempre es absolutamente necesario pararse a pensar. Como señaló Albiac (de quien por fin ha vuelto a reeditarse su mejor libro, La sinagoga vacía), “leemos en Arendt la voz de un clasicismo absoluto. El que viene de no ceder jamás a afectos ni pasiones. El que exige que quien escribe tan sólo a su rigor deba atarse”. Precisamente lo que puso en práctica en el New Yorker, una revista que se esfuerza cada semana no solo en contar del modo más exacto y elocuente el mundo en que vivimos, sino de hacerlo siempre con un escrupuloso respeto a la verdad, es decir, a los hechos. Contaba Albiac en el apasionado artículo que le dedicó en ABC unos días antes de que se estrenara el filme: “Arendt ha estado entre mis interlocutores más constantes. Puede que sea porque, igual que le sucediera a ella, me emociona a mí Walter Benjamin más que ningún otro pensador del siglo veinte. Y la historia de Hannah Arendt, buscando en Portbou, años después, la improbable tumba y los perdidos papeles de su amigo suicida, está entre las declaraciones de amistad –esa forma superior del amor- más conmovedoras del atroz siglo que fue el nuestro”.

 

Siempre la amistad. Me vuelvo a encontrar con Hannah Arendt no solo en el libro de Gabriel Nissim, sino en más de una ocasión en el que devoro estos días de junio, poco antes de emprender el retorno a Bosnia veinte años después de la primera guerra a la que me asomé, y con Gervasio Sánchez, a quien conocí en Sarajevo el verano de 1992: Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes, que escribió mi querida y admirada Isabel Núñez, colaboradora de esta revista, con quien no tuve tiempo de encontrarme. Ojalá hubiera leído este estremecedor libro cuajado de entrevistas con escritores e intelectuales de la antigua Yugoslavia (responsables en su inmensa mayoría de lo ocurrido) antes de que la enfermedad le arrancara la vida. Hubiéramos podido hablar de muchas cosas. Le hubiera pedido, por ejemplo, que escribiera sobre los Balcanes a través del tamiz de Hannah Arendt, alguien incapaz de amar a entes tan abstractos y peligrosos como su su propio pueblo. Lo mismo que a mí me ocurre con Galicia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3 COMENTARIOS

  1. querido alfonso, fui a ver la
    querido alfonso, fui a ver la película de hanna arendt con grandísimo interés y debo decir que no me gustó. como película la encuentro previsible, o sea, tópica, y aburrida, por lo tanto. lo que cuenta hubiera podido tener mayor enjundia. sin embargo, desgraciadamente, encuentro que von trotta ha vuelto a hurtar el análisis del tema judíos-nazis, claro que tiene derecho a contar lo que le parezca. yo hubiese apreciado una reflexión que sí han hecho otras autoras/es como la psicoanalista alice miller de lo que convierte a un pueblo en una masa irresponsable que banaliza el mal. éste no es, no puede ser, en rigor, banal. sí puede ser banalizado, como ocurrió en alemania. el que haya visto la durísima película, la cinta blanca, lo podrá entenderá algo mejor. en mi opinión, la señora arendt realiza una escandalosa pirueta porque se niega a reconocer que los judíos eran odiados en alemania, incluso los judíos de familia rica como ella, tal y como con su labor rehabilitadora de heidegger demuestra, se negó a reconocer que el filósofo en cuyos brazos se echó incluso cuando se reveló como un nazi entusiasta, no la apreció ni como mujer ni como filósofa. creo que lo de arendt fue una triste huída hacia delante. y habiendo pasado cuanto pasó con los judíos, necesitó mucho narcisismo para llevarlo a cabo.

    • No puedo estar más en

      No puedo estar más en desacuerdo con los comentarios que haces sobre Hannah Arendt a raíz de una película que a mí no solo no me aburrió, sino que me tuvo en vilo durante todo su metraje. Yo no creo que la filósofa haga una escandalosa pirueta. No he leído toda su obra (algo que espero ir haciendo poco a poco), pero me parece que sus reflexiones sobre el totalitarismo siguen siendo plenamente lúcidas y vigentes. Tampoco estoy de acuerdo con respecto a la supuesta «labor rehabilitadora de Heidegger». Aunque es cierto que la cinta no profundiza en ese aspecto, sí que me parece una pirueta dialéctica infundada decir que «habiendo pasado cuando pasó con los judíos, necesitó mucho narcisismo para llevarlo adelante». Me gustaría que leyeras dos piezas de Maite Larrauri que hemos publicado en fronterad. Una, precisamente, sobre la relación entre Arendt y Heidegger: Cuerpos mortales, y otra sobre la valentía de Arendt por atreverse a pensar fuera de los caminos trillados, lo que le lleva al director del New Yorker a celebrar que haya escrito algo verdaderamente original. Este segundo texto se titula precisamente La valentía es Hannah Arendt. Respecto a La cinta blanca tengo que decir que la película me impresionó, pero el análisis que, también en fronterad, hace el filósofo Ignacio Castro Rey sobre Michel Haneke me parece digno de ser cuidadosamente atendido: Contra Haneke. Gracias por tomarte el tiempo y el interés de leer y de comentar. Un abrazo

      • decía passollini que el fondo

        decía passollini que el fondo y la forma son siempre coherentes, aun cuando el creador no lo intente, porque los continentes se adaptan al contenido. creo que la película en cuestión es buena prueba de ello. puedo entender el entusiasmo que despertó en ti porque desgraciadamente no están a nuestra disposición con frecuencia películas que hablen de cosas interesantes pero temo que la emoción la pusiste tú más que la cinta. 

        aparte de la notable ambientación artística, la película puede ser tildada sin exageración de una americanada, es decir, escenas cuya única razón de estar es el lucimiento de la heroína, diáologos facilones también escritos ad gloriam mayorem de la misma, personajes que podrían no estar y la historia no se resentiría , en fin… 

        ¿cuál es el valor que muestra hannah arendt? ¿el de decepcionar a sus amigos y a los judíos en general? no parece que requiriera demasiado. 

        creo que hannah arendt se ensimismó y en su ensimismamiento se equivocó profundamente. pero es mi opinión, claro.

        vale. 

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