Hay quien dice no: Teatro, la revolución de la dignidad y el abismo de los inmigrantes

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“Cuando la injusticia se convierte en ley, la resistencia es un deber”
Bertolt Brecht

Empecé a escribir este reportaje cuando la otra vida, antes de que se impusiera esta de ahora, la de las mascarillas y la distancia social, antes del confinamiento, la fragilidad y la incertidumbre, antes de descubrir que lo peor no les toca siempre a los otros. De pronto llegó lo inesperado, la película de ciencia ficción de la que somos protagonistas. Durante meses los profesores hemos dado clase (o algo así), hecho exámenes y hasta dirigido tesis de licenciatura delante de esta pantalla. Nuestra normalidad dio paso a esto otro, pero el mundo no se ha detenido, aunque mientras nuestras puertas estuvieron cerradas pudo dar la impresión de que sí. Y después se volvió a hablar de todo aquello que formaba parte de la vida de antes, incluso en Italia, donde se cuenta sobre todo de lo que pasa aquí y solo de pasada lo que sucede en el resto del mundo.

Yo había empezado a escribir un artículo que sentía cercano a Los hermanos Karamázov, a ese gran inquisidor juez de un Cristo que regresa a la tierra. En Madrid, hace tiempo, tuve la suerte de ver la obra de teatro que, sobre el texto de Dostoievski, dirigió Peter Brook. Cuando el director de esta publicación me mandó un artículo de The New York Times que hablaba del evangelio de un Jesucristo negro en Matera (Basilicata), me acordé del espectáculo de Brook. Aquel Cristo no hablaba. Durante toda la función estaba sentado en un taburete. En la boca una sonrisa cuando el inquisidor le pregunta por qué ha vuelto a la tierra para perturbarnos. Le reprocha no haber entendido la naturaleza humana, la libertad es una carga demasiado pesada con la que los hombres no quieren cargar. A la libertad de elegir entre el bien y el mal, el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte, dice el implacable acusador. Solo al final se levanta Cristo de su asiento y como toda respuesta a las acusaciones del Gran Inquisidor le da un beso. Un beso que puede que sea la prueba de la existencia de Dios y también una muestra de ternura, comprensión, perdón, piedad, compasión…

La obra de Dostoievski-Brook habla de hombres que, ante el peso del libre albedrío, prefieren un cetro que les señale el camino y les libere de las tinieblas de la elección. Las sentencias del Gran Inquisidor desvelan que el hombre no sabe usar su autonomía. Está hablando de la falta de autocrítica, de dejar que otros elijan por nosotros, de eludir la propia responsabilidad. Iván Karamázov dice en el libro, “si Dios no existe, todo está permitido”. George Orwell ya nos previno de los peligros de no elegir. Ken Loach, más recientemente, nos cuenta un mundo donde el libre mercado se erige como tirano absoluto. Creadores distantes en el tiempo, cercanos en sus ideas.

 Predicar la dignidad

El director suizo de teatro y cine Milo Rau se pregunta: ¿Por quién lucharía Cristo si volviera hoy y qué predicaría? ¿Quiénes serían sus apóstoles? ¿Cómo reaccionaría el poder político y religioso al regreso del profeta más influyente y revolucionario de la historia de la humanidad? Yvan Sagnet, un inmigrante camerunés, fue el elegido para contar quién sería hoy Jesucristo en Il Nuovo Vangelo, un proyecto de cine y teatro realizado con motivo de la elección de Matera Capital Europea de la Cultura 2019. Sagnet es uno de los fundadores y presidente de la Asociación Internacional NoCap, que combate el caporalato, término italiano que denomina la explotación de los jornaleros. Según Milo Rau, “el Jesús más justo. Un ex jornalero que lucha por los derechos de los trabajadores, refugiados y pobres, sin hacer propaganda, solo con la acción y la solidaridad”. Sagnet recogía tomates durante 16 horas al día por 20 euros. Es un sindicalista que en 2011 organizó una huelga contra las inhumanas condiciones de su trabajo. El objetivo de Il Nuovo Vangelo (El nuevo Evangelio) era además crear un manifiesto de solidaridad con los más pobres, una revolución por la dignidad. “Los oprimidos y los explotados de hoy seguirían sin duda a Jesús, que les invitaría a reconquistar dignidad y fraternidad. Y cualquiera de estos humillados, musulmán o de otra confesión, se convertiría en discípulo suyo”. Una visión clarísima de la necesidad contemporánea de la misión evagénlica ha conducido a Milo Rau a llevar a cabo su compleja empresa, en la que los confines entre cine y teatro se cancelan y, sobre todo, se funden con la realidad.

Doce apóstoles, ciento cuarenta inmigrantes y un centenar de ciudadanos siguieron al Jesús negro de Milo Rau por las calles de Matera. Más de 400 personas tomaron parte en un proyecto artístico y político, desarrollado en varias etapas y diferentes ciudades italianas, que invoca una nueva justicia, una revolución por un mundo más humano. A mitad de camino entre la experimentación y la reconstrucción histórica, Rau crea un documental utópico que aúna cine y teatro. Mezcla de momentos del Evangelio con otros que cuentan la realidad política que vivimos para renovar un mensaje de igualdad.

Milo Rau no dudó en aceptar cuando el consorcio Teatri Basilicata le propuso rodar una película sobre Jesús. En parte porque es un fanático empedernido de las películas que Pier Paolo Pasolini y Mel Gibson han rodado en Matera, El Evangelio según San Mateo y La pasión de Cristo. “Tuve enseguida la idea sobre una película que hablara de Jesús. Luego empecé a investigar para encontrar posibles transposiciones con el contexto social y la inmigración de la región. Yo estaba trabajando en otra obra de teatro en Mosul, que incorporava la Orestíada en un nuevo contexto. En Matera se podían entrecruzar distintas historias: nuevas lecturas de la Biblia, los trabajos de Pasolini y Gibson, los inmigrantes y los refugiados. En nuestro proyecto la justicia se ha enfrentado con la ética europea”.

Según Milo Rau, si la Biblia sigue estando tan vigente no es gracias a la publicidad que de ella hacen los Papas, sino porque tiene un significado social y espiritual para quienes la leen. De este texto le llaman la atención algunos pasajes en concreto, por ejemplo, el ataque de Jesús a los sacerdotes. Opina que aquí encontramos un mensaje totalmente anti religioso y casi herético, que quiere abolir la religión justo cuando estaba convirtiéndose en un texto sagrado. “Es interesante ver qué significa este libro para cada uno de nosotros. Por ejemplo, para el activista Yvan Sagnet, intérprete de Cristo, es un libro que cuenta una revolución”. A Milo Rau le ha interesado más unir varias lecturas de la Biblia que presentar la suya propia. Su trabajo propone una lectura de la Biblia en comunidad.

En Il Nuovo Vangelo el papel de Juan Bautista lo interpreta Enrique Irazoqui, el actor español que dio vida a Cristo en la película de Pasolini (y que falleció la semana pasada). La virgen es Maia Morgenstern, la actriz que interpretó este mismo papel en el filme de Gibson. El alcalde de Matera interpretó a Simón de Cirene. Mussie Zerai, un cura católico eritreo que colabora en las misiones de salvamento de inmigrantes en el Mediterráneo, hizo las veces de José de Arimatea. El director suizo cuenta en su proyecto la realidad de los inmigrantes que atraviesan el mar con la esperanza de un futuro mejor, pero que descubren que se tienen que enfrentar a la guerra del racismo y a la de los jornaleros italianos, víctimas de la explotación. Rau narra la pasión de un Jesús negro, el único hasta ahora, que muere combatiendo por la libertad y los derechos civiles, y la de sus apóstoles, que le apoyan en su batalla contra el caporalato.

Un viacrucis laico

El viaje del Jesús de los refugiados arrancó en Matera, situada en la Italia donde llegan los refugiados en pateras y muchos trabajan como jornaleros clandestinos en pésimas condiciones, donde los pequeños agricultores sufren la presión de los grandes productores.

A propósito de los pueblos de Basilicata, dijo Carlo Levi en Cristo se detuvo en Éboli: “Cristo nunca llegó allí, ni tampoco el tiempo ni el alma individual ni la esperanza ni la relación entre las causas y los efectos, la razón y la historia. A esa tierra obscura, sin pecado y sin redención, donde el mal no es moral, sino un dolor terrenal que está para siempre en las cosas, Cristo no bajó. Cristo se detuvo en Éboli”. Así describe esta Palestina del sur de Italia, en la que Francesco Rosi rodó el destierro del propio Levi en la película homónima.

Definida en los años 50 del siglo pasado como “vergüenza de Italia” por su grado de abandono, Matera es hoy uno de los lugares más sugerentes, cuidados y visitados del país. Ciudad de piedra y de casas en cascada, recuerda a Jerusalén. Sus sassi, casas-caverna excavadas en roca de toba y habitadas desde época neolítica, y sus iglesias rupestres le valieron en 1993 el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. Milo Rau en su proyecto implicó a los ciudadanos y a los turistas que visitaban la Capital Europea de la Cultura 2019.

Il Nuovo Vangelo arrancó con un casting. Rau hizo pruebas a más de 120 personas, sobre todo en Matera. El 28 de septiembre del año pasado, Jesús-Yvan Sagnet, se dirigió a los guetos de Matera (las zonas más abandonadas de la ciudad) y a los campos del sur de Italia para encontrar a sus discípulos y juntos guiar la revolución de la dignidad. “Basta alejarse un poco del centro de esta hermosísima ciudad para ver personas que duermen como animales bajo las estrellas después de haber trabajado todo el día por treinta euros”. Era la invitación de Milo Rau para ver las condiciones en las que viven los invisibles, los nuevos esclavos. Un making-of con toques de relato biblíco contaba la búsqueda de los apóstoles.

A partir del 5 de octubre de 2019 empezó el espectáculo, cuando en Matera tuvo lugar la entrada a Jerusalén, el primer enfrentamiento entre Cristo y el poder terrenal. “Derechos, trabajo, dignidad”. “Todos somos humanos”. “Todos somos libres”. “Lo que le pasa a uno, nos pasa a todos”… Fueron algunas de las frases repetidas por los manifestantes que acompañaban a Jesús y sus discípulos mientras atravesaba la ciudad. En la Piazza del Duomo, Jesús y sus seguidores lanzan el guante al poder italiano y a las multinacionales agroalimentarias compinchadas con la Mafia. Esta segunda gran escena de masas respeta el texto bíblico, como las otras del Nuovo Vangelo. Jesús es condenado por los sumos sacerdotes del Sanedrín y entregado a las autoridades. Le torturan y obligan a cargar con la cruz a través de la ciudad. La política y el relato histórico se mezclan: derecho vigente y protesta por la dignidad se dan cita en la Pasión. Hubo discursos sobre la esclavitud, el trabajo negro, la explotación de los trabajadores. Ciudadanos de Lucania y Apulia, inmigrantes, agricultores y campesinos se unieron a este acto de protesta y teatro. Durante las filmaciones con público, la película recogía las opiniones de los participantes, por eso aparecen ideas enfrentadas en la película, que van desde la solidaridad extrema hasta otras muy racistas. “Retrata la Europa de hoy, su capacidad de revolución y la diferencia entre la Europa real y la que se imagina”, explica el director.

El 10 de octubre Il Nuovo Vangelo llegó a Roma, capital del cristianismo y, según Rau, capital también de uno de los gobiernos europeos más hostiles hacia los inmigrantes y las minorías. El Teatro Argentina dejó de lado su solemnidad y se convirtió en lugar de agregación social y de fuerte impacto político, como se consideraba el teatro en las polis griegas. A Milo Rau, gran admirador del Papa Francisco, le interesa una cristiandad no doctrinal. “Para entender a Jesús hay que distanciarse de la fe, ser un poco anticlerical y pragmático”. El Papa, que en uno de sus libros sostiene que “la belleza salvará el mundo”, declaró que la película Il Nuovo Vangelo es pura belleza, no solo porque habla de Jesús, sino también porque representa de lleno el mensaje que Dios nos ha dejado. El Argentina fue sede de una asamblea política, transformándose en lugar de denuncia. No se trató de un espectáculo, más bien de una tentativa de volver a encender la llama de la utopía de un teatro político. Pero no fue una operación nostálgica. Lo demostraban las pancartas con mensajes punzantes diseminadas por los palcos: “Solidaridad, no exclusión”. “#Jesus is back”. “Cuando la injusticia se convierte en ley la resistencia es un deber”. El actor Marcello Fonte (premio al mejor actor en el Festival de Cannes de 2018 por su conmovedora interpretación en Dogman, de Matteo Garrone), fue el encargado de abrir el acto con un prólogo que interpretó como Poncio Pilatos, su papel en la película. En el teatro, abarrotado de público, se sucedieron las intervenciones de los “apóstoles”, de refugiados que han sobrevivido a las cárceles en Libia y a terribles travesías por mar, campesinos víctimas de tratos denigrantes y obligados por cínicas e ilógicas leyes de mercado a cultivar productos envenenados a un coste irrisorio. Entre otras intervenciones, la de Mussie Zerai (sacerdote que ayuda a los migrantes a cruzar el mar Mediterráneo), que invitaba a poner en duda la ley cuando esta se aleja de la justicia o la del senador Gregorio de Falco, que recordó el deber de prestar socorro antes de conocer las consecuencias que esto puede acarrear y, para concluir, Yvan Sagnet, que como verdadero e indiscutible líder, señaló al enemigo que se debe combatir: la explotación a la que somete el capitalismo implacable. Al final del evento la platea votó por unanimidad el Manifiesto de la dignidad, seis principios a favor de la dignidad humana y contra la explotación de los trabajadores y de la naturaleza. Reivindicaciones urgentes y reales que tomaron cuerpo en un teatro, el lugar dedicado a la imaginación.

El 10 de noviembre Yvan Sagnet y sus discípulos recalaron a Palermo. Arribaron en una pequeña embarcación, como los refugiados. Esta vez no estaba allí Matteo Salvini para impedir el desembarco. El grupo recorrió las calles de la ciudad acompañados por un séquito de unas trescientas personas hasta llegar a Santa Maria dello Spasimo, una iglesia sin culto, que no tiene techo porque nunca fue construido. A cielo abierto los actores toman la palabra para ilustrar la campaña política asociada a la película, la revolución por la dignidad de 500.000 jornaleros del sur de Italia explotados en los campos de tomates y naranjas, la que el Papa Francisco ha definido como una de las mayores plagas de nuestro tiempo. Intervino el alcalde de Palermo, que durante meses concedió el empadronamiento a numerosos refugiados, y otros representantes de la sociedad civil y de las instituciones. El acto se desarrollo en el ámbito del Festival Transeuropa, al que acudieron personas de todo el mundo para asistir a la Biennale Arcipelago Mediterraneo y escuchar las palabras del Mesías del siglo XXI, que proclama el derecho a la autoderminación, a la libertad de movimiento y a un trabajo digno. “Os pido que resistáis. Tenemos que combatir y permanecer unidos por nuestra dignidad. Decís que la situación no cambiará. Os equivocáis. Todas las cosas buenas de este mundo las hemos obtenido luchando. No debemos dejar de luchar. Nuestro adversario espera que nos rindamos, pero os invito a batirnos por el futuro de nuestro planeta”.

‘L’abisso’, dignidad ante la muerte de los inmigrantes

Todos somos hijos de una travesía, la de Europa, que raptada por Zeus transformado en toro atravesó el Mediterráneo para llegar a Creta. El mito revive en la travesía de los inmigrantes y esta asociación de ideas no puede dejarnos indiferentes a nosotros, tan inmigrantes como ellos. Con una alusión mitológica termina L’abisso, espectáculo inspirado en la novela Appunti per un naufragio, que el actor, autor y director palermitano Davide Enia escribió después de transcurrir varios años en Lampedusa para contar los naufragios de los inmigrantes que no llegan al final de su viaje porque acaban sepultados en el fondo del Mediterráneo. El espectáculo obtuvo el premio UBU 2019 al mejor texto y el premio Hystrio Twister 2019 al mejor espectáculo de la temporada. Por su parte Davide Enia ha sido galardonado con el premio Le Maschere del Teatro 2019 como mejor intérprete de un monólogo.

Enia narra los desembarcos sin decir de dónde vienen los inmigrantes ni quiénes son. Relata la necesidad imperiosa de socorrer a quien está a punto de perder la vida. No hace falta saber más. El monólogo mezcla datos sobre la vida privada del autor y sus vivencias en la isla siciliana, su padre taciturno, su tío enfermo, los amigos expertos en desembarcos que lo aleccionan, el buzo que también colabora en las operaciones de rescate, los pescadores obligados a dejar de trabajar a causa de la burocracia cada vez que encuentran restos de cadáveres en sus redes. Está también la historia de quien se empeña en dar sepultura a los naúfragos para devolverles la dignidad y sobre la tumba clava una cruz, ignorando la religión de las víctimas, porque, dice, al final los huesos de todos serán blancos. En escena, junto al autor e intérprete, el guitarrista Giulio Barocchieri, también palermitano, que ha compuesto la música del espectáculo y la interpreta en directo. Acompaña las imágenes que propone el actor en un diálogo entre palabra y sonido, como si la música conversase con el relato. Una partitura escénica de gestos contenidos y precisos. Enia pasa del dialecto cerrado al habla de los pescadores sicilianos, del flujo incontenible de palabras al silencio y a la respiración agitada dictada por la emoción recordada. Traduce con sensibilidad y respeto el dolor. Da dignidad a la muerte y honra la vida.

Hay episodios dignos de una tragedia griega, como el de un padre a punto de ceder a la muerte creyendo al hijo víctima de la tempestad, pero que recupera la voluntad de vivir cuando el pequeño aparece vivo entre las redes de una barca. Y además se cuenta la brutalidad contra las mujeres (“ni siquiera a los animales se les trata así”), la descomposición de los cuerpos rescatados del mar. Las palabras no le bastan para describir la desesperación y el intérprete entonces recurre al cunto, modo de contar de la tradición siciliana, como si se tratase de un ritual sacro o de poesía arcaica que se hace eco de instintos y sentimientos ancestrales. L’abisso es un espectáculo irónico, doloroso y conmovedor que pretende apelar a la sensibilidad de los seres humanos, más allá de connotaciones sociales o políticas. Transforma la crónica periodística en una tragedia humana. Nos lanza de cabeza al interior de las noticias para convertirnos en testigos presenciales de las historias que conforman la Historia de la que somos parte. Pero si el drama de la inmigración necesita retórica y artificios para sacudirnos, tendremos que preguntarnos quién tiene de verdad la urgencia de ser salvado.

‘La mia bataglia’, ecos del pasado

A un escenario vacío (solo un atril y un taburete), llega alguien desde el fondo de la platea. Es Elio Germano, uno de los actores más talentosos del panorama italiano. Saluda y bromea campechano. Entretiene a los espectadores con divertidas anécdotas de ligero tono fascistoide. Parece alguien que se hace el simpaticón en una sobremesa. Sorprende una vez más la capacidad de transformación del intérprete del pintor Antonio Ligabue, Giacomo Leopardi o San Francisco de Asís. Algo en él recuerda a Salvini, tan amigote, queriendo caer siempre bien a todo el mundo. Pese a la ambigüedad con la que juega, descubrimos que a este predicador no es precisamente un mundo más humano lo que le interesa. Lanza una pregunta como una provocación: “¿Qué sucedería si los espectadores fueran naúfragos en una isla desierta y de improviso llegara allí el teatro como una barca a la deriva?”. Deja claro que el teatro a la deriva al que se refiere es este donde estamos y que él está aquí para salvarnos. A partir de ahí el tono despreocupado desaparece. Germano cuenta cómo ve la sociedad. Usa toda su persuasión para sugerir soluciones extremas que salven al pueblo italiano o a otro cualquiera. O sea, poco a poco se transforma en una fiera. Plantea peculiares soluciones a problemas como la educación, la inmigración o el futuro incierto de los jóvenes. Sus confesiones irritan a los presentes y hay gente que se va de la sala, quizá porque no han pillado la referencia al austriaco del bigotito. Los demás somos víctimas de un eficaz Elio Germano como manipulador de masas, que se agita y estremece cada vez que convoca la palabra raza. Hipnotiza. Esto podría parecer un mítin político, pero estamos en el Teatro Modena, una de las sedes del Teatro Nacional de Génova, y hemos venido a ver La mia bataglia, un monólogo interpretado por Elio Germano y escrito por la dramaturga Chiara Lagani y el propio Germano. Cuando el ánimo del conferenciante ya está más que caldeado, por los pasillos entran jóvenes con aire marcial. Rodean la platea, distanciados unos de otros, como para evitar que nos escapemos. Y luego, sin prisa y sin pausa, la sala se transforma en uno de aquellos actos espeluznantes que tuvieron lugar en Berlín, en Núremberg… Lo mejor sería poder verlo para comprender hasta qué punto puede inquietar este experimento, aunque uno sepa que de teatro se trata. Daban ganas de agarrarse a la persona de la butaca de al lado (entonces se podía) para, en el peor de los casos, no sucumbir solos.

La mia bataglia, inspirado en aquel terrible Mein Kampf, viene a recordarnos que no estamos a salvo de nada, que hace falta poco para que la historia y los horrores se repitan. El protagonista se hace eco de un descontento latente, se apela a la necesidad de resucitar una sociedad que agoniza, con sus exigencias ecologistas, nacionalistas, socialistas, individuales y planetarias. Arrastra al auditorio en un crescendo de proclamas cada vez más tremendas hasta conducirlo al punto de no retorno. Elio Germano huye de imitaciones, de reproducir estereotipos y es precisamente ese construir el personaje a partir de sí mismo en unas circunstancias dadas lo que más nos inquieta. ¿Cómo es posible que surja un monstruo de ese muchacho tan majo?

Sorprende un espectáculo de este tipo en Italia. En un país donde hay intérpretes y directores capaces, las películas y producciones teatrales a menudo cometen el error de buscar la complacencia del público. Así es común que historias bien planteadas y de fuerte contenido terminen con un absurdo happy end para que los espectadores se vayan tranquilos a casa. El resultado es que muchas buenas historias pierden credibilidad y efecto y, pudiendo ser otra cosa, se quedan en mero entretenimiento. Menos mal los Teatros de Innovación (nuevas tendencias), como el Teatro Modena de Génova, nos permiten poder disfrutar, en una ciudad de provincia, de otro tipo de propuestas más arriesgadas.

Si alguna pega se le puede poner a esta propuesta de teatro-realidad es que su eficacia habría podido ser todavía mayor si se hubiera representado en una plaza pública o al menos en un lugar no identificable con la ficción. Algo similar a aquello que tan bien hacía La Cubana en los lugares más cotidianos. Hubiera sido interesante ver la respuesta del público pensando que lo que estaba sucediendo era real, incluido el desfile de los cachorros ondeando banderas negras mientras la bestia seguía arengando a las masas, sin ahorrar energías para despertar lo peorcito que cada cual lleva dentro.

Tras el lookdown, término usado en Italia para aludir al confinamiento por la pandemia, La mia bataglia se ha transformado en una película-experiencia de realidad virtual bajo el títolo de Segnale d’allarme – La mia battaglia VR, para poder llegar al público a pesar de que muchos teatros permanecen todavía cerrados. Según sus autores, el propio Germano y Omar Rashid, se trata de uno de los primeros experimentos mundiales de teatro en realidad virtual. En los cines los espectadores disponen de un visor de realidad virtual y auriculares para obtener una visión a 360 grados. El objetivo es que el público sienta la emoción de ver el espectáculo sentado en la primera fila de un teatro.

La mia battaglia como experimento social está en la línea de la película La ola, de Dennis Gansel. Se pregunta hacia dónde nos encaminamos. Propone una toma de conciencia de la realidad que nos rodea, de temas clave como la meritocracia, la autoridad, el sentido de comunidad o la ayuda al prójimo. Un viaje a través de la situación política, social y cultural de la Italia (o de cualquier otro país) de nuestro tiempo. Logra sacudir las conciencias. Al final del espectáculo los espectadores que abandonan la sala no son los mismos que entraron. Aunque solo sea por unos momentos, deberán echar cuentas con una realidad de la que se prefiere no hablar, pero que urge nombrar para poder cambiarla.

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