Hay fríos, y fríos

0
270

Hoy hablaron en la radio del frío, del recuerdo del frío; habló un viejo campesino catalán ,y contó que para calentar los pies no había como unos eran zuecos con paja dentro; también algo que saben muy bien los indigentes de hoy: que el papel de periódico es lo que más abriga. Lo mejor para ir en bicicleta, “lo único”, insistió, y describió también varios artefactos que se fabricaban a demanda en el pueblo para calentar las sábanas, momento especialmente peliagudo, uno de los cuales parece que conservaba el calor unas dos horas.

 

Hoy hablaron en la radio del frío, del recuerdo del frío; habló un viejo campesino catalán ,y contó que para calentar los pies no había como unos  zuecos con paja dentro; también algo que saben muy bien los indigentes de hoy: que el papel de periódico es lo que más abriga. Lo mejor para ir en bicicleta, “lo único”, insistió, y describió también varios artefactos que se fabricaban a demanda en el pueblo para calentar las sábanas -momento especialmente peliagudo-, uno de los cuales parece que conservaba el calor unas dos horas.

 

Yo sólo conocí la botella y después la bolsa de agua caliente, pero siempre recuerdo lo que leí una vez: a quien ha pasado frío de niño, el frío nunca le abandona. En mi casa no había calefacción. Había dos chimeneas  y una salamandra que sólo se encendían en fechas señaladas, todas a carbón. Además de caro, el carbón había que subirlo cinco pisos, y el ascensor se estropeaba bastante a menudo. Luego estaba el gran brasero de la camilla del cuarto de estar, donde no siempre lograbas hacerte un hueco.

 

El problema serio eran los dormitorios, en una zona de la casa con tres paredes al aire, una frente al parque del Retiro. La más gélida era “la del fondo”, donde dormí una buena temporada. “Antes de la guerra, solía decir mi madre, “allí se curaban jamones…”Así que cuando llegabas a casa y notabas un delicioso tufo a carbón ya sabías que la salamandra estaba encendida en el pasillo más frío y más largo, y era una sensación maravillosa.  Había que buscar el calor –la camilla o  la cocina con la bilbaína encendida- y espantar el frío: recuerdo carreras con mis hermanas para ver quién se desnudaba más deprisa, y también el juego de sacar la mano fuera de las mantas hasta que se quedaba helada y luego volverla a meter para que la víctima gritara.

 

Después del viejo payés catalán, el programa viró hacia un frío más actual. Una mujer con dos hijos, chico y chica, habló con un humor trabajoso de su estrategia frente al frío. Debajo del piso que ocupan hay un garaje, así que aislan el suelo con una alfombra y mantas, si tienen suficientes. Como la puerta del aseo no cierra bien ponen cartones para cortar la corriente que se filtra. Administran con mucho cuidado la bombona de butano. El lugar menos frío para dormir es el salón, así que a veces acaban todos allí, incluido Troy, el perro. “No te imaginas lo que calienta un perro si te lo pones en los pies. Nos lo rifamos. Pero el muy fresco también tiene frío y se mete bajo las mantas”. No sé cómo hacen para vivir, pero me lo imagino. Ahora tiene un empleo que se acabará el 30 de diciembre. Tuvo un pequeño negocio que quebró con la crisis, un piso que no pudo pagar y perdió y finalmente éste, un alquiler social por el que paga 150 euros al mes.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.