Hibernar en verano

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'Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)' (1972), de David Hockney.
‘Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)’ (1972), de David Hockney.

Ahora mismo, en pleno mes de julio y tras haber pasado ya nuestra primera ola de calor, en el hemisferio sur están hibernando. El oso de anteojos andino campa a sus anchas y se come lo que los humanos han dejado por ahí: miel, bayas, caña de azúcar o pequeños animales de presa, como si estuviese en un bufet o disfrutando de su propio ‘menú degustación’. Mientras tanto, sus vecinos del norte estamos ocupando los bufets de verdad, los hoteles de verdad y las playas en la medida en que la «nueva normalidad» nos lo permite. Es tiempo de los excesos propios del verano, aunque esos excesos se tengan que cometer respetando la distancia de seguridad; y, por estas tierras, todo el mundo los está empezando a celebrar.

No he sido yo nunca, particularmente, de mucho comer en los self-services. Muy al contrario, lo que me gusta hacer en verano es luchar por cuidar la línea -o la curva, más bien- y apuntarme al gimnasio para adelgazar. Creo que todos hacemos cosas así, de hecho; sobre todo cuando empieza el bochorno y las quemaduras nos adormecen el cerebro. Aprovechamos el solsticio de San Juan para empezar a hacer aquellas cosas que no hemos ni siquiera practicado durante el resto del año; así, hay gente que sólo lee novelas si está tumbado en una hamaca y con un mojito en la mano, recostado frente al mar; personas que sólo beben cócteles importados si tienen cerca un chiringuito; y luego estoy yo, que me empeño en hacer un poco de deporte y en tomar tortitas integrales para desayunar. Además, estas semanas me permito el lujo de dejar un poco apartada la lectura, y eso es algo que disfruto especialmente cuando la vuelvo a retomar: el verano, desde luego, es una estación que altera los esquemas, los arruga -como las yemas de los dedos al pasar demasiado tiempo en la piscina- y los vuelve a estructurar; en definitiva, el verano es la estación en que más fácil lo tenemos para llevarle la contraria a los demás, pero también a nosotros mismos.

Realmente, en el estío ocurre un poco como lo que le ocurrió al pintor británico David Hockney -que nació un 9 de julio, ni más ni menos- al llegar a California procedente de Inglaterra. Famoso por sus cuadros dedicados a las piscinas, el propio Hockney confesó que, mientras su avión llegaba al aeropuerto, miró hacia abajo y se quedó sorprendido con lo que observó: «piscinas azules por todas partes; y me di cuenta de que en Inglaterra tener una piscina era un lujo, mientras que tenerla aquí no». Es cuestión de perspectiva, de sumergirnos de lleno en el verano; o no.

Como digo, el verano es la época del cambio. Tal y como advierte el personaje de Eva -interpretado por Itsaso Arana– en ‘La virgen de agosto’ (2019), de Jonás Trueba, «agosto es genial para hacer cosas que sé que en otros momentos no nos dejarían hacer, ¿no? (…) se rebajan las expectativas de todo, de la sociedad; las falsas expectativas (…), las servidumbres, las obligaciones». Y es verdad: en verano es cuando uno puede ser como es gracias, precisamente, a que uno finge ser lo que no es. Nos conocemos a nosotros mismos gracias a la negación, a la contradicción, y por eso llegamos a entendernos. En definitiva: en verano no hibernamos para acumular energía, lo hacemos para desfogar. Así que ya saben, amigos: utilicen sus libros como posavasos este año, hagan ejercicio como si no fueran a parar con la llegada del otoño y bébanse un mojito a mi salud; ya nos tocará, cuando empiece septiembre, mudarnos al hemisferio sur.

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